[Para mi hermana María Claudia en su cumpleaños, la única a quien le consta que estas cosas ocurrieron]
En la foto estoy con las manos en los bolsillos y el torso ligeramente inclinado. Es una diapositiva. Mi padre la marcó con letra grande y enfática ‘Apr. 1973. Louisville, Ky’. Llevo una camisa vaquera, de solapas cafés y flequillos con botones nacarados. Debajo, mi madre me había puesto una camiseta por si el día se enfriaba. Una pulmonía se volvía una neumonía en segundos, decía, mientras chasqueaba los dedos. Llevo un pantalón oscuro, que no hace juego con la camisa, aunque es vaquero. De una presilla pende la imitación de un revólver Smith & Wesson treinta y nueve milímetros, de la mitad del tamaño del original, que venía con el pantalón. Usaba unos cartuchos de plástico rojo que no expelían nada, pero hacían ruido y levantaban una humareda que lograban llamar la atención. Por eso casi nunca lo disparaba. Llevaba el arma por si acaso, porque era agradable saber que iba armado y porque…bueno, uno nunca sabe. Tampoco había forma de saber que estaba a pocos días de disparar un arma de verdad; o lo que yo creía que era un arma de verdad a los ocho años.
Por ese entonces mi padre terminó aceptando un puesto en una clínica de mineros en un sitio llamado Greenville, Kentucky, a dos horas de donde vivíamos. Aunque era un caserío repleto de excavadores de carbón de las montañas, con más barro que vías, debía completar las horas de práctica para su post-grado y generar los suficientes ingresos para una familia de cuatro. Estuvimos entre los primeros en habitar una urbanización que se había comenzado a construir en las afueras y en la que no había más que unas cuantas casas simétricamente organizadas a lado y lado de una carretera recta, que subía por una loma boscosa que iban despejando a medida que hacían una nueva construcción. Muchos dueños no las habían ocupado aunque estaban terminadas, y sin decírselo a nadie, pensaba que postergaban su llegada porque odiaban ese lugar tanto como yo. No habíamos acabado de acomodarnos cuando comenzaron mis pesadillas. Temía dormirme porque en mis sueños recurría la imagen blanca y traslúcida de un Arcángel que con espada en mano me decía que me iba a morir, y me advertían a qué edad; los doce años. La educación religiosa de las mojas del Colegio Saint Margaret Mary en Louisville habían cobrado su porción de infelicidad. Fue también la única época de mi vida en que me interesé por las armas.
Dos casas abajo de la nuestra vivía un chico de mi edad llamado Jamie. Su padre, un minero alcohólico, lo había abandonado a él, a su hermano menor y a su madre luego de jugarse la finca en la que vivían y como en una canción de Johnny Cash, lo único que les dejó fue a su propio hermano, un drogadicto erotómano que había estado en Vietnam, o al menos eso decía. Era gente del campo y viviendo en una casa en los suburbios se veían inadecuados, sucios, constreñidos; imagino que en realidad lo eran. Pero también estaban allí por necesidad lo cual nos unió con Jamie y nos hicimos amigos de inmediato. En el verano Jamie no usaba ni camisa ni zapatos sino un pantalón sin más, algo que mi mamá notaba con lástima y preocupación. Yo también la sentí hasta que un día lo vi por la ventana, así, descalzo, con su pelo largo y enmarañado y con un rifle en la mano caminando hacia mi casa. Jamie adquirió para mí desde ese instante un aura casi sobrenatural. Temí que mi madre viera el rifle y salí corriendo a recibirlo antes de que me prohibieran algo. Lo saludé mirando el arma y preguntando qué tenía ahí. Los años han borrado de mi memoria la marca, pero Jamie me dijo que era una belleza en su clase; un auténtico rifle de aire, mientras lo sostenía y también lo miraba como si fuera la primera vez. Yo le creí incondicionalmente. Me dijo algo en el sentido de que era peligroso y que yo no podía usarlo hasta que no lo viera disparar, para lo cual nos fuimos al bosque.
Sacó de sus bolsillos una balita que parecía un gallito de Cricket en miniatura, abrió el arma en dos con un crujido, moviendo una palanca que yo había visto pero que suponía inoficiosa, e insertó la pelotica. Me dijo que entre más cargas le pusiera, mayor potencia tendría y especulamos un rato sobre si podía matar a alguien. Jamie me explicó que él había sido golpeado por una balita que no le penetró la piel; pero que con los suficientes bombazos de presión, si él quería, podía atravesar a un hombre. Pero que ahora no quería. Lo observé dar bombazos, admirado, bajando y subiendo una manivela al lado del gatillo. Lo hacía con los dientes apretados, como cargaban los vaqueros de las películas, con la diferencia que en las Winchester del oeste, por cada bombazo se podía dar un disparo, mientras que Jamie debía dar al menos veinticinco para obtener un tiro que no fuera una parábola muerta. Las últimas cargas las hizo con un esfuerzo increíble, olvidando lo bélico de su propósito, hasta que al fin se paró, descalzo, le apuntó a un árbol que él consideraba capaz de resistir la brutal embestida y disparó. Yo me tapé los oídos y apreté los ojos con fuerza y en esos breves momentos antes de la detonación, tuve la clara conciencia que estaba comenzando algo que no iba a terminar bien.
La explosión no produjo el sonido robusto y penetrante de trueno que yo esperaba, sino más bien el que hace un neumático de bicicleta al estallar. Corrí a ver el árbol que había sido impactado y tardamos un buen rato con Jamie en encontrar el proyectil, que estaba dentro de un agujerito del tamaño de una lenteja, destrozado. Comentamos aterrados la brutal potencia que se necesita para destrozar así un pedazo de metal, ignorando que el plomo de la balita ya se había deformado en el bolsillo del pantalón de Jamie. Le rogué que me dejara disparar y mientras me hacía mil advertencias, cargó con otro plomito y bombeó. Me impactó lo pesado y brutalmente real que era el rifle. Es lo que la hacía un arma real para mí, acostumbrado a las contrapartes de plástico que disparaban chupas. Me paré, como él, en el mismo lugar, contuve el aliento y disparé. El arma se movió menos de lo que yo esperaba. Jamie salió corriendo a buscar la bala - a veces las volvíamos a usar- pero no la pudimos encontrar por ningún lado. En todo caso me palmeó la espalda y en lo que parecía un extraño rito de iniciación, supe que ahora era uno de los hombres del rifle y que tenía el poder de herir a distancia.
Ese verano le disparamos a todo: lo que se movía, lo que no se movía, a las aves que se acercaran, a las que estaban demasiado lejos para haber podido llegar a ellas con un número finito de bombazos, a roedores imaginarios y reales y a los vidrios de las casas deshabitadas. Mientras Jamie comía, o iba al baño yo sostenía el rifle, y por unos breves momentos lo sentía totalmente mío.
El frenesí de disparos llegó abruptamente a su final en el otoño cuando disparándole a un ave que se había posado en un chamizo pelado que había en el antejardín le atiné a la camioneta Buick de mi casa. Ví el vidrio lateral derecho cuartearse en mil pedazos, como en cámara lenta; vi a Jamie salir corriendo hacia su casa con el rifle. Mi papá salió en piyama -era tal vez un domingo en la mañana- y mientras se amarraba la levantadora me preguntó si había visto a la persona que había hecho el daño. Yo le señalé con el dedo el supuesto camino que había tomado el criminal imaginario y ambos nos subimos al carro lleno de vidrios, pero cuando íbamos al final de la recta, yo ya no podía sostener más el cañazo y renunciando completamente al derecho que otorga la cuarta enmienda en suelo americano, me autoincriminé a más no poder. Frenamos en seco, dimos media vuelta y en la casa se desató el infierno para mí. No solo los disparos llegaron a su fin ese día; también lo hizo la amistad con Jamie, y no sólo porque llegó a girar íntegramente sobre el aire comprimido, sino porque la capacidad de dañar había dado la vuelta completa y había ido a parar en mi propio jardín, algo que no creía posible y supe que para no morir a los doce años a manos de una espada traslúcida había que dejar de ser un temeroso hombre del rifle. Algunos simplemente nunca lo comprenden.
Roberto Palacio F., 07/11/10
Las palabras se te pegarán, irán contigo y tratarás de sacudirlas, hasta que contemples lo absurdo del empeño. Tal vez te las quites de un estruendo o a la fuerza. Pero poco después te quedará ese sinsabor de haber perdido algo, de haberlo olvidado. Entonces volverás acá y esa palabra precisa, que no quieres olvidar estará en este sitio, justo donde la dejaste, inocente como los perros, inútil y cargada como un pisapapel de pilas.
El destino de todo texto
Aldous Huxley "Si uno es diferente, está condenado a la soledad"
domingo, 7 de noviembre de 2010
lunes, 1 de noviembre de 2010
Histórico encuentro entre Monseñor Rubiano y el Padre Chucho (fragmento)…
Si no lo pudimos presenciar, habrá que inventarlo. Lo que se logra en un puente festivo…
Tuvo que caminar por muchos pasillos para llegar a la oficina de Monseñor. Cada puerta estaba celosamente custodiada por un joven seminarista. Los miró a todos a los ojos, y algunos de ellos le devolvieron la mirada con resignada solemnidad y picardía. Cada nuevo paso parecía marcar una nueva esfera, una mayor cercanía a Monseñor. Había hecho la travesía muchas veces, pero tuvo la certeza de que si viniera sólo, no podría encontrar la oficina deseada.
Al fin, una última puerta, enmarcada en paredes altas y frías, le cedió el paso a la oficina. Era un mundo sin colores, sólo los acostumbrados grises, marrones oscuros y el negro omnipresente de la vida clerical. Su suéter rojo de The Gap, que ahora llevaba doblado sobre el antebrazo se destacaba con especial fuerza. Sabía que a Monseñor le agradaban esos detalles. En la otra mano llevaba la guitarra, lo cual le daba cierta apariencia de aventurero. Monseñor, sin duda, no dejaría escapar el elemento; era un hombre de detalles.
Al fondo del óvalo gigante que formaban las estanterías, le pareció divisar un movimiento repetitivo y diminuto que se perfilaba contra un enorme mosaico de colores que mostraba una imagen del arcángel San Gabriel, desnudo y victorioso atravesando una serpiente con una lanza. Por algún extraño motivo, la luz del ventanal también proyectaba colores muertos, apagados. Algo parecido a una voz provenía de ese lugar. Se tuvo que acercar para que los contornos tomaran formas definidas. Caminó hasta un enorme escritorio de madera torneada. En el frente, el armatoste exhibía un escudo pontifical de dimensiones descomunales. Parecía decirle al desprevenido visitante, por su propia obra y gracia, que no debía avanzar más. Obedeció la señal tácita. Aún no sabía claramente qué había en frente suyo. Lo distrajo por algunos instantes la forma pulcra y estricta en que el escritorio estaba ordenado. No parecía que alguien hubiera trabajado allí jamás, excepto la cuidadosa mano del aseo. Un ligero ronroneo captó su atención. Algunos metros más allá del escritorio, contra el enorme ventanal de colores pudo divisar claramente el respaldo de un sillón de cuero, también de dimensiones desmedidas. Por uno de los lados se asomaba un antebrazo desnudo, envuelto en un capullo de pelos canosos debajo de los cuales se asomaba una piel blanquecina y muerta. El movimiento repetitivo que había visto metros atrás era el de ese brazo que acariciaba en forma rítmica y regular algo que no pudo identificar.
- ¡Jesús Hernán Orjuela!, sólo mírate…
Era una voz nasal que arrastraba las vocales y dejaba la sensación de que la frase era redonda. Hubo un silencio. No sabía de dónde había salido y si era la de Monseñor. El brazo se seguía moviendo rítmicamente y ahora podía escuchar los diminutos chirridos y contorsiones que hacía el cuero de la poltrona contra el cuerpo de su ocupante.
- ¿Monseñor?
preguntó incrédulo, expectante.
- Chucho, Chucho del alma. ¿No me reconoces, churro?
No tuvo tiempo de explicarle que era raro encontrarlo así, de espaldas, aunque estaba acostumbrado a sus excentricidades. La poltrona comenzó a girar lentamente. Jesús no podía comprender bien lo que veía. Esperaba ver a Monseñor en su clásico clergyman negro, inmaculado como era su costumbre. La figura que iba apareciendo, en cambio, era de un blanco espectral, atormentado por salpicaduras de rojo. La recubría un aura brillante, prístina, que sin lugar a dudas no era de santidad. Se percató de repente que había un extraño olor a petróleo en la habitación. La silla terminó de dar la vuelta. Jesús apretó los ojos por un instante, entreabrió la boca e intentó acercar la cabeza, como si esa mínima distancia le diera una mejor visión. Tardó unos momentos en entender lo que veía, como suele ocurrir con lo que merodea los bordes de lo irreal. Ante él estaba el máximo jerarca de su Iglesia, completamente desnudo con un gato negro sobre su regazo, sentado tranquilo y relajado en la silla descomunal. Portaba con orgullo una sonrisa que gritaba con fervor silencioso ¡Te sorprendí! Monseñor se había ungido el cuerpo completo, de pies a cabeza, en vaselina. Sólo en los pies portaba unas botas vaqueras negras, de punta y tacones ligeramente cónicos. Por un instante quitó su mano pecosa del gato que acariciaba -llevaba varios anillos pesados, incluso en el pulgar- y se reacomodó en la silla, con gran dificultad. La silla chirrió discretamente, como sintiendo la misma incomodidad. En su entrepierna se destacaba un color menos brillante que el del resto del cuerpo, más blanco. La única parte de su cardenalicia existencia terrenal que Monseñor había dejado libre del menjurje pétreo era su pubis y sus genitales, aunque los había bañado generosamente en algún talco. Jesús pensó en cómo ese pequeño y flácido miembro sacro se parecía a una gelatina de pata y se le comenzó a subir el labio por encima de los brackets, mientras detallaba la diminuta criatura empolvada. Lo ocultó enseguida con la mano. Monseñor notó su asombro y se miró también en la entrepierna
- Si, si, me faltó. Soy alérgico a todo, sabes. Cualquier cosa me pone rojo y me pica
Exclamó tranquilamente en tono de disculpa, como si la estupefacción de Jesús se debiera únicamente al parche.
Sin mediar otro comentario, Monseñor se paró de la silla, con el gato consentido ahora apoyado contra su pecho. Extendió un brazo, como poniendo de patente su desnudez, refiriéndose a ella, a la vaselina.
- Esto se lo vi a Burt Reynolds en una película. Te quise sorprender.
Jesús, intentando fingir tranquilidad y soltura, soltó una frase preconcebida, propicia.
- El que nos sorprende siempre es Jesús mismo, padre
Y los dos hombres soltaron carcajadas sonoras. La risa hizo que Monseñor se sintiera más a gusto con la presencia de Jesús. Caminó hacia él rápidamente, con complacencia en la mirada. No le dio la mano. Se mordió el labio inferior y le pellizcó la tetilla sobre la camisa con fuerza, mientras lo saludaba en esos sílabos redondos, completos, afectados, tan suyos. Entonces le habló en voz baja, como buscando complicidad
- Jesús, Jesús, qué gusto que estés acá. Estaba que no veía la hora…
Jesús fingió estar a gusto con el gesto. Observó con disimulo cómo la camisa se le manchaba con vaselina. Pero sabía lo obsesivo que Monseñor podía ser con sus pasiones. Apenas lo conoció, pareció perder la cabeza. Todos los días, cuando Jesús llegaba a su casa, encontraba algún presente sobredimensionado; cajas de chocolates por docenas, lotes de quinientas rosas del mismo color, presentes enormes cuidadosamente envueltos en papeles importados, siempre marcados con el sello personal de Monseñor y una espiga en el moño. Lo llamaba varias veces al día para compartir las nimiedades más insignificantes, para hacerle algún comentario que le hiciera reír, para saber con quién andaba. En su casa pensaron que tenía algún amor secreto, o al menos una cohorte entera de admiradoras. A su madre y a su abuela no les extrañó; Jesús era tan guapo, tan carismático. Cuando le indagaron entre risas cómplices por el remitente, él se enfadó; les recordó que él no tenía la más mínima inclinación por el amor de las mujeres. Dijo que los regalos simplemente eran ‘retribuciones del señor’ por sus obras. Con el tiempo, los presentes de Monseñor fueron disminuyendo. Las llamadas también. Jesús supo con certeza que ya había encontrado a otro joven ambicioso y humilde en quien fijar su atención. Fue un alivio, aunque no pudo mentirse al respecto; sintió celos. Pero había manejado la situación con altura. Soportó todo el exasperarte acoso sin jamás dejar de sonreírle a Monseñor, contestando todas sus llamadas. Era una de sus virtudes, de la cual estaba muy consciente, el soportar lo inaguantable con tal de cumplir sus metas. Ahora, estaba en el círculo. Por eso, ahí parado desnudo y aceitoso, lo dejó sentirse sorprendente, explícito y subrepticio. Pero al mismo tiempo sentía ansiedad de saber la misión que Monseñor le tenía asignada. De manera cortés, pero objetiva tenía que preguntar
- ¿Monseñor me mandó llamar?
Casi decepcionado, con profundo hastío Monseñor también comprendió que el juego se había acabado. Soltó el gato desde lo alto, se limpió el exceso de vaselina de los ojos y le explicó en un tono más apagado.
- Es el Iragua Chucho. Quieren que animes una convivencia. La pastoral es fuerte en ti…
Mientras Monseñor profería esas palabras, Jesús se remontó a la primera tarde que animó una convivencia en el Iragua. Recordó cómo en el momento culmen, cuando Jesús ya poseía las almas de todas las niñas, y sentadas alrededor de la fogata cantaban ‘La Espiga’, a Malú Botero, una niña obesa y entusiasta que con los ojos cerrados y aplaudiendo casi gritaba los coros, se le salió un enorme seno de rosado y lúbrico pezón que se rozaba con un crucifijo de metal. Jesús abrió los ojos en el momento preciso para captar esa imagen que no lo abandonó por años. Los volvió a cerrar, tañó con mayor ímpetu las cuerdas de su fiel compañera de pastoral al son de … ‘un molino en la vida nos tritura con dolor, Dios nos hace eucaristía en el amor’ y supo con prístina revelación que nunca en su vida se había sentido tan excitado.
No dudó un momento antes de exclamar
- Chiva rumbera, destino final el cielo…
lunes, 25 de octubre de 2010
LA DEPRESIÓN PERFECTA
Ha de ser una psicología muy errada la que expongo, pero la depresión no se me parece a la tristeza. Yo no las siento igual. Tristeza es lo que vende el cine a través de la muerte o la despedida de un amante o de un niño, la separación de una familia y su esencia casi siempre reside en esa partida o en sus consecuencias, por lo general previsibles, aunque a veces inevitables; la vida solitaria, el abandono, el tiempo, la distancia. Lo que distingue la tristeza de la depresión es que en la tristeza hay vida. El hecho de que nos duela una ruptura es un indicador absurdo y lacónico, pero infalible, de que sentimos, de que no estamos anestesiados ante el mundo. La depresión, en cambio se asemeja a una infección viral, en la cual nos va carcomiendo un agente que ni siquiera está vivo, como los virus no lo están. Woody Allen en sus memorias lo resumía magistralmente cuando decía que en el barrio en el que creció había pocos suicidios; la gente simplemente andaba demasiado triste. Y puede ser en algunos casos incluso un sentimiento que queremos despertar, como la buscada nostalgia de los tangos o de los boleros. No hace mucho un amigo me invitó al festival de poesía en Medellín. Como tantas cosas que solemos decir bromeando en serio, me recalcó que parte de la gracia –así dijo, “la gracia de la cosa”- era ‘llorar bien bueno’. Renuncié a ese placer. Pero los poetas invitados eran africanos y aún me pregunto si mi bucólico invitante habrá logrado salir con los ojos aguados bien sabroso a punta de versos en suajili. Como haya sido, en la tristeza hay oportunidad.
El deprimido, en cambio, lejos del llanto liberador que reafirma el sentimiento de estar vivo, suele ignorar su condición. No verá aumentada su agresividad, ni se sentirá hiperactivo e imparable, aunque estas sean situaciones frecuentes de su depresión. La inercia afectiva nos hace creer que estar activos es la salida a la condición de anestesia en la cual nos sumergirnos lentamente. Por eso el deprimido suele estar maniaco, fuera de sí mismo. Hace de todo, a toda hora. Uno de los casos de depresión que más me ha impresionado fue el del padre de mi mejor amigo que en ‘la mitad del camino de la vida’, simplemente decidió sentarse en la sala de su casa y hablar. Al comienzo, toda la familia lo acompañó, pensando que era un alegre regreso a la costumbre del diálogo perdido hace tiempo. La primera vez que habló por más de veinticuatro horas seguidas supieron que tenían en sus manos un caso de depresión profunda. Creo que él también lo supo. Lo más conmovedor es que su charla era jovial, llena de recuerdos, a veces centrada en lo inmediato pero nunca decaída o quejumbrosa. La inactividad de la depresión suele aparecer cuando nos percatamos plenamente de que no hay mucho que podamos hacer para poblar ese universo vacío y cuando nos vemos haciendo cosas que nos vuelven irreconocibles para nosotros mismos. Uno no se puede curar -al menos no fácilmente- de una infección con agentes muertos. Simplemente no hay manera de matarlos.
A qué le atribuimos nuestra depresión, el tomar conciencia de ella, es tan importante como la depresión misma. No que con ello realmente develemos su causa, pero esa atribución determina nuestro comportamiento cuando el mal se prolonga. Imaginemos, como un simple ejercicio de la morbidez, que pusiéramos nuestras depresiones en un dinamómetro que las pudiera aumentar y multiplicar, pasar el botón de un ‘dos’ a un ‘siete’ de intensidad y luego someter nuestra condición a la máquina del tiempo de Wells de tal manera que no fuera un estado pasajero -como por suerte lo es para la mayoría de nosotros-, sino crónico. No se crea por un instante que propongo algo así, aunque en la demencial carrera por perfeccionar los ya desmedidos métodos de tortura, el ejercito de los EEUU experimentó hace unas tres décadas con depresivos radicales. Supongamos que podemos aumentar y prolongar nuestras depresiones sin conejillos de indias más que los imaginarios. Luego de que ha descendido ese ‘velo’ o ‘nube gris’ sobre las cosas que describen los deprimidos como una etapa inicial, luego de que se han deteriorado las relaciones familiares y personales a causa de un estado prolongado, luego de que el mundo y lo que lo compone han perdido sentido y parecen casi irreales ¿qué queda? Por pura lógica, el deterioro del deprimido como tal; ya no hay nada más qué eliminar. Una vez ha perdido sentido el mundo y los otros, el que pierde sentido soy yo.
Lo más increíblemente perturbador es que más allá del experimento, lo que realmente ocurre es lo que acá mencionamos. El gran ausente en la depresión severa es el deprimido mismo. Y tenemos más de cien años de saberlo. El neurólogo francés Jules Cotard, médico de infantería durante las prolongadas y crueles guerras de finales del siglo XIX en Europa, nota cómo los más deprimidos entre los soldados que habían estado sobre-expuestos en las trincheras contaban la misma historia casi sobrenatural. A pesar de no padecer una condición física, casi todos se describían como muertos en vida. Lo debo decir una vez más, porque es difícil de creer: los pacientes que atendía Cotard contaban que habían muerto, y su cuerpo, que ya no pertenecía más al reino de los vivos, o bien se estaba pudriendo o ya estaba vacío, era polvo. Junto con los muertos reales, llegaban los muertos en pie. El médico militar tuvo la suficiente visión como para no identificar el problema con una simple hipocondría, o con un temor a volver al frente, lo cual ya hubiera sido bastante fácil al calor de los petardos explosivos del enemigo. En una conferencia en París en 1880 llama la nueva condición le délire de négation, o el delirio nihilista. Aún hoy, incluso en Colombia, hay casos reportados. La etiología y sintomatología de esta afección no se han diluido simplemente o redefinido a la luz de los intereses de los laboratorios de medicamentos psiquiátricos. Es una condición real, el estado final de la depresión. Es la depresión perfecta.
Las descripciones que dan los pacientes con síndrome de Cotard son pasmosas. Describen su cuerpo como muerto, su interior como vacío o putrefacto, dando recuentos detallados de los olores de su carne en descomposición. Otros piensan que sus órganos están en su cuerpo, pero que han dejado de funcionar o están llenos de polvo, obstruidos con cementos secos. Momias. Casi todos son hábiles en describir con precisión el momento y las circunstancias de sus muertes. ¿Acaso qué evento hay más importante en la vida? Venderles la idea de que no se ha muerto probando que no se puede estarlo porque se está hablando ante el psiquiatra es tanto como decirle a un anoréxico que lo mejor para su mal es comer. Él lo sabe, pero no hace parte de sus creencias funcionales, las que sirven para vivir. Quizá para Descartes haya funcionado la idea de que una de las condiciones del pensar es el existir, pero cuando lo único que hay es una gran depresión haciendo patente el vacío, no hay lógica racionalista que valga. Esto no implica que no haya un proceso de pensamiento en todo el asunto. Las ideas del paciente de Cotard me imagino que toman más o menos este curso para poder llegar a su estado final: la depresión severa y prolongada, la anestesia del mundo, me lleva a pensar que ese mundo es irreal. Los que me rodean, no son más que una parte de él. En verdad, mi cuerpo y yo somos parte de él también. Pero me veo y me huelo; acá estoy, me desplazo, duermo y como. No hay otro remedio, hago estas cosas ¡pero muerto! Si estuviera vivo sentiría algo, pero soy incapaz. A todos estos elementos unidos le atribuyo mi condición. Quizá cobre ahora sentido la importancia de a qué le atribuyo mi depresión. Si a veces el presentimiento de que se va a morir es fuerte, la certeza de que ya se ha muerto lo debe ser mucho más. Así, la idea de la propia muerte se sostiene sin cañazos.
¿Qué en este ancho mundo puede causar algo así? Hay casos de lesiones físicas e historiales de enfermedad mental como la esquizofrenia y la psicosis que han terminado en el síndrome de Cotard. Pero los estados anímicos que causan esta condición son comunes. Muchos los hemos vivido en sus etapas iniciales. Cuando en Bogotá se puso de moda el robo en los cajeros electrónicos, tuve la mala suerte de caer en un atraco con escopolamina que me fue administrada en una cafetería en los alrededores de Lourdes. Me levanté treinta y seis horas después en los escalones de la Catedral, con un dolor de cabeza monumental, en bancarrota y deprimido. Quizá lo único afortunado del incidente fue, paradójicamente, la depresión. Fue como ninguna otra que hubiera padecido, no tanto por su intensidad como por su ‘sabor’ peculiar. Recuerdo haberme acostado en el sofá de mi sala luego de lograr llegar a casa. Allí, rodeado de las cosas reconocidas y amables de mi entorno, sentí con claridad prístina que eran irreales. Todo era igual; mi comedor, mi cojín, mi cobija, yo mismo, pero de alguna manera todo tenía una perspectiva distinta. Y todo me daba igual. La depresión es en efecto un asunto de perspectiva. En mi caso particular, se hizo muy patente ese sin-sabor de la realidad. Creo que si esa sensación se hubiera prolongado más de la semana que duró, sin duda me hubiera deteriorado significativamente y hubiera tenido que comenzar a encontrar explicaciones. Una de las condiciones más dolorosas y extremas de la depresión es el sentimiento de que no nos abandonará nunca.
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| Self Portrait, Francis Bacon |
Lo más terriblemente ominoso de la depresión es la forma en que nos expone al vacío. Sé que es el tipo de frase que uno esperaría oír de un filósofo. Peor, de un existencialista. Pero es la forma en que me formulo el asunto; lo más insidioso y destructivo de la depresión es que ella hace patente un hueco, la pura y simple nada, carencias: de emociones, de perspectiva, de la pequeña alegría que procuran las cosas. La depresión mina el deseo de vivir y ni siquiera lo hace refutándolo, o carcomiéndolo, caso en el cual le podríamos poner la cara. Lo hace dejando ese deseo vital en el olvido, como si nunca hubiera estado allí, como si las cosas y el mundo siempre hubieran carecido de estructura. La depresión se asemeja mucho al proceso de desvanecimiento de un recuerdo atesorado y por eso las condiciones en las que perdemos la memoria, como el mal de Alzheimer, nos llegan a la par con este mal. La depresión, en poco, es sentir nada y si nos sumerge en el malestar, es sólo porque reaccionamos ante esa anestesia que sentimos (o mejor, ya no sentimos) por el mundo pensando que esa forma de ser ya no se nos parece a nosotros: “Pero si yo no era así, yo sentía intensamente…” La depresión toma la forma de un desconocimiento propio.
Ha de ser una psicología muy errada la que expongo, pero la depresión no se me parece a la tristeza. Yo no las siento igual. Tristeza es lo que vende el cine a través de la muerte o la despedida de un amante o de un niño, la separación de una familia y su esencia casi siempre reside en esa partida o en sus consecuencias, por lo general previsibles, aunque a veces inevitables; la vida solitaria, el abandono, el tiempo, la distancia. Lo que distingue la tristeza de la depresión es que en la tristeza hay vida. El hecho de que nos duela una ruptura es un indicador absurdo y lacónico, pero infalible, de que sentimos, de que no estamos anestesiados ante el mundo. La depresión, en cambio se asemeja a una infección viral, en la cual nos va carcomiendo un agente que ni siquiera está vivo, como los virus no lo están. Woody Allen en sus memorias lo resumía magistralmente cuando decía que en el barrio en el que creció había pocos suicidios; la gente simplemente andaba demasiado triste. Y puede ser en algunos casos incluso un sentimiento que queremos despertar, como la buscada nostalgia de los tangos o de los boleros. No hace mucho un amigo me invitó al festival de poesía en Medellín. Como tantas cosas que solemos decir bromeando en serio, me recalcó que parte de la gracia –así dijo, “la gracia de la cosa”- era ‘llorar bien bueno’. Renuncié a ese placer. Pero los poetas invitados eran africanos y aún me pregunto si mi bucólico invitante habrá logrado salir con los ojos aguados bien sabroso a punta de versos en suajili. Como haya sido, en la tristeza hay oportunidad.
El deprimido, en cambio, lejos del llanto liberador que reafirma el sentimiento de estar vivo, suele ignorar su condición. No verá aumentada su agresividad, ni se sentirá hiperactivo e imparable, aunque estas sean situaciones frecuentes de su depresión. La inercia afectiva nos hace creer que estar activos es la salida a la condición de anestesia en la cual nos sumergirnos lentamente. Por eso el deprimido suele estar maniaco, fuera de sí mismo. Hace de todo, a toda hora. Uno de los casos de depresión que más me ha impresionado fue el del padre de mi mejor amigo que en ‘la mitad del camino de la vida’, simplemente decidió sentarse en la sala de su casa y hablar. Al comienzo, toda la familia lo acompañó, pensando que era un alegre regreso a la costumbre del diálogo perdido hace tiempo. La primera vez que habló por más de veinticuatro horas seguidas supieron que tenían en sus manos un caso de depresión profunda. Creo que él también lo supo. Lo más conmovedor es que su charla era jovial, llena de recuerdos, a veces centrada en lo inmediato pero nunca decaída o quejumbrosa. La inactividad de la depresión suele aparecer cuando nos percatamos plenamente de que no hay mucho que podamos hacer para poblar ese universo vacío y cuando nos vemos haciendo cosas que nos vuelven irreconocibles para nosotros mismos. Uno no se puede curar -al menos no fácilmente- de una infección con agentes muertos. Simplemente no hay manera de matarlos.
A qué le atribuimos nuestra depresión, el tomar conciencia de ella, es tan importante como la depresión misma. No que con ello realmente develemos su causa, pero esa atribución determina nuestro comportamiento cuando el mal se prolonga. Imaginemos, como un simple ejercicio de la morbidez, que pusiéramos nuestras depresiones en un dinamómetro que las pudiera aumentar y multiplicar, pasar el botón de un ‘dos’ a un ‘siete’ de intensidad y luego someter nuestra condición a la máquina del tiempo de Wells de tal manera que no fuera un estado pasajero -como por suerte lo es para la mayoría de nosotros-, sino crónico. No se crea por un instante que propongo algo así, aunque en la demencial carrera por perfeccionar los ya desmedidos métodos de tortura, el ejercito de los EEUU experimentó hace unas tres décadas con depresivos radicales. Supongamos que podemos aumentar y prolongar nuestras depresiones sin conejillos de indias más que los imaginarios. Luego de que ha descendido ese ‘velo’ o ‘nube gris’ sobre las cosas que describen los deprimidos como una etapa inicial, luego de que se han deteriorado las relaciones familiares y personales a causa de un estado prolongado, luego de que el mundo y lo que lo compone han perdido sentido y parecen casi irreales ¿qué queda? Por pura lógica, el deterioro del deprimido como tal; ya no hay nada más qué eliminar. Una vez ha perdido sentido el mundo y los otros, el que pierde sentido soy yo.
Lo más increíblemente perturbador es que más allá del experimento, lo que realmente ocurre es lo que acá mencionamos. El gran ausente en la depresión severa es el deprimido mismo. Y tenemos más de cien años de saberlo. El neurólogo francés Jules Cotard, médico de infantería durante las prolongadas y crueles guerras de finales del siglo XIX en Europa, nota cómo los más deprimidos entre los soldados que habían estado sobre-expuestos en las trincheras contaban la misma historia casi sobrenatural. A pesar de no padecer una condición física, casi todos se describían como muertos en vida. Lo debo decir una vez más, porque es difícil de creer: los pacientes que atendía Cotard contaban que habían muerto, y su cuerpo, que ya no pertenecía más al reino de los vivos, o bien se estaba pudriendo o ya estaba vacío, era polvo. Junto con los muertos reales, llegaban los muertos en pie. El médico militar tuvo la suficiente visión como para no identificar el problema con una simple hipocondría, o con un temor a volver al frente, lo cual ya hubiera sido bastante fácil al calor de los petardos explosivos del enemigo. En una conferencia en París en 1880 llama la nueva condición le délire de négation, o el delirio nihilista. Aún hoy, incluso en Colombia, hay casos reportados. La etiología y sintomatología de esta afección no se han diluido simplemente o redefinido a la luz de los intereses de los laboratorios de medicamentos psiquiátricos. Es una condición real, el estado final de la depresión. Es la depresión perfecta.
Las descripciones que dan los pacientes con síndrome de Cotard son pasmosas. Describen su cuerpo como muerto, su interior como vacío o putrefacto, dando recuentos detallados de los olores de su carne en descomposición. Otros piensan que sus órganos están en su cuerpo, pero que han dejado de funcionar o están llenos de polvo, obstruidos con cementos secos. Momias. Casi todos son hábiles en describir con precisión el momento y las circunstancias de sus muertes. ¿Acaso qué evento hay más importante en la vida? Venderles la idea de que no se ha muerto probando que no se puede estarlo porque se está hablando ante el psiquiatra es tanto como decirle a un anoréxico que lo mejor para su mal es comer. Él lo sabe, pero no hace parte de sus creencias funcionales, las que sirven para vivir. Quizá para Descartes haya funcionado la idea de que una de las condiciones del pensar es el existir, pero cuando lo único que hay es una gran depresión haciendo patente el vacío, no hay lógica racionalista que valga. Esto no implica que no haya un proceso de pensamiento en todo el asunto. Las ideas del paciente de Cotard me imagino que toman más o menos este curso para poder llegar a su estado final: la depresión severa y prolongada, la anestesia del mundo, me lleva a pensar que ese mundo es irreal. Los que me rodean, no son más que una parte de él. En verdad, mi cuerpo y yo somos parte de él también. Pero me veo y me huelo; acá estoy, me desplazo, duermo y como. No hay otro remedio, hago estas cosas ¡pero muerto! Si estuviera vivo sentiría algo, pero soy incapaz. A todos estos elementos unidos le atribuyo mi condición. Quizá cobre ahora sentido la importancia de a qué le atribuyo mi depresión. Si a veces el presentimiento de que se va a morir es fuerte, la certeza de que ya se ha muerto lo debe ser mucho más. Así, la idea de la propia muerte se sostiene sin cañazos.
¿Qué en este ancho mundo puede causar algo así? Hay casos de lesiones físicas e historiales de enfermedad mental como la esquizofrenia y la psicosis que han terminado en el síndrome de Cotard. Pero los estados anímicos que causan esta condición son comunes. Muchos los hemos vivido en sus etapas iniciales. Cuando en Bogotá se puso de moda el robo en los cajeros electrónicos, tuve la mala suerte de caer en un atraco con escopolamina que me fue administrada en una cafetería en los alrededores de Lourdes. Me levanté treinta y seis horas después en los escalones de la Catedral, con un dolor de cabeza monumental, en bancarrota y deprimido. Quizá lo único afortunado del incidente fue, paradójicamente, la depresión. Fue como ninguna otra que hubiera padecido, no tanto por su intensidad como por su ‘sabor’ peculiar. Recuerdo haberme acostado en el sofá de mi sala luego de lograr llegar a casa. Allí, rodeado de las cosas reconocidas y amables de mi entorno, sentí con claridad prístina que eran irreales. Todo era igual; mi comedor, mi cojín, mi cobija, yo mismo, pero de alguna manera todo tenía una perspectiva distinta. Y todo me daba igual. La depresión es en efecto un asunto de perspectiva. En mi caso particular, se hizo muy patente ese sin-sabor de la realidad. Creo que si esa sensación se hubiera prolongado más de la semana que duró, sin duda me hubiera deteriorado significativamente y hubiera tenido que comenzar a encontrar explicaciones. Una de las condiciones más dolorosas y extremas de la depresión es el sentimiento de que no nos abandonará nunca.
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| Pintura de un paciente esquizofrénico |
Paradójicamente, los descubrimientos sobre la manera en que el cerebro elabora el mundo que hice tratando de entender todo el asunto revestían una belleza inusitada. Eran viejos a la neurología pero totalmente nuevos para mí. Haciendo sencilla una complicada explicación: partes primitivas del cerebro reptiliano, el tálamo e hipotálamo, son las encargadas de producir los diversos estados emocionales como la ira, el amor, la atracción, la repulsión. Normalmente pensamos que estas emociones sólo las despiertan otras personas. Difícilmente nos percatamos que todos los objetos en alguna medida se perciben de manera emocional, porque todos en alguna medida nos atraen o nos repulsan. El reconocimiento de estos depende de partes más nuevas del cerebro; la corteza cerebral, el complejo aparato en donde se procesan funciones superiores. En el acto normal de percibir hay una enmarañada comunicación entre emocionalidad y observación. Cuando por lesión, enfermedad mental o a causa de un fármaco, como la escopolamina, se altera esa comunicación, no podemos asociar emoción alguna con lo que vemos, tocamos, olemos. El mundo, en ese estado, pierde significancia, y en últimas sentido. De allí a que yo lo pierda no hay más que un paso.
Nunca más he vuelto a sentir lo que entonces sentí con la escopolamina. Y no quisiera volverlo a sentir. Pero debo reconocer que la experiencia, aunque no buscada, me permitió saber que habitar en una realidad con sentido es algo que depende de un delicado equilibrio. Y es un logro.
Roberto Palacio F.
25/10/2010
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