El destino de todo texto

El destino de todo texto
Aldous Huxley "Si uno es diferente, está condenado a la soledad"

miércoles, 6 de marzo de 2013

Estar en tus fotos sin estar


Hay una foto en la que aparezco de seis o siete años; me la tomó mi papá en el parqueadero de la casa en donde vivíamos en Louisville, Ky., tal vez en 1973. Al fondo se ve un Ford Falcon amarillo sin copas. Yo visto una camisa de bordes cafés oscuros sobre una tela ocre que imitaba ribetes vaqueros. Solía usar esa camisa con una pistola diminuta que  hacía explotar una salva de humo y sonido. Pero en esta foto ya no las portaba por considerarlas infantiles. En el bolsillo frontal llevo un pañuelo desmedidamente grande para la prenda y para mi tamaño y el pelo me lo han peinado con un copete Ronald Reagan, abombado, tieso pero húmedo que resaltaba la rosadez de la cara. Y claro que del pañuelo y del copete eras responsable. Estabas en esa foto sin estar.

Las fotos son instantes detenidos en el tiempo, breves intervalos eternos. En mi cuarto hay dos tuyas. En una aún no te has casado, estás acostada bocabajo en el pasto de un parque y levantas la cara, sostenida por una mano de la que pende una pulsera de piedras desmedidamente grandes, como siempre te gustaron. No se ve el color de las piedras, porque en una búsqueda artística de las que adelantó mi padre en su juventud, la película es sepia, como si se anticipara que esa imagen iba a ser de una foto que se ve envejecer. Mi padre siempre ha tenido una conciencia del tiempo tal; una que ha aplicado a su propia vida al costo de haberse envejecido prematuramente esperando el cumplimiento de sus extraños presagios. He mirado la foto por horas. Atrás se ve un árbol despelucado, una cerca de postes torcidos y un pequeño bosquecito. De ese instante detenido en el tiempo quisiera poder voltear la perspectiva, mirar a mi papá también tirado en el pasto tomándote la foto porque ya no lo puedo imaginar en una pose tal. Tuvo que haber estado muy enamorado para agacharse así, pienso estúpidamente. Te ves orgullosa, un poco altiva, como si toda la vida futura destellara en tus ojos. Sonríes; eras un típica niña de los sesentas con pelo bombacho que caía en una curva ganchuda y exagerada como las que pinta mi hija Gabriela cuando se retrata a sí misma. Ese momento, quisiera pensar, no terminó…es un destello eterno que ahora mismo existe; las fotos son simples maneras de recordarnos que en algún paraje del tiempo ese instante tercamente vive para siempre.

La otra foto no te gustaba; es una firmada por un ‘fotógrafo’ que de seguro te hizo un estudio. Llevas un pelo bombacho, lleno de caminos que se perdían hacia atrás en la cabeza aunque de seguro fueron cuidadosamente estudiados. Una capul -y no debería mencionarlo porque no te gustaba la más mínima exposición a ello- cae sobre la frente como una cortina de bambú.  Perdóname por revelar ese secreto que era sólo de la casa,  tengo presente lo mucho que te disgustaba. Sé que ya estás casada y que yo ya había nacido porque con el mismo traje que llevabas salimos juntos en otra de la serie en la que la ‘B’ de la firma de quien la tomó es más grande que mi cabeza y la tilde de la ‘e’ final irrumpe con estilo y sofisticación que nos recuerda que nuestra familia fue en parte una creación de Bené. El fondo es monótono pero finge una profundidad interesante, una pantalla gris con texturas amorfas, un infinito fotográfico sin sabor pensado para resaltarte. Apareces como metiéndote en la foto desde la esquina inferior derecha. Estás seria, llevas unos aretes enormes que a su vez tienen otros aretes más pequeños y un traje de paño pesado pero de un magenta suave como el color de tus labios. La foto estuvo creada para ser irremediablemente real; los colores aun perviven y en su mismo intento de perdurar dicen algo de tu tiempo y de una vida de la que muchas de sus facetas son un misterio para mí. Ahora ese traje, esos aretes, la firma, en poco 'el estudio' resiste el tiempo bajo el único sonido de los relojes y del movimiento de los arboles que trazan sombras en ciertas épocas del año en la habitación en la que escribo.

Me extrañaba cómo los viejos guardan fotos de los que ya no estaban; pensaba que inevitablemente se llegaba una edad en la que por confusión no se podía proclamar nada más que el propio pasado. Lo que ahora entiendo es que quien cuelga sus fotos intenta desesperadamente vivir en ellas; quisiera saber en donde hallar el efímero destello del tiempo en donde pervive ese momento. Ahora, dieciocho años después de que no te he visto más que en imágenes y cuarenta o cuarenta y seis en que esos instantes han estado congelados, quisiera ser yo el que te observaba desde el otro lado de la cámara y estar en tus fotos sin estar.

lunes, 5 de marzo de 2012

Obituario para Olguita en sus diez y siete años de ausencia

El Primer Encuentro

Yo nunca había visto a nadie tan contento de ir al cementerio como mi hija Gabriela cuando llevamos flores hace dos días. Era su primer encuentro con la muerte, pero en su cabeza iba a conocer un parque en el que, según sus palabras ‘los niños no juegan’, y todo el misterio y la pisca de temor que despertaba en ella la nueva experiencia la hacía casi irresistible. Intenté explicarle que cuando morimos otras personas nos ‘siembran’ -fue la metáfora más benevolente que pude encontrar- lo cual no fue convincente porque lo primero que me preguntó fue que a quién se le ocurría hacer una cosa semejante, y cuando llegó al sitio en donde estás enterrada, hablaba como si estuvieras ‘allá abajo’ entregada a un descanso que a ella le resulta más difícil de entender que la muerte misma. Era su primer encuentro con lo incomprensible. ¿Cómo culparla?

A decir verdad, tampoco yo lo entiendo. Desde tu muerte hace ya diez y siete años, de las cosas que acompañaron tu vida las únicas que se han negado a evocarme algo han sido las que rodearon tu fallecimiento: la noche que me paré frente al féretro no tuve deseos siquiera de llorar. El silencio abrumador, las velas, el olor a muerte de los anturios, el cajón y la calle inundada de sombras de regreso a la casa no eran tú. Nunca lo han sido. Luego el cementerio: batallar contra la infernal autopista, entrar en un parqueadero que se cobra por minutos, las misas en las que un sacerdote pronuncia mal tu nombre...estas cosas no te definen de ninguna manera que yo pueda imaginar. Por muchos años no fui al sitio en donde estás ‘sembrada’ porque no te identificaba con ese paraje en el que nunca te hubiera visto en vida. Aún hoy, luego de haber aceptado ir con regularidad a visitar la lápida diminuta sin epitafio que simplemente recuerda tu fecha de nacimiento con una estrella y la de fallecimiento con una cruz, no me parece que hayas estado jamás en donde te dejamos el 5 de marzo de 1995. Hace mucho la semilla había tomado el camino del viento y tú ya eras parte de todo. Pervives en cada acto de nuestras vidas: veo tus ojos y tu boca en los de Gabriela, tu voz aunque ya lejana y sin timbre aún suena en mi cabeza cuando me equivoco y cuando siento que también yo me voy a morir. No se puede pedir mucho más.

Hace un año, cuando escribía estas mismas palabras mi hermano Andrés nos recordaba con mayor vocación por el detalle del que yo soy capaz las cosas que sí eran tú. Ahora todo me parece parte de un momento congelado en el tiempo; todas estas cosas se han ido, pero en nosotros están tan presentes como si apenas ayer te hubiéramos visto en medio de ellas:

“…no hay ya un café frio un poco amargo con un pucho a medio quemar, ya detrás de ese teléfono no hay un picadillo en cocción, ya no hay un cepillo amarillo que huele a laca, ya no hay ninguna guasca ni siquiera hay que "matiar" porque los tan morados "pensamientos" que sembraste ya los quemo una helada…”

Ahora que lo considero, Gabriela tal vez entendió todo este misterio de tu ausencia y tu presencia más de lo que imaginé porque cuando quise que nos montáramos al carro salió corriendo y se quedó en silencio sola por un instante frente a tu tumba. Lo que te haya dicho desde sus pensamientos silenciosos sólo lo sabes tú y ella, que te lleva de un lado para otro como la semilla lleva por dentro el árbol que será.

Roberto Palacio

lunes, 05 de marzo de 2012

sábado, 26 de marzo de 2011

En realidad no hacía falta añadir ciudades a las de Italo Calvino en sus Ciudades Invisible, pero fue un placer describir algunas de las mías...

Las Ciudades que le faltaron a Calvino


Dakala Sud, callejón de los músicos

En Dakala Sud, nombre apropiado por sus eufónicas referencias y por su sonoridad percutiva, siempre las banderas ondean hacia el horizonte y en los atardeceres pareciera por su longitud que persiguen al Sol en su declive. Cada bandera señala el lugar de un grupo de músicos, a veces de un solitario gendarme que se defiende con una guitarra o con un violín, nunca vocalistas porque la gente que frecuenta Dakala Sud solo ama la música de los instrumentos y considera la de las palabras otro arte que no osan confundir. Tampoco es su costumbre sentarse a observar a los músicos; muchos de ellos están ocultos de tal manera que las melodías de mares lejanos, de tierras desconocidas como las especias y el azafrán son dejadas libres para que los aires frescos de la noche las traigan y las lleven como el caprichoso ondear de los lienzos y de las llamas que saludan el cielo oscuro y desnudo. En Dakala Sud, piensa la gente, el extraño e incómodo momento en el que la gente se acerca a un músico rompe la magia poética de las frases musicales, y lo expone a la vergüenza. Quien frecuente la plaza nunca ve a los intérpretes; sabe que su viaje pasa por las luminarias del inconsciente, por la garita de los recuerdos. Sus habitantes gustan más bien de asociar la música con los olores, los únicos dos sentidos humanos, dicen, que exponen a quien los experimenta a una sensación inmediata, traída de otras épocas aunque diferente a ellas en esencia y en poderío. En Dakala Sud se dice también que la música no es del todo humana porque dice cosas pero no con palabras.



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La Caprit Diccar de lapislázuli

¿Qué cuánto llevo acá? En realidad toda mi vida, mirando al horizonte a Caprit Diccar, la ciudad del resplandor de lapislázuli. Es una extrañeza científica que no entienden sus habitantes, en ella nada es realmente azul, pero cuando se mira a la distancia, especialmente en los días de las tormentas de aíre, parece brillar como el cielo. Hace mucho los científicos vinieron a Caprit Diccar y montaron por la plaza y por las garitas sus complejos aparatos de medición sensibles a la altura y a la cercanía. Se fueron sin decir una sola palabra y no han regresado desde entonces. La gente de Caprit Diccar ignora si han resulto el misterio del azul de su ciudad. Tal vez los colores de la ciudad a la distancia absorben todos los reflejos probables menos los del azul, y en la cercanía absorben solo el azul, el color más común en la tierra. Dicen que los colores son etiquetas en los ojos del que observa. No saben, pero como yo, otros vienen siempre a las colinas en los atardeceres del solsticio y del equinoxio a observar el azul que, según dicen, es saludable para sus ojos y que extrañan con pasión.



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La elusiva Lunfardi di Ori

Nunca he hablado con alguien que haya visto en realidad a la Lunfardi di Ori, como la llaman los libros. Algunos viajeros en noches especialmente claras traen noticias vociferantes y alarmadas de la lejanía de sus luces, de la forma en que parecen titilar, amarillas como el iodo, trémulas en el aire y la distancia. Cuando quieren acercarse, pareciera que la ciudad se aleja, hasta que caminando en dirección a ella eventualmente desaparece. En la época de mi bisabuelo se contaban historias de hombres que habían llegado a ella evitándola, rodeándola en los mapas, pero ningún método único e infalible había para encontrarla aún así. Sólo sus luces rumoran de su vida, de sus movimientos que se perciben a la distancia, de sus gentes de los que se dice que aún llevan pesado calzado de madera y también odian ser descubiertos por expedicionarios, aunque reciben con legítima preocupación a los accidentados. Tal vez la Lunfardi di Ori sea una ciudad cuyos habitantes aprendieron a mover constantemente, quizá hay un loco juego de luces y de distancias y de triángulos en el cielo para que la veamos empequeñecer con la cercanía. Ya otros han perdido sus naves en el mar o sus aviones por gigantescas resplandecencias que se ven claras a través del agua en lugares en las que no tendría que haber siquiera una vegetación errabunda. En tierra, sin embargo, no sabíamos de ciudades que se movían al capricho de su elusión.



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Berqueñón

Le hermosa Berqueñón no es más que musgo y árboles antiguos y extraños parajes abiertos que toman al viajero por sorpresa. Su encanto es su imprevisibilidad; se la camina sin saber su forma, por días. Es creativo el habitante o el visitante que descubre nuevos caminos y los comunica a los demás; los caminos que no han sido recorridos antes son la medida misma del ingenio del hombre en Berqueñón. Quien la recorre tarda un tiempo en comprender que está en una ciudad y no en un bosque antiguo. O considéreselo de esta manera: la ciudad es el viejo bosque fabricado con paciencia por los años y por generaciones de habitantes. Tienen estos una extraña manera de aparecer entre las hojas y el follaje cuando alguien quiere contar una nueva historia sobre un claro del bosque, cuando ha logrado salvar una enmarañada res de lianas que llevan a algún lugar. Pero si se buscan, siempre se los ha de encontrar en los parajes más lejanos, en los recodos del campo entregados al duro trabajo, con la bikkara al hombro, resguardados del viento que les parte la piel como un horno inclemente y constante.



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Las Mujeres de Dassa

En Dassa el mayor placer que puede experimentar el habitante es salir temprano de la ciudad, cuando las hojas aún están duras y casi quebradizas por el frío, cuando no ha despertado el bullicio de luces grises y barro de los mercados de pescado, y mientras la amante permanece en el lecho aún con el sabor del amor del viajero en los labios. Las mujeres de Dassa son hermosas; su espeso pelo negro les cubre parte de la espalda como una manta, y toca delicadamente sus senos cuando están desnudas. Tienen una forma de caminar que parece haber moldeado las estrechas calles de la ciudad misma, que llevan un ir y venir enmarañado pero nunca desesperante. En Dassa nunca siente el viajero haber estado dos veces en el mismo lugar, y todo parece tener el mismo importe, la misma calidad. Todas sus plazas arremedan estar perdidas y poco frecuentadas, lo cual hace pensar al paseante que esa plaza es su plaza, que él la ha conquistado y descubierto y que sólo él como visitante llega allí. Los habitantes de Dassa, saben que no es así y se ríen en silencio. Se dice que ningún viajero ha amado dos veces a la misma mujer en Dassa.



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Furi, el metal y las máquinas

El que se va acercando a Furi no lo puede evitar: se preguntará una y otra vez si el ruido de las máquinas distantes no es exagerado para estar tan lejos. Chirridos metálicos, a veces crujientes y rompedizos inundan como una advertencia las lomas de barro descendente que llevan hasta la ciudad minera de Furi. El viajero llegará a ella como en una pesadilla, descendiendo un paso decidido a la vez. Dicen que de su corazón nacen piedras que brillan como los errantes del cielo, y sus montañas lodosas son del oro más puro, pero en Furi todo es del mismo color ocre y pálido, incluso los rostros de sus habitantes, los recios mineros que la conquistaron a costa de sus vidas hace más generaciones de las que pueden contar. Sus comidas son como el impenetrable barro que pisan y en el que viven. Mineros de manos como la piedra se sientan frente a ollas humeantes bajo la lluvia inclemente y en silencio sorben los espesos potajes que los mantienen con vida para descender una vez más. En Furi nada se terminó excepto las minas; las paredes aguardan, las casas en donde en las noches de silencio de las máquinas criaturas enfermas lloran el dolor de la niñez, escalan hacia el cielo apenas un piso y medio, siempre proyectadas, como si hubiera existido para todos una época de sueños y esperanzas que nunca se cumplió. Furi aún no ha soltado ni sus rubíes más traslúcidos, un sus lingotes incargables, ni sus más delicadas esmeraldas que nunca se dejaron tocar por el nitrógeno. Pero el ruido de las máquinas no aguarda ni un solo día.



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El puerto de Atrachón

Atrachón es un enorme puerto, nada más que eso, un solo puerto garrafal y desolado. Siempre da la impresión de estar regido por el amanecer o por el alba y sus habitantes parecieran parte necesaria pero prescindible de un cuadro que se va pintando. En Atrachón el viajero sentirá una inconmensurable soledad; cada atracadero se yergue sobre el mar, a veces por kilómetros. Algunos dan la impresión de no haber sido tocados nunca por barco alguno y es inevitable que tarde o temprano el paseante se pregunte si las plataformas de Atrachón fueron construidos por hombres o por dioses que no sabían el tamaño ni el propósito de su obra. En cada uno de sus rincones se siente ese letargo pesado que golpea en las entrañas al irrumpir en un sitio gigantesco y solitario. Atrachón sería un paraje perfecto para los encuentros furtivos del amor, pero por su constitución, casi nunca dos habitantes o un viajero y un habitante se cruzan.



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Las aguas y las ruinas de Ishtahar la Vieja

Hay en Ishtahar la Vieja un delicado retroceso de las aguas que sus habitantes llaman el Tashani. No es de explicar, pero toda el agua que se deja fluir de un recipiente, de una bañera o de un lago forma delicados vericuetos y canales que apuntan al sitio en la que fue liberada, como si no quisiera abandonar la ciudad y fuera propia de ese lugar. Hay en su centro siete cúpulas redondas coronadas por una rosa de las aguas, como la llaman sus habitantes; nosotros la llamamos la de los vientos. Creen estos que la dirección del agua señala sitios claves de la geografía y que liberar cuerpos de agua, incluso en el mar, puede apuntar hacia un destino. En Ishtahar la Vieja, la de los misterios, las ruinas son cuidadosas y metódicas. Algunos dicen que es un efecto del extraño comportamiento del agua, pero lo que se derrumba por efecto del tiempo cae en patrones perfectos, matemáticos. Hace miles de años los habitantes de Ishtahar sabían por experiencia dónde se comenzaría a derruir una vieja casa, y tomaban medidas con anticipación, pero no lo habían cuantificado. Descubrieron después que correspondía a series matemáticas en las que el siguiente número se formaba por la adición de los dos anteriores que lo precedían en la serie: 0,1,1,2,3,5,8,13….De un muro, caería el primer ladrillo, y si este se reemplazaba, caería también, antes del segundo; luego el tercero, el quinto y así.

Roberto Palacio