El destino de todo texto

El destino de todo texto
Aldous Huxley "Si uno es diferente, está condenado a la soledad"

miércoles, 10 de junio de 2015

El Oro del Amazonas

Alguna vez en una fiesta con su esposa, en medio de la orgía de la droga y del alcohol, el escritor de la década del 50 William Burroughs aseguró que se iría a la selva a curarse de sus adicciones. El buen Bill bien podía llevar un traje de tres piezas, pero de su brazo probablemente sobresalía una jeringa de heroína. Su mujer le preguntó de qué diablos vivirían. Casaré animales en la jungla, jabalíes salvajes, dantas y tapires le dijo Burroughs. Ella estalló en carcajadas; pero si tú no eres capaz ni siquiera de atinarle a los árboles…y como poseído por ese espíritu maligno que llega con el alcohol y droga, a Burroughs se le ocurrió esta cosa de Guillermo Tell. Era la cosa más idiota que a uno se le podría ocurrir. Su esposa se paró con un vaso de whisky en la cabeza a unos metros de Burroughs quien siempre cargaba un revolver, incluso en la cama…y Bill le disparó. Dejó de celebrar su “acierto” cuando alguien lo interrumpió para constatar que la mujer se escurría dejando una línea roja de sangre en la pared pero que el vaso permanecía sobre la cabeza…intacto. Burroughs decidió que tendría que ‘escribirse’ la salida de su nueva condición de asesino.

El escritor William Burroughs con un rifle de asalto

Pienso a menudo en el episodio Guillermo Tell de Burroughs. Nunca se alivianó, lloró a su mujer hasta el final. La idiocia, la insistencia, las pruebas…Cómo parece de adecuado a veces tomar un riesgo absoluto. Lo difícil de vivir intensamente no es decidirse a dar el disparo, es saber si lo que hacemos va en la dirección correcta, si es locura, posesión, idiotez o terquedad; si arrojar todo es grandeza, si renunciar al trabajo es renovación o autoinmolación. Si el cambio es conmutación o demencia.

La madre de uno de mis mejores amigos, una mujer de  más de sesenta y cinco años se levantó un día decidida a ponerle fin a sus problemas. Viviría con intensidad luego de un matrimonio fallido y una familia desbaratada. Lo haría con furia y determinación y para el efecto decidió irse a buscar oro al Amazonas. Su condición, la que la guiaba, se llamaba síndrome bipolar; para ella, estaba al fin dando un paso en la dirección correcta, para lo cual nunca es tarde. Por supuesto que los hijos se interpusieron en su camino porque nadie deja que su madre de sesenta y tantos años salga con una palangana en un DC-3 hacia la Pedrera.

Pero, ¿cómo sabemos si no estamos buscando oro en el Amazonas, si lo que tenemos ante nosotros es una determinación vital o una tozudez desfachatada? La raíz del problema es que rara vez el que esta en una condición cualquiera, se concibe como portador de un epígrafe sobre su frente que nombra la condición; el loco no es para si mismo un loco, como el villano no es para si un villano , ni el idiota un estulto. Somos personas con propósitos.¿Y cómo se nos culpará por ello? Hay una delgada línea que separa la acción ciega e inconducente del heroísmo, el salto hacia la aventura y la renovación del error irresponsable ¿En donde está esa línea? Burroughs estaba a un lado de ese ecuador, muy allá; pero para él, en su momento parecía casi sensato dejar el punto establecido con un disparo a un vaso de whisky sobre la cabeza de su mujer. Por lo demás, ¿dónde se traza la raya?

Una cosa es segura, vivir intensamente no es la intensificación del vivir como si se estuviera bajo el efecto demoníaco y posesivo de una bebida energizante. Hay una cantidad de otras cosas que tampoco es lo que yo consideraría vivir intensamente. Nunca se me ha antojado que tenga que ver con la vida de los corredores de bolsa, pobres drones de oficina que deben montar una Harley Davidson el fin de semana. Ni con ningún tipo de deporte extremo, ni con cazar elefantes en el África, ni con jugarse en una sola ficha la casa en un casino. Hay un sentido en el cual la vida intensa es anónima y repetitiva; sólo con un esfuerzo continuado suelen tomar forma algunos objetivos no tanto en la realidad como en la mente. Pero hay un sentido en le cual no se concibe una vida intensa sin el cambio repentino, sin la deslealtad de la huida. ¿Cuándo hay en ello heroísmo y grandeza, y cuándo la idiocia de dispararle en la cara a una mujer con un vaso de whisky en la cabeza? He ahí un punto para el cual nunca hay una respuesta preconcebida. Lo difícil a menudo no es reunir todas las fuerzas y cavar, es hacer un hoyo para algo.

Sospecho que en más ocasiones de las que quisiera admitir he salido a buscar oro al Amazonas. Pero en mi caso particular, me he ideado la manera de, desde una distancia prudencial, creyendo que en ello hay ensoñación, genio y locura, dispararme a mi mismo mientras sostengo el vaso de whisky ya no sobre mi cabeza…sino frente a la boca.

jueves, 5 de marzo de 2015

Una Luz Tenue


(Obituario para mi madre Olguita en sus veinte años de ausencia)
Hay una escena que recuerdo con especial vividez. Abrí la puerta de repente y la enfermera te estaba cambiando una pijama que empapada de sudor. No había caso de irse para ninguna parte, ni de fingir que no te había visto, estabas ahí, desnuda, sin un solo pelo en la cabeza y por primera vez desde tu enfermedad me miraste de frente. Hubo algo en ese instante...también yo te miré sin detenerme. La luz tenue que entraba por la ventana del cuarto aledaño te capturaba, como si te contuviera. La enfermera también se detuvo en su tarea, se dio cuenta que se atravesaba en las miradas y se debió correr para permitir que se cruzaran. Por un tiempo que se me hizo muy largo, estuvimos en silencio; el horrendo bullicio de la calle que inundaba siempre nuestro apartamento pareció acallarse. Recuerdo el enorme esfuerzo que hice para no llorar; hubiera sido una pequeña deslealtad ante la serenidad de tu mirada. Me tardé veinte años en comprender lo que entonces me decías con un poder que solo lo da la cercanía de la muerte; que esa eras tu, que esa persona que estaba ahí, de alguna manera purificada por la misma vida que vivió, ya estaba lista para dejar atrás todo esto que los años solo han logran llenar de absurdos deseos...como el de volver a mirar en tus ojos que llevo tanto sin ver.

viernes, 23 de enero de 2015

Catholic School

(Recuerdos de mi paso por el colegio católico en Estados Unidos hace cuarenta años. Extraído de 'La Química del olvido', un libro de memorias para mi hija)

El colegio católico: la expresión en español no alcanza a evocar lo que era, no porque se configurara en una mezcla fatal y doliente de abuso y recriminación moral, mentiría si dijera que eso fue para mí. Lo propio del colegio católico es la coexistencia del silencio abismal de dios con la desmedida y cruda actualidad…los ventanales de las iglesias y la mudez de los oratorios tomaban un sabor muy peculiar, muy americano en medio de los campesino y los tractores y la alfalfa. La vida contemplativa se daba en medio de la exposición radial a la realidad, una luz absurda en la cual no hay melancolía ni abrigo; las bandejas de plástico de la cafetería aseadas hasta el cansancio por medio del trabajo salvífico, el papel reutilizado que tiene su propio olor a santidad y a sufrimiento, la vida sencilla que es obligatoria. El católico no ama a los pobres, ama la pobreza. Creo que esos aspectos de la vida católica me han acompañado de maneras útiles y a veces deformadas y retorcidas. He buscado el silencio de los oratorios bañados de luz y los vitrales. Creo, como lo dice Aldous Huxley, que son auténticos parajes de iluminación del fondo de la mente. Si alguna vez en medio de mi falta de creencias he ansiado algo de la religión perdida, creo que es esa profunda sensación de solaz y triste tranquilidad de la oración. Pero al mismo tiempo, como te lo contaré más adelante, me ha acompañado la estulta idea de que si no estoy donde están los dolientes y los desamparados falto al verdadero valor. Bueno a esto súmale la ridícula idea de que el trabajo de alguna manera redime…vaya uno a saber qué. Bien puede uno pavimentar su propio camino de sufrimientos hasta la tumba con una pala semejante: a la entrada del campo de concentración de Auschwitz decía ‘Arbeit Macht Frei’: el trabajo hace libres a los hombres.

No sé por qué te cuento esto; ha sido tan difícil evocar el colegio católico... Cuando escribo estas líneas me planteo la necesidad de volver a ver imágenes del Saint Margaret Mary School en Louisville Ky en donde estudié la primaria, pero una mezcla de desidia y terrible melancolía me lo impiden. En realidad no he investigado para estas páginas como debiera y por ello te pido disculpas. No te traigo más que retratos, algunos no tan sanctos, como el de la cara de Sister Edwin, una monja recia, sobrecalentada y curtida de vida monacal que nos enseñaba ‘Ciencias’. Era una católica común que vivía para el pecado y el arrepentimiento en lo que Bertrand Russell llamó el ciclo del pecador: pecar a profundidad, intentar hacer algo que Dios no perdone para sentir una culpa casi irredimible y encontrar solaz como una droga en el  arrepentimiento flagelante. La puedo imaginar lentamente consumida por el deseo, bebiendo su lascivia a cucharadas lentas en la soledad de su celda, desnuda, flagelando se cuerpo turgente y rígido. Claro, de niño no la veía así: era una mujer con un manojo enorme de llaves que sonaban sin que pudiéramos ver en qué parte de su cuerpo las llevaba, como el radio de un celador. Muy probablemente iban atadas a un cinturón alto en la cintura que como la oración estaba hecho para aguantar todo el peso del pecador sin dejar entrar al demonio y que podría asegurar, Edwin se dejaba puesto durante sus dulces ambrosías sexuales del azote.
Pero el mayor pecado de la Hermana Edwin no era el sexual, me atrevería a especular. En clase a menudo interrumpía una lección de ciencias para explicarnos cómo el mal genio no era una falta contra dios. Se lo explicaba a sí misma, pero no faltaba quien asentía con la cabeza porque seguramente a su temprana edad ya sentía la culpa ominosa del pecado.

Claro que no voy a decir que la educación religiosa no vino con un alto sentido de la culpa y el temor para mí también...