- "Don’t tell me the moon is shining; show me the glint of light on broken glass." – Anton Chekhov. Es infinitamente mejor decir: ‘Tras de sí no parecía siquiera dejar sus huellas’, a decir ‘Por la escalera bajaba una mujer desprovista de recursos’
- Escribir es como una caída libre controlada y propiciada…depende de nosotros sobrevivir, pero no está en nuestro poder. Es una de las cosas más difíciles de hacer
- Escribir consiste en borrar más que en teclear. Si te duele borrar: crea un archivo con la basura eliminada y guárdalo para siempre
- Escribir es como una cirugía o una terapia; estas perturbando la paz del lector y debe hacerse de la manera menos invasiva posible
- No te enamores de frases que has dicho y que quizá sólo sean una revelación para tí…cada hombre ve su entendimiento a la mano -por lo cual lo ve lúcido y original-, y el de los demás a distancia. Pero todos los hombres comparten este predicamento
- El texto es como un embarazo de exnovios; suele llegar cuando no lo estás esperando. La mente resuelve un texto, pero no lo resuelve en la manera en que el texto debe ir sobre la página…lo va botando por partes inconexas, borbotones. Por ello es clave llevar una libreta
- Cuando se te dificulte el desarrollo de un texto, escribe un párrafo -si te facilita la vida hazlo en un documento limpio-; cuando ya sientas que no lo puedes hacer de manera distinta o mejor, incorpóralo al texto principal. Un texto terminado es un mueble de Ikea, armado cuidadosa y pacientemente usando piezas pre-existentes
- Si el texto te aburre, al lector lo aburrirá
- No intentes mostrar tu corrección política todo el tiempo, no intentes mostrar un pedazo de ideología por noble que sea, no intentes mostrar lo inteligente que eres. Si los textos son sinceros, serán un reflejo de tus creencias. Un texto, al decir de Nabokov, es ponerle carne a las creencias y formas de vida de los hombres
- Un texto no tiene valor si no está diciendo algo que venga de la espiritualidad de un hombre y aun así, no todo espiritualidad es valedera y valiosa. De la misma manera, no todo el que tiene una historia que contar por ello la sabe contar. Los oprimidos, los tiranos, los dolientes, los exitosos, a menudo tienen historias que contar, pero no por ello las saben hacer venir a la vida
- Nunca escribas una primera frase si no estás seguro, luego será imposible no ver las cosas más que a la luz de lo que has dicho
- No escribas sobre ti mismo…o mejor, cuando lo hagas, asegúrate de que eres un personaje más dentro de la situación. El lector no perdona los panegíricos de si mismo que hace un escritor; tampoco perdona que no digas nada de ti
- Elimina palabras parasitas como “generalmente”, “casi”, “desde un punto de vista”…etc. Puedes escribir con ellas si esto te hace fluir, pero que no pasen la prueba de inspección final
- Busca una primera frase que arranque enganchando al lector…busca una última frase que cierre el universo que has creado
- Encuentra un tono, una voz para decir lo que has de decir. La credibilidad de un escrito depende de esta voz. Una vez encontrada, siéntate en ella y habla de la misma manera a través del texto. Con esto tienes resuelto la mitad del mismo
- No pretendas escribir perfecto el primer día que te sientas a ello por la falsa ilusión de que manejas la materia prima de la escritura: el lenguaje. Saber redactar una carta no es saber escribir. Saber hablar no es escribir. Saber componer impecablemente no es saber escribir, ni siqueira, para usar una idea de Truman Capote, saber escribir con ingenio es saber escribir
- Escribir rápido es como dormir rápido: no se puede. El poeta Passolini decía que para ser escritor se necesita mucho tiempo
- No temas experimentar. No todo es para publicar, no todo va para una caja en Austin Texas. Escribir es algo que haces por ti mismo, por amor, porque te gusta, porque es mejor que estar mal acompañado, porque ….
- Las palabras: “imaginario colectivo”, “onírico”, “realida distópica”, son detestables. No supongas una complicidad con el lector que no hayas creado en la obra
- Un clisé, como por ejemplo: “…el que no conoce su historia está condenado a repetirla”, es la antítesis del pensamiento y no debe ser objeto de un texto. Si vas a escribir para decirle a todo el mundo lo que cree que sabe, mejor no escribas nada. Si lo haces y pretendes salir ileso, piensa que lo más difícil del mundo es defender posiciones que todo el mundo sostiene
- Crea una mitología y mantente en ella
- Cuando te den una tarea literaria, llévatela contigo, duerme, respira, come y vive por y para esa piecita. No importa que sea la redacción de un documento que no tiene mucho sentido para ti…imprímele lo tuyo
- No dejes tiradas las pepitas de oro del camino; a veces los más insignificantes detalles de una historia resuelven un escrito
- Lee, lee, lee y luego, vuelve a leer. Un escrito no se resuelve sin investigar. Tus fuentes no pueden ser un escrito sobre el mismo tema hecho por otro...es pasto masticado. Tus fuentes no pueden ser la revista Semana y El Tiempo
- Leer lo que se ha hecho sobre un tema es arma de un doble filo; a veces da la clave para despertar las propias ideas y a veces es imposible olvidar una figura, una expresión, y terminarás apropiándotela inadecuadamente
- Las ideas tienen dueños; el concepto de creación colectiva no consiste en el bricolaje
- No hay temas malos, hay temas mal tratados
- No toda idea por venir de la interioridad, o de lo más profundo de las convicciones, te garantiza un gran texto, así tenga el poder de arrancarte lágrimas. La muerte de tu abuela, a menos de que la hayas vuelto universal, sólo será importante en tu casa
- Escribe sobre cosas que conoces, cercanas a ti. Piensa lo que al lector le gustaría escuchar de una persona como tu
Las palabras se te pegarán, irán contigo y tratarás de sacudirlas, hasta que contemples lo absurdo del empeño. Tal vez te las quites de un estruendo o a la fuerza. Pero poco después te quedará ese sinsabor de haber perdido algo, de haberlo olvidado. Entonces volverás acá y esa palabra precisa, que no quieres olvidar estará en este sitio, justo donde la dejaste, inocente como los perros, inútil y cargada como un pisapapel de pilas.
El destino de todo texto
Aldous Huxley "Si uno es diferente, está condenado a la soledad"
lunes, 28 de diciembre de 2015
29 Tips para Escritores
miércoles, 7 de octubre de 2015
Por qué soy un Anarquista
Toda mi vida he odiado el poder. No me refiero al poder
político en exclusiva. Me refiero al que se proyecta sobre todas las cosas como
la oscuridad. Lo he odiado de manera obsesiva al punto en que en muchos
aspectos ha eclipsado mi vida porque no hay organización, orden o linaje que no
se nutra del poder como de una sábila.
Mi odio por el poder no quiere decir que no haya sido, más
a menudo de lo que quisiera, un súbdito temeroso del castigo y de la represión.
Los que odian el poder, como yo, lo odian en el silencio y en el sarcasmo, en
el remordimiento y la culpa. Decía Sartre en sus memorias que nunca aprendió a
mandar porque nunca aprendió a obedecer. Hay anarquistas redondos en sus
propósitos, en su manera de concebir la podredumbre del poder desde el comienzo
y hasta el final. Los que son como yo solo lo odian en su emanación, de donde
viene y a menudo sus vidas se consumen en aprender a devorarlo entero.
Desde niño recuerdo que la peor hora del día llegaba con
la noche…era la hora de dormir. No es que temiera
a la oscuridad. De hecho, mi vida, esa existencia tenue entre libros como llamaba
Bertrand Russell a la suya, ha estado marcada por las sombras físicas, las
únicas entre las que encuentro la penumbra que nutre el pensar. Yo odiaba el
momento de dormir porque era la imposición de un final, el único verdadero para
los niños que no conocen el absoluto de la muerte. A menudo mi madre me llevaba
de la mano a la cama así estuviera en lo más álgido de la diversión. No la
culpo, era como todas las madres: la norma por la norma, la imposición de lo
que no se puede dejar de hacer, porque el absoluto de una determinación es
mejor que nada. Nos íbamos a dormir, y todo acababa…el día terminaba sin motivo
aparente. Estas pequeñas indignaciones fueron mis primeros destellos del sabor
de la autoridad, y los aborrecí.
Más adelante, mi padre ejerció el mismo tipo de poder
conmigo. Siempre he despreciado especialmente esta unilateralidad del poder. La
verdadera esencia del poder es el porque sí, la opción que nada acuña, el
perfecto atisbo de la aseveración, sin que cosa alguna la contenga. A pesar que
ahora no lo comprenda o siquiera lo recuerde de esa manera, mi padre hizo lo que
muchos padres hacen con sus hijos: les hacen saber que el poder es un ejercicio
vectorial, que va en una sola dirección. Por muchos años me amilanó, se cruzó
en mi camino y en mis pequeñas determinaciones como si en ello tuviera yo un sendero
fijado y me hizo saber cuando estaba en edad de parecer una amenaza, que él no
lo toleraría: no toleraría la nada porque tal amenaza nunca se había hecho
patente, ni se haría.
![]() |
| Noam Chomsky |
Es esto lo que desde entonces he aborrecido; el final de
la concatenación que lleva a uno mismo. Cuando mi padre llegaba a casa, por
algún motivo que no comprendo, todos debíamos callar. En la mesa sólo se oía su
voz, su masticación, su respiración. El poder impone estar a la espera de
alguien. Y en cierto momento de la vida se casa con la seriedad de los
propósitos. La gente se comienza a llenar de frases inconcebibles para un niño:
ante la mas suave de las peticiones las palabras del poder descuellan en la
posibilidad medio resuelta, con el trino de la idiotez y de la unilateralidad: ‘…veremos, veremos si puedes ir a la fiesta’.
El poder suele discurrir por el sendero
de la ansiedad que resulta de la posibilidad inconclusa. Y es por ello que
tampoco en mi vida he tolerado la noticia que se dará mañana, la charla que
tenemos pendiente, la sorpresa que te tengo preparada…lo que se va cociendo y
cavando, como el trabajo que invierto en tu despido, la conversación para
sacarte de acá, lo que le diré mañana sobre nosotros que ahora nos amamos. La
naturaleza más ominosa del poder en efecto trascurre por la premeditación. Es
por ello que muchos de los poderosos son personas especialmente calculadoras,
cerebrales, estratégicas. No podría concebir mi vida como parte de una
estrategia. Las estrategias se hicieron para la guerra y para los grandes
planes que se proyectan, pero no para la vida que tiene esta forma de ir transcurriendo
por las laderas mas improbables que marca el eclecticismo de lo que no ha sido
concebido bajo un plan. Y en efecto, el que ama el poder suele concebir su vida
como parte de un plan.
No por no amar el poder, he dejado de admirar el ejercicio de decidir. No hay en ello necesariamente una opción de poder; el que
decide lo puede hacer por si mismo y no como parte de algo mas grande. Los existencialistas
concibieron por ello que la máxima libertad de un hombre estaba en poder
decidir el momento de su muerte. La máxima libertad, no el máximo ejercicio de
poder. Porque claro que el poder demanda a otros sobre quien se ejerce.
Siempre que lo considero en mi mente despuntan las
palabras de John Stuart Mill; no es del
poder de los gobiernos que debemos temer, es del poder de los demás, de los otros,
a menudo de si mismo. Cuantas instituciones a las que nos sometemos feliz y
trágicamente no son puros y retóricos ejercicios de poder adornados de libertas. Cuando Rousseau comenta los
orígenes del totalitarismo, recuerda cómo los hombres corrieron hacia sus
celdas creyendo con ello asegurar su libertad. Pero claro que el poder viene de
las organizaciones humanas. Su mismo propósito, el de estas instituciones, es
el ejercicio del poder, o mejor, el permitir que otros vean cómo algunos
hombres ejercen su poder; el propósito
del poder es el poder. Nada más peligroso, el filo cortante de la fuerza
termina tomando el mismo camino: el propósito de la tortura es la tortura, de
la cárcel la cárcel, del trabajo el trabajar. Pronto esas prácticas terminan
teniendo que dejar de apelar a una razón fundamental: la confesión, la
seguridad o el salario…y se independizan de ellas. Esto es a lo que llamamos
con razón totalitarismo.
Los peores poderes que se ejercen sobre una persona son
los que involucran de manera más directa su cuerpo, sus finanzas y sus
creencias. Son ámbitos profundamente intestinos, tinturados de los residuos que
se desprenden de la vida intima y que el poder procura que se cuelen a un
ámbito público. No hay verdadero poder, no se siembra su semilla hasta que no
se llega a ellos, porque los hombres son capaces en general de sacudirse el
yugo de otros poderes que no los conciernen. Pero el verdadero poder siempre
llega hasta los núcleos de lo que nunca se debe tocar, resolver y que con temor
se vuelve de injerencia de todos: el médico mete la mando en los más profundo de
las entrañas, el abogado en lo más profundo de los derechos, el sacerdote en
aquello que hace que las culpas nazcan. Todos son personajes odiados y al
tiempo amorosamente temidos por aquellos que aunque odian en su fuero interno
el ejercicio del poder, aman a quien lo ejerce con ellos. George Orwell
comprendió muy bien la naturaleza morbosa del poder cuando en boca de Winston
Smith en 1984 recuerda que ellos si pueden
llegar hasta allá…
El punto culmen del poder se produce en el matrimonio
cuando este ensaya su experticia con la infelicidad. La pareja a menudo nos
recordará que la desdicha suele nacer más veces de las que nos imaginamos del
desanimo, de la palabra muerta, del eslabón faltante: el marido llama a su
mujer. Por algún motivo que no importa está feliz…ella se limita a recordarle
que no es día de beber…así sea sólo por no verlo feliz, sin que ello importe
para nada más, porque el propósito del poder ejercido así como lo señalo no puede
ser otro que el de recordarnos en los escasos momentos efímeros de felicidad
pasajera, que todo es susceptible de volverse atroz y descarnado. El poder es un espejo de la muerte.
Si concibiera una fantasía ridícula, una pintoresca
ideada en torno al poder imaginaría un mundo en el que no hay un ejercicio del
poder, en el que el poder se concibe como una enfermedad inoculada y mortal de
la que hay que huir y en el que los hombres consideran que el último propósito
de la existencia es delegar cuanto poder sea mínimo. Creo que a ello con razón
se le llama Anarquismo, y al menos para mí tiene tanto que ver son los
sindicatos como con los pulpitos. Y de haberlo conocido cuando era un niño y me
mandaban a acostar, tal vez nunca me hubiera ido a dormir a la hora que se me
obligaba.
martes, 28 de julio de 2015
La Única Cosa que los Creyentes realmente no pueden creer
![]() |
| Richard Dawkins al lado de su árbol de Navidad |
(cómo vive su espiritualidad un no-creyente)
Hay una sola cosa que los creyentes, al parecer,
realmente no pueden creer. A riesgo de crear un juego de palabras lo diré: no
pueden creer que los no creyentes no creamos. ¿Creer en qué? En Dios, en una
entidad inmaterial que gobierna y ha creado el mundo ya sea que tenga rostro o
no, que hable o no y que haya hecho crecer o no sobre el pobre Jonás una planta
que le dio sombra en el desierto sólo para quitársela, luego de que fuera
escupido por una ballena. A menudo se supone que un cataclismo espiritual
espantoso asoló a los ateos en la infancia para no creer en alguien así, que un
sacerdote malintencionado nos inculcó erróneamente el temor a Dios y que en el
momento de nuestras muertes, como si se tratara de algo que nos estuvimos
conteniendo -como se ve en le película Dios
no ha Muerto-, sucumbiremos no sin antes haber revelado nuestra verdadera
creencia en la gracia de Dios. ¿Cuántas veces no me enfrasqué en conversaciones
con un creyente en las que me preguntaba que si yo no creía entonces “qué”? Muy pronto aprendí que si
respondía cualquier cosa del estilo “…admiro la forma en la que opera la
naturaleza”, mi interlocutor solía señalarme que no había diferencia en el
fondo entre los dos: yo la llamaba Naturaleza y él Dios, ¿qué más da el nombre
que le pongamos?
Pero no es esta la cuestión; confieso que tomó muchos
años formular claramente mi posición en la materia, incluso para mí mismo, como
de seguro para el creyente toma años poner en orden sus creencias. Comúnmente
se piensa que el no creer en Dios se debe centrar en la palabra “Dios”. En
verdad se debe centrar en la palabra “creencia” porque si en algo difiere un
creyente de un no creyente es en esto. Para el creyente -y por favor, no se lea
irrespeto alguno en este quiasmo- la unidad de significado, aquello que le da
sentido a la mayoría de sus dimensiones, es creer: cree y se te dará, no te funciona porque no le pones fe, la creencia mueve
montañas. No niego que así sea para un grupo muy grande de personas. Pero para
un no creyente la unidad de significado vital no es la creencia. Le da sentido
al mundo que lo rodea con base en otros verbos: saber, entender, disfrutar.
Personalmente, siento que algo lo puedo llamar mío en algún sentido cuando lo
entiendo. En tiempos de amor líquido, como lo llama el filósofo Sigmunt Bauman,
qué vacío suena darle un lugar tan importante al entender. Pero así es para mí
y no dudo de que lo sea para muchas personas. Derivan placer de intentar
comprender lo que tienen a la mano: observar los intrincados mecanismos en las flores,
la magia matemática de una serie de Fibonacci. La maravilla de los más básicos
mecanismos naturales como la gravedad que mantiene a los planetas atados en
elipses alrededor del Sol es sobrecogedora si uno lo considera. Ese
extrañamiento de seguro lo sintieron los astrónomos desde Pitágoras hasta
Hawkins.
![]() |
| Daniel Dennett al lado de su árbol de Navidad |
No digo que en ello se agote la espiritualidad del no
creyente. Si algo hemos de aprender los no creyentes de los creyentes es su
forma de estar unidos en torno a lo que profesan, y la profunda dimensión que
ello le da a sus vidas. No digo que los no creyentes no seamos espirituales en
un sentido más profundo. Personalmente, siento que conocí la solidaridad cuando
por primera vez concebí a los humanos como seres frágiles que no teniendo un
poder sobrenatural que nos salve, no nos tenemos más que los unos a los otros. Por
más criticable que sea como institución, la Iglesia Católica ha tenido el
enorme acierto de ser una casa para los que en torno a ella se agrupan. El
poeta americano Robert Frost recordaba que la casa es un lugar en donde uno no puede no ser recibido. Y muchas
iglesias han hecho esto muy bien. Los no creyentes tenemos el reto de crear
instituciones semejantes. Una de las dificultades de ser no creyente es la
enorme soledad en la que se vive con esta condición que en alguna medida
comienza a asemejarse en Colombia a ser gay y no haber salido del closet en los
80. No tenemos sociedades que nos agrupen, que nos ayuden en los momentos en
los que todo en la vida parece tambalear: la muerte de los seres queridos, la
catástrofe, el sinsentido. No hay matrimonios ateos, ni palabras que se han de
decir en los funerales del occiso no creyente. No es sólo cuestión de alquilar
un sitio de reunión. El reto es más difícil y ya lo había comprendido los
primeros filósofos racionalistas que debatieron con la religión hace 200 años:
uno en realidad no puede tener un ‘club’ de personas que se reúnen en torno a
su no creencia.
Pero estoy convencido de que no solo la civilización,
sino el pasado evolutivo señalan la necesidad de estas costumbres grupales que
aminoran el dolor individual y explican lo que no podemos comprender. Renunciar
a ellos es locura, y no es deseable. A riesgo de ser tachado de inconsecuente como
no creyente, no renunciaré a los villancicos en Navidad ni a construir un árbol.
Se trata de ritos de paso que marcan un comienzo y un final de ciclos y que nos
ayudan a encuadrar propósitos, por no decir reunirnos con los que amamos. No
dejaré de hablar con los muertos en mi mente ni de referirme discretamente a
ellos como si estuvieran vivos en otro lugar porque a menudo he encontrado
fuerza en la voz de mi madre fallecida. Podría uno pensar que la función misma
de la civilización es producir estas “mentiras verdaderas” que alivian en algo
la proclividad innata de nuestras susceptibilidades. Y esto por no mencionar el
valor moral que inculcan algunas historias de la religión, cuya enseñanza moral
es más que deseable. A lo que sí renunciaré gustoso es a pensar que esas son las
únicas historias verdaderas y los únicos ritos que vale la pena practicar…y que
a los demás debe obligársele a ver las cosas de la manera en que yo las veo.
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