El destino de todo texto

El destino de todo texto
Aldous Huxley "Si uno es diferente, está condenado a la soledad"

lunes, 15 de noviembre de 2010

Cuento finalista en el Certamen de Terror, Editoral el Círculo Rojo en Almería; un ejercicio de ficción en menos de 5000 caracteres

HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE…

Yo acababa de salir de la cárcel; seis años, tres meses y veintisiete días por haber tenido sexo con una menor de edad. ‘Yo tengo todos mis papeles en orden’, me dijo antes de subir a la habitación y en verdad que parecía una mujer hecha y derecha. Incluso algunas huellas de la vida amarga se mostraban en su rostro. No alcancé a desvestirme cuando un policía prorrumpió en la diminuta habitación gritando ‘sexo con una menor’. Ella, desnuda, mascando chicle se burló en un tono de desprecio casi infantil mientras me esposaron; ‘la cana, papi, la cana…’ Así terminé entre esas cuatro paredes por lo que pareció una centuria, pero nada quería más en el mundo que terminar ese acto inacabado, estallar en un único orgasmo que sellara por siempre mi libertad. Así, mi primer propósito al salir fue conseguir una mujer con quien entregarme a los más lascivos deseos nacidos del encierro.

Pero maldita habría de ser mi suerte. De cierta manera, afortunada también. El día que pisé la calle se produjo el primer caso de lo que vino a ser conocido como la fusión sexual humana autoinfligida. Al comienzo nadie sabía de qué se trataba, y aún nadie tiene la menor pista. Los médicos que atendieron a los primeros afectados los diagnosticaron con un problema embarazoso pero corriente. No había forma de predecir que lo peor estaba por venir; una joven adolescente pelirroja –no tendría más de 17 años- había llegado a un pabellón de urgencias musitando quejidos incomprensibles y nasales salidos de su boca que se había fusionado con su novio, un muchacho obeso de la misma edad que desesperado intentaba alejar su cabeza con sus manos. Al día siguiente, el artículo de la prensa amarillista revelaba todo el fenómeno, imágenes explícitas incluidas: los tejidos de la boca de la joven se habían entrelazado con los del pene de su compañero durante su primera experiencia felatoria. Los doctores pensaron que se trataba de un caso de enredo de algún aparato dental. Pero las radiografías revelaron el horror; los tejidos de la boca, mandíbula, lengua se fundían con los genitales del muchacho y al parecer el proceso avanzaba con el tiempo.

En los días siguientes, los casos proliferaron por la ciudad. Todo el que se entregara al sexo terminaba fusionado. Por mi cuenta vi los cuerpos más grotescos, uniones forzadas e improbables de lo que antes eran dos seres; caras que salían de otras, a veces iracundas, culpándose mutuamente por su desgracia; miembros que brotaban de los costados de quienes evidentemente no eran sus dueños, mientras que el resto del cuerpo del interceptador prorrumpía en los lugares en dónde debía ir. Irónicamente, algunos recordaban un corazón cruzado por una flecha. A un hombre ya entrado en años le salía un pierna femenina y estilizada por el abdomen bajo mientras que la cabeza de la mujer ahora brotaba cerca a la suya propia. Ambos intentaban desplazarse en direcciones contrarias pero no lograban más que girar sobre sí mismos como una embarcación de un solo remo. Otros habían terminado con sus cabezas fundidas en los genitales de su amante, como si intentaran salir o insertarse en ellos. Los que se entregaban a las orgías, acabaron por convertirse en una masa humana de la que brotaban piernas, brazos, porciones de miembros y de la cual emanaba un solo lamento de dolor. Quizá los más impactantes eran los que se fusionaron con una persona que moría en el proceso. Solían ocultar el cadáver con pesados abrigos, pero pronto la carne podrida comenzaba a descomponer la propia.

No es de extrañar que las autoridades comenzaran a reprimir brutalmente cualquier manifestación sexual. Entendí que con cada minuto que pasaba, las oportunidades de llevar a cabo mi plan se hacían menores. No había tiempo qué perder.
Corrí por la urbe infectada y doliente por horas, evitando a los fusionados que me auscultaban con sus ojos vacíos mientras me extendían sus manos en busca de ayuda. Era ya tarde en la noche cuando llegué a la casa del pecado en la cual fui arrestado, en las afueras de la ciudad. Como si no hubiera transcurrido un solo día, subí a la misma habitación en donde había estado hace casi siete años. Allí estaba ella, en la misma pose en la que la había dejado, ajena a todo lo que ocurría en el resto del mundo, aún no infectada. Arrojé un fajo de billetes sobre el colchón y ella sin mediar una sola palabra se desvistió y me comenzó a besar el pecho. La fusión comenzó de inmediato. Primero su brazo, luego su hombro, su pecho. Me atravesó con limpieza casi matemática, como un plano intercepta otro. Gocé cada minuto de sus quejidos de dolor, del asombro con el cual me miraba. En medio del desespero, atinó a preguntarme, como pidiendo ayuda ‘¿Qué está pasando? ¿Dónde me estás metiendo?’. ‘En la cana, mami, en la cana’ le dije antes de que su boca que aún mascaba chicle se sumergiera por completo en mi costado.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Sobre andar armado [Experimentos en el borde de la ficción y la no-ficción]

[Para mi hermana María Claudia en su cumpleaños, la única a quien le consta que estas cosas ocurrieron]

En la foto estoy con las manos en los bolsillos y el torso ligeramente inclinado. Es una diapositiva. Mi padre la marcó con letra grande y enfática ‘Apr. 1973. Louisville, Ky’. Llevo una camisa vaquera, de solapas cafés y flequillos con botones nacarados. Debajo, mi madre me había puesto una camiseta por si el día se enfriaba. Una pulmonía se volvía una neumonía en segundos, decía, mientras chasqueaba los dedos. Llevo un pantalón oscuro, que no hace juego con la camisa, aunque es vaquero. De una presilla pende la imitación de un revólver Smith & Wesson treinta y nueve milímetros, de la mitad del tamaño del original, que venía con el pantalón. Usaba unos cartuchos de plástico rojo que no expelían nada, pero hacían ruido y levantaban una humareda que lograban llamar la atención. Por eso casi nunca lo disparaba. Llevaba el arma por si acaso, porque era agradable saber que iba armado y porque…bueno, uno nunca sabe. Tampoco había forma de saber que estaba a pocos días de disparar un arma de verdad; o lo que yo creía que era un arma de verdad a los ocho años.

Por ese entonces mi padre terminó aceptando un puesto en una clínica de mineros en un sitio llamado Greenville, Kentucky, a dos horas de donde vivíamos. Aunque era un caserío repleto de excavadores de carbón de las montañas, con más barro que vías, debía completar las horas de práctica para su post-grado y generar los suficientes ingresos para una familia de cuatro. Estuvimos entre los primeros en habitar una urbanización que se había comenzado a construir en las afueras y en la que no había más que unas cuantas casas simétricamente organizadas a lado y lado de una carretera recta, que subía por una loma boscosa que iban despejando a medida que hacían una nueva construcción. Muchos dueños no las habían ocupado aunque estaban terminadas, y sin decírselo a nadie, pensaba que postergaban su llegada porque odiaban ese lugar tanto como yo. No habíamos acabado de acomodarnos cuando comenzaron mis pesadillas. Temía dormirme porque en mis sueños recurría la imagen blanca y traslúcida de un Arcángel que con espada en mano me decía que me iba a morir, y me advertían a qué edad; los doce años. La educación religiosa de las mojas del Colegio Saint Margaret Mary en Louisville habían cobrado su porción de infelicidad. Fue también la única época de mi vida en que me interesé por las armas.

Dos casas abajo de la nuestra vivía un chico de mi edad llamado Jamie. Su padre, un minero alcohólico, lo había abandonado a él, a su hermano menor y a su madre luego de jugarse la finca en la que vivían y como en una canción de Johnny Cash, lo único que les dejó fue a su propio hermano, un drogadicto erotómano que había estado en Vietnam, o al menos eso decía. Era gente del campo y viviendo en una casa en los suburbios se veían inadecuados, sucios, constreñidos; imagino que en realidad lo eran. Pero también estaban allí por necesidad lo cual nos unió con Jamie y nos hicimos amigos de inmediato. En el verano Jamie no usaba ni camisa ni zapatos sino un pantalón sin más, algo que mi mamá notaba con lástima y preocupación. Yo también la sentí hasta que un día lo vi por la ventana, así, descalzo, con su pelo largo y enmarañado y con un rifle en la mano caminando hacia mi casa. Jamie adquirió para mí desde ese instante un aura casi sobrenatural. Temí que mi madre viera el rifle y salí corriendo a recibirlo antes de que me prohibieran algo. Lo saludé mirando el arma y preguntando qué tenía ahí. Los años han borrado de mi memoria la marca, pero Jamie me dijo que era una belleza en su clase; un auténtico rifle de aire, mientras lo sostenía y también lo miraba como si fuera la primera vez. Yo le creí incondicionalmente. Me dijo algo en el sentido de que era peligroso y que yo no podía usarlo hasta que no lo viera disparar, para lo cual nos fuimos al bosque.

Sacó de sus bolsillos una balita que parecía un gallito de Cricket en miniatura, abrió el arma en dos con un crujido, moviendo una palanca que yo había visto pero que suponía inoficiosa, e insertó la pelotica. Me dijo que entre más cargas le pusiera, mayor potencia tendría y especulamos un rato sobre si podía matar a alguien. Jamie me explicó que él había sido golpeado por una balita que no le penetró la piel; pero que con los suficientes bombazos de presión, si él quería, podía atravesar a un hombre. Pero que ahora no quería. Lo observé dar bombazos, admirado, bajando y subiendo una manivela al lado del gatillo. Lo hacía con los dientes apretados, como cargaban los vaqueros de las películas, con la diferencia que en las Winchester del oeste, por cada bombazo se podía dar un disparo, mientras que Jamie debía dar al menos veinticinco para obtener un tiro que no fuera una parábola muerta. Las últimas cargas las hizo con un esfuerzo increíble, olvidando lo bélico de su propósito, hasta que al fin se paró, descalzo, le apuntó a un árbol que él consideraba capaz de resistir la brutal embestida y disparó. Yo me tapé los oídos y apreté los ojos con fuerza y en esos breves momentos antes de la detonación, tuve la clara conciencia que estaba comenzando algo que no iba a terminar bien.

La explosión no produjo el sonido robusto y penetrante de trueno que yo esperaba, sino más bien el que hace un neumático de bicicleta al estallar. Corrí a ver el árbol que había sido impactado y tardamos un buen rato con Jamie en encontrar el proyectil, que estaba dentro de un agujerito del tamaño de una lenteja, destrozado. Comentamos aterrados la brutal potencia que se necesita para destrozar así un pedazo de metal, ignorando que el plomo de la balita ya se había deformado en el bolsillo del pantalón de Jamie. Le rogué que me dejara disparar y mientras me hacía mil advertencias, cargó con otro plomito y bombeó. Me impactó lo pesado y brutalmente real que era el rifle. Es lo que la hacía un arma real para mí, acostumbrado a las contrapartes de plástico que disparaban chupas. Me paré, como él, en el mismo lugar, contuve el aliento y disparé. El arma se movió menos de lo que yo esperaba. Jamie salió corriendo a buscar la bala - a veces las volvíamos a usar- pero no la pudimos encontrar por ningún lado. En todo caso me palmeó la espalda y en lo que parecía un extraño rito de iniciación, supe que ahora era uno de los hombres del rifle y que tenía el poder de herir a distancia.

Ese verano le disparamos a todo: lo que se movía, lo que no se movía, a las aves que se acercaran, a las que estaban demasiado lejos para haber podido llegar a ellas con un número finito de bombazos, a roedores imaginarios y reales y a los vidrios de las casas deshabitadas. Mientras Jamie comía, o iba al baño yo sostenía el rifle, y por unos breves momentos lo sentía totalmente mío.

El frenesí de disparos llegó abruptamente a su final en el otoño cuando disparándole a un ave que se había posado en un chamizo pelado que había en el antejardín le atiné a la camioneta Buick de mi casa. Ví el vidrio lateral derecho cuartearse en mil pedazos, como en cámara lenta; vi a Jamie salir corriendo hacia su casa con el rifle. Mi papá salió en piyama -era tal vez un domingo en la mañana- y mientras se amarraba la levantadora me preguntó si había visto a la persona que había hecho el daño. Yo le señalé con el dedo el supuesto camino que había tomado el criminal imaginario y ambos nos subimos al carro lleno de vidrios, pero cuando íbamos al final de la recta, yo ya no podía sostener más el cañazo y renunciando completamente al derecho que otorga la cuarta enmienda en suelo americano, me autoincriminé a más no poder. Frenamos en seco, dimos media vuelta y en la casa se desató el infierno para mí. No solo los disparos llegaron a su fin ese día; también lo hizo la amistad con Jamie, y no sólo porque llegó a girar íntegramente sobre el aire comprimido, sino porque la capacidad de dañar había dado la vuelta completa y había ido a parar en mi propio jardín, algo que no creía posible y supe que para no morir a los doce años a manos de una espada traslúcida había que dejar de ser un temeroso hombre del rifle. Algunos simplemente nunca lo comprenden.

Roberto Palacio F., 07/11/10

lunes, 1 de noviembre de 2010

Histórico encuentro entre Monseñor Rubiano y el Padre Chucho (fragmento)…

Textos del Ocio;
Si no lo pudimos presenciar, habrá que inventarlo. Lo que se logra en un puente festivo…


Tuvo que caminar por muchos pasillos para llegar a la oficina de Monseñor. Cada puerta estaba celosamente custodiada por un joven seminarista. Los miró a todos a los ojos, y algunos de ellos le devolvieron la mirada con resignada solemnidad y picardía. Cada nuevo paso parecía marcar una nueva esfera, una mayor cercanía a Monseñor. Había hecho la travesía muchas veces, pero tuvo la certeza de que si viniera sólo, no podría encontrar la oficina deseada.

Al fin, una última puerta, enmarcada en paredes altas y frías, le cedió el paso a la oficina. Era un mundo sin colores, sólo los acostumbrados grises, marrones oscuros y el negro omnipresente de la vida clerical. Su suéter rojo de The Gap, que ahora llevaba doblado sobre el antebrazo se destacaba con especial fuerza. Sabía que a Monseñor le agradaban esos detalles. En la otra mano llevaba la guitarra, lo cual le daba cierta apariencia de aventurero. Monseñor, sin duda, no dejaría escapar el elemento; era un hombre de detalles.

 Al fondo del óvalo gigante que formaban las estanterías, le pareció divisar un movimiento repetitivo y diminuto que se perfilaba contra un enorme mosaico de colores que mostraba una imagen del arcángel San Gabriel, desnudo y victorioso atravesando una serpiente con una lanza. Por algún extraño motivo, la luz del ventanal también proyectaba colores muertos, apagados. Algo parecido a una voz provenía de ese lugar. Se tuvo que acercar para que los contornos tomaran formas definidas. Caminó hasta un enorme escritorio de madera torneada. En el frente, el armatoste exhibía un escudo pontifical de dimensiones descomunales. Parecía decirle al desprevenido visitante, por su propia obra y gracia, que no debía avanzar más. Obedeció la señal tácita. Aún no sabía claramente qué había en frente suyo. Lo distrajo por algunos instantes la forma pulcra y estricta en que el escritorio estaba ordenado. No parecía que alguien hubiera trabajado allí jamás, excepto la cuidadosa mano del aseo. Un ligero ronroneo captó su atención. Algunos metros más allá del escritorio, contra el enorme ventanal de colores pudo divisar claramente el respaldo de un sillón de cuero, también de dimensiones desmedidas. Por uno de los lados se asomaba un antebrazo desnudo, envuelto en un capullo de pelos canosos debajo de los cuales se asomaba una piel blanquecina y muerta. El movimiento repetitivo que había visto metros atrás era el de ese brazo que acariciaba en forma rítmica y regular algo que no pudo identificar.

- ¡Jesús Hernán Orjuela!, sólo mírate…

Era una voz nasal que arrastraba las vocales y dejaba la sensación de que la frase era redonda. Hubo un silencio. No sabía de dónde había salido y si era la de Monseñor. El brazo se seguía moviendo rítmicamente y ahora podía escuchar los diminutos chirridos y contorsiones que hacía el cuero de la poltrona contra el cuerpo de su ocupante.

- ¿Monseñor?

preguntó incrédulo, expectante.

- Chucho, Chucho del alma. ¿No me reconoces, churro?

No tuvo tiempo de explicarle que era raro encontrarlo así, de espaldas, aunque estaba acostumbrado a sus excentricidades. La poltrona comenzó a girar lentamente. Jesús no podía comprender bien lo que veía. Esperaba ver a Monseñor en su clásico clergyman negro, inmaculado como era su costumbre. La figura que iba apareciendo, en cambio, era de un blanco espectral, atormentado por salpicaduras de rojo. La recubría un aura brillante, prístina, que sin lugar a dudas no era de santidad. Se percató de repente que había un extraño olor a petróleo en la habitación. La silla terminó de dar la vuelta. Jesús apretó los ojos por un instante, entreabrió la boca e intentó acercar la cabeza, como si esa mínima distancia le diera una mejor visión. Tardó unos momentos en entender lo que veía, como suele ocurrir con lo que merodea los bordes de lo irreal. Ante él estaba el máximo jerarca de su Iglesia, completamente desnudo con un gato negro sobre su regazo, sentado tranquilo y relajado en la silla descomunal. Portaba con orgullo una sonrisa que gritaba con fervor silencioso ¡Te sorprendí! Monseñor se había ungido el cuerpo completo, de pies a cabeza, en vaselina. Sólo en los pies portaba unas botas vaqueras negras, de punta y tacones ligeramente cónicos. Por un instante quitó su mano pecosa del gato que acariciaba -llevaba varios anillos pesados, incluso en el pulgar- y se reacomodó en la silla, con gran dificultad. La silla chirrió discretamente, como sintiendo la misma incomodidad. En su entrepierna se destacaba un color menos brillante que el del resto del cuerpo, más blanco. La única parte de su cardenalicia existencia terrenal que Monseñor había dejado libre del menjurje pétreo era su pubis y sus genitales, aunque los había bañado generosamente en algún talco. Jesús pensó en cómo ese pequeño y flácido miembro sacro se parecía a una gelatina de pata y se le comenzó a subir el labio por encima de los brackets, mientras detallaba la diminuta criatura empolvada. Lo ocultó enseguida con la mano. Monseñor notó su asombro y se miró también en la entrepierna

- Si, si, me faltó. Soy alérgico a todo, sabes. Cualquier cosa me pone rojo y me pica

Exclamó tranquilamente en tono de disculpa, como si la estupefacción de Jesús se debiera únicamente al parche.

Sin mediar otro comentario, Monseñor se paró de la silla, con el gato consentido ahora apoyado contra su pecho. Extendió un brazo, como poniendo de patente su desnudez, refiriéndose a ella, a la vaselina.

- Esto se lo vi a Burt Reynolds en una película. Te quise sorprender.

Jesús, intentando fingir tranquilidad y soltura, soltó una frase preconcebida, propicia.

- El que nos sorprende siempre es Jesús mismo, padre

Y los dos hombres soltaron carcajadas sonoras. La risa hizo que Monseñor se sintiera más a gusto con la presencia de Jesús. Caminó hacia él rápidamente, con complacencia en la mirada. No le dio la mano. Se mordió el labio inferior y le pellizcó la tetilla sobre la camisa con fuerza, mientras lo saludaba en esos sílabos redondos, completos, afectados, tan suyos. Entonces le habló en voz baja, como buscando complicidad

- Jesús, Jesús, qué gusto que estés acá. Estaba que no veía la hora…

Jesús fingió estar a gusto con el gesto. Observó con disimulo cómo la camisa se le manchaba con vaselina. Pero sabía lo obsesivo que Monseñor podía ser con sus pasiones. Apenas lo conoció, pareció perder la cabeza. Todos los días, cuando Jesús llegaba a su casa, encontraba algún presente sobredimensionado; cajas de chocolates por docenas, lotes de quinientas rosas del mismo color, presentes enormes cuidadosamente envueltos en papeles importados, siempre marcados con el sello personal de Monseñor y una espiga en el moño. Lo llamaba varias veces al día para compartir las nimiedades más insignificantes, para hacerle algún comentario que le hiciera reír, para saber con quién andaba. En su casa pensaron que tenía algún amor secreto, o al menos una cohorte entera de admiradoras. A su madre y a su abuela no les extrañó; Jesús era tan guapo, tan carismático. Cuando le indagaron entre risas cómplices por el remitente, él se enfadó; les recordó que él no tenía la más mínima inclinación por el amor de las mujeres. Dijo que los regalos simplemente eran ‘retribuciones del señor’ por sus obras. Con el tiempo, los presentes de Monseñor fueron disminuyendo. Las llamadas también. Jesús supo con certeza que ya había encontrado a otro joven ambicioso y humilde en quien fijar su atención. Fue un alivio, aunque no pudo mentirse al respecto; sintió celos. Pero había manejado la situación con altura. Soportó todo el exasperarte acoso sin jamás dejar de sonreírle a Monseñor, contestando todas sus llamadas. Era una de sus virtudes, de la cual estaba muy consciente, el soportar lo inaguantable con tal de cumplir sus metas. Ahora, estaba en el círculo. Por eso, ahí parado desnudo y aceitoso, lo dejó sentirse sorprendente, explícito y subrepticio. Pero al mismo tiempo sentía ansiedad de saber la misión que Monseñor le tenía asignada. De manera cortés, pero objetiva tenía que preguntar

- ¿Monseñor me mandó llamar?

Casi decepcionado, con profundo hastío Monseñor también comprendió que el juego se había acabado. Soltó el gato desde lo alto, se limpió el exceso de vaselina de los ojos y le explicó en un tono más apagado.

- Es el Iragua Chucho. Quieren que animes una convivencia. La pastoral es fuerte en ti…

Mientras Monseñor profería esas palabras, Jesús se remontó a la primera tarde que animó una convivencia en el Iragua. Recordó cómo en el momento culmen, cuando Jesús ya poseía las almas de todas las niñas, y sentadas alrededor de la fogata cantaban ‘La Espiga’, a Malú Botero, una niña obesa y entusiasta que con los ojos cerrados y aplaudiendo casi gritaba los coros, se le salió un enorme seno de rosado y lúbrico pezón que se rozaba con un crucifijo de metal. Jesús abrió los ojos en el momento preciso para captar esa imagen que no lo abandonó por años. Los volvió a cerrar, tañó con mayor ímpetu las cuerdas de su fiel compañera de pastoral al son de … ‘un molino en la vida nos tritura con dolor, Dios nos hace eucaristía en el amor’ y supo con prístina revelación que nunca en su vida se había sentido tan excitado.
No dudó un momento antes de exclamar

- Chiva rumbera, destino final el cielo…