El destino de todo texto

El destino de todo texto
Aldous Huxley "Si uno es diferente, está condenado a la soledad"

lunes, 25 de noviembre de 2013

Alimentarme con gordo intruso...


Publicidad IBM 650, circa 1953


Hace unos diez años, tal vez, cuando fui profesor en esa institución, la Universidad de los Andes desarrolló un chip colombiano. Asistí a la charla con uno de los ingenieros que lo diseñaron: «Los planos del chip, los solos planos son del tamaño de una cacha de fútbol». Alguien preguntó que si de fútbol normal o de microfútbol, «De fútbol normal…» respondió meneando la cabeza como Mussolini y todos nos quedamos aterrados. Pero el chip se conseguía ya en Unilago porque era un modelo viejo de tecnología replicada. La Universidad de los Andes lo fabricó para demostrar que lo podía hacer… y que los planos eran del tamaño de una cancha de fútbol.


La charla fue en el edificio ‘W’ de ingeniería. Cuando entré a la Universidad en 1986 ese sitio era una especie de catedral de la computación. Albergaba un IBM 650 y luego un 1440. El 650 fue mi único atisbo del futuro en la Universidad. Siendo estudiante me metí por accidente en la habitación que lo hospedaba con una papeleta blanca que me permitía retirar una materia. En el ambiente había un rumbido antinatural pero suave que recordaba que se llevaban a cabo procesos, el aire tenía una carga a limpieza forzada, a plástico y superconductor y reinaba el silencio algorítmico que hay en la mente de Hal de 2001 Odisea del Espacio. De alguna parte salió un estudiante en bata blanca y me preguntó qué hacía yo ahí. No tuve tiempo de explicar mi conflicto de materias cuando me dijo con toda fruición que yo no debía estar en ese lugar al tiempo que me empujaba hacia la puerta como si fuera un recluta nuevo que por accidente entrara en el cuarto donde ocultan los cuerpos extraterrestres rescatados en Roswell. Pero yo alcancé a ver esos cuerpos: tres enormes mamotretos que servían para perforar tarjetas, sólidos como las máquinas tipográficas pero con los colores de los Jetsons;  una cuchara muy elaborada para alimentarnos con algo que podíamos coger con la mano. La Universidad hubiera preferido por lejos mi muerte a un rasguño en el 650, me hubiera alimentado a la máquina si así el 650 lo hubiera pedido, como a Pele en Hawái se le ofrece una virgen de vez en cuando:

«Alimentarme con gordo intruso…»

«¡Pero 650, no podemos, es un cliente!»

«650 querer a gordo hoy mismo, ¡HOY MISMO!…»

Años más tarde compré una partecita de esa mente artificial que vendieron como souvenir, un panel al que le colgaban un amasijo de cables rojos y azules que se retorcían en lo que se me antojaba como una serpiente decapitada y lo puse en la sala de mi primer apartamento…simplemente para ver quién reía de últimas.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Estar en tus fotos sin estar


Hay una foto en la que aparezco de seis o siete años; me la tomó mi papá en el parqueadero de la casa en donde vivíamos en Louisville, Ky., tal vez en 1973. Al fondo se ve un Ford Falcon amarillo sin copas. Yo visto una camisa de bordes cafés oscuros sobre una tela ocre que imitaba ribetes vaqueros. Solía usar esa camisa con una pistola diminuta que  hacía explotar una salva de humo y sonido. Pero en esta foto ya no las portaba por considerarlas infantiles. En el bolsillo frontal llevo un pañuelo desmedidamente grande para la prenda y para mi tamaño y el pelo me lo han peinado con un copete Ronald Reagan, abombado, tieso pero húmedo que resaltaba la rosadez de la cara. Y claro que del pañuelo y del copete eras responsable. Estabas en esa foto sin estar.

Las fotos son instantes detenidos en el tiempo, breves intervalos eternos. En mi cuarto hay dos tuyas. En una aún no te has casado, estás acostada bocabajo en el pasto de un parque y levantas la cara, sostenida por una mano de la que pende una pulsera de piedras desmedidamente grandes, como siempre te gustaron. No se ve el color de las piedras, porque en una búsqueda artística de las que adelantó mi padre en su juventud, la película es sepia, como si se anticipara que esa imagen iba a ser de una foto que se ve envejecer. Mi padre siempre ha tenido una conciencia del tiempo tal; una que ha aplicado a su propia vida al costo de haberse envejecido prematuramente esperando el cumplimiento de sus extraños presagios. He mirado la foto por horas. Atrás se ve un árbol despelucado, una cerca de postes torcidos y un pequeño bosquecito. De ese instante detenido en el tiempo quisiera poder voltear la perspectiva, mirar a mi papá también tirado en el pasto tomándote la foto porque ya no lo puedo imaginar en una pose tal. Tuvo que haber estado muy enamorado para agacharse así, pienso estúpidamente. Te ves orgullosa, un poco altiva, como si toda la vida futura destellara en tus ojos. Sonríes; eras un típica niña de los sesentas con pelo bombacho que caía en una curva ganchuda y exagerada como las que pinta mi hija Gabriela cuando se retrata a sí misma. Ese momento, quisiera pensar, no terminó…es un destello eterno que ahora mismo existe; las fotos son simples maneras de recordarnos que en algún paraje del tiempo ese instante tercamente vive para siempre.

La otra foto no te gustaba; es una firmada por un ‘fotógrafo’ que de seguro te hizo un estudio. Llevas un pelo bombacho, lleno de caminos que se perdían hacia atrás en la cabeza aunque de seguro fueron cuidadosamente estudiados. Una capul -y no debería mencionarlo porque no te gustaba la más mínima exposición a ello- cae sobre la frente como una cortina de bambú.  Perdóname por revelar ese secreto que era sólo de la casa,  tengo presente lo mucho que te disgustaba. Sé que ya estás casada y que yo ya había nacido porque con el mismo traje que llevabas salimos juntos en otra de la serie en la que la ‘B’ de la firma de quien la tomó es más grande que mi cabeza y la tilde de la ‘e’ final irrumpe con estilo y sofisticación que nos recuerda que nuestra familia fue en parte una creación de Bené. El fondo es monótono pero finge una profundidad interesante, una pantalla gris con texturas amorfas, un infinito fotográfico sin sabor pensado para resaltarte. Apareces como metiéndote en la foto desde la esquina inferior derecha. Estás seria, llevas unos aretes enormes que a su vez tienen otros aretes más pequeños y un traje de paño pesado pero de un magenta suave como el color de tus labios. La foto estuvo creada para ser irremediablemente real; los colores aun perviven y en su mismo intento de perdurar dicen algo de tu tiempo y de una vida de la que muchas de sus facetas son un misterio para mí. Ahora ese traje, esos aretes, la firma, en poco 'el estudio' resiste el tiempo bajo el único sonido de los relojes y del movimiento de los arboles que trazan sombras en ciertas épocas del año en la habitación en la que escribo.

Me extrañaba cómo los viejos guardan fotos de los que ya no estaban; pensaba que inevitablemente se llegaba una edad en la que por confusión no se podía proclamar nada más que el propio pasado. Lo que ahora entiendo es que quien cuelga sus fotos intenta desesperadamente vivir en ellas; quisiera saber en donde hallar el efímero destello del tiempo en donde pervive ese momento. Ahora, dieciocho años después de que no te he visto más que en imágenes y cuarenta o cuarenta y seis en que esos instantes han estado congelados, quisiera ser yo el que te observaba desde el otro lado de la cámara y estar en tus fotos sin estar.

lunes, 5 de marzo de 2012

Obituario para Olguita en sus diez y siete años de ausencia

El Primer Encuentro

Yo nunca había visto a nadie tan contento de ir al cementerio como mi hija Gabriela cuando llevamos flores hace dos días. Era su primer encuentro con la muerte, pero en su cabeza iba a conocer un parque en el que, según sus palabras ‘los niños no juegan’, y todo el misterio y la pisca de temor que despertaba en ella la nueva experiencia la hacía casi irresistible. Intenté explicarle que cuando morimos otras personas nos ‘siembran’ -fue la metáfora más benevolente que pude encontrar- lo cual no fue convincente porque lo primero que me preguntó fue que a quién se le ocurría hacer una cosa semejante, y cuando llegó al sitio en donde estás enterrada, hablaba como si estuvieras ‘allá abajo’ entregada a un descanso que a ella le resulta más difícil de entender que la muerte misma. Era su primer encuentro con lo incomprensible. ¿Cómo culparla?

A decir verdad, tampoco yo lo entiendo. Desde tu muerte hace ya diez y siete años, de las cosas que acompañaron tu vida las únicas que se han negado a evocarme algo han sido las que rodearon tu fallecimiento: la noche que me paré frente al féretro no tuve deseos siquiera de llorar. El silencio abrumador, las velas, el olor a muerte de los anturios, el cajón y la calle inundada de sombras de regreso a la casa no eran tú. Nunca lo han sido. Luego el cementerio: batallar contra la infernal autopista, entrar en un parqueadero que se cobra por minutos, las misas en las que un sacerdote pronuncia mal tu nombre...estas cosas no te definen de ninguna manera que yo pueda imaginar. Por muchos años no fui al sitio en donde estás ‘sembrada’ porque no te identificaba con ese paraje en el que nunca te hubiera visto en vida. Aún hoy, luego de haber aceptado ir con regularidad a visitar la lápida diminuta sin epitafio que simplemente recuerda tu fecha de nacimiento con una estrella y la de fallecimiento con una cruz, no me parece que hayas estado jamás en donde te dejamos el 5 de marzo de 1995. Hace mucho la semilla había tomado el camino del viento y tú ya eras parte de todo. Pervives en cada acto de nuestras vidas: veo tus ojos y tu boca en los de Gabriela, tu voz aunque ya lejana y sin timbre aún suena en mi cabeza cuando me equivoco y cuando siento que también yo me voy a morir. No se puede pedir mucho más.

Hace un año, cuando escribía estas mismas palabras mi hermano Andrés nos recordaba con mayor vocación por el detalle del que yo soy capaz las cosas que sí eran tú. Ahora todo me parece parte de un momento congelado en el tiempo; todas estas cosas se han ido, pero en nosotros están tan presentes como si apenas ayer te hubiéramos visto en medio de ellas:

“…no hay ya un café frio un poco amargo con un pucho a medio quemar, ya detrás de ese teléfono no hay un picadillo en cocción, ya no hay un cepillo amarillo que huele a laca, ya no hay ninguna guasca ni siquiera hay que "matiar" porque los tan morados "pensamientos" que sembraste ya los quemo una helada…”

Ahora que lo considero, Gabriela tal vez entendió todo este misterio de tu ausencia y tu presencia más de lo que imaginé porque cuando quise que nos montáramos al carro salió corriendo y se quedó en silencio sola por un instante frente a tu tumba. Lo que te haya dicho desde sus pensamientos silenciosos sólo lo sabes tú y ella, que te lleva de un lado para otro como la semilla lleva por dentro el árbol que será.

Roberto Palacio

lunes, 05 de marzo de 2012