El destino de todo texto

El destino de todo texto
Aldous Huxley "Si uno es diferente, está condenado a la soledad"

lunes, 21 de abril de 2014

El Único Peligro es que te quieras quedar

Hace muchos años en un viaje a Medellín mi papá paró el carro en la mitad entre Doradal y Puerto Triunfo frente a la hacienda Nápoles. En un dintel se erguía la diminuta Piper Cub en la que Pablo Escobar y su hermano sobrevolaron la Cuba calurosa de mojitos sin parar a refrescarse y los cayos hasta llegar a la Florida un domingo, confundiéndose con los turistas, cuando los niños elevan cometas, los militares cámaras no tripuladas y los ricos avionetas particulares que maniobraban sobre canchas de golf. La pequeña avioneta no solo se podía ver desde la carretera; estaba tan cerca que el hollín de los camiones había estropeado lo que no logró tragarse el Triángulo de las Bermudas. Ya no había heroísmo en esa aeronave; no merecía el vuelo. La habían pintado tantas veces como las columnas que la sostenían, delineada con bordes verdes. El artefacto se veía vacío y de la cabina sólo quedaba un panorámico macilento por el sol y ajado como una lija por donde se me hacía increíble que El Osito y El Patrón hubieran podido mirar. Mi padre se bajó del carro y caminó alrededor de las columnas con las manos en la cintura. Yo lo acompañé y también puse las manos en la cintura. Aún era lo suficientemente niño como para haber hecho justamente eso. Se lo pregunté a mi papá, si aún podía volar. Simplemente respondió, como poseído, que era increíble que “eso” lo dejaran estar ahí. Mi madre no se bajó, pero no paró de gritar desde el carro lo peligroso que era lo que hacíamos. Ignoraba que el vuelo de esa avioneta era un símbolo más fehaciente de Colombia que el vuelo de Ricaurte en San Mateo.


Con el tiempo, los métodos para llevar cocaína a EEUU fueron cambiando; dos motores, doscientos cuarenta caballos de fuerza cada uno, una lancha brutal y dos Ositos, ya sin Patrón, inclinados sobre el timón, dándole chumbimba, en pura. La brutalidad de los motores en algún momento se quedó corta. Llegaron entonces las lanchas tapadas, se tomaba la embarcación de alta velocidad y se le aplicaba una capa de fibra de vidrio con un barniz por encima. Eso ya hacía que costara millón y medio de dólares. Era una buseta para el agua, que se sumergía hasta el cuello, como el dios Tántalo cuando se le torturó para que no probara bocado ante un plato de viandas. Adentro, tampoco se podía probar el bocado que se cargaba,  las semillitas que habitan en la nariz de Henry Fiol: «Échale semilla a la maraca pa’ que suene cha cuchá cuchucuchá cuchá». Era una solución de traquetería para llevar el cargamento. Por alguna razón relacionada con los radares, y porque eran busetas, daban una vuelta alrededor de las Gorgonas y tomaban la ruta de Vasco Núñez de Balboa hacia el norte, a las costas de México con cuatro tripulantes que se debían hundir con la nave en caso de ser atrapados. Al final de la travesía, la buseta del mar huele indefectiblemente a caca de osito, la temperatura según los testigos es de más de cuarenta grados centígrados y allí, en donde las ballenas copulan y el mar es tibio, los colombianos desechan la manufactura más cara que producen halando de una válvula amarilla como la del gas. Lo más costoso, desechable; lo desechable en Colombia, eterno y reutilizado per secula seculorum. Los dos o tres o cuatro millones de dólares van a dar al tranquilo mar de Cortés y los narcotraficantes esa noche toman tequila con putas como Juan Rulfo y se meten semillas en la nariz como Henry Fiol.
Pero la buseta del mar era artesanal. Había que profesionalizarse. En 1995 uno de los organismos del estado colombiano sospechó cuando un grupo de señores muy distinguidos de Cali intentaban comprar un submarino de la ex unión soviética que un grupo de militares rusos subastaban al mejor postor como un Olcit abandonado en el Siete de Agosto. Fueron honestos, estos, los caleños; querían ese submarino con papeles. Intentaron dar arras, dejar una platica para cuando saliera la tarjeta y ser los poseedores legítimos. Pero la operación era sospechosa; nadie quiere un submarino nuclear para dar una vuelta con las putas, ni siqueira Juan Rulfo. No nos pudimos profesionalizar, el mismo Estado así lo demandó.
Lo rudimentario del tramoyismo pasó entonces a un segundo nivel. A alguno de los honorables caballeros de la Trasnochadora y Morena se le ocurrió que en realidad no era necesario llevar cuatro Ositos con el cargamento; podía ir solo. Empaquetaron toda la semillita de Henry en lo que otrora fuera un torpedo y decidieron llevarlo arrastrado bajo las aguas halado por lo que simulaba ser un bote de pescadores que probando suertes y bailando cumbia con su atarraya se iban hasta México lindo en busca de pargos que celebraran el día de los muerticos en los mares de los charros. Si el bote era intervenido, se diseñó un gancho simple para que soltara la carga que debajo del agua desplegaba un sistema automático que como un enorme tronco silvestre arrastrado mar adentro por el Magdalena salía a la superficie y comenzaba a emitir señales satelitales para ser recuperado de nuevo: «Acá estoy hijueputas.., acá, bip». Tratábase de un software colombiano. Esos troncos estaban pintados como los de un aviso de asadero. De ser posible el anónimo artista le hubiera puesto un humo exquisito que se desprendía de la madera. El GPS era recogido y el torpedo arrastrado de nuevo en la pesca milagrosa.
Ya de grande vine a entender que con esas semillitas el Patrón compró cosas muy bonitas de verdad: canguros de Australia, dromedarios de los desiertos del África del Norte, elefantes de la India, búfalos de las praderas de los Estados Unidos, ganadito de Escocia y vicuñas del Perú como lo recuerda el periodista antioqueño Juan José Hoyos, el que tomó la foto célebre en la que el honorable Alberto Santofimio Botero en Nápoles se sube a una lancha plana que lleva una turbohélice atrás, de las que atraviesan los ‘malparidos’ Everglades en la Florida, como lo dijeran los lugartenientes del Patrón.
De hecho, ahora lo veo todo: Escobar lo que intentaba hacer era un pesebre natural, un absurdo paisaje a escala 1-1, un bonsái al tamaño del original, un restaurante paisa en donde en lugar de letreros hay las cosas señaladas.  Las garzas blancas que había traído de no sé qué lugar del África fueron entrenadas para posarse en los árboles que rodeaban la piscina por un ejército de trabajadores que las tomaban de las patas y las sostenían en las ramas hasta que los animales a fuerza de cansancio y adoctrinamiento no veían más opciones que ir a pararse en las ramas al lado de la piscina a las cinco de la tarde todos los días de la vida con el fin de que el Patrón, tomando trago con el Limón, tuvieran un momento lindo. Con cada chiste repetido en las borracheras se miraban y alzaban las cejas. A un canguro le enseñó a jugar fútbol; a un delfín lo embutió en un lago de una de sus haciendas para que el solitario animal llorara las tardes lentas y penitentes de la selva en un agua amarillenta y enlodada del color del café con leche. Y todos esos actos antinaturales para que la gente se asombrara, exhibiciones hechas para que el visitante se fuera a la casa extrañado, aterrado.  Tantos años para entenderlo; las bombas incendiarias del narcotráfico, los cuerpos, las torturas, las fosas, aviones volando en pedazos en pleno vuelo -¿un metavuelo?- ¿qué otra cosa eran si no una forma absurda de que todos nos convirtiéramos en partes del zoológico, de que a todos nos salpicara la semilla?

El placer que nos procuraban los animales de Escobar era el mismo que se experimenta con la llegada de los extranjeros al país; todas esas nacionalidades amañadas en la finca de alguien, turistas que de verdad les gusta Colombia, ganado que se encariña con los pastos de la región, elefantes que devoran yurumos y guayacanes y gramíneas del Magdalena. Orgullosos se las brindamos como a los foráneos les embutimos bocadillo y aguardiente y arequipe, porque qué pena con esos animales. Con los hipopótamos la historia fue patente. Se volaron de las haciendas de Escobar luego de que la desgracia y el saqueo las privara del ambiente; estaban, en ese sentido colombianizados, no soportaban ya la desolación. El Magdalena les pareció estupendo, sus hiervas infecciosas un manjar e hicieron de sus pandos calderos embarrados su hogar. Pero luego se los cazó y se los buscó sin cesar, por que él único verdadero peligro, el único que corrieron los hipopótamos y al fin y al cabo el Patrón, el Osito y todo la extraña caterva de enemigos de Dick Tracy con sus tumbas en Colombia en lugar de sus cárceles en Estados Unidos…es que se quisieron quedar.
Roberto Palacio

Extracto de: El Segundo País más Feliz del Mundo

miércoles, 5 de marzo de 2014

Sunshine, 1972

(Obituario para mi madre Olguita en sus 19 años de ausencia)

Me viene a la memoria un recuerdo tuyo manejando una camioneta Buick Station Wagon de 1975. 

Ya no vivimos en el Memorial Hospital. Nos hemos mudado a un conjunto de casas que llevan el nombre de La Fontanay. No tienen nada de francesas. Son lo que los americanos llaman Town Houses: un conjunto de viviendas en bloques, cuatro o seis, como las hacían los protestantes en el siglo XVI. En un amplio terreno, hay varios bloques. Cada familia vive en una privacidad custodiada, lo suficiente para permitir el pecado y no tanto como para que otros no lo constaten. Manejas por una larga avenida, Shelbyville Rd. que comienza en ningún lugar y termina donde en un pequeño valle donde hay pocos locales y el comercio se empieza a desvanecer, pero en su largo recorrido recto y monótono pasa por el sitio en el que vivimos, los suburbios de Louisville Kentucky. Por ella se llega a todas partes. El esquema de ciudad es el mismo también, al igual que en el caso de las casas: la ciudad americana no se desarrolla como un ser viviente, un núcleo circular o de vecindad a partir del cual se crece y se expande. Sucede más bien que una línea crea a lado y lado un agregado, un ‘debree’ que por la misma razón siempre será visto como un salirse de la norma recta, motivo por el cual  es labor constante de la policía intentar que vuelva a ser una línea recta. En torno a la línea están las dos instituciones a las que los americanos no les ponen artículo: Church, School (uno puede decir “I’m going to School” ó “I’m going to Church”; es un error decir I’m going to the School” ó “I’m going to the Church” a menos de que uno quiera especificar en particular a cuál). Si se requiere por algún motivo más “debree” se expande la línea. También existe "The Mall", término que no me cabe duda que en el transcurso de la  vida de mi hija habrá perdido el artículo determinado  y podremos decir “I’m going to Mall”
 Mi padre y tú se ven inadecuados para el lugar; de pelo muy negro y con graves acentos que nunca enmendaron, todos piensan que son Mexicanos. El bigote que entonces llevaba mi padre no ayudaba de ninguna manera a disuadir la impresión. Dado que heredé los genes (y el nombre) de algún bisabuelo paisa, mono y de ojos azules de Manizales, el médico Roberto Jaramillo, yo me hubiera podido confundir con el gringo promedio, lo cual me hubiera hecho la vida infinitamente más sencilla si la ventaja no me hubiera sido arrebatada por tu ablasiva costumbre de bañarme todos los días y por el conocimiento de mi extranjería por parte de mis profesores, hecho que los motivaba a preguntarme cosas como si en mi casa se hacían tortillas. Muy rápidamente comprendí que era más sencillo decir que sí a tener que explicar que venía de un país llamado Colombia, lo cual hubiera sido comparable a inventar todo un nuevo mundo a partir de la nada porque para entonces, como es ahora, Colombia simplemente no existe para el promedio del americano común para quien lo que hay debajo de Texas es un solo territorio de seres que aman las piñatas, el soccer y los burros y que por algún motivo incomprensible se bañan más de lo que debieran.
En la radio de la Buick suena ‘You are the Sunshine of my Life’ de Stevie Wonder;  aunque pequeña te las arregla para que los pies con chanclas toquen los pedales. No sólo llevas chanclas, no hubieras sido sorprendida muerta sin tacones, así es que las chanclas son de plataforma alta.
Por alguna razón, la vida no era tan gris como en el Memorial Hospital. Por un tiempo vivimos en un mundo de color, el sabor de los veranos largos aún me llega a menudo –siento el olor casi como si lo pudiera saborear-, el gusto amargo del cloro en los labios por la exposición prolongada a las piscinas, la sensación de la piel quedada por el sol y el dolor agradable de que me pasaras la mano por la espalda encima de las sábanas cuando en el verano al fin se ponía el sol y en la noche dormíamos como poseídos.


lunes, 17 de febrero de 2014

Un Problema de Física en la Noche

(un retrato de Japón, 1990)
Dos locomotoras viajan la una hacia la otra. No van en el mismo carril, pero no saben que se acercan hasta que sus silbatos rompen la oscuridad prístina de la noche. Se acerca a gran velocidad, el frío ha dejado el aire como un cristal. A medida que se acercan se oyen más y más silbatos de lado y lado. Si un observador se parara en la noche invernal con la luz de la Luna iluminando la escena,  por un momento podría tener la impresión de que su encuentro es una colisión. Pero los trenes no se tocan. El aire que ha quedado atrapado entre las dos se ve succionado por el frenético movimiento contiguo y hace que las paredes se expandan; al fin puedo meter mi brazo cómodamente entre la silla y el linimento color pastel de la piel del vagón. Tomo conciencia rápidamente de la estupidez de lo que hago; en instantes el vacío se habrá detenido de repente y todo volverá a la normalidad. 

Unos puestos más adelante un mesero que se esfuerza por ser servicial le sirve un agua embotellada a una turista europea que no interrumpe su lectura de un periódica de la mañana y todo en el vagón parece ignorar lo que afuera sucede. Volteo a mirar por la ventana y veo el Monte Fuji que se yergue desafiando la últimas luces del día que muere. Recuerdo un Haikú sobre la noche, no lo puedo evocar perfectamente, pero en mi recuerdo dice algo así:

                                    

                                 La noche                                  
                                                          Roza mi cuello
La tengo atada


Los dos trenes han dejado de estar lado a lado. Oigo el silbido furioso del otro tren alejarse en la distancia. El espacio entre mi silla y la pared se ha encogido dramáticamente; el Monte Fuji a la distancia también.