El destino de todo texto

El destino de todo texto
Aldous Huxley "Si uno es diferente, está condenado a la soledad"

miércoles, 23 de julio de 2014

Esos Cochinos Vertebrados

Cochinos...cochinos vertebrados
Cuando Luis López de Mesa, ex ministro y uno de los más prestigiosos intelectuales de la década de 1940 en Colombia dictó las conferencias de apertura de la Facultad de Filosofía en la Universidad Nacional en 1946, disertó sobre un pequeño pececito del precámbrico, el Crosopterigio, una criaturita con las aletas franjeadas a manera de dedos incipientes y posible precursor de todos los animales terrestres. Un periodista lleno de ese entusiasmo aventajado que solo lo  da el olfato de chiva, se permitió interpretar la noticia para que el titular fuera más vendedor y publicó la primicia de que el excelso Señor Ministro había sostenido que los hombres descienden de las sardinas. 


Esto, claro,  ya era demasiado para algunos de los que habían asistido, entre los que se encontraba el aún más excelso arzobispo primado de Bogotá, Monseñor Ismael Perdomo quien al leer el titular cayó en cuenta de lo que se había dicho en la conferencia y montó en cólera. De inmediato, tomó un teléfono y llamó al entonces Ministro de Educación, el doctor Germán Arciniegas, quien gracias al titular también entendió algo de la charla y también montó en cólera y quien a su vez tomó el teléfono y pidió que lo comunicaran de inmediato con el doctor López de Mesa y le  preguntó con todo rigor si «…¿no habría forma de hacer nacer esos cochinos vertebrados de algún otro lugar que no sea la sardina?». Cualquier cosa era más digna que contar entre los ancestros a la criatura cuyo cuerpo inerme se debía consumir los viernes de vigilia sacada de una lata; cualquier cosa hubiera podido pasar por la mente de Monseñor indignado, menos el atormentado y maloliente pez de carnes descolgadas saliendo lentamente de la lata para evolucionar en la criatura a la que Dios le confería la dignidad de ser su imagen y semejanza. Toda la sociedad revoló con la noticia, López de Mesa debió suspender de inmediato las conferencias, Monseñor debió refugiarse en el Concordato y aprendimos que Germán Arciniegas era un experto en historia, pero sólo de la que hicieron sus amigos vertebrados cuando dejaron la cochinada.
De este Crosopterigio evolucionó incluso Germán Arciniegas

sábado, 12 de julio de 2014

La Política no es para las Chicas


No entiendo la obsesión de la intelligentsia con la política. Nada más considérese a Vlado…pareciera incapaz de hablar de algo distinto. Y no se detiene; ahora sabemos que su esfuerzo de hacer textos escuetos en sus dibujos era un acto de contención y todo lo que se guardó durante años lo está diciendo como un naufrago. ¿Por qué no podemos simplemente dejar de hablar de los políticos? Déjenme ponerlo en términos dramáticos, pseudo-académicos: nos arrancaron la mirada. ¿Cómo? ¿Por qué? Hector Abad decía que uno de los mayores retos del intelectual colombiano es resistirse a consultar Facebook cada media hora. Creo que estaba en lo cierto; si la energía mental desperdiciada en Twitter se pusiera al servicio de la humanidad hubiéramos resuelto el problema de la cuadratura del círculo, la vacuna contra el cáncer…No entiendo como puede uno twittear y pensar al tiempo en algo que no sea twittear. Pero creo que hay un reto mucho más grande para el intelectual: dejar de hablar, pensar y escribir sobre política todo el tiempo. Y uno de los primeros que lo debe poner en práctica es el propio Hector Abad.
Estos testigos permanentes de la política tienen una peculiaridad; miran para asquearse, como cuando uno no puede apagar la filmación de una cirugía. No entiendo; lo más sencillo del mundo pareciera ser dejar de mirar. Colombia, se aprende con los años, es un país en donde no es posible dejar de mirar, en donde dos o tres nos tienen atrapados contemplándolos, un rasgo muy peculiar de nuestro carácter nacional, aunque no exclusivamente criollo. Pero permítaseme explicar ese talante tan profundo del colombiano: ¿no ha visto ud. que no tiene sentido hacer una protesta en un lugar que no estorbe? Deben hacerlo los manifestantes de tal manera que obstruya, hiera, lesione, donde sean vistos. ¿No ha visto que es un deporte nacional caminar por la calle y no por la acera? Tan conveniente y seguro que sería hacerlo por el lugar indicado, pero tiene la desafortunada consecuencia de que no hay forma de crear un peligro si así se hace. Colombia es un país que vive en una perpetua huida de la lateralidad, de lo que se percibe como abandono y desolación.

La declaración de alias Popeye al ser interpelado por el hijo de Gerardo Arellano muerto en el avión de Avianca en 1989 sobre por qué decidieron asesinar civiles pareciera poner todo en perspectiva:
«Nosotros no podíamos dejar que la gente comprara sanduches y cocacola y fuera a mirar cómo se mataban los malos...»
Había que llevar la guerra a todos, sólo para denotar que se estaba haciendo. Hay una forma muy sencilla de cerrarle el juego al exhibicionista en público, y lo diré con un moto muy criollo; apagar e irse. No nos quejemos del exceso de poder de la política porque justamente se lo ha dado el no poder dejar de mirar. Creo que la labor del escritor en una sociedad como la colombiana es hacer ruido con otras cosas; es hacer parecer menos serios, menos fatales los twitts de Uribe contra Santos. No lo son. Nos tiene cautivos un rifi-rafe entre un gamonal paisa y hombrecito de club y el mundo pareciera pasar por la ventana de al lado. ¿Es que los grandes conflictos de la humanidad no nos afectan, no se ciernen sobre nosotros sus progresos o sus historias o es que toman la forma de una pelea de twits entre expresidentes?. Ricardo Silva lo ha dicho en una frase: Colombia; un país que le cuesta trabajo creer que queda en el mundo. En otras sociedades ha habido más fluidez en dejar ir a los pasados dueños del poder: ¿Cómo lo hacen? Crean instancias para que hablen, instituciones desde donde su discurso permite que se perciban como participantes, pero nunca con el poder de ser lesivos. Que los ex - presidentes se sienten y pontifiquen, siempre y cuando no nos importe.
Ya que pasé la barrera del pudor pseudo-académico, permítaseme dejar acá plasmada toda la mamertada; Marx apuntaba que la historia en su primera aparición es tragedia, pero en su repetición es farsa. Léase a Colombia desde la historia -y ahhhh si este país se ha narrado, pero no se ha leído; quizá por ello tenemos un premio nobel en literatura aunque nuestros niños estén entre los más ineptos en el mundo en comprensión lectora según las pruebas internacionales PISA-, léase de esta manera y se verá que acontecimiento tras acontecimiento no se hace más que apilar farsa sobre farsa. Léanse los telegramas que se enviaban los liberales y los conservadores durante la violencia y se verá palabra por palabra el ridículo vaivén de tweets Uribe-Santos. Ni siquiera hay que cambiar los apellidos. El problema de no poder dejar de mirar es que en algún momento alguien se para y nos propina un golpe mortal. Y qué patético es perder la vida por una farsa repetida.
Sé lo que atrae a mucha gente a ese juego político: la política es una cosa seria, es de verdad, ahora sí estamos hablando de las cosas como son. Es lo que papá y mamá hablaban en el cuarto a oscuras cuando no estaban peleando. La política es para grandes, en ella se encierran las fatales intenciones que se despachan con una sonrisa. No ha de extrañar que varias generaciones de excluidos le hayan cogido tanto cariño:
«Yo no quiero entrar en ese tema» ó «Ayyyy, por favor, me van a meter en un problema si me pongo a hablar de eso…ahora lo que me interesa es desempeñar bien mi cargo»
Y la sonrisa cómplice, que denota intención oculta, el confidencial, la notica, Vicky Dávila revelando lo que todos sabemos, el reportero intentando adivinar si el candidato sí quiere en las próximas elecciones. Claro que sí; en Colombia hay expertos en adivinar el pasado.

¿Cuál es la palabra clave del diálogo imaginado que citábamos?: “yo”. ..ese sentido de pertenencia de propósito; muchos le hacen el juego a la política persiguiendo ese designio. Es la metafísica empalagosa de las clases medias, porque las clases bajas siempre han tenido la suya propia: la polémica deportiva. La política pareciera en Colombia ser la única forma de sentirnos verdaderos intelectuales deliberantes. Es la fórmula de la adultez. La política es para los hombres…junto con la economía, claro. Todo lo demás, las artes, las ciencias, la filosofía, la ética, los misterios de la mente y la materia, bueno…en Colombia, son para nosotras, las chicas. ¿Alguien acaso escuchó en los debates presidenciales pasados una sola referencia a la política cultural? ¿A planes significativos para acabar con los índices de analfabetismo funcional? Desde la era Gaviria se profirió una sentencia fatal; estos, junto con la salud, no son fines del estado. Tampoco lo son el bienestar de los individuos, su protección contra el abuso, su felicidad…como si el estado no se hubiera fundado justamente para estos propósitos. Rousseau, -lo leemos las chicas- se preguntaba para qué diablos vivimos los unos con los otros si no nos soportamos. Si no es porque hay en algún sentido un propósito colectivo de mejorar nuestras vidas y de procurarnos mutuamente felicidad, no tendría sentido. Lograr que otros procuren nuestra felicidad y que nosotros entendamos que vivimos para procurar la de los demás, eso es la política. Pero el fin de la política en Colombia pareciera ser…bueno, justamente más política.
Es mucho más complejo que simplemente desear una porción de poder porque nos conviene, o no soltar el mando porque peligran nuestros intereses. Poco se ha examinado ese componente psicológico de la política: ¿pero cómo se iba a hacer, ¡si eso es para las chicas!? Los americanos tienen una expresión para la clase de gente que describo: “back room boys”. Los chicos que se van al cuarto de atrás mientras los niños y las mujeres disfrutan de la fiesta. En el cuarto de atrás planean lo verdadero, hablan de los linchamientos y las prostitutas a sueldo les bajan la bragueta antes de salir a besar a sus hijos al lado de la piscina. Es la convergencia de la idiotez con al perversidad; es Zuluaga en franca charla con un Hacker que decía saber en dónde se encontraban los aviones espías más sigilosos del mundo. Irse al cuarto de atrás no es para todos, es una molestia que se toman unos por nosotros.
Ese sentido de afán, de urgencia, como si hubiera algo distinguible de la vida, opuesto a ella, más importante que toda la existencia en aras de lo cual vale la pena sacrificar gente, la vida propia o dejar de saludar a otros, tengo que admitirlo, es una de las cosa más ridículamente despreciables de la política, y una de las más opuestas a lo que entiendo es el verdadero ejercicio político. Por eso digo que no me cabe en la cabeza cómo hombres con cerebro propio, que entienden lo que digo dedican su vida a seguirle los pasos a la política tradicional. ¿Acaso en un esfuerzo por ridiculizar o poner en evidencia lo otro, han consumido sus vidas? ¿Por qué simplemente no dejan de mirar y desarrollan su potencial? ¿Los años de sarcasmo los han vueltos incapaces de algo más? La sátira es un género propio, pero no un fin en sí mismo. Bertrand Russell solía decir que la ironía proviene del bienestar en la desgracia; pareciera que nuestros intelectuales se han dedicado a perpetuar unas formas particulares de adversidad porque creen que justamente en ellas consiste su fortuna.
Hace años nos vendieron la idea de que la participación política era un deber de todos. Con los años la idea se transmutó simplemente en que es obligatorio ver el noticiero. El problema es que hay acá la acritud de un sentimiento que originariamente nada tenía que ver con vigilar, con no dejarse sacar. En la Antigua Grecia, las chicas lo recordamos, la política daba un sentido de pertenencia. Pero no se me entienda mal, no estamos diciendo: ‘cómo eran de buenos esos tiempos, ¿porqué no los vivimos de nuevo?’. Es imposible; el sentido de pertenencia entonces nacía desde adentro; ¿como entender hoy lo que significaba ser un ateniense o un espartano? Y a pesar de ello, el ciudadano no vivía todo el tiempo con sus manos en todos los asuntos públicos. No tenía que hacerlo aunque participar en la política era un deber; una señal de cultura política era no saber quién estaba con las riendas en las manos. La política cuando es una máquina bien aceitada, cuando hay institucionalidad que acompaña los mandatos, en poco cuando el estado ha sido bien diseñado y operado, es una artefacto que no hace ruido. No toca levantar el capó para ver dónde está la vibración escandalosa. Desafortunadamente en Colombia a todos nos ha tocado aprender de mecánica. Eso no quiere decir que nuestros pocos pensadores se deban volver redactores de manuales sobre cómo eliminar vibraciones.
Junto con el sentido de inevitabilidad de la política al que hemos aludido va atado el de destino, va la revelación, la intuición, la alianza inexorable, incomprensible pero que se cierne sobre nosotros como una conspiración. El que la ve, un clarividente que comporta el sentido de la desgracia. En las pasadas elecciones alguien se lamentaba de que el candidato Zuluaga fuera el ganador, antes de la fecha de los comicios, porque William Ospina lo había apoyado y un hombre con esa clarividencia táctica no se equivoca en sus presagios lisonjeros. Hay que detenerse para entender la manera del augurio que se inserta en lo inevitable, Zuluaga era el ganador porque Ospina lo habían alabado. Era inevitable, estaba escrito, todo está resuelto de alguna manera y otros lo saben como si tuvieran un contacto antinatural con algo que está más allá. Creo que a esto es a lo que Hanna Arendt llamaba la banalidad del mal; la idea de que en la estupidez hay algo grandioso e insondable, cuando en realidad el mal político es indistinguible de la idiotez. En Colombia el dicho es claro: ‘No, ese no es ningún bobo, lo que es es un hp…’ Resultan ser realidades no excluyentes.

Y cómo no que me he contagiado de la misma estupidez por andar escribiendo sobre estos temas. Debo confesar que ahora mismo que redacto estas líneas he albergado el secreto deseo de ser tomado al fin como un escritor serio: ¡también tengo algo que decir sobre política! Ya no me cabe duda, que me den una columna, o al menos un programa televisivo de entrevistas…a políticos, claro.


viernes, 27 de junio de 2014

Mild Naruhito o el barco más grande que puede navegar por el Nilo


(Un recuerdo de cuando el autor conoció al heredero del Imperio del Sol Naciente)

Para cuando conocí al heredero del Imperio, en 1993, o tal vez en 1994, había pasado unas tres semanas en el New Otani Hotel de Tokio fumando. Había tenido la fortuna de ganarme una Beca JAICA sin consultar una sola vez la página del Icetex, un programa del gobierno nipón para que desventurados sin ningún futuro económico pudieran viajar a las antípodas. Yo clasificaba. Fue así como luego de un viaje de 14 horas sobre el Polo Norte desembarqué en Narita International Airport preguntándome qué había hecho yo para estar ahí.


Mild Seven; tubitos blanquecinos de actitud y felicidad
Los japoneses acostumbraban salir tarde en la noche de sus lugares de trabajo y antes de viajar dos o tres horas en un tren muerto y silencioso atiborrado de publicidad pornográfica a sus diminutos dormitorios se bajaban una botella de bourbon para sentir por unos instantes la magnificencia del samurai. Mi bourbon eran los Mild Seven, los cigarrillos más deliciosos que se hayan enrollado jamás, blanquecinos tubitos de actitud y felicidad.

Fumando recorría la ciudad llena de recovecos que parecían armados por un niño muy sabio y juicioso educado en la China. Un vómito casi convulsivo que me atacó los primeros días me enseñó que no podía comer en cualquier parte en que me detuviera. Los japoneses acostumbran poner deleitables imitaciones de plástico de los platos que sirve el restaurante en las vitrinas y ha de admitirse que el plato servido se le asemejaba casi siempre. Pero pronto descubrí que invariablemente a la segunda o tercera cucharada cuando uno ya ha dicho que la advertencia sobre la comida oriental es un mito inventado por la gente que no sabe comer, irrumpe ese sabor entre mentolado y agresivamente fresco del guasabe cuyo analogía más favorable es la de un pescado descompuesto lleno de clavos de olor que como un muñeco de vudú es arrastrado por el piso de un consultorio odontológico. Y sale prendiéndole fuego al intestino bajo, como un camicaz que ya no tiene nada que perder. No entiendo cómo hay gente que lo pide con aire de gourmet: “Más guasabe mi buen hombre, no escatime…a ver…”. 

Me gustaba entregarme  al metro, dejarme llevar a lo largo de una hilera de estaciones que eran cantadas por lo que imaginaba como una muñequita de Manga lasciva: ‘Acasaka Mitsuke’, ‘Ropongi’. Bastaba aprenderse el nombre de la de origen; bueno, «bastaba» suena tan factible… Emergía en rincones de la ciudad en esencia similares a todos los demás pero con pequeñas variaciones gracias a su uso: el distrito de las flores, el de los anticuarios, el de los vertederos de basura que en Tokio son una especie de colección surrealista de cuadros de de Chirico. Se me ha olvidado el nombre del distrito botadero, pero era como una especie de ‘Day After’, intacto, sin humanos, lleno de carros parqueados a lado y lado de las calles casi nuevos de los cuales sus dueños salieron tan rápidamente que algunos dejaron la puerta abierta en lo que parecía la huida de una persecución alienígena. Mejor de Godzilla…sí. Otros habían atado a los postes motocicletas que pretendían abandonar con la esperanza de que nadie advirtiera el abandono, lo cual es ilegal  pero más económico que llamar al camión de la basura para que recoja un carro de tres años de uso.

Al final de la cuadra, dominando ‘The Day After’, como el templo de la deidad del despilfarro, sobre un lote con piso de tierra se levantaba una montaña de televisores nuevos, una pirámide hecha de bloques de plástico negro. Me paré frente al absurdo cerro y luego de observarlo absorto por un rato levanté los brazos con las manos encocadas como garras, y lleno de poder como Ronnie James Dio en el video de ‘Holy Diver’ le comandé a todos los receptores que se encendieran al tiempo. No se movió un solo cable. Caminé por el lugar, tocando pedazos de electrodomésticos con la punta de los pies, merodeando. No importaba estar allí, ni un alma vi en todo ese tiempo que deambulé. Después me dijeron que era frecuentado por turistas y residentes europeos que recuperaban mercancía en perfecto estado: indigencia europea, pensé, ¡qué lujos había en este país!


"...comandé a todos los receptores que se encendieran al tiempo"
No estaba yo haciendo mucho más que vagar, indigestarme y cancerizarme cuando llegó el anuncio de la visita al palacio real. No la esperaba, de hecho no tenía mucha claridad que los organizadores de JAICA la hubieran programado y en mi jerarquía de cosas, no hubiera sido algo que me generara la más mínima expectativa.

Esa mañana me subí a un pequeño busecito en el que las sillas eran escualizables y podía uno darles un giro completo. Fue inevitable quedar de cara a otros colombianos que habían sido invitados por el programa. Como siempre que se hace una convocatoria de lo «más representativo de la juventud colombiana» había de todo, menos lo más representativo de la juventud colombiana. Adelante iba un grupo de bogotanos de estrato 6 ó 16 ó 226 quienes me saludaron con frialdad y en el que todos parecían conocerse; hablaban de cambiar su pasaje de regreso para ‘darse una pasadita’ por Indonesia. Más adentro había un grupo de personas de la costa Atlántica de Colombia, seguramente también de lo más exquisito de su mundo, una mujer con bigote que curiosamente tenía nombre colombo-japonés Yusemi  ó Yukemi y recuerdo haber pensado que su pecado no consistía en no ser representativa sino en ya no pertenecer a la juventud colombiana. En la parte de atrás asistían algunos dignatarios de la clase media; Rodrigo, un periodista que cuyo equipaje iba aumentando cada noche gracias a las existencias de toallas y sábanas que robaba y Hernando, un estudiante de medicina de la Universidad Nacional que estuvo a punta de que le cancelaran la matrícula por haber propuesto un proyecto de investigación como requisito de grado. Me senté al lado del médico; no paró de hablar.

Mientras recorría la ciudad arrullado por una voz que parecía practicar  la consulta, nos fuimos acercando al Palacio Imperial. Comenzaba el invierno y ya las ramas de los viejos pinos que rodeaban la gigantesca edificación blanca, que a pesar de su tamaño persistía en la fisionomía de una casa, habían sido delicadamente forrados en esterilla para protegerlos del frío y apoyadas en horquetas. Me pregunté cómo estas mismas gentes llenas de arrepentimiento matan ballenas en el pacífico norte.

El perímetro del Palacio era descomunal; ese complejo al cual entraba me lo había topado cien veces en mis caminatas y en mi cabeza se denominaba “la reja verde que no deja pasar”: en mi ciudad también las había, estorbando, tiradas justo en la mitad de los pasos como si al niño chino se le hubiera caído un cubo en la mitad del corredor; el Cantón Norte, el Country Club. Ahora yo llegaba como invitado especial al interior de la reja verde. Una vez adentro, me extrañó que nos hicieran entrar por lo que me pareció entonces la puerta de la cocina.

Adentro, nada era como me lo imaginaba. La enorme edificación conservaba las proporciones de una casa acogedora. Comenzamos a pasar en fila de una habitación a otra, encabezados por un guía japonés que actuaba como si el llegar tarde lo fuera a deshonrar de alguna manera ceremonial y absoluta. Había algo absurdo de darse afán para saludar el Hijo del Sol. Recorrimos infinidad de salas, una tras otra, todas dispuestas acogedoramente, con las luces encendidas y los cojines probablemente calentados por el trasero de algún esclavo del Imperio entrenado para empollar mobiliario. Imaginé a Naruhito persiguiendo a la princesa consorte por las habitaciones, engendrando un nuevo emperador en cada sofá empollado. Apenas si había tiempo de detallar los espacios; unos eran de temáticas azuladas, cortinas aguamarina y lámparas con velo de añil; otros rojos, con potencia premeditada en donde parecía que alguien hubiera fumado una pipa y planteado la guerra hace un instante.

Un ‘clock’, la puerta de entrada, un nuevo espacio, una  sala, colores, iluminaciones, caminar hasta el extremo, otro ‘clock’, la puerta de salida y así continuamos por más sitios de los que tuve cuidado en contar. En algunas habitaciones había delicadas cigarrilleras de plata al alcance del caminante, llenas de blancos cigarrillos similares a los ‘Seven’ que adoraba, pero con una flor de cuatro puntas como el logo de un Montero Mitsubishi en esteroides; ¡el símbolo imperial! Luego descubrí que por más imperiales que fueran, no se comparaba el sabor a los callejeros ‘Seven’. Deseé encarecidamente por mi país, por Colombia, que Rodrigo que venía detrás no se estuviera guardando las cigarrilleras para hacer juego con sus cobijas y sus sábanas de conocedor del mundo y posiblemente con el chaleco de supervivencia de su silla en North West Airlines; Rodrigo tapado hasta el cogote flota debajo de las sábanas japonesas protegido por un chaleco salvavidas y mientras saca un Mustang de una cigarillera de Plata del Imperio ahoga las cenizas en un cenicero de cristal que dice Lobby New Otani Hotel, Tokyo… en alguna parte de Bogotá y sonríe satisfecho. Maldita sea ser un habitante del segundo país más feliz del mundo; yo que no quiero estar contento.

Me adentraba en las entrañas de una bestia y no hubiera podido salir en ese instante si me lo hubiera propuesto, algo que siempre me ha molestado de los aviones y los ascensores; yo no me reservo el derecho de admisión propio  -a veces me toca entrar en sitios que no me gustan-  pero sí el de expulsión en los momentos, llamémoslos así, «sofocantes». Me consoló pensar en todo lo que le tocó sufrir a Richard Chamberlain en Japón cuando fue ‘Shogún’. Tampoco lo dejaron salir por mera y pura amabilidad y tuvo que terminar desposando a una mujer que portaba un honorable nombre como ‘Masato’…’Mariko’, eso es.

La caravana finalmente se detuvo en un lugar que no me pareció adecuado; no era una de las miles de salas sino una especie de desapacible corredor curvo; ¿no era acaso esta gente de Feng Shui? Una traductora japonesa que acompañaba a la comitiva, una mujer a la que nunca le vi ni soltar ni consultar un cuaderno que llevaba tapándole el seno izquierdo, nos hizo gestos circulares con las manos que no entendimos. No habló en español porque para el momento ella misma entendía que era más comprensible su japonés. Con la cara agachada como si nos deshonrara, optó por tomarnos de los hombros y ubicar a cada uno en su sitio, describiendo una especie de semicírculo en el que mirábamos hacia el frente. Hicimos silencio.

Luego de un rato más largo que el que nos tomó llegar hasta allá hubo un ‘clock’ final y de las entrañas más íntimas del monstruo emergió Naruhito, el Hijo del Sol. Era como del mismo tamaño que su ‘action figure’; de seguro existía en alguna parte del mundo una figurita Naruhito articulada con un imperio por gobernar [imperio y las pilas no incluidas]. Me tomó un rato descubrir qué tipo de hombre era. No me refiero claro, a su fuero más interno, a sus amores y sus trásfugas sentencias. Me refiero a su fisionomía: ¿qué clase de hombre era? Con el tiempo le he podido poner una etiqueta: era Ben Kinsley en esa película en la que se hace matar por defender una casa que compró en Estados Unidos; digno, frontal. De ojos muy juntos, casi distrábico, blanco como el pecado, como una cajetilla de ‘Mild Seven’. No era el tipo de la calle, y me pregunté si entre estos seres humanos también se clasificaban por estratos del uno a seis como en mi país. Llenaba su traje azul a la perfección, rasgo que me pareció el producto de un trabajo de equipo, no de Naruhito. Era un hombre que no se imagina uno agachado recogiendo los calzoncillos:

«Déjalos, buen asistente Totumi, han caído al piso, prefiero por todos mis antepasados perderlos»

«Pero…pero, su Majestad, le imploro, es el último par…»

Mirando el Sol poniente, abraza a Totumi y ambos se sumergen en un momento de profunda compenetración durante el cual suena una flautica anecdótica y aguda

«Déjalos buen Totumi, que esta noche, cuando me venza la irritación del paño inglés, cuando mi blanca piel nipona sea un nido de prurito e irritación incomprensible para occidente…¡me rasco el real culo!»

Totumi deja escurrir una lágrima en silencio.
'Action figure' de Naruihito
 

En efecto, era todo verticalidad.

Caminó por la fila haciendo charla cordial  de tiempo controlado con cada uno de los presentes. Hubiera dado plata por saber qué habló con Yukemi. En la fila me precedía uno de los bogotanos, quien invitó a su Majestad a ‘conocer nuestro país’ tan reiteradamente que el hijo del Sol se vio obligado a levantar la mano y pedir que ya no lo invitara más. Mientras se retiraba, este personaje, que debía llevar un nombre altivo y lisonjero de clase alta, algo así como ‘Juan Fernando Soto’ lo seguía invitando desde lejos.

Cuando me tocó el turno de intercambiar algunas ideas con la única deidad que yo haya contactado, no supe qué decir; aún estaba un tanto indignado con ‘Soto’ y creo que caí en la misma estupidez de preguntar “qué conocía de nuestro país”, externalicé mi Juan Fernando; me faltó poco para invitar a Naruhito a Bogotá una vez más. Los colombianos no estamos contentos si no le restregamos a algún extranjero en la cara el no tomar aguardientes dobles uno tras otro, el no comer arequipe a paladas y el no bailar salsa como un gallinazo sobre una teja caliente, única y verdadera forma, como lo saben hacer los negros de zapato blanco en Juanchito.

A través de la traductora me hizo saber que no conocía a Colombia, pero que era de su mayor interés este país engastado en la mitad de ningún lugar en especial, de gentes que hacen básicamente lo que hace la mayor parte de la gente del mundo; lo hubiera dicho de Kazajstán, de Borneo, de Vanuatu. Me respondió en japonés, cosa que luego me asombraría porque la traducción era casi incomprensible y el Emperador sabía español. No supe qué más preguntar; me miraba penetrantemente, pero no tomaba iniciativa y mi tiempo para decir algo que simulara inteligencia se agotaba. Le pregunté entonces qué había estudiado. “Navegación Fluvial en el Nilo” me dijo, “en Oxford”; carrera increíble, improbable. ¿Qué clase de pregrados hay en Oxford? Yo le advertí con mucho presunción que era estudiante de filosofía, porque eran épocas en las cuales aún tomaba orgullo en ello. Fingió interés, realmente lo fingió.

Por unos instantes, la conversación cayó de nuevo en un punto muerto y recuerdo haber mirado al piso con gran incomodidad antes de proferir la más estúpida de las preguntas: “¿Y hoy en día pasan barcos muy grandes por el Nilo?” ¡Qué interés desbordante por las condiciones fluviales y de navegabilidad de un río en el otro extremo del mundo! ¡Qué inspiración divina y eterna de una inteligencia fracasada! Por un instante hubiera podido asegurar que  prorrumpió en el rostro de Naruhito algo similar a  una sonrisa, como si en su calidad de emperador magnánimamente perdonara mi brutalidad y se condoliera de mi incomodidad:

«Oh no…no tengo ni idea qué barcos pueden pasar por el Nilo»

«Pero, pensé que era lo que había estudiado…»

Se me acercó, riéndose conmigo, casi demostrando intimidad.

«Tal vez no le dije el nombre completo de mi ‘Mayor’ en Oxford: “Navegación Fluvial por el Nilo en la Época de los Faraones”»

Y yo que pensé que había estudiado algo inútil.

Con los años lo comprendí, entendí por qué el Hijo del Sol había podido interesarse por un tema que en ese momento parecía un poco más que un cuento de hadas, por qué había colosales pirámides de plástico en la mitad de Tokyo, guerreros del bourbon en las calles y deliciosas Isis del amor y la locura en las paredes del metro; todos decían ser hijos del mismo padre.