El destino de todo texto

El destino de todo texto
Depósito abandonado de libros; Detroit, Michigan

lunes, 24 de enero de 2011

Como no me invitaron al Hay Festival, tocó quedarse en la casa y escribir. Regresa antes de tiempo el Pisapapel...

La Arquitectura de los Sueños


‘Somos un viejo simbolismo sobre el que corre un torrente de actualidades’

Trebor Öicalap

Desde hace años me sueño todas las noches lo mismo. Mi sueño soy yo dentro de una casa. No es otra cosa que eso. No es una casa como la del dibujo de un niño, con dos ventanas como ojos, una puerta como boca y una chimenea de la cual salen bocanadas de humo hacia el Sol. Tampoco es una casa sofisticada, de diseños vanguardistas, sacada de Axis. De hecho, en mi sueño, no importa el diseño de la casa, aunque todo el asunto gira en torno a su apariencia. Como suele suceder en el campo de lo onírico, me sorprende esta casa, -que siempre cambia sin dejar de ser la misma- aunque mi cerebro (no sé si decir yo mismo) la haya creado. Sé con seguridad que en el fondo ni siquiera importa que sea una casa; hubiera podido ser un jarrón o un traje. La casa, para no diluir más el único objeto que pudiera ser de curiosidad para algunos lectores, está derruida. Sus pedazos se han desmoronado sin más, aunque increíblemente no se asemejan a unas ruinas griegas o romanas por las cuales ha pasado la historia del mundo. Mis ruinas están abandonadas. Se hallan esparcidos sin violencia, sin premeditación, al libre abandono. Reina ese extraño silencio que se siente pesado en la vejiga. No hay más acción que el estar en ese espacio lóbrego, de pie entre las ruinas, observándolas desencantado, sintiéndome también yo en un estado de decaimiento, como el que se siente ante el error evitable y fatal. Tienen ese sabor acre de lo que nunca ha sido tocado, aunque puedo asegurar, por una paradoja que solo se comprende en sueños, que han sido habitadas hasta el cansancio y luego de mucho preguntármelo, sé que he sido yo el inquilino de quien vengo a observar el desastre. Fatalismos aparte, esa es la versión agradable del sueño.
En sus variantes ligeramente más angustiosas, la casa tiene geometrías improbables. No digo imposibles o de la paradoja porque mis sueños no son tan afortunadamente lógicos como para entretenerme con ellos como con un grabado de Escher. Son difíciles: hay ascensores que viajan hacia los lados, produciéndole a sus ocupantes, entre los que siempre me encuentro, vértigos aplastantes. A veces viajan en líneas que exceden las dimensiones del edificio, hacia arriba o hacia abajo, o a velocidades enfermantes. Por lo general sé que se estrellarán y que no podré hacer nada y albergo la idea de que sé que en el fondo no lo harán pero en todo caso lo hacen creando el desastre; de nuevo, el sueño me sorprende. Viajan de piso a piso de corredores de hoteles, edificaciones enormes que se van oscureciendo a medida que el paseante se adentra en ellas. La reciente película Inception, recoge de manera magistral la arquitectura de los sueños, viejos edificios grisáceos, múltiples, abandonados, que han ido creciendo y aumentando como los recuerdos y como el cerebro que los alberga, siempre dejando tras de sí desperdicios y abandonos que nos llaman con el canto de las sirenas. Los cuartos están vacíos, y los edificios ha tiempo abandonados, pero habitados al punto que los ocupantes agreden a quien los espía. Todo dentro de las habitaciones no son más que aspectos del pasado, espectrales, repetitivos; secciones de un filme que pasa una y otra vez para nadie. Los edificios de estas, mis pesadillas, si los tuviera que describir, se asemejan a la factoría de la bella fábula infantil de Roald Dahl, Charlie and the Chocolate Factory. Cuando leí el relato por vez primera, hace no mucho, quedé estupefacto de que Dahl hubiera jugado con esos elementos de pesadilla en un relato infantil. Pero después todo cayó en su lugar: tiene pleno sentido el ascensor en una historia sobre el deseo de ser otro, de la transformación. El mal-sostenido aparato viaja, al fin y al cabo de un lado a otro del pasado y de las facetas del yo, comunicando partes nuevas e iluminadas con las más antiguas y olvidadas de la edificación. Además, en toda fábula infantil hay la pesadilla de la transmutación, del dolor físico, de la inadecuación, lo cual en parte configura su extraño atractivo para los niños. Esta idea ha sido elaborada por siglos en los cuentos de hadas a través de conversiones de personas en batracios, disminuciones de tamaño como en Pulgarcita, estar muy grande o muy pequeño como en la legendaria Alicia en el País de las Maravillas. Son esas experiencias tan propias de la niñez como el gusto por los dulces y los días de juego.

Una variante especialmente desagradable de este sueño del ascensor, se da cuando en los subterfugios del edificio, en su nivel más bajo, intuyo la presencia de algo terrorífico, más que la muerte. Hay en ese pre-sentimiento -que ni siquiera es una representación ya que nunca he llegado al fondo de la estructura-, auténtica y doliente putrefacción. No se me ocurre una manera más verídica de ponerle una etiqueta. He llenado lo que imagino habrá en ese sótano en distintos momentos de mi vida con vivencias particulares e impactantes: por mucho tiempo imaginé un bebé recién muerto abandonado sobre una bandeja metálica en una sala de urgencias solitaria, como una vez lo observé luego de llevar al niño con su madre de emergencia a la clínica. En mi sueño, de alguna manera yo era culpable de la infección que lo ultimó. Pero más que una imagen particular, he llegado a entender con los años que en lo profundo de ese inconsciente que se simboliza a través de la parte subterránea de la edificación, reside mi máxima traición, mi más guardado y agudo temor que nunca revelaré. Dicen que todos tenemos uno.
En ambos sueños, viajar por la casa ha sido viajar por mí mismo, simplemente porque la casa soy yo. O mejor, es un símbolo complejo y multifacético de lo que soy. No era difícil adivinarlo, pero a mí me tomó años y fue en el mismo sueño que tuve esa epifanía. En alguna ocasión, la casa se me manifestó en forma de jardín de la infancia y el sueño tomó el sabor doloroso, nostálgico y lejano, pero a la vez libre y feliz de la niñez. Es una de las pocas veces que no se me ha dado como pesadilla. Yo me sentía restablecido y reivindicado en ese espacio que no estaba derruido; éramos uno y lo mismo.
En una etapa anterior de mi vida, sin embargo, cuando comencé a tomar conciencia de la casa, todas las noches se me presentaba el sueño en su peor versión. Fue una época de profunda congoja. Mi madre había muerto hace unos meses y yo estaba apenas despertando ante el mundo, como se regresa luego de un cataclismo. Con ello despertaba también todo el profundo hastío y el odio que ese mundo, que me debía una, me procuraba. Había entablado una relación de mucho dar y poco recibir, desesperado por afecto y fue entonces que el sueño comenzó noche tras noche. En sus primeras y brutales versiones, estoy en una habitación de la casa. Una banda de cuatro comienza a tocar una música incontenible que a medida que avanza va ocupando más espacio en la habitación, hasta que me sofoca y en un estallido de apoxia me despierto de un golpe. A veces la casa se encogía sobre mí y era yo el que debía pasar de una habitación a otra pujando y llorando de dolor, como un espeleólogo. Muchos tienen un sueño similar, su propia pesadilla claustrofóbica. Una variante más Stanislav Lem del asunto me ubica en la misma habitación, pero abro la ventana y horrorizado me percato que estoy en el espacio exterior, y la misma apoxia me manda de regreso al mundo de los vivos y la vigilia, afortunadamente.
Fue una verdadera paradoja por muchos años lo que este sueño pudiera significar. Es claro que hablaba de la gordura, de la asfixia y de cualquier otra condición física y psico-somática que pudiera estar viviendo. Pero era su simbología lo que me intrigaba. Pensar que hay estos complejos símbolos rondando dentro de uno, como radicales libres que intentan revelar algo, y los podría haber ignorado por completo, como si no existieran y casi como si me hubiera enterado de ellos por casualidad me exponía a la sensación de desespero de que la vida se me escapaba entre las manos. Era un golpe de suerte aportado por un detalle mínimo del día lo que me revelaba todo ese universo del sueño, que estaba ahí no más, a la vuelta de la esquina, esperándome y determinando toda mi tónica anímica.
La clave de este extraño acertijo me la brindaron mis pesadillas recurrentes anteriores, muchos de las cuales eran simples ensoñaciones de terror que a veces me gustaba provocarme a mí mismo. Mientras me duchaba, imaginaba una ballena en la bañera, gigante, desmedida, ocupando todo el espacio, expeliendo vaho y dejándome sin respiración. Tenía que cerrar los ojos para que la fuerte sensación de irrealidad se fuera. En otra versión, caía en un accidente aéreo y era engullido por una turbina gigantesca, haciendo ese sonido sibilante que va in crescendo. De nuevo, la historia hablaba de la gordura y de la asfixia, condiciones que he padecido toda mi vida. Eso ya lo sabía, pero era apenas la superficie, aunque fue esa sensación física tan peculiar de la asfixia lo que me permitió hacer el puente entre los dos sueños.
El inconsciente, donde habitan todas estas extrañas arquitecturas y escenarios, tiene que ver con lo enorme, lo desmesurado, lo mal puesto, la aparición en el lugar más increíble. En la literatura y el cine que más nos aterran, figuran estas inadecuaciones: buques gigantescos, más que una ciudad, en la mitad del desierto a miles de kilómetros del mar, abandonados, putrefactos; enormes cargueros sumergidos en el océano, a su vez llenos de cargas enormes, perdidos; edificios enteros que penden suspendidos al revés, haciendo sonidos crepitantes, como magistralmente se recrea también en Inception. Por eso la poesía, que se nutre del inconsciente, se nutre de las imágenes de naufragios, mares, ciudades improbables. Para usar la bella metáfora de Aldous Huxley, de las antípodas de la mente. Y como las reglas han de ser distintas en el otro lado del orbe, lo han de ser en ese profundo inconsciente. Él no está configurado según los cánones de la percepción del mundo, en donde unas cosas se ven en proporción con otras. Está hecho más bien a la medida del impacto de la experiencia. Unas cosas nos marcan más que otras y las dimensionamos en esa proporción. En mi sueño, la casa, yo mismo, me asfixio, me sobre-dimensiono o me colapso en torno a lo que soy. No ha de ser compleja la simbología; de alguna manera me digo que a pesar de sentirme en posesión del mundo, me pierdo, me deterioro, me desgasto y el actor principal de ello soy yo.
Con el tiempo, ese sueño se ha moderado. La casa y yo nos visitamos a diario, pero sólo con el mal sabor de la pesadilla de vez en cuando. He aprendido a habitarla y puedo explorar algunos de sus rincones, aunque aún no los del subsuelo. Espero paciente a saber lo que me tenga para descubrir; lo que yo me tenga a mí mismo para descubrir.

Roberto Palacio F.

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