El destino de todo texto

El destino de todo texto
G.K. Chesterton

sábado, 2 de junio de 2018

Quise

Quise los días largos y las risas,
las prolongadas sobremesas y las historias.
Por tuve el silencio de mi silla,
la mirada única del deslucido tarro
y la voz de estertores y radios lejanos.

Quise la hora en que las colinas y la bruma se encuentran con la noche, las sombras largas de ciudades que no conozco
y la brisa inesperada.
Pero tuve las calles, el sudor intonso de la tarde y la garganta agria de los días de sol picante,
el mugre en torbellinos que se hace barro con el agua
y juega a quedarse en este mundo.

Quise las ciudades en la distancia y el olvido de las luces titilantes que acompañan los viajes y la deslealtad.
Pero tuve el albor gris que no parece callarse,
la presencia desmedida en la que nadie olvida y ningún lugar es solitario.

Quise la extensión y la llanura,
el horizonte sobre el que se tienden las Pléyades en la noche,
el augurio y el frío.
Pero tuve el hervor del tumulto y la voz que grita desde la calle y reclama a diario la botella y el papel, las cosas quemadas y las olvidadas.

Quise los remolinos y el suave temblor pavoroso del zarpar y del mar.
Pero tuve el bullicio y la estrategia, el cuidado y el saludo que no perdona.

Soñé contigo en ese pequeño patio,
que te llegarían los años con la melisa y la verbena
y pasos sosegados,
que nos olvidaríamos lo que éramos el uno para el otro,
que las palabras entre los dos penderían como murmullos
o sobrarían como el asombro.

Pero tuve tu silencio y la distancia,
una que tenía tu nombre,
tu olvido de piedra
en medio de este remolino estático en el que todo parece fechado,
que poco a poco me alcanza y me rodea,
moviéndose por su cuenta, cercándome,
y que ahora me hace inevitable pensar
que todo lo que quise
ya me había sido dado y al tiempo arrebatado
la primera vez que pronuncié tu nombre.

martes, 6 de marzo de 2018

Tus Manos

(Un obituario en los 23 años de ausencia de mi madre)

A Sofía y Gabriela que están en el asunto de preguntar.
A Martina que pregunta con los ojos.

Recuerdo tus manos.
Tenían una especie de poder, una suavidad y una firmeza entrelazadas. Muchas cosas las he olvidado. Esta fecha se me había obliterado de los recuerdos. No como se olvida una cita o tomar una pastilla, sino como se olvida lo que siempre llevamos puesto. Yo te llevo de esa manera, tu mano puesta sobre mí.
Cuando éramos niños, tus manos eran el mundo; sobre el pecho cuando estábamos enfermos, en la mejilla cuando se cometía un error y nos corregías con suavidad, cuando dolía…las siento tan reales como cuando eran el día y el comienzo de la noche, la diferencia entre la locura de la fiebre y el alivio del paño húmedo.
Recuerdo tus manos porque sus venas son las mismas que veo ahora en las mías, un hombre que tiene la edad que tú tenías antes de la muerte.

Recuerdo tus manos porque quisiera pensar que tengo el mismo poder con mi hija, que en sus momentos de dolor busca esa firmeza y tesitura tuya en las manos de su padre. Es algo que acepta sin explicación, magia pasada de madre a hijo, cree ella.
(El otro día en el odontólogo a Gabriela le sacaron un diente. Luego de la dolorosa punzada, por un rato largo estuvo como una niña pequeña entre las manos y los brazos de su padre, en silencio, con los ojos abiertos, con resignación, protegida contra el dolor inclemente del mundo.)
Recuerdo tus manos porque son las mismas de mi hija, una conformidad que llega hasta los pies -los dedos de sus pies se montan el uno sobre el otro como cuando te ponías zapatos abiertos-. Ella no lo sabe, pero cada día te veo en sus detalles, en sus dedos, en su cadera.
Recuerdo tus manos porque algo las resguardaba de todo lo que debiste hacer cuando vivíamos en el viejo hospital militar y yo aprendía a montar bicicleta entre los robles y las hayas al borde del Mississippi. Las recuerdo porque nunca cambiaron; fueron las manos de una niña y de una esposa y de una madre y de una mujer amada. No envejecieron, como no lo hizo ese anillo infantil de oro que nunca te quitaste.
Recuerdo tus manos y la manera en que trenzaron las velas y el yute y el costal y los frutos de rojo rimbombante antes de la llegada de cada navidad. Las recuerdo enredadas en el hilo en tu Singer de la era espacial, la forma en que se acomodaban a las tijeras que tuviste por años, cómo sostenían el café y el inclemente cigarrillo de las mañanas.
Recuerdo tus manos y nunca las olvidaré porque son las mismas manos que se posan sobre mi hija y que ella posará sobre sus hijos; que mi hermana posa sobre Sofía y mi hermano Andrés sobre Martina.
Las recuerdo también en el último día de tu vida cuando pediste una hoja de papel para escribir algo y no pudiste. Eran las mismas manos que en la muerte fueron tu voz, pero aunque tratamos con furia no entendimos lo que nos querías decir…si tan solo fuera que las sostuviéramos por un instante.

sábado, 10 de febrero de 2018

Por qué no soy feminista


No soy feminista. Ha llegado el tiempo en que uno debe explicitar que no lo es. Una y otra vez se debe recordar que esto no nos avoca a la misoginia, o a la defensa de la cliterectomía, o a querer instaurar la obligatoriedad de la hiyab. Tampoco implica no querer defender las causas de las mujeres. Significa sin más que no encuentro dentro de mí la afinidad para avanzar las tesis de ese algo amorfo y difuso que se llama “feminismo”, de la misma manera que no defiendo cualquier otro “ismo”.
En mucho se parece esta situación a la del comunismo hace cuatro décadas cuando el que no lo defendía declaraba implícitamente no tener corazón. Otras cuatro décadas antes, en 1927, Bertrand Russell se había visto avocado a escribir “Por qué no soy Cristiano” como un texto emblema contra el dogmatismo dominante de su tiempo. Estas eran las cosas correctas para hacer; amar a Dios y ser comunista. Mientras que no es preciso en una sociedad secular tenerse que explicar en uno u otro sentido,  no defender el feminismo hoy es una declaratoria de inmoralidad con visos de republicanismo americano, algo semejante a negar el cambio climático y la importancia de las vacunas.
Para comenzar,  simplemente no veo a las feministas haciendo una labor paciente de tejido argumentativo y persuasión por medio del cual deba yo convencerme de que este es un “ismo” que vale la pena salvar. Quizá esté apegado a una lógica que la feminista Ruth Bleier llamaba “falocéntica”. Llámese como se llame, múltiples formas del feminismo contemporáneo parecieran cubiertas con el velo de la obligatoriedad. Y cuando una ideología se presenta con el velo de la obligatoriedad, en ella algo ya está sancionado. Quizá sea mi maña de sospechar de aquello en donde veo tumulto. Tal vez esté yo sólo en esto de de preferir el disenso al consenso, en resistirme a creer que lo que todos llaman bueno lo es porque todos lo llaman bueno. Me cuesta trabajo, por ejemplo, creer que hay una conspiración misogínica profundamente enraizada en la cultura. Por desgracia, los misóginos son bastante reales. El filósofo Karl Popper ya lo advertía en la Miseria del Historicismo, criticando la idea de que siempre que algo malo pasa, muchos creen que hay gente responsable sobándose las manos a carcajadas. La falacia está posibilitada por el hecho de que nada sucede sin una causa, y a menudo causa son las voluntades.
Imelda Marcos ostenta un rubí incrustado en base de diamantes
Pero yo prefiero centrar el problema de la mujer en otro lado menos evidente.  Como en el caso de los grupos marginales, se trata de una especie de desprecio ideológico que es difícil de percibir o explicitar. Poco se pondera que desde hace más de cinco siglos la historia de la vida en la cultura occidental es una historia del individuo, y en el fondo de nuestras cabezas, ese individuo es un hombre blanco de edad mediana. No es una mujer negra y anciana. Y si a ello vamos, tampoco un hombre obeso de oriente. Esto ha hecho que en la historia estas personas hayan pasado por canales secundarios, no insertos en el torrente principal de la vida. El feminismo en un sentido estricto debería contar estas historias, entre las cuales están las de los hombres. Porque esta forma de marginalidad no es exclusiva de las mujeres; la comparten con los pobres, con las minorías étnicas y básicamente con todo ser humano que haya alguna vez sucumbido a lo que García Márquez llamaba el óxido del poder, esa fracción de la política, de las instituciones que logra colarse hasta la intimidad de la vida.
Poca reivindicación se ha logrado revirtiendo la historia para poner a los ignorados en posiciones de dominación. Las mujeres en los mismos cargos que los hombres han demostrado ser tan falibles y tan sedientas de poder como sus contrapartes. Imelda Marcos en Filipinas poseía la ridícula proporción de 2000 pares de zapatos, incapaces de ser calzados en treinta años así se cambiara su ajuar dos veces al día. O sin ir más lejos; ¿la política colombiana se ha visto aireada por Maria Fernanda Cabal, Paloma Valencia o Sofía Gaviria? La mujeres en política han demostrado ser tan capaces como los hombres sin duda, pero eso sí, en el mismo escaño de corrupción. Hay que recordar que esta última, Sofía Gaviria, obtuvo sus votos para el Senado en la remota región del Putumayo en donde por algún motivo sus ideas tuvieron un eco sin precedentes. Detrás de la concepción misma de que los hombres son inferiores a las mujeres o de que las mujeres son superiores a los hombres, ideas en ningún sentido equivalentes, no puede yacer más que una generalización insoportable, ya que si bien hay que aceptar que no somos iguales, no se puede con base en ella reclamar porciones de la realidad.
En días recientes, un grupo de profesoras feministas de la Universidad del Rosario se quejaba -a raíz de la elaboración de una infografía para ser colgada en el Aula- de la poca participación de la mujer en la historia de la independencia de Colombia. Un aspecto ominoso de la obligatoriedad de ser feminista es que parece extenderse a los hechos. Uno no se puede quejar contra los hechos; que estos sean infaustos, incómodos o risibles, es otra cosa. Pero un reclamo sobre su incorrección no ha de permitir como si fuera, regresar y reescribirlos desde una teoría de los derechos que uno considera correcta. La historia de Colombia, patriotera y bufa como es, es un ejemplo perfecto de hechos ridículos que están ahí, mirándonos a la cara, no a la espera de ser re-escritos sino evitados.
Considérese el asunto de las escritoras colombianas subrepresentadas frente al número de hombres en certámenes literarios internacionales recientes. El problema de este grupo de personas que ponen como estandarte de la literatura en Colombia no es que sean hombres; son las relaciones de poder que manejan, de las cuales sólo una es el género. Es la rosca, es la intención de exclusión. El feminismo al acentuar el rasgo de género obnubila estos viejos problemas que no por viejos hemos resuelto. Detrás de la decisión de que estos sean los escritores colombianos, hay una cantidad de mujeres, empezando por la Ministra de Cultura. De tal forma que no es un fenómeno orgánico y espontaneo de la sociedad machista, sino una decisión explícita en la cual han tomando parte muchas personas. Si a ello vamos, gran parte del reclamo de las feministas debería estar enfocado contra al labor de algunas mujeres. ¿No suelen acaso las mujeres tiranizarse, exceptuarse y aniquilarse entre ellas con una crueldad irredenta que no se detiene? Un prejuicio mío, quizá. Tal vez he estado hablando con las mujeres equivocadas. La imagen de la cultura contemporánea, del persecutor masculino; la historia de la infalibilidad femenina y de su compasión son historias que no podemos dejarnos de narrar, a pesar de su unilateralidad y de lo poco que se asemejan al orden de los acontecimientos.
Detrás de la subrepresentación expuesta en el caso de las escritoras lo que hay es un criterio gerencial, sostenido en el aire por un lenguaje como este: convoquemos firmas, unas que le den tranquilidad a los inversionistas que quieran apostarle a la cultura en Colombia. Se trata de ese insoportable misticismo de la consecución de recursos. ¿Acaso en ese lenguaje unilateral y optimista no quedamos excluidos muchos hombres que escribimos? Y si vamos a las consideraciones de calidad, ¿debemos confiar de manera tendida en que las personas que nos dan tranquilidad entregan calidad? Esto lo digo independiente del hecho de que sean hombres o mujeres. Un sistema de cuotas no subsana la inconsistencia. Uno de los reclamos más inteligentes que le he escuchado a una feminista, la filósofa Susan Haack, contra corrientes dominantes del feminismo de su tiempo, es el constante recorderis de atenerse a la evidencia: si no me gusta algo, no lo descalifico por sus resultados, sino por su conformación. Si no me gusta que los neurólogos afirmen que hay diferencias significativas entre la cognición de los hombres y las mujeres, habrá que mirar la evidencia y no rechazar la investigación porque sus resultados no encajan con mi representación ideológica del mundo. Esto dicho en un mundo en el cual quedan pocas cosas aún por tergiversar…
Ahora, hombres y mujeres nos hemos dedicado a atacarnos en los detalles, en las tareas ínfimas. El Malpensante publicó hace unos números un ensayo de corte feminista contra los hombres que enseñan. Imagine la categoría, tan amplia, tan poco reductible a algo concreto; los hombres que enseñan. El artículo  se ensaña y con razón contra la prepotencia de algunos hombres que enseñan. Justificado.  ¿Pero no parecería claro que no importa quién enseñe con esa actitud? ¿Qué tienen los hombres que enseñan? Una acusación de la que uno no se puede salvar sin aniquilarse, sin poner en ruda credibilidad no sus ideas sino quien uno es, ha de ser injusta. Si no es así, podríamos y deberíamos enfilarla contra las mujeres mismas…Yo Roberto, un hombre que ha enseñado toda su vida ahora resulto terriblemente inauténtico, manchado con la más infausta forma de deshonestidad que resulta ser la interminable tarea de intentar ser uno mismo. De nuevo, me pregunto por todos los verdaderos impostores, hombres y mujeres, que han vendido productos bancarios asquerosos por el mundo causando hambre y muerte; por los príncipes árabes que han comprado una sola obra de arte, como denunciara recientemente Peter Singer, por la suma que se requeriría para curar toda la ceguera prevenible de África; por las mujeres y hombres apegados al poder incapaces de vivir sin un i-phone, sin piscina en el conjunto y sin hacer spinning en un maldita ventana. Piense en lo que verdaderamente nos desdibuja a todos y nos denigra por pedacitos; la desigualdad, el sometimiento a mediocres que son nuestros superiores, el triunfo del que está emparentado con el poder.

A esto le temo realmente, y al hecho de que las luchas intestinas de las mujeres parecen estar olvidando que no es a su libertad a lo que le tememos. Las feministas radicales no nos causan temor, como algunas de ellas mismas creen. Es algo más similar a una saciedad que se ha uno de aguantar en silencio. Porque el sueño de ir por ahí asustando parece instanciarlo sólo el que se ha puesto una máscara. Eso, andar con una máscara puesta, todo el tiempo hasta que llega un momento en que uno cree que es el rostro propio.