El Gallito Inglés
La clase en la que más dificultad me costó concentrarme en mi vida escolar fue la de ‘Science’ en 1982, no sólo porque la dictaba una guapa gringa de ojos azules llamada Nancy Peláez, sino por el prolijo y soez arte sancarlista que decoraba el salón. Yo me sentaba en la misma silla al lado del muro y observaba clase tras clase las dicciones dejadas en la pared por otros viajeros distraídos de la ciencia anteriores a mí. Había una que me llamaba la atención, por la molestia poética que el pornógrafo se había tomado. Se me ha quedado, como si el kilométrico con que se hizo la hubiera calcado directamente sobre mi cerebro. Decía:
‘Este es el Gallito Inglés
Míralo con disimulo,
Quítale el pico y los pies
Y…’
Por pundonor, y porque este es el lugar de una nota amable, no reproduzco cómo terminaba el pasaje, pero no es difícil colegir que sugería en qué parte de la anatomía se debía ‘instalar’ el Gallito Inglés. Sí, aquella que rima con ‘disimulo’. Luego del poema venía un dibujo de la extraña criatura del bestiario sancarlista; un híbrido de un ave de corral y un órgano sexual. El artista se tomó un gran trabajo también con el dibujo, recalcando los contornos de tal manera que alguien no se fuera a autoreferenciar encima. Aunque la figura me causaba cierta hilaridad, debo confesar que sentía lástima por la persona que tuviera que borrar esa pesadez.
Hace pocos años, en casa de mi mejor amigo sancarlista, Juan Pablo Fernández (85), tomé un libro de su biblioteca al azar mientras lo esperaba. Su título era algo así como ‘Dichos de la cultura popular mexicana’; sus padres lo habían comprado en un viaje a comienzos de los ochenta. Lo abrí en una página cualquiera y viajé en el tiempo a 1982; ahí estaba, el Gallito Inglés, dibujo y todo. Fernández se ha caracterizado por leer -a veces memorizando pasajes completos- casi todo lo que cae en sus manos. Me confesó que él lo había llevado al muro del colegio, no como una afrenta, sino con un legítimo interés en los dichos populares. Conociéndolo, le creí.
Pero el mayor sorprendido fue él cuando le conté el destino de su obra. En 1983, cuando terminó el año que se inició con ‘Science’, tuve que ir al Colegio a mediados de las vacaciones. Quise visitar el salón de Nancy sabiendo que no volvería a sentarme en su clase. Al acercarme escuché el sonido de un cepillo que restregaba obstinadamente. La pobre persona que debía borrar el Gallito Inglés, pensé. Creo que contuve la respiración cuando al pasar la puerta del salón vi esa enorme y familiar mano roja que emergiendo de la toga negra sumergía un cepillo en un balde con agua y jabón antes de pasar una y otra vez sobre el Gallito Inglés. Aunque su cara se veía roja y congestionada, El Padre Francis me miró desde el piso y me dio un saludo afectuoso. Algo me dijo por el estilo de ‘Ah ta tay, estos muchachos’. Yo moví la cabeza de lado a lado y repetí ‘Ahhh, estos muchachos’, sintiéndome más culpable que el poeta mexicano que compuso el Gallito Inglés. Supe en ese momento a qué se dedicaba el Padre durante las vacaciones y con mayor ahínco que si me hubieran echado una ridícula chorrera catequética sobre el mal de la pornografía y escribir en los muros, recibí ese día una verdadera lección de humildad.
Roberto Palacio F.
Las palabras se te pegarán, irán contigo y tratarás de sacudirlas, hasta que contemples lo absurdo del empeño. Tal vez te las quites de un estruendo o a la fuerza. Pero poco después te quedará ese sinsabor de haber perdido algo, de haberlo olvidado. Entonces volverás acá y esa palabra precisa, que no quieres olvidar estará en este sitio, justo donde la dejaste, inocente como los perros, inútil y cargada como un pisapapel de pilas.
El destino de todo texto
Aldous Huxley "Si uno es diferente, está condenado a la soledad"
martes, 21 de diciembre de 2010
domingo, 12 de diciembre de 2010
Un grito libertario contra las instrucciones chinas
Instrucciones para hacer reír a un chino
La Vie mode d'emploi, Georges Perec
No hay nada que mate la felicidad navideña como un manual de instrucciones. Cuando ya no se puede configurar el ipad, el Blackberry, armar la nueva consola, o encontrar en botón de encendido de la muñeca que come y defecta y se ríe y llora, no queda más que leer a las instrucciones. Es una medida tan desesperada como acudir al soporte técnico en línea de Windows cuando uno trabajó toda la tarde en un archivo bajado que no guardó, y orondo lo cerró. ¿Por qué no escribirle de una a Bill Gates? Tal vez él tenga una carpeta con todos los trabajos perdidos. Sentado en la cima del mundo, lee tu correo y se empieza a reír in crescendo como Bob Patiño, hasta que le da tos. Nunca he sido el tipo de persona que aguante esa espera. No soporto esas secuencias al estilo:
1. Presione Program (el indicador setup parpadea) - ¡Voy Bien!
2. Presione Reset (se visualiza ‘r’ en la unidad de base) - ¿Cuál es la unidad de base? El mío no la trae…
3. Ingrese su clave secreta (aparecerá el código RIM) - ¿Código RIM? ¿Lo marco con los ceros iniciales?
4. Con los dedos meñiques de los pies, introduzca un número primo y par entre 03-99, sosteniendo el teclado con la lengua (Sonará un pitido)
Bla, bla, bla….
Mejor: Sonará un estallido. Prefiero dañar el aparato; si me toca aguantar, que sea por lo inevitable. Por lo general el técnico que lo arregla le enseña a uno cómo manejarlo sin manuales. Las instrucciones son para ñoños y para gente que no es famosa.
Yo me leo los ‘modos de empleo’ de las cosas más básicas, buscando provocarme la ira. El Shampoo es un ejemplo clásico. El Denorex Ultra: ‘Aplique y masajee vigorosamente. Enjuague bien y repita la operación.’ ¿Qué debo hacer, seguir lavándome sin fin como en un cuento de Borges? ¿Esta gente de verdad cree que venderá más si propone usos infinitos? ¿Acaso leeremos en los diarios: ‘El señor Juan Pérez murió ayer por inanición luego de estarse duchando por más de veinticinco días seguidos, habiendo consumido cincuenta cajas de Denorex. Con sus últimos alientos, lejos de despedirse de los suyos, tomó el frasco, se aplicó la sustancia vigorosamente, enjuagó con abundante agua y falleció cuando intentaba repetir la operación.’? La practicidad de las instrucciones genera unas metafísicas insoportables.
Los productos femeninos traen instrucciones en segunda persona. Muchos son tristemente lacónicos, incluso aleccionan sobre cómo enfrentar el dolor. Las bandas depilatorias Veet dicen: ‘Aplica una de las bandas sobre tu piel y frota repetidas veces en el sentido de crecimiento del vello. Inmediatamente, con una de tus manos, estira la piel del final del área a depilar, en un movimiento rápido y firme, retira la banda hacia atrás, en dirección contraria al crecimiento del vello. Si sientes dolor, presiónate la piel con las manos.’ Hubieran podido incluir una lista de palabras a proferir en el momento del halón: ‘…retira la banda hacia atrás, en dirección contraria al crecimiento del vello. Si sientes dolor, desahógate con cualquiera de estas frases; «Grandísimo hijo de la *&%#®*!», «Ah, vida *&%#®*!», «Pedazo de *&%#®*!»’, porque si a uno no se le ocurre tocarse donde le duele, quizá tampoco sepa qué decir en el instante de la verdad. Las instrucciones de la Neutrogena Anti-Wrinkle, una crema para contrariar los efectos del tiempo, advierte: ‘Puede experimentar cosquilleo o enrojecimiento. Esto es normal y transitorio’. Claro, en este mundo de la belleza, ‘cosquilleo’ es un eufemismo para ‘ardor’. El Napalm también producía ‘cosquilleo’, aunque dudo que los americanos le advirtieran a los vietnamitas desde los helicópteros que eso era normal. Yo me imagino que Neutrogena se imagina que la gente se imagina la escena así: ‘Ella se aplica la crema, siente cosquillas. Sale corriendo del baño a las carcajadas. Mientras se tira en la cama le pregunta a su marido «Mi amor, ¿qué serán estas cosquillitas», «Cariño, es tu juventud que te abandona como el frío a una nevera sin empaque»’. Lo normal son las arrugas, y lo que es transitorio es la juventud. Habrá que recordárselo a algunas mujeres que ahí siguen por pura terquedad. Cher: no envejecer a tu edad ya es de mal gusto. Otras instrucciones están tan mal redactadas que resultan ofensivas. Las del Siluet 40, Piel de Naranja, un jabón para adelgazar, parecen sugerir que la piel de naranja es de la usuaria: ‘Mientras toma un baño, aplique el jabón por espacio de tres minutos masajeando vigorosamente el área con la piel de naranja como muslos y caderas’. Esta gente, por andar muy ocupada vendiendo, cometen un error de redacción que se conoce y se sabe enmendar desde hace más de dos mil años.
Pero el pináculo de la instrucción torcida e incomprensible es la del producto chino. Hay muchos ejemplos. Las pastillas adelgazantes Pai You Guo, quizá el adelgazante natural chino más popular en el mundo entero, describen su producto así (transcribo tal cual está impreso en la caja): ‘Con una nueva generación delaceite de Pai de aceite adelgazando la bellezadel humedecer a intestinal y de las formulacionesde los gránulos y de los resultados rápidamente, el mismo dia resulta’. ¡Maldito insensible el que es ajeno a la belleza del ‘humedecer a intestinal’ y de las ‘formulaciones de gránulos’!
Pero el poeta chino no se detiene allí, más adelante construye metáforas para hundir del todo cualquier posibilidad de ver belleza en la obesidad. ¿Para quién es el producto?: ‘[…]El gentío conveniente: la condición de gordura simple, gordura durante adolescencia o luego de dar nacimiento, sobre todo conviene la gordura que se llama con sentencia popular: cintura como balde, panza de general, la pierna de elefantey ete étera’. Estas culturas milenarias conocen la miseria humana: tenerse que preguntar si uno ya llegó a la pata del elefante, o a la panza de general. Y eso que no hemos abordado aún las instrucciones. Parecen el manual de un escuadrón de fusilamiento chino, redactado por un grupo de alcohólicos anónimos influidos por el Tao: ‘La forma de beber: Una vez cada día, una bala cada vez, se la bebe con el agua caliente cantidad apropiada o baña en la sopa de arroz en la mañana.’ Claro, también me puedo tomar dos seguidas si perdí el restaurante de fideos en un juego de Mah Jong, y terminar de una vez con la pata de elefante.
Es difícil creer que soy fiel al texto, pero de hecho, tomé la decisión de pedirle a la dueña de almacén chino de Galerías llamada Fú que me regalara una caja vacía del producto para no permitirme siquiera una elipsis, ni terminar tomando Pai You Guo. Ella, con una sonrisa accedió aunque no comprendió del todo para qué quería yo una caja de pastillas vacía. Intenté explicarle que investigaba para un artículo sobre las instrucciones y que las de los productos chinos resultaban especialmente difíciles para los colombianos -por no decir que para el resto de la especie-. Se quedó mirándome un rato en silencio a través de esas campanitas que suenan con el viento y que no tienen nombre en español y me preguntó si comía mucho. Yo le dije que sí y soltó una carcajada. Tal vez algunas de las cosas más difíciles se logran sin instrucciones.
Roberto Palacio F.
domingo, 12 de diciembre de 2010
La Vie mode d'emploi, Georges Perec
No hay nada que mate la felicidad navideña como un manual de instrucciones. Cuando ya no se puede configurar el ipad, el Blackberry, armar la nueva consola, o encontrar en botón de encendido de la muñeca que come y defecta y se ríe y llora, no queda más que leer a las instrucciones. Es una medida tan desesperada como acudir al soporte técnico en línea de Windows cuando uno trabajó toda la tarde en un archivo bajado que no guardó, y orondo lo cerró. ¿Por qué no escribirle de una a Bill Gates? Tal vez él tenga una carpeta con todos los trabajos perdidos. Sentado en la cima del mundo, lee tu correo y se empieza a reír in crescendo como Bob Patiño, hasta que le da tos. Nunca he sido el tipo de persona que aguante esa espera. No soporto esas secuencias al estilo:
1. Presione Program (el indicador setup parpadea) - ¡Voy Bien!
2. Presione Reset (se visualiza ‘r’ en la unidad de base) - ¿Cuál es la unidad de base? El mío no la trae…
3. Ingrese su clave secreta (aparecerá el código RIM) - ¿Código RIM? ¿Lo marco con los ceros iniciales?
4. Con los dedos meñiques de los pies, introduzca un número primo y par entre 03-99, sosteniendo el teclado con la lengua (Sonará un pitido)
Bla, bla, bla….
Mejor: Sonará un estallido. Prefiero dañar el aparato; si me toca aguantar, que sea por lo inevitable. Por lo general el técnico que lo arregla le enseña a uno cómo manejarlo sin manuales. Las instrucciones son para ñoños y para gente que no es famosa.
Yo me leo los ‘modos de empleo’ de las cosas más básicas, buscando provocarme la ira. El Shampoo es un ejemplo clásico. El Denorex Ultra: ‘Aplique y masajee vigorosamente. Enjuague bien y repita la operación.’ ¿Qué debo hacer, seguir lavándome sin fin como en un cuento de Borges? ¿Esta gente de verdad cree que venderá más si propone usos infinitos? ¿Acaso leeremos en los diarios: ‘El señor Juan Pérez murió ayer por inanición luego de estarse duchando por más de veinticinco días seguidos, habiendo consumido cincuenta cajas de Denorex. Con sus últimos alientos, lejos de despedirse de los suyos, tomó el frasco, se aplicó la sustancia vigorosamente, enjuagó con abundante agua y falleció cuando intentaba repetir la operación.’? La practicidad de las instrucciones genera unas metafísicas insoportables.
Los productos femeninos traen instrucciones en segunda persona. Muchos son tristemente lacónicos, incluso aleccionan sobre cómo enfrentar el dolor. Las bandas depilatorias Veet dicen: ‘Aplica una de las bandas sobre tu piel y frota repetidas veces en el sentido de crecimiento del vello. Inmediatamente, con una de tus manos, estira la piel del final del área a depilar, en un movimiento rápido y firme, retira la banda hacia atrás, en dirección contraria al crecimiento del vello. Si sientes dolor, presiónate la piel con las manos.’ Hubieran podido incluir una lista de palabras a proferir en el momento del halón: ‘…retira la banda hacia atrás, en dirección contraria al crecimiento del vello. Si sientes dolor, desahógate con cualquiera de estas frases; «Grandísimo hijo de la *&%#®*!», «Ah, vida *&%#®*!», «Pedazo de *&%#®*!»’, porque si a uno no se le ocurre tocarse donde le duele, quizá tampoco sepa qué decir en el instante de la verdad. Las instrucciones de la Neutrogena Anti-Wrinkle, una crema para contrariar los efectos del tiempo, advierte: ‘Puede experimentar cosquilleo o enrojecimiento. Esto es normal y transitorio’. Claro, en este mundo de la belleza, ‘cosquilleo’ es un eufemismo para ‘ardor’. El Napalm también producía ‘cosquilleo’, aunque dudo que los americanos le advirtieran a los vietnamitas desde los helicópteros que eso era normal. Yo me imagino que Neutrogena se imagina que la gente se imagina la escena así: ‘Ella se aplica la crema, siente cosquillas. Sale corriendo del baño a las carcajadas. Mientras se tira en la cama le pregunta a su marido «Mi amor, ¿qué serán estas cosquillitas», «Cariño, es tu juventud que te abandona como el frío a una nevera sin empaque»’. Lo normal son las arrugas, y lo que es transitorio es la juventud. Habrá que recordárselo a algunas mujeres que ahí siguen por pura terquedad. Cher: no envejecer a tu edad ya es de mal gusto. Otras instrucciones están tan mal redactadas que resultan ofensivas. Las del Siluet 40, Piel de Naranja, un jabón para adelgazar, parecen sugerir que la piel de naranja es de la usuaria: ‘Mientras toma un baño, aplique el jabón por espacio de tres minutos masajeando vigorosamente el área con la piel de naranja como muslos y caderas’. Esta gente, por andar muy ocupada vendiendo, cometen un error de redacción que se conoce y se sabe enmendar desde hace más de dos mil años.
Pero el pináculo de la instrucción torcida e incomprensible es la del producto chino. Hay muchos ejemplos. Las pastillas adelgazantes Pai You Guo, quizá el adelgazante natural chino más popular en el mundo entero, describen su producto así (transcribo tal cual está impreso en la caja): ‘Con una nueva generación delaceite de Pai de aceite adelgazando la bellezadel humedecer a intestinal y de las formulacionesde los gránulos y de los resultados rápidamente, el mismo dia resulta’. ¡Maldito insensible el que es ajeno a la belleza del ‘humedecer a intestinal’ y de las ‘formulaciones de gránulos’!
Pero el poeta chino no se detiene allí, más adelante construye metáforas para hundir del todo cualquier posibilidad de ver belleza en la obesidad. ¿Para quién es el producto?: ‘[…]El gentío conveniente: la condición de gordura simple, gordura durante adolescencia o luego de dar nacimiento, sobre todo conviene la gordura que se llama con sentencia popular: cintura como balde, panza de general, la pierna de elefantey ete étera’. Estas culturas milenarias conocen la miseria humana: tenerse que preguntar si uno ya llegó a la pata del elefante, o a la panza de general. Y eso que no hemos abordado aún las instrucciones. Parecen el manual de un escuadrón de fusilamiento chino, redactado por un grupo de alcohólicos anónimos influidos por el Tao: ‘La forma de beber: Una vez cada día, una bala cada vez, se la bebe con el agua caliente cantidad apropiada o baña en la sopa de arroz en la mañana.’ Claro, también me puedo tomar dos seguidas si perdí el restaurante de fideos en un juego de Mah Jong, y terminar de una vez con la pata de elefante.
Es difícil creer que soy fiel al texto, pero de hecho, tomé la decisión de pedirle a la dueña de almacén chino de Galerías llamada Fú que me regalara una caja vacía del producto para no permitirme siquiera una elipsis, ni terminar tomando Pai You Guo. Ella, con una sonrisa accedió aunque no comprendió del todo para qué quería yo una caja de pastillas vacía. Intenté explicarle que investigaba para un artículo sobre las instrucciones y que las de los productos chinos resultaban especialmente difíciles para los colombianos -por no decir que para el resto de la especie-. Se quedó mirándome un rato en silencio a través de esas campanitas que suenan con el viento y que no tienen nombre en español y me preguntó si comía mucho. Yo le dije que sí y soltó una carcajada. Tal vez algunas de las cosas más difíciles se logran sin instrucciones.
Roberto Palacio F.
domingo, 12 de diciembre de 2010
domingo, 5 de diciembre de 2010
Recuerdo de la Navidad de 1975
Un muy mal año para el Niño Dios
La última Navidad en que el Niño Dios tocó mis regalos fue en la de 1975. En diciembre del año siguiente, dos niñas a las que sus madres las llamaban por sus nombres en diminutivo, Adrianita y Alexandrita, me revelaron en un sótano que el Niño Dios eran los papás. Yo me negué a aceptarlo y di todos los argumentos que pude, pero ellas pusieron el asunto en un tono oracular que yo no hubiera podido refutar: ‘Cuando seas grande verás; le vas a llevar los regalos a tus hijitos’. En ese momento lo que me llevé fue el problema a mi casa, al colegio, a la ducha. No lo pude resolver. ¿El niño dios eran los papas? Pero qué treta tan cruel, y aún así, ¿por qué Dios no llevaba los regalos por los papás? Hasta el momento, el componente ‘divino’ de la Navidad –por llamarlo de alguna manera- jugaba un papel muy importante en mi vida; antes de destapar los presentes, me quedaba examinando el papel. Un dios tocó ese papel. Un dios no: Dios. Me fijaba en la escogencia del color, porque sin duda debía ser privilegiada. Me extrañaba que el empaque tuviera imperfecciones: lo empacó nada menos que Dios. Cuando le pregunté a mi mamá por el problema de los defectos, me respondió que a veces el Niño Dios debía comprar las cosas en un almacén, lo cual sólo empeoró todo porque debía ahora cuadrar en mi cabeza la imagen del Niño Dios, que yo me figuraba como un vaporcito, parado frente a una registradora. En una fila. Eso quería decir que había empleados de almacén que conocían a Dios. También significaba que al Niño Dios no le alcanzaba el tiempo para todo, a pesar de que él se lo había inventado.
Mientras todos esos misterios me daban vueltas en la cabeza, ese diciembre se desató una pequeña crisis económica en mi casa. Mi padre, que era médico de urgencias, tuvo un traspié monetario. Los niños rara vez se tienen que enterar de esos asuntos, y los que lo hacen, y han sido criados en un ambiente de generosidad, como lo fui, no les tiene que importar. Yo llevaba días craneándome una lista de regalos progresivamente creciente e improbable, incluyendo y sacando cosas. Cada cambio se lo informaba a mi madre. Pero ese año había algo distinto en ella. No saltaba a decirme que pidiera lo que quisiera, sino que elusivamente me decía: ‘Vamos a ver…’.
El ítem que encabezaba la lista era un bólido a control remoto marca Cox. Hace treinta y cinco años, los carritos a control remoto eran una novedad. No los movía una unidad de baterías, sino un pequeño motor de verdad, con pistón y a gasolina, de los mismos que había en el aeromodelismo. Eran asombrosamente difíciles de prender y más aún de controlar, pero el modelo venía con una carrocería amarilla como un auto de Le Mans, vidrios azules y una unidad con una antena enorme y un timoncito deportivo y creo que nunca en mi vida había deseado algo tanto. A pesar de mi madre, yo seguí con mi lista y con mi bondad; buen comportamiento a cambio de un auto de Le Mans ¿qué mejor negocio? Y sólo era por unos días.
El día esperado llegó por fin. Para ese entonces, mis padres nos daban la opción a mi hermana y a mí de poder recibir los regalos en la cama, una especie de servicio a la habitación que Dios estaba ofreciendo; ellos al parecer también tenían una comunicación nutrida con el Todopoderoso, y más frecuente de lo que yo pensaba. El veinticinco por la mañana, mi última Navidad con misterio teológico contenido, me levanté tempranísimo, y ahí estaba la caja, del tamaño preciso, envuelta cuidadosamente en papel verde con rayas plateadas. Examiné el empaque rapidito -aceptable, aunque no perfecto- antes de entrar en ese estado de frenesí con el papel comparable al de los tiburones cuando se alimentan en grupo. Y bualá…descubro muy a mi pesar una ambulancia blanca, sin control remoto, sin motor, sin vida.
La ambulancia tiene que ser el vehículo más aburrido del mundo: toda la acción ocurre adentro. Y sin embargo ahí estaba, con un vehículo de la salud, sin timoncito, extrañado por el equívoco de Dios que iba mucho más allá de un papel mal empacado o escogido a la ligera. Había que hacer el reclamo de inmediato con la representante legal del niño Jesús en mi casa; mi mamá. Al fin y al cabo, ella había intermediado en ese negocio en el cual yo había puesto lo mío. Tenía derecho a una indemnización. No le extrañó en absoluto. ‘El Niño Dios tuvo un año muy malo…’, me dijo sin vacilar un instante. Y esa fue la cereza que coronó la cima de mi confusión. El Niño Dios, que era el mismo Dios, no podía estar pasando por una mala racha; él era el creador de la tierra y todos los minerales costosos, el creador de los diamantes y del oro y de las montañas y de las galaxias, el creador del carrito Cox con forma de auto de Le Mans que yo deseaba y él había hecho que yo lo deseara tanto. No era susceptible de pasar por un período de recesión. De cualquier otro lo hubiera creído. Mi padre apareció en la escena. Mientras se ponía la camisa me echó alguna cháchara sobre por qué las ambulancias eran más importantes que los carros de carreras; salvaban a la gente. La verdad, no me hubiera podido importar menos que en las ambulancias resucitaran a la gente. Yo quería mi bólido.
Tal vez lo único que agradecí es que no me dieran una imitación engañosa del carrito Cox, como por decir algo, un carrito ‘Fox’ o ‘Box’; la infortunada competencia que está hecha para que a vuelo de pájaro Papá se confunda, aquel objeto del cual hay, sospechosamente, muchos cuando el original ya se ha agotado. Bien podrían venir en el mismo color amarillo, pero en lugar de las ventanas traer calcomanías. Los adultos suelen olvidar lo sensibles que son los niños a esos detalles; creen que no les importa, porque suponen que las percepciones del niño son desordenadas. Lo que el niño no sabe es decir que algo no le gusta justamente por la falta de esos detalles. Pero son los que hacen el deleite de un juguete. El niño no espera algo útil y reemplazable por un similar porque el propósito de un juguete es su inutilidad. Importan los adornos, los lujos; que el pelo de la muñeca no venga muy espaciado, que las llantas del auto sean de caucho y se puedan quitar, que el hoyuelo en el mentón de Buzz Lightyear sea realmente un huequito. De niño, odiaba que alguna abuela me regalara un juego de ‘Las Tortugas Binja’, en lugar de las ‘Las Tortugas Ninja’ o una figura de acción que fuera ‘Ronald el Tártaro’ en lugar de ‘Conan el Bárbaro’ alegando eso es la misma cosa. No lo era para mí, y el que aún pueda recordar con pormenores la niñez lo sabe. La imitación solía tener ese sutil detalle que convertía el rasgo de gallardía o potencia en perversidad o ramplonería: las ‘Tortugas Binja’, para seguir con el caso hipotético, tendrían ese aire de maldad que no tenían las originales. ‘Ronald el Tártaro’ realmente parecía Tártaro. Es la misma razón por la cual el adulto prefiere el Aiwa al Naiwa o al Aiman y el Sony al Sonaki.
Mi madre me conocía bastante bien para no intentar deslizarme una imitación perrata. Prefirió cambiar del todo el tema del regalo y enfrentar la crisis teológica.
Creo que sólo treinta y cinco años después vengo a entender del todo las dudas que se sembraron en 1975, ahora que el oráculo de las pitonisas Alexandrita y Adrianita parece haberse cumplido. Cuando le pregunto a mi hija Gabriela de tres años qué va a pedir de Navidad, deja lo que está haciendo, comienza a caminar mirando hacia arriba y describiendo círculos ascendentes con los brazos. Su lista, la cual en distintos momentos ha incluido un piano y una guacamaya, crece desmedidamente y siempre termina con una sentencia aspirada que interpreto como ‘y continuará…’. El veinticinco de diciembre, cuando se levante corriendo y debajo del árbol no se escuche ni parloteos aviares ni los primeros acordes del Clave bien Temperado de Bach, no me quedará más que explicarle que el Niño Dios tuvo un muy mal año.
Roberto Palacio F.
lunes, 29 de noviembre de 2010
La última Navidad en que el Niño Dios tocó mis regalos fue en la de 1975. En diciembre del año siguiente, dos niñas a las que sus madres las llamaban por sus nombres en diminutivo, Adrianita y Alexandrita, me revelaron en un sótano que el Niño Dios eran los papás. Yo me negué a aceptarlo y di todos los argumentos que pude, pero ellas pusieron el asunto en un tono oracular que yo no hubiera podido refutar: ‘Cuando seas grande verás; le vas a llevar los regalos a tus hijitos’. En ese momento lo que me llevé fue el problema a mi casa, al colegio, a la ducha. No lo pude resolver. ¿El niño dios eran los papas? Pero qué treta tan cruel, y aún así, ¿por qué Dios no llevaba los regalos por los papás? Hasta el momento, el componente ‘divino’ de la Navidad –por llamarlo de alguna manera- jugaba un papel muy importante en mi vida; antes de destapar los presentes, me quedaba examinando el papel. Un dios tocó ese papel. Un dios no: Dios. Me fijaba en la escogencia del color, porque sin duda debía ser privilegiada. Me extrañaba que el empaque tuviera imperfecciones: lo empacó nada menos que Dios. Cuando le pregunté a mi mamá por el problema de los defectos, me respondió que a veces el Niño Dios debía comprar las cosas en un almacén, lo cual sólo empeoró todo porque debía ahora cuadrar en mi cabeza la imagen del Niño Dios, que yo me figuraba como un vaporcito, parado frente a una registradora. En una fila. Eso quería decir que había empleados de almacén que conocían a Dios. También significaba que al Niño Dios no le alcanzaba el tiempo para todo, a pesar de que él se lo había inventado.
Mientras todos esos misterios me daban vueltas en la cabeza, ese diciembre se desató una pequeña crisis económica en mi casa. Mi padre, que era médico de urgencias, tuvo un traspié monetario. Los niños rara vez se tienen que enterar de esos asuntos, y los que lo hacen, y han sido criados en un ambiente de generosidad, como lo fui, no les tiene que importar. Yo llevaba días craneándome una lista de regalos progresivamente creciente e improbable, incluyendo y sacando cosas. Cada cambio se lo informaba a mi madre. Pero ese año había algo distinto en ella. No saltaba a decirme que pidiera lo que quisiera, sino que elusivamente me decía: ‘Vamos a ver…’.
El ítem que encabezaba la lista era un bólido a control remoto marca Cox. Hace treinta y cinco años, los carritos a control remoto eran una novedad. No los movía una unidad de baterías, sino un pequeño motor de verdad, con pistón y a gasolina, de los mismos que había en el aeromodelismo. Eran asombrosamente difíciles de prender y más aún de controlar, pero el modelo venía con una carrocería amarilla como un auto de Le Mans, vidrios azules y una unidad con una antena enorme y un timoncito deportivo y creo que nunca en mi vida había deseado algo tanto. A pesar de mi madre, yo seguí con mi lista y con mi bondad; buen comportamiento a cambio de un auto de Le Mans ¿qué mejor negocio? Y sólo era por unos días.
El día esperado llegó por fin. Para ese entonces, mis padres nos daban la opción a mi hermana y a mí de poder recibir los regalos en la cama, una especie de servicio a la habitación que Dios estaba ofreciendo; ellos al parecer también tenían una comunicación nutrida con el Todopoderoso, y más frecuente de lo que yo pensaba. El veinticinco por la mañana, mi última Navidad con misterio teológico contenido, me levanté tempranísimo, y ahí estaba la caja, del tamaño preciso, envuelta cuidadosamente en papel verde con rayas plateadas. Examiné el empaque rapidito -aceptable, aunque no perfecto- antes de entrar en ese estado de frenesí con el papel comparable al de los tiburones cuando se alimentan en grupo. Y bualá…descubro muy a mi pesar una ambulancia blanca, sin control remoto, sin motor, sin vida.
La ambulancia tiene que ser el vehículo más aburrido del mundo: toda la acción ocurre adentro. Y sin embargo ahí estaba, con un vehículo de la salud, sin timoncito, extrañado por el equívoco de Dios que iba mucho más allá de un papel mal empacado o escogido a la ligera. Había que hacer el reclamo de inmediato con la representante legal del niño Jesús en mi casa; mi mamá. Al fin y al cabo, ella había intermediado en ese negocio en el cual yo había puesto lo mío. Tenía derecho a una indemnización. No le extrañó en absoluto. ‘El Niño Dios tuvo un año muy malo…’, me dijo sin vacilar un instante. Y esa fue la cereza que coronó la cima de mi confusión. El Niño Dios, que era el mismo Dios, no podía estar pasando por una mala racha; él era el creador de la tierra y todos los minerales costosos, el creador de los diamantes y del oro y de las montañas y de las galaxias, el creador del carrito Cox con forma de auto de Le Mans que yo deseaba y él había hecho que yo lo deseara tanto. No era susceptible de pasar por un período de recesión. De cualquier otro lo hubiera creído. Mi padre apareció en la escena. Mientras se ponía la camisa me echó alguna cháchara sobre por qué las ambulancias eran más importantes que los carros de carreras; salvaban a la gente. La verdad, no me hubiera podido importar menos que en las ambulancias resucitaran a la gente. Yo quería mi bólido.
Tal vez lo único que agradecí es que no me dieran una imitación engañosa del carrito Cox, como por decir algo, un carrito ‘Fox’ o ‘Box’; la infortunada competencia que está hecha para que a vuelo de pájaro Papá se confunda, aquel objeto del cual hay, sospechosamente, muchos cuando el original ya se ha agotado. Bien podrían venir en el mismo color amarillo, pero en lugar de las ventanas traer calcomanías. Los adultos suelen olvidar lo sensibles que son los niños a esos detalles; creen que no les importa, porque suponen que las percepciones del niño son desordenadas. Lo que el niño no sabe es decir que algo no le gusta justamente por la falta de esos detalles. Pero son los que hacen el deleite de un juguete. El niño no espera algo útil y reemplazable por un similar porque el propósito de un juguete es su inutilidad. Importan los adornos, los lujos; que el pelo de la muñeca no venga muy espaciado, que las llantas del auto sean de caucho y se puedan quitar, que el hoyuelo en el mentón de Buzz Lightyear sea realmente un huequito. De niño, odiaba que alguna abuela me regalara un juego de ‘Las Tortugas Binja’, en lugar de las ‘Las Tortugas Ninja’ o una figura de acción que fuera ‘Ronald el Tártaro’ en lugar de ‘Conan el Bárbaro’ alegando eso es la misma cosa. No lo era para mí, y el que aún pueda recordar con pormenores la niñez lo sabe. La imitación solía tener ese sutil detalle que convertía el rasgo de gallardía o potencia en perversidad o ramplonería: las ‘Tortugas Binja’, para seguir con el caso hipotético, tendrían ese aire de maldad que no tenían las originales. ‘Ronald el Tártaro’ realmente parecía Tártaro. Es la misma razón por la cual el adulto prefiere el Aiwa al Naiwa o al Aiman y el Sony al Sonaki.
Mi madre me conocía bastante bien para no intentar deslizarme una imitación perrata. Prefirió cambiar del todo el tema del regalo y enfrentar la crisis teológica.
Creo que sólo treinta y cinco años después vengo a entender del todo las dudas que se sembraron en 1975, ahora que el oráculo de las pitonisas Alexandrita y Adrianita parece haberse cumplido. Cuando le pregunto a mi hija Gabriela de tres años qué va a pedir de Navidad, deja lo que está haciendo, comienza a caminar mirando hacia arriba y describiendo círculos ascendentes con los brazos. Su lista, la cual en distintos momentos ha incluido un piano y una guacamaya, crece desmedidamente y siempre termina con una sentencia aspirada que interpreto como ‘y continuará…’. El veinticinco de diciembre, cuando se levante corriendo y debajo del árbol no se escuche ni parloteos aviares ni los primeros acordes del Clave bien Temperado de Bach, no me quedará más que explicarle que el Niño Dios tuvo un muy mal año.
Roberto Palacio F.
lunes, 29 de noviembre de 2010
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