El destino de todo texto

El destino de todo texto
Aldous Huxley "Si uno es diferente, está condenado a la soledad"

domingo, 12 de diciembre de 2010

Un grito libertario contra las instrucciones chinas

Instrucciones para hacer reír a un chino


La Vie mode d'emploi, Georges Perec

No hay nada que mate la felicidad navideña como un manual de instrucciones. Cuando ya no se puede configurar el ipad, el Blackberry, armar la nueva consola, o encontrar en botón de encendido de la muñeca que come y defecta y se ríe y llora, no queda más que leer a las instrucciones. Es una medida tan desesperada como acudir al soporte técnico en línea de Windows cuando uno trabajó toda la tarde en un archivo bajado que no guardó, y orondo lo cerró. ¿Por qué no escribirle de una a Bill Gates? Tal vez él tenga una carpeta con todos los trabajos perdidos. Sentado en la cima del mundo, lee tu correo y se empieza a reír in crescendo como Bob Patiño, hasta que le da tos. Nunca he sido el tipo de persona que aguante esa espera. No soporto esas secuencias al estilo:

1. Presione Program (el indicador setup parpadea) - ¡Voy Bien!

2. Presione Reset (se visualiza ‘r’ en la unidad de base) - ¿Cuál es la unidad de base? El mío no la trae…

3. Ingrese su clave secreta (aparecerá el código RIM) - ¿Código RIM? ¿Lo marco con los ceros iniciales?

4. Con los dedos meñiques de los pies, introduzca un número primo y par entre 03-99, sosteniendo el teclado con la lengua (Sonará un pitido)

Bla, bla, bla….

Mejor: Sonará un estallido. Prefiero dañar el aparato; si me toca aguantar, que sea por lo inevitable. Por lo general el técnico que lo arregla le enseña a uno cómo manejarlo sin manuales. Las instrucciones son para ñoños y para gente que no es famosa.

Yo me leo los ‘modos de empleo’ de las cosas más básicas, buscando provocarme la ira. El Shampoo es un ejemplo clásico. El Denorex Ultra: ‘Aplique y masajee vigorosamente. Enjuague bien y repita la operación.’ ¿Qué debo hacer, seguir lavándome sin fin como en un cuento de Borges? ¿Esta gente de verdad cree que venderá más si propone usos infinitos? ¿Acaso leeremos en los diarios: ‘El señor Juan Pérez murió ayer por inanición luego de estarse duchando por más de veinticinco días seguidos, habiendo consumido cincuenta cajas de Denorex. Con sus últimos alientos, lejos de despedirse de los suyos, tomó el frasco, se aplicó la sustancia vigorosamente, enjuagó con abundante agua y falleció cuando intentaba repetir la operación.’? La practicidad de las instrucciones genera unas metafísicas insoportables.

Los productos femeninos traen instrucciones en segunda persona. Muchos son tristemente lacónicos, incluso aleccionan sobre cómo enfrentar el dolor. Las bandas depilatorias Veet dicen: ‘Aplica una de las bandas sobre tu piel y frota repetidas veces en el sentido de crecimiento del vello. Inmediatamente, con una de tus manos, estira la piel del final del área a depilar, en un movimiento rápido y firme, retira la banda hacia atrás, en dirección contraria al crecimiento del vello. Si sientes dolor, presiónate la piel con las manos.’ Hubieran podido incluir una lista de palabras a proferir en el momento del halón: ‘…retira la banda hacia atrás, en dirección contraria al crecimiento del vello. Si sientes dolor, desahógate con cualquiera de estas frases; «Grandísimo hijo de la *&%#®*!», «Ah, vida *&%#®*!», «Pedazo de *&%#®*!»’, porque si a uno no se le ocurre tocarse donde le duele, quizá tampoco sepa qué decir en el instante de la verdad. Las instrucciones de la Neutrogena Anti-Wrinkle, una crema para contrariar los efectos del tiempo, advierte: ‘Puede experimentar cosquilleo o enrojecimiento. Esto es normal y transitorio’. Claro, en este mundo de la belleza, ‘cosquilleo’ es un eufemismo para ‘ardor’. El Napalm también producía ‘cosquilleo’, aunque dudo que los americanos le advirtieran a los vietnamitas desde los helicópteros que eso era normal. Yo me imagino que Neutrogena se imagina que la gente se imagina la escena así: ‘Ella se aplica la crema, siente cosquillas. Sale corriendo del baño a las carcajadas. Mientras se tira en la cama le pregunta a su marido «Mi amor, ¿qué serán estas cosquillitas», «Cariño, es tu juventud que te abandona como el frío a una nevera sin empaque»’. Lo normal son las arrugas, y lo que es transitorio es la juventud. Habrá que recordárselo a algunas mujeres que ahí siguen por pura terquedad. Cher: no envejecer a tu edad ya es de mal gusto. Otras instrucciones están tan mal redactadas que resultan ofensivas. Las del Siluet 40, Piel de Naranja, un jabón para adelgazar, parecen sugerir que la piel de naranja es de la usuaria: ‘Mientras toma un baño, aplique el jabón por espacio de tres minutos masajeando vigorosamente el área con la piel de naranja como muslos y caderas’. Esta gente, por andar muy ocupada vendiendo, cometen un error de redacción que se conoce y se sabe enmendar desde hace más de dos mil años.

Pero el pináculo de la instrucción torcida e incomprensible es la del producto chino. Hay muchos ejemplos. Las pastillas adelgazantes Pai You Guo, quizá el adelgazante natural chino más popular en el mundo entero, describen su producto así (transcribo tal cual está impreso en la caja): ‘Con una nueva generación delaceite de Pai de aceite adelgazando la bellezadel humedecer a intestinal y de las formulacionesde los gránulos y de los resultados rápidamente, el mismo dia resulta’. ¡Maldito insensible el que es ajeno a la belleza del ‘humedecer a intestinal’ y de las ‘formulaciones de gránulos’!

Pero el poeta chino no se detiene allí, más adelante construye metáforas para hundir del todo cualquier posibilidad de ver belleza en la obesidad. ¿Para quién es el producto?: ‘[…]El gentío conveniente: la condición de gordura simple, gordura durante adolescencia o luego de dar nacimiento, sobre todo conviene la gordura que se llama con sentencia popular: cintura como balde, panza de general, la pierna de elefantey ete étera’. Estas culturas milenarias conocen la miseria humana: tenerse que preguntar si uno ya llegó a la pata del elefante, o a la panza de general. Y eso que no hemos abordado aún las instrucciones. Parecen el manual de un escuadrón de fusilamiento chino, redactado por un grupo de alcohólicos anónimos influidos por el Tao: ‘La forma de beber: Una vez cada día, una bala cada vez, se la bebe con el agua caliente cantidad apropiada o baña en la sopa de arroz en la mañana.’ Claro, también me puedo tomar dos seguidas si perdí el restaurante de fideos en un juego de Mah Jong, y terminar de una vez con la pata de elefante.

Es difícil creer que soy fiel al texto, pero de hecho, tomé la decisión de pedirle a la dueña de almacén chino de Galerías llamada Fú que me regalara una caja vacía del producto para no permitirme siquiera una elipsis, ni terminar tomando Pai You Guo. Ella, con una sonrisa accedió aunque no comprendió del todo para qué quería yo una caja de pastillas vacía. Intenté explicarle que investigaba para un artículo sobre las instrucciones y que las de los productos chinos resultaban especialmente difíciles para los colombianos -por no decir que para el resto de la especie-. Se quedó mirándome un rato en silencio a través de esas campanitas que suenan con el viento y que no tienen nombre en español y me preguntó si comía mucho. Yo le dije que sí y soltó una carcajada. Tal vez algunas de las cosas más difíciles se logran sin instrucciones.

Roberto Palacio F.

domingo, 12 de diciembre de 2010


domingo, 5 de diciembre de 2010

Recuerdo de la Navidad de 1975

Un muy mal año para el Niño Dios


La última Navidad en que el Niño Dios tocó mis regalos fue en la de 1975. En diciembre del año siguiente, dos niñas a las que sus madres las llamaban por sus nombres en diminutivo, Adrianita y Alexandrita, me revelaron en un sótano que el Niño Dios eran los papás. Yo me negué a aceptarlo y di todos los argumentos que pude, pero ellas pusieron el asunto en un tono oracular que yo no hubiera podido refutar: ‘Cuando seas grande verás; le vas a llevar los regalos a tus hijitos’. En ese momento lo que me llevé fue el problema a mi casa, al colegio, a la ducha. No lo pude resolver. ¿El niño dios eran los papas? Pero qué treta tan cruel, y aún así, ¿por qué Dios no llevaba los regalos por los papás? Hasta el momento, el componente ‘divino’ de la Navidad –por llamarlo de alguna manera- jugaba un papel muy importante en mi vida; antes de destapar los presentes, me quedaba examinando el papel. Un dios tocó ese papel. Un dios no: Dios. Me fijaba en la escogencia del color, porque sin duda debía ser privilegiada. Me extrañaba que el empaque tuviera imperfecciones: lo empacó nada menos que Dios. Cuando le pregunté a mi mamá por el problema de los defectos, me respondió que a veces el Niño Dios debía comprar las cosas en un almacén, lo cual sólo empeoró todo porque debía ahora cuadrar en mi cabeza la imagen del Niño Dios, que yo me figuraba como un vaporcito, parado frente a una registradora. En una fila. Eso quería decir que había empleados de almacén que conocían a Dios. También significaba que al Niño Dios no le alcanzaba el tiempo para todo, a pesar de que él se lo había inventado.

Mientras todos esos misterios me daban vueltas en la cabeza, ese diciembre se desató una pequeña crisis económica en mi casa. Mi padre, que era médico de urgencias, tuvo un traspié monetario. Los niños rara vez se tienen que enterar de esos asuntos, y los que lo hacen, y han sido criados en un ambiente de generosidad, como lo fui, no les tiene que importar. Yo llevaba días craneándome una lista de regalos progresivamente creciente e improbable, incluyendo y sacando cosas. Cada cambio se lo informaba a mi madre. Pero ese año había algo distinto en ella. No saltaba a decirme que pidiera lo que quisiera, sino que elusivamente me decía: ‘Vamos a ver…’.

El ítem que encabezaba la lista era un bólido a control remoto marca Cox. Hace treinta y cinco años, los carritos a control remoto eran una novedad. No los movía una unidad de baterías, sino un pequeño motor de verdad, con pistón y a gasolina, de los mismos que había en el aeromodelismo. Eran asombrosamente difíciles de prender y más aún de controlar, pero el modelo venía con una carrocería amarilla como un auto de Le Mans, vidrios azules y una unidad con una antena enorme y un timoncito deportivo y creo que nunca en mi vida había deseado algo tanto. A pesar de mi madre, yo seguí con mi lista y con mi bondad; buen comportamiento a cambio de un auto de Le Mans ¿qué mejor negocio? Y sólo era por unos días.

El día esperado llegó por fin. Para ese entonces, mis padres nos daban la opción a mi hermana y a mí de poder recibir los regalos en la cama, una especie de servicio a la habitación que Dios estaba ofreciendo; ellos al parecer también tenían una comunicación nutrida con el Todopoderoso, y más frecuente de lo que yo pensaba. El veinticinco por la mañana, mi última Navidad con misterio teológico contenido, me levanté tempranísimo, y ahí estaba la caja, del tamaño preciso, envuelta cuidadosamente en papel verde con rayas plateadas. Examiné el empaque rapidito -aceptable, aunque no perfecto- antes de entrar en ese estado de frenesí con el papel comparable al de los tiburones cuando se alimentan en grupo. Y bualá…descubro muy a mi pesar una ambulancia blanca, sin control remoto, sin motor, sin vida.

La ambulancia tiene que ser el vehículo más aburrido del mundo: toda la acción ocurre adentro. Y sin embargo ahí estaba, con un vehículo de la salud, sin timoncito, extrañado por el equívoco de Dios que iba mucho más allá de un papel mal empacado o escogido a la ligera. Había que hacer el reclamo de inmediato con la representante legal del niño Jesús en mi casa; mi mamá. Al fin y al cabo, ella había intermediado en ese negocio en el cual yo había puesto lo mío. Tenía derecho a una indemnización. No le extrañó en absoluto. ‘El Niño Dios tuvo un año muy malo…’, me dijo sin vacilar un instante. Y esa fue la cereza que coronó la cima de mi confusión. El Niño Dios, que era el mismo Dios, no podía estar pasando por una mala racha; él era el creador de la tierra y todos los minerales costosos, el creador de los diamantes y del oro y de las montañas y de las galaxias, el creador del carrito Cox con forma de auto de Le Mans que yo deseaba y él había hecho que yo lo deseara tanto. No era susceptible de pasar por un período de recesión. De cualquier otro lo hubiera creído. Mi padre apareció en la escena. Mientras se ponía la camisa me echó alguna cháchara sobre por qué las ambulancias eran más importantes que los carros de carreras; salvaban a la gente. La verdad, no me hubiera podido importar menos que en las ambulancias resucitaran a la gente. Yo quería mi bólido.

Tal vez lo único que agradecí es que no me dieran una imitación engañosa del carrito Cox, como por decir algo, un carrito ‘Fox’ o ‘Box’; la infortunada competencia que está hecha para que a vuelo de pájaro Papá se confunda, aquel objeto del cual hay, sospechosamente, muchos cuando el original ya se ha agotado. Bien podrían venir en el mismo color amarillo, pero en lugar de las ventanas traer calcomanías. Los adultos suelen olvidar lo sensibles que son los niños a esos detalles; creen que no les importa, porque suponen que las percepciones del niño son desordenadas. Lo que el niño no sabe es decir que algo no le gusta justamente por la falta de esos detalles. Pero son los que hacen el deleite de un juguete. El niño no espera algo útil y reemplazable por un similar porque el propósito de un juguete es su inutilidad. Importan los adornos, los lujos; que el pelo de la muñeca no venga muy espaciado, que las llantas del auto sean de caucho y se puedan quitar, que el hoyuelo en el mentón de Buzz Lightyear sea realmente un huequito. De niño, odiaba que alguna abuela me regalara un juego de ‘Las Tortugas Binja’, en lugar de las ‘Las Tortugas Ninja’ o una figura de acción que fuera ‘Ronald el Tártaro’ en lugar de ‘Conan el Bárbaro’ alegando eso es la misma cosa. No lo era para mí, y el que aún pueda recordar con pormenores la niñez lo sabe. La imitación solía tener ese sutil detalle que convertía el rasgo de gallardía o potencia en perversidad o ramplonería: las ‘Tortugas Binja’, para seguir con el caso hipotético, tendrían ese aire de maldad que no tenían las originales. ‘Ronald el Tártaro’ realmente parecía Tártaro. Es la misma razón por la cual el adulto prefiere el Aiwa al Naiwa o al Aiman y el Sony al Sonaki.

Mi madre me conocía bastante bien para no intentar deslizarme una imitación perrata. Prefirió cambiar del todo el tema del regalo y enfrentar la crisis teológica.

Creo que sólo treinta y cinco años después vengo a entender del todo las dudas que se sembraron en 1975, ahora que el oráculo de las pitonisas Alexandrita y Adrianita parece haberse cumplido. Cuando le pregunto a mi hija Gabriela de tres años qué va a pedir de Navidad, deja lo que está haciendo, comienza a caminar mirando hacia arriba y describiendo círculos ascendentes con los brazos. Su lista, la cual en distintos momentos ha incluido un piano y una guacamaya, crece desmedidamente y siempre termina con una sentencia aspirada que interpreto como ‘y continuará…’. El veinticinco de diciembre, cuando se levante corriendo y debajo del árbol no se escuche ni parloteos aviares ni los primeros acordes del Clave bien Temperado de Bach, no me quedará más que explicarle que el Niño Dios tuvo un muy mal año.

Roberto Palacio F.

lunes, 29 de noviembre de 2010

domingo, 28 de noviembre de 2010

Mis visión del futuro; ensayo sobre los próximos cien años para concurso XICOATL

El año 2100


Los futurólogos franceses de finales del siglo XIX estimaron que para el año 2000 en París habría tantas carretas tiradas por caballos, que no se podría avanzar por las calles. Cuan equivocados, pero cuan acertados al tiempo. Se pide en este ejercicio que arrojemos las redes de nuevo sobre un período similar. Si como lo sugiere el ejemplo hay una posibilidad de acertar, por ínfima que sea, permitámonos esa irresponsabilidad y especulemos sobre lo que vendrá en otros cien años, un lapso de tiempo que parece razonable para que lo especulado no deje sólo el sabor del equívoco absurdo. Y qué mejor lugar que el ensayo.

El gran reto del próximo siglo, para comenzar con lo que atañe a nuestras vidas interiores, no va a ser por tolerar sino tan solo por poder creer que el otro defiende las ideas que defiende. Acuartelados en pesados búnkeres conceptuales, cada uno representará una causa propia, comprensible sólo para sí, fanatizada y dogmática. Esa vida interna, que Voltaire equiparara magistralmente con un árbol que crece desde adentro, ya violentada no podrá generar la sombra del resguardo y combatirá a muerte por la poca luz. Habiendo sido moldeada por el ambiente natural, se empobrecerá y se defoliará con las drásticas reducciones al espacio físico en el que habitamos, con el cerramiento de fronteras reales, con las altas densidades que son como la confusión misma, con el estrechamiento del horizonte que abarca la vista, porque no hay nada que distinga esta perspectiva de la que se tiene ante el ojo de la mente. Con esas pérdidas se habrán ido los frutos más deseados del árbol; la libertad, la voluntad, la fortaleza y el respeto por la debilidad.

Viviremos en un mundo en el cual no habrá nada más fácil que dejar una huella, pero que irónicamente sólo admitirá vestigios anónimos y muertos de símbolos que ya no nos dirán nada, plasmados en los manidos tatuajes en la piel y en los grafitis de los muros de la ciudad. El siglo XX nos vendió con éxito la idea de que debían morir las grandes ideas que trascendían la esfera de acción de un individuo y nosotros lo creímos en nombre de la felicidad. Nunca había sido más fácil ser frugal y estúpido y frívolo simplemente para quitarnos de encima el estigma de la solemnidad. Un hombre, una causa; porque el destino de un conflicto prolongado no puede ser más que el fraccionamiento absoluto del conflicto.

Los próximos cien años se irán estructurando en torna a tendencias que antes parecían antitéticas, pero que existen mudas y violentas una al lado de la otra. Proliferaron los libros escritos por estultos para mostrar lo ingeniosos que son al recrear su estulticia. Cuando esos procesos hayan seguido su curso natural y llegado a su esperada culminación, coexistirán entonces todos estas creencias que no se entienden y son incompatibles en los mismos sistemas ideológicos de las personas, las organizaciones y en el tejido intelectual de la sociedad. No las unirá más que la estrechez de miras y la pobreza de amplitud. Cuando entren en contacto, no lo harán en la interacción, sino en la rabia nacida del desencuentro que ya no se puede conllevar más. Piénsese en los dos fanatismos religiosos que colisionaron frenéticamente en septiembre de 2001 en Nueva York. Uno derrumba dos símbolos del culto cambiario de la cultura occidental. Ésta, a su vez, responde con una dosis del mismo mal; comprando y rezando, como lo recomendó George Bush en su comunicado al pueblo americano luego del desastre.

Con la muerte del árbol y de sus frutos inevitablemente vendrá el deterioro de lo inalienable, la caída de las ramas estructurales. Veremos en los próximos cien años el comercio, la disposición y la venta de los derechos fundamentales. ¿Cómo alienarlos? Basta tener un expediente que me permita disociar comisión y castigo, acto y consecuencia. La ciencia trabaja obstinadamente en ello y así como los últimos pensadores románticos europeos declararon que el derecho y la economía eran las más ideologizadas de las disciplinas, ahora debemos decir que lo son las nuevas ‘ciencias’; la ingeniería bancaria, las ciencias forenses, nacidas de la invasión del cuerpo y de la individualidad, otros frutos ansiados del paraíso. Sembrarán el terror en América Latina que no conoce nada parecido a la crítica y el control de la ciencia. Volveremos a espiar como en las épocas de las grandes dictaduras, pero sin que nos importe un ápice la vida de los demás. Dada la estrechez de miras y la subsecuente desvalorización, los derechos serán piezas cambiarias. Nada habrá en que el pobre tome en la cárcel el lugar del rico que ha comprado su libertad. Antes se vendían riñones. Los riñones del año 2100 son los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Se venderán caro al comienzo y al final se intercambiarán por electrodomésticos, como ya ocurre entre los más desesperados que negocian su vida en actos terroristas por una nevera.

El futuro no será tan futurista como lo imaginamos en la década del cincuenta. El que repase las páginas de una Mecánica Popular poblará su visión justamente de lo que no tuvimos: carros voladores, comidas gratis, fuentes inagotables de energía. El año 2100 quizá no sea tan distinto al 2010. Algunas de estas aterradoras realidades ya caminan solas. En Colombia hay actualmente un proceso en marcha por castigar las primeras interceptaciones masivas de los órganos de seguridad a la vida íntima de ciudadanos nacionales y extranjeros; pareciera que nunca nos había importado tanto el otro. En otros países del hemisferio la práctica trasciende el Estado y prosperan las industrias de escrutinio de la privacidad. Lo paradójico es que son individuos anónimos y comunes quienes terminan siendo vigilados; en los vestíbulos de tiendas donde los clientes se miden la ropa, en sus sitios de trabajo, a través de bases de datos que se venden indiscriminadamente. Muchas veces, son los mismos individuos quienes exponen los últimos vestigios de su privacidad a la vista pública, motivados por las redes sociales, incentivados por la fama efímera de los ‘Reality Shows’. Oscilaremos permanentemente en los próximos cien años entre la privacidad y la exposición en un mundo sobrepoblado y a la vez sumido en la soledad.

Pero quizá la manifestación más dramática de la sobreexposición vendrá de la economía los pobres que le habrán arrojado sus últimas monedas a los cepos en las Iglesias. Empresarios de la palabra exprimirán los frutos monetarios que aún se le puedan sacar al dogmatismo, sobre todo en América Latina, desconocedora de las éticas escépticas con la titulación de pedazos del más allá. No habrá problema en poblar nuestro universo interior con promesas de privilegios después de la muerte en nombre de la mayor gracia de Dios. Al final, sólo los pastores se habrán marchado con la riqueza, que entonces ni siquiera servirá para abrirle a sus almas las puertas de un cielo sobrevendido. Tal vez llegue un tiempo en el que nos demos cuenta no tanto que estos fanatismos no desmerecían del absurdo (eso ya lo sabemos) sino que eran innecesarias y hartos hasta el cansancio. Se abandonarán entonces los dogmas y los odios y las creencias insostenibles; no porque las hayamos refutado sino porque nos aburrieron. Sentiremos una vergüenza como la que se siente de verse en una vieja foto con la patilla y la solapa enorme y desproporcionada. Pero ese tiempo no está en el horizonte de un siglo, y aún si fuera pronto, a Occidente le seguirá quedando el gran reto de aceptar la cultura y la religión oriental en términos de una verdadera igualdad. Tan fácil hubiera sido reconocernos como falibles y humanos desde el comienzo, y decir en contra del fanático: ‘humanidad antes que verdad’.

Más que de la religión, la nuestra es la época de la biología. En los cien años por venir, la estimación del sistema de lo viviente tendrá que sortearse entre quienes piensan que toda la compleja red de la vida no es más que un producto cambiario que debe ser puesto en el mercado y, en el otro extremo, los que defienden la integridad de lo viviente como un valor en sí mismo, acusados desde hoy de irremediable humanismo trasnochado. Llevaré mi irresponsabilidad un paso más allá, porque no creo que dichas actitudes se circunscriban sólo a lo biológico; veremos chocar en esos cien años a los que no encuentran un motivo realmente significativo para dejar de intercambiar lo que su capricho dictamine en nombre de su libertad y los que aún tienen suficiente follaje en su jardín interior para poder concebir que hay cosas que tienen valor meramente en virtud de lo que son. El tablero en el que se jugará más incisivamente esa partida será el de la biología y el de la genética simplemente porque no hay objeto más preciado, como valor o como mercancía, que la vida misma. La tensión entre lo determinado y lo autónomo -un legado de la ilustración europea y una oposición que creíamos propia de la lucha humana por erigir barreras que la salvaguardaran contra la tecnología-, se habrá roto porque en el futuro cercano las personas se habrán ‘biotecnologizado’, mientras que las tecnologías se habrán ‘humanizado’. Sin duda, el primer mundo trabaja arduamente en el segundo de estos propósitos; al mundo subdesarrollado no le queda más que llevar a cabo una cruel parodia del primero, procurando que los humanos desarrollen mínimos modelos de eficiencia y predictibilidad. Mientras que en aquél se procuran construir máquinas pensantes, en éste aún procuraremos que los hombres actúen como máquinas.

América Latina y Europa son los modelos paradigmáticos que vienen a la mente. Su relación es compleja, como cualquiera que está cargada de historia. En cada mundo se encuentran los sueños esparcidos del otro. Como dos bombas que estallan contiguas, los fragmentos del uno conforman los escombros del otro. Los europeos tuvieron que buscar los restos de sus últimos paraísos en América. En su tercera cruzada americana, en la desembocadura del poderoso Orinoco, Colón ve tanta agua dulce mezclarse con la de mar que concluye que ella no puede más que provenir del Paraíso y declara con una mano en la Biblia y otra en los mapas haber encontrado el Edén. El hechizo no duró ni siquiera la mitad de un siglo. Descubrieron muy pronto que si bien todo era recién llegado a la vida y rápido en nacer y desarrollarse, con la misma fuerza decaía y degeneraba. Aguirre, en su demencial expedición por el Amazonas comprueba con asombro que un árbol de la selva tropical sobre el cual se recuesta una armadura metálica durante una sola noche, proyecta una sombra de óxido tan patente como si se tratara de una de luz. Tan rápido como el suelo americano da la vida, la quita. La naturaleza americana, dirá la visión cientifista y europeizante que se inicia posteriormente con el biólogo francés del siglo XVIII Buffon, es corrupta y a la vez corruptora.

Los americanos, por el contrario, no hemos roto el sueño europeo, que se prolonga como un lento estupor del medio día de nuestra historia. En los valles más alejados de Colombia aún se desfogan los fuelles del acordeón, instrumento musical que fracasó en Europa. Su canto es tan obsoleto como el ululato de montañeses de tirantas. Pero en estos mundos perdidos, el vallenato que se hace con los pesados ‘Hohners’ y flautas que suenan gracias a la miel de las abejas, en su extraña tristeza carnavalesca y circense, no puede dejar de evocar la terrible actualidad y persistencia de un mundo que vive en la irrealidad de los recuerdos, como si cada colombiano instanciara en carne propia la expulsión de un paraíso lejano, idílico y personal.

Quizá el año 2100 hará patente el hecho de que ambos universos no eran más que periferias, poseedoras de pequeñas tradiciones, que aunque valiosas, rápidamente se agotaron con la masificación. Gravitarán en la condición de mundos anecdóticos, propicios para el que gusta de comer y beber, para el que aún soporta el arte o para el que pueda vivir entre los animales. Las edificantes culturas nacionales no tendrán nada que decir, porque el núcleo de la civilización se habrá trasladado en un acto de aniquilamiento cultural, a los centros de producción en oriente. Europa y América Latina tendrán que recoger los pedazos desperdigados de sus herencias mutuas y evaluar su aporte a la cultura universal, preguntándose mutuamente quienes son. Paradójicamente, quizá sólo entonces puedan reconocer lo que hay del uno en el otro.

Roberto Palacio F.