El destino de todo texto

El destino de todo texto
Aldous Huxley "Si uno es diferente, está condenado a la soledad"

viernes, 23 de enero de 2015

Catholic School

(Recuerdos de mi paso por el colegio católico en Estados Unidos hace cuarenta añosExtraído de 'La Química del olvido', un libro de memorias para mi hija)

El colegio católico: la expresión en español no alcanza a evocar lo que era, no porque se configurara en una mezcla fatal y doliente de abuso y recriminación moral, mentiría si dijera que eso fue para mí. Lo propio del colegio católico es la coexistencia del silencio abismal de dios con la desmedida y cruda actualidad…los ventanales de las iglesias y la mudez de los oratorios tomaban un sabor muy peculiar, muy americano en medio de los campesino y los tractores y la alfalfa. La vida contemplativa se daba en medio de la exposición radial a la realidad, una luz absurda en la cual no hay melancolía ni abrigo; las bandejas de plástico de la cafetería aseadas hasta el cansancio por medio del trabajo salvífico, el papel reutilizado que tiene su propio olor a santidad y a sufrimiento, la vida sencilla que es obligatoria. El católico no ama a los pobres, ama la pobreza. Creo que esos aspectos de la vida católica me han acompañado de maneras útiles y a veces deformadas y retorcidas. He buscado el silencio de los oratorios bañados de luz y los vitrales. Creo, como lo dice Aldous Huxley, que son auténticos parajes de iluminación del fondo de la mente. Si alguna vez en medio de mi falta de creencias he ansiado algo de la religión perdida, creo que es esa profunda sensación de solaz y triste tranquilidad de la oración. Pero al mismo tiempo, como te lo contaré más adelante, me ha acompañado la estulta idea de que si no estoy donde están los dolientes y los desamparados falto al verdadero valor. Bueno a esto súmale la ridícula idea de que el trabajo de alguna manera redime…vaya uno a saber qué. Bien puede uno pavimentar su propio camino de sufrimientos hasta la tumba con una pala semejante: a la entrada del campo de concentración de Auschwitz decía ‘Arbeit Macht Frei’: el trabajo hace libres a los hombres.

No sé por qué te cuento esto; ha sido tan difícil evocar el colegio católico... Cuando escribo estas líneas me planteo la necesidad de volver a ver imágenes del Saint Margaret Mary School en Louisville Ky en donde estudié la primaria, pero una mezcla de desidia y terrible melancolía me lo impiden. En realidad no he investigado para estas páginas como debiera y por ello te pido disculpas. No te traigo más que retratos, algunos no tan sanctos, como el de la cara de Sister Edwin, una monja recia, sobrecalentada y curtida de vida monacal que nos enseñaba ‘Ciencias’. Era una católica común que vivía para el pecado y el arrepentimiento en lo que Bertrand Russell llamó el ciclo del pecador: pecar a profundidad, intentar hacer algo que Dios no perdone para sentir una culpa casi irredimible y encontrar solaz como una droga en el  arrepentimiento flagelante. La puedo imaginar lentamente consumida por el deseo, bebiendo su lascivia a cucharadas lentas en la soledad de su celda, desnuda, flagelando se cuerpo turgente y rígido. Claro, de niño no la veía así: era una mujer con un manojo enorme de llaves que sonaban sin que pudiéramos ver en qué parte de su cuerpo las llevaba, como el radio de un celador. Muy probablemente iban atadas a un cinturón alto en la cintura que como la oración estaba hecho para aguantar todo el peso del pecador sin dejar entrar al demonio y que podría asegurar, Edwin se dejaba puesto durante sus dulces ambrosías sexuales del azote.
Pero el mayor pecado de la Hermana Edwin no era el sexual, me atrevería a especular. En clase a menudo interrumpía una lección de ciencias para explicarnos cómo el mal genio no era una falta contra dios. Se lo explicaba a sí misma, pero no faltaba quien asentía con la cabeza porque seguramente a su temprana edad ya sentía la culpa ominosa del pecado.

Claro que no voy a decir que la educación religiosa no vino con un alto sentido de la culpa y el temor para mí también... 

jueves, 4 de diciembre de 2014

Dime cómo orinas y te diré quién eres

Las feministas llevan tiempo dando un curioso giro hacia un dogmatismo consistente en imaginarse a la gente como salida de un comercial de lavadoras de los años 50: su personaje favorito, el hombre -como si fuéramos uno solo los cantantes de vallenato, los vendedores en el calle, los profesores de yoga, los malabaristas y los conductores de bus- este extraño y odiado estereotipo, el hombre ahora hizo una más de las suyas; otra micción en la cama, que sólo para eso sirven nuestros órganos vestigiales. En la pasada edición de Arcadia Carolina Sanín publicó en su columna un grito indignado como respuesta a SOHO que acaba de sacar una aplicación para reportar avistamientos de ‘viejas’ buenas. Según Sanín, los hombres les tememos a las mujeres hermosas por un problema gonádico:
«…la mujer deseable es un adversario: es la detentadora y potencial negadora no solo de la satisfacción, sino de la virilidad; es virtualmente, una castradora»
Freud elaboró el complejo de castración con base en una crítica a los valores hasídicos, no a la mujer deseable. El psicoanálisis que aducen las feministas, que duele de obsoleto -los primeros escritos de Freud sobre la homosexualidad datan de 1914-, lleno de teorías que ni siquiera en la vieja escuela de Viena se aceptaban como el factum, ahora son la verdad fresca y revelada. Qué le hacemos…a las feministas no les gusta la nueva neurología, es falocéntrica – léanse los escritos de la feminista Ruth Bleier contra la investigación cerebral adelantada por hombres.

Pero no solo estoy asustado…a ver si he comprendido bien: yo estoy acá sentado en mi casa, con mi hija, acabo de hablar con mi amiga más cercana en toda confianza, ¿y resulta que estoy orinado del susto del matriarcado sin saberlo? Siempre me ha parecido que aplicar terapias contra la voluntad del otro implica no solo cometer varias falacias, entre ellas la ad hominen (ojo, contra el hombre acá adquiere todo un nuevo significado)…sino que es simplemente tan rudo e innecesario como un electroshock: ¿por qué no criticamos a las feministas diciendo que en realidad lo que les falta es una dosis de aquello con lo que nos orinamos en la cama…pero ellas no lo saben? El que sabe argumentar comprenderá que el razonamiento es efectista, pero no lleva muy lejos dado su contenido falaz. George Orwell ya apuntaba en 1984 que el sello distintivo del los nuevos dogmas con los cuales conviviríamos es que uno puede odiar, temer o delinquir sin saberlo; pasa en los regímenes de facto más barbáricos –ningún lugar más barbárico que este, Colombia, según Sanín-, pasa en los procesos de adoctrinamiento más radical de la religión. Los primeros dominicos en llegar a este altiplano, poco se recuerda, tradujeron la lengua muisca para preguntarle los indígenas entre otras cosas si habían tenido efluvios durante los sueños -algo que es más o menos similar a la micción nocturna- porque eso era pecado.
Me pregunto qué sentirán las feministas cuándo a estas columnas nadie las critica; ¿supondrán que es porque todos estamos de acuerdo? La indignación, ese sello que el postmoderno debe ostentar para que le crean que aún lleva por dentro un ser moralmente sensible, ya no tiene el peso que tenía. Las feministas deben emular entonces el paso mismo de la pornografía que critican (Soho es una revista pornográfica según Sanín); entre más explícita esta, más indignadas se mostrarán. A nadie le importa, no porque el morbo o la indignación tengan una cota superior, sino porque la explicitud y el lugar común agotan. Este sentimiento de estar impulsando una causa común, de que el que hable contra uno no es un crítico sino un bárbaro, de que alguien tenía que quejarse…todos estos expedientes tienen el espantoso olor de un nuevo catecismo comunista.
Pero debo decir que no es la indignación lo que socava el argumento de Sanín, sino el cliché que lo acompaña, ese sentido de urgencia moral, el conservadurismo de querer poner todo en orden y la ilusión de creer que es posible, la incapacidad para la elipsis, el extremo cínico y absoluto nacido de una sandez:
«Aquí se habla exclusivamente de niñas o de viejas, con lo cual no solo se desconoce la independencia y el poder de las mujeres, sino incluso su deseabilidad»
“Vieja buena” es tan lateral y oblicuo como cualquier juego tonto de la publicidad: cuando Revlon preguntó “¿alguien reportó un fuego?” no por ello había que venir con extintores. “Soho, una revista prohibida para mujeres” no era una estrategia de mercadeo encaminada a venderle un producto sólo a la mitad de los potenciales lectores. Era una incitación, pobre, pero pobremente efectiva porque estadísticamente las mujeres son un segmento enorme de sus lectores. Vemos la incorrección política cuando reparamos que sonaría muy mal que Soho se hubiera anunciado como una revista prohibida para homosexuales, o indios dice Sanín. Pero las mujeres no son minoría; de hecho son más que los hombres sobre este orbe. Curiosos tiempos estos en los que todo el mundo pareciera querer desempolvar las vertientes de una marginalidad minoritaria inexistente. Y si algo hacía el slogan era reconocer el poder de la mujer en muchos niveles. Allí no hablamos de viejas ni de niñas, sino de mujeres, algo que Sanín no vio. Pero las feministas tienen esta sospecha de que todo saldrá mal, un insufrible legado de la izquierda: por ahí comienzan, por las palabras, y luego viene la quema de mujeres que viven solas y que ejercen su sexualidad con dominio propio. Pretender que esa persecución está tan viva hoy como en el siglo XIV solo ha logrado que las feministas se duelan más por las palabras que por los hechos, otro rasgo de los dogmatismos. Todos hemos visto cómo la Iglesia Católica revuela en indignación cuando alguien habla contra los pederastas o dice “sí” al aborto, pero nunca hemos visto al Padre Chucho hacer una marcha contra las masacres. Como tantas cosas en nuestra confundida patria, la relación de dicción parece ser ostentosa y grave, mientras que la real es perdonable y pasajera. Por eso en Colombia parece ser más ominoso el no excusarse que el delito cometido y puede uno matar siempre y cuando de muy buenas maneras y ojalá llorando pida perdón. Con la misma lógica las feministas se rasgan las vestiduras cuando una insulsa aplicación habla de viejas sin importarle el enorme drama humano, de hombres y mujeres que vive Colombia, en la pobreza, en la desigualdad y cuantas historias más que ni siquiera queremos oír mencionar.

Pero ha uno de ser cuidadoso para no estereotipar a su vez. No todas las corrientes de pensamiento feminista siguen esta línea de argumentación que de la profundidad de los símbolos psicológicos infiere la profundidad de sus argumentos, lo que Gilbert Ryle llamaba un ‘error categorial’. Feministas como Mary Midgley, Susan Haack han hecho un trabajo cuidadoso que ha logrado poner el tema de la mujer en el contexto de una línea de pensamiento universal. El título del libro de Martha Nussbaum alude inequívocamente al esfuerzo por ubicar el asunto dentro de un enfoque más comprensivo que vestir un 'ismo' y salir a asustar: “Mujer y desarrollo humano”. No todos (todas) han dado ese paso; a las posiciones que acá criticamos les ha pasado lo que a las más rancios dogmatismos; han cerrado los ojos con fuerza…y taconeando y deseando estar en Kansas, ¡vaya!, aparecieron en Kansas porque si algo se ha eliminado con este ejercicio es el delicado tejido que va formando la crítica. Humanidad por encima de cualquier ”ismo” (feminismo, socialismo, catecismo) aún gritamos algunos ridículos herederos de Voltaire que no seccionamos el mundo por géneros, porque lo contrario sí que lleva al desastre de los universos diseñados por la intolerancia… y porque hombres y mujeres estamos juntos sobre este planeta, llenos de incertidumbres y casi siempre ad portas de un sentimiento universal de soledad sin tenernos más que los unos a los otros.  Y sobre todo, porque llega un momento en que la palabra del prójimo es alivio y compañía sin importar que orine parado o acuclillado.

sábado, 13 de septiembre de 2014

IA Colombia

He sido un acérrimo objetor a la idea de retirar de los semáforos a los robots humanos, esos seres forrados en tela de aluminio que en alguna parte de su humanidad tienen instalada la alarma de un carro. He sido un enemigo porque es nuestro proyecto de IA (inteligencia artificial), sólo que lo tenemos al revés; mientras en Silicone Valley se intenta que las máquinas actúen como humanos, intentamos que los humanos tengan la mínima precisión de una máquina. Esos robots no son un hobbie casual, son una meta de nuestro pueblo.
Pero me duele ver cómo todo el proyecto parece destinado al fracaso; esos robots han venido evolucionando en personas con apariencia normal aunque conservaron parte de su cerebro positrónico; ahora son una central de datos para las busetas que quieren saber qué tanta ventaja les lleva la que acaba de pasar. Como los primeros computadores, se fueron volviendo más amigables para el usuario. Eso sí, que nadie diga que no avanzamos a la velocidad promedio en que avanza la tecnología en el mundo.