El destino de todo texto

El destino de todo texto
Aldous Huxley "Si uno es diferente, está condenado a la soledad"

martes, 26 de noviembre de 2013

Magnífica Desolación


Los restaurantes paisas son sitios de pesadilla ontológica. Cada vez que voy pienso en la Luna; ‘Ahhhh, magnífica desolación’ decía Buzz Aldrin, el segundo hombre en pisar el satélite, sus primeras palabras mucho menos pomposas que las de Neil, más de americano en vacaciones. Mientras mastico un chicharrón encerrado en esas casitas de bambú, paraíso de ensueño a lo Hansel y Gretel  en la mitología de los niños pandas, miro al techo a una botella de cerveza que pende sin abrir, como un action figure de Star Wars   en la cual flotan ingrávidos sedimentos innombrables de barro del pleistoceno, y es entonces cuando pienso en lo mucho que me gustaría poder decir ‘Ahhh, magnífica desolación…’.
¿Acaso qué esperaban encontrar en la Luna? ¡Rusos! Responde el Almanaque mundial de 1966, escasos tres años antes de que llegara Buzz. Pero no ha de considerarse una broma, no esperaban descubrir desolación, sino riquezas inenarrables en el satélite pálido. Cito Almanaque Mundial 1966, separata especial sobre ‘Astronomía’, por aquello de lo interesante que estaba el espacio en esos tiempos:
«…el profesor Samuel Tolansky, del Royal Holloway College de la Universidad de Londres cree que la superficie de lunar puede estar cubierta por una capa de diamantes, en la cual podría enterrarse hasta los tobillos el primer astronauta (norteamericano o ruso) que allí llegase. […] En un artículo del Science Journal, el profesor Tolansky dice que la “capa de polvo” que muchos científicos opinan que cubre la Luna, puede muy bien ser de diamantes. Estos habrían sido formados por el impacto de los meteoritos a través de los siglos. La variedad de diamantes sería de los negros que, aunque no tienen aplicación como joyas, son altamente valiosos en la industria»
Hay una cosa incitantemente y hermosa, sin embargo, de la idea de Tolansky. Para darle esa pisca de credibilidad a sus diamantes, el profesor advierte que no son de los de poner en un anillo, cosa que hubiera sido altamente rentable y frívola como los cuentos de hadas. No, son pálidos y grises, como la vida. El mundo es ese lugar un poco decepcionante y lo real suele ser poco traslúcido: es la madurez. 

lunes, 25 de noviembre de 2013

Alimentarme con gordo intruso...


Publicidad IBM 650, circa 1953


Hace unos diez años, tal vez, cuando fui profesor en esa institución, la Universidad de los Andes desarrolló un chip colombiano. Asistí a la charla con uno de los ingenieros que lo diseñaron: «Los planos del chip, los solos planos son del tamaño de una cacha de fútbol». Alguien preguntó que si de fútbol normal o de microfútbol, «De fútbol normal…» respondió meneando la cabeza como Mussolini y todos nos quedamos aterrados. Pero el chip se conseguía ya en Unilago porque era un modelo viejo de tecnología replicada. La Universidad de los Andes lo fabricó para demostrar que lo podía hacer… y que los planos eran del tamaño de una cancha de fútbol.


La charla fue en el edificio ‘W’ de ingeniería. Cuando entré a la Universidad en 1986 ese sitio era una especie de catedral de la computación. Albergaba un IBM 650 y luego un 1440. El 650 fue mi único atisbo del futuro en la Universidad. Siendo estudiante me metí por accidente en la habitación que lo hospedaba con una papeleta blanca que me permitía retirar una materia. En el ambiente había un rumbido antinatural pero suave que recordaba que se llevaban a cabo procesos, el aire tenía una carga a limpieza forzada, a plástico y superconductor y reinaba el silencio algorítmico que hay en la mente de Hal de 2001 Odisea del Espacio. De alguna parte salió un estudiante en bata blanca y me preguntó qué hacía yo ahí. No tuve tiempo de explicar mi conflicto de materias cuando me dijo con toda fruición que yo no debía estar en ese lugar al tiempo que me empujaba hacia la puerta como si fuera un recluta nuevo que por accidente entrara en el cuarto donde ocultan los cuerpos extraterrestres rescatados en Roswell. Pero yo alcancé a ver esos cuerpos: tres enormes mamotretos que servían para perforar tarjetas, sólidos como las máquinas tipográficas pero con los colores de los Jetsons;  una cuchara muy elaborada para alimentarnos con algo que podíamos coger con la mano. La Universidad hubiera preferido por lejos mi muerte a un rasguño en el 650, me hubiera alimentado a la máquina si así el 650 lo hubiera pedido, como a Pele en Hawái se le ofrece una virgen de vez en cuando:

«Alimentarme con gordo intruso…»

«¡Pero 650, no podemos, es un cliente!»

«650 querer a gordo hoy mismo, ¡HOY MISMO!…»

Años más tarde compré una partecita de esa mente artificial que vendieron como souvenir, un panel al que le colgaban un amasijo de cables rojos y azules que se retorcían en lo que se me antojaba como una serpiente decapitada y lo puse en la sala de mi primer apartamento…simplemente para ver quién reía de últimas.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Estar en tus fotos sin estar


Hay una foto en la que aparezco de seis o siete años; me la tomó mi papá en el parqueadero de la casa en donde vivíamos en Louisville, Ky., tal vez en 1973. Al fondo se ve un Ford Falcon amarillo sin copas. Yo visto una camisa de bordes cafés oscuros sobre una tela ocre que imitaba ribetes vaqueros. Solía usar esa camisa con una pistola diminuta que  hacía explotar una salva de humo y sonido. Pero en esta foto ya no las portaba por considerarlas infantiles. En el bolsillo frontal llevo un pañuelo desmedidamente grande para la prenda y para mi tamaño y el pelo me lo han peinado con un copete Ronald Reagan, abombado, tieso pero húmedo que resaltaba la rosadez de la cara. Y claro que del pañuelo y del copete eras responsable. Estabas en esa foto sin estar.

Las fotos son instantes detenidos en el tiempo, breves intervalos eternos. En mi cuarto hay dos tuyas. En una aún no te has casado, estás acostada bocabajo en el pasto de un parque y levantas la cara, sostenida por una mano de la que pende una pulsera de piedras desmedidamente grandes, como siempre te gustaron. No se ve el color de las piedras, porque en una búsqueda artística de las que adelantó mi padre en su juventud, la película es sepia, como si se anticipara que esa imagen iba a ser de una foto que se ve envejecer. Mi padre siempre ha tenido una conciencia del tiempo tal; una que ha aplicado a su propia vida al costo de haberse envejecido prematuramente esperando el cumplimiento de sus extraños presagios. He mirado la foto por horas. Atrás se ve un árbol despelucado, una cerca de postes torcidos y un pequeño bosquecito. De ese instante detenido en el tiempo quisiera poder voltear la perspectiva, mirar a mi papá también tirado en el pasto tomándote la foto porque ya no lo puedo imaginar en una pose tal. Tuvo que haber estado muy enamorado para agacharse así, pienso estúpidamente. Te ves orgullosa, un poco altiva, como si toda la vida futura destellara en tus ojos. Sonríes; eras un típica niña de los sesentas con pelo bombacho que caía en una curva ganchuda y exagerada como las que pinta mi hija Gabriela cuando se retrata a sí misma. Ese momento, quisiera pensar, no terminó…es un destello eterno que ahora mismo existe; las fotos son simples maneras de recordarnos que en algún paraje del tiempo ese instante tercamente vive para siempre.

La otra foto no te gustaba; es una firmada por un ‘fotógrafo’ que de seguro te hizo un estudio. Llevas un pelo bombacho, lleno de caminos que se perdían hacia atrás en la cabeza aunque de seguro fueron cuidadosamente estudiados. Una capul -y no debería mencionarlo porque no te gustaba la más mínima exposición a ello- cae sobre la frente como una cortina de bambú.  Perdóname por revelar ese secreto que era sólo de la casa,  tengo presente lo mucho que te disgustaba. Sé que ya estás casada y que yo ya había nacido porque con el mismo traje que llevabas salimos juntos en otra de la serie en la que la ‘B’ de la firma de quien la tomó es más grande que mi cabeza y la tilde de la ‘e’ final irrumpe con estilo y sofisticación que nos recuerda que nuestra familia fue en parte una creación de Bené. El fondo es monótono pero finge una profundidad interesante, una pantalla gris con texturas amorfas, un infinito fotográfico sin sabor pensado para resaltarte. Apareces como metiéndote en la foto desde la esquina inferior derecha. Estás seria, llevas unos aretes enormes que a su vez tienen otros aretes más pequeños y un traje de paño pesado pero de un magenta suave como el color de tus labios. La foto estuvo creada para ser irremediablemente real; los colores aun perviven y en su mismo intento de perdurar dicen algo de tu tiempo y de una vida de la que muchas de sus facetas son un misterio para mí. Ahora ese traje, esos aretes, la firma, en poco 'el estudio' resiste el tiempo bajo el único sonido de los relojes y del movimiento de los arboles que trazan sombras en ciertas épocas del año en la habitación en la que escribo.

Me extrañaba cómo los viejos guardan fotos de los que ya no estaban; pensaba que inevitablemente se llegaba una edad en la que por confusión no se podía proclamar nada más que el propio pasado. Lo que ahora entiendo es que quien cuelga sus fotos intenta desesperadamente vivir en ellas; quisiera saber en donde hallar el efímero destello del tiempo en donde pervive ese momento. Ahora, dieciocho años después de que no te he visto más que en imágenes y cuarenta o cuarenta y seis en que esos instantes han estado congelados, quisiera ser yo el que te observaba desde el otro lado de la cámara y estar en tus fotos sin estar.