El destino de todo texto

El destino de todo texto
Aldous Huxley "Si uno es diferente, está condenado a la soledad"

jueves, 14 de agosto de 2014

Acá lo que necesitamos es un buen gerente

Acaban de nombrar de Ministra de Educación a Gina Parody, otra de estas mujeres emprendedoras, gerenciales y maravillosas “técnicas”…los eufemismos con los que se denomina a los políticos. Alegaba la impertinencia de la decisión con mi ex-esposa, cosa que no le recomiendo a nadie.  Ella sostenía, quizá simplemente porque yo decía lo contrario, que el acierto de Santos era total, bajo el viejo cliché de que necesitamos un buen gerente. No supe cómo manifestarle entonces mi molestia; creo que algunos nos convertimos en escritores por que se nos ocurre qué responder, pero al día siguiente.

Bien, han pasado las 24 horas para articular los elementos de mi indignación, algo que va más o menos así: considérese por un momento si la educación es “materia” que deba ser gerenciada. No todo mejora cuando se somete a un proceso de escrutinio, eficientización y números; hay cosas en donde gana, como decía el filósofo Ludwig Wittgenstein, quien llega de últimas; la educación el mejor ejemplo. Los años de “gerencia” con Maria Fernanda Campos nos dejaron la situación desastrosa de que nuestros niños bordean el analfabetismo funcional. ¿Acaso hay que recordar que en las pruebas internacionales PISA hace unos años los niños colombianos quedaron en los últimos lugares justo al lado de países como Pakistan y Afganistán? En abril de este año quedaron en el puro y simple último lugar cuando de resolver problemas de manera creativa se trataba. La educación está en una situación tan ominosa que seguramente  lo que se necesite sea un cirujano más que el gerente de la clínica; en este caso y para seguir con la analogía, alguien que sepa de educación, no alguien que la aprecie, que tenga muchos libros sobre ella en casa (como decía el director de la Aerocivil Santiago Castro cuando le preguntaban qué sabia de administración aero-nautica). Lo diré sin más, se requiere un educador: ¿o acaso en el gabinete de economía, cosa que nos preocupa de verdad, nombramos gerentes y no economistas? Los educadores son confusos personajes aletargados a quienes las teorías y la lectura han enloquecido…no les confiaríamos una chequera. Probablemente; educar en la imaginación implica no dejarse sumergir del todo en las circunstancias, no sucumbir ante lo actual. ¿Pero acaso no es mejor nombrar expertos en el tema de la cartera y confiar en que se asesorarán en materia gerencial que nombrar expertos gerentes o políticos y confiar que de alguna manera aprendan del tema de su ministerio? ¿No le extraña al lector que una misma persona como el ministro Cárdenas se pueda pasear de la cartera de Minas a la de Hacienda como si fuera un hombre del Renacimiento? Y es eso justamente lo que se requiere; frente a la lectura de resultados de la gerencia, de los informes hechos en un día, de la regla primero que el criterio, de la obediencia a los números, lo que queremos es volver a educar en la hipótesis, en el atrevimiento que implica entender, en ir despacio, en comprender. ¿Cómo educará un gerente bajo el supuesto de que sus clientes, en este caso los estudiantes, siempre tienen la razón? ¡Cinco aclamado para todos y sigan pagando la matrícula con nosotros! La educación debe ser sostenible, pero eso no quiere decir que ha de manejarse como un negocio. Lo último que queremos es otro gerente; y no se diga lo que los políticos han hecho con los textos y la enseñanza.
¿Qué pasará con la gerencia en educación? Que seguramente vengan más intentos de hacer consorcios público-privados en un país en donde el sector industrial y gerencial no se nutre de la investigación hecha en Colombia; vendrán más recomendaciones de educaciones técnicas, rápidas, certeras cuando a todas luces hace falta volver a considerar el criterio y su hermano el concepto como ejes angulares del aprendizaje. ¿Muy etéreo? He educado por más de 20 años y sé que no se logra enseñar a leer, demos por caso, cuando no se cuenta con estas herramientas que para algunos son desastrosamente holísticas… en la misma medida en que no se las comprende, paradójicamente por la misma pobreza en capacidad lectora, más se las rechaza. La ignorancia, y valga este cliché, es un círculo. En el pasado ministerio los estudios indicaban que en Colombia se requería más formación en carreras ´técnicas’, intermedias, rápidas; hacer en seis semestres lo que toma diez…un asunto, de nuevo, de pericia gerencial: ¿quién mejor que la directora del Sena para ello? ¿Y para qué tomar más tiempo si podemos negociar? La educación al fin y al cabo qué es sino ese proceso nebuloso en que unos aprenden primero, otros después y muchos nunca…¡negociemos! Pero no todo es tan sencillo; un viejo chiste de mi padre quien ejerció la medicina, contaba de un tipo que llegaba al médico para recibir la noticia de que tenía cáncer y era terminal. El personaje le decía al médico bajo los buenos preceptos de la negociación que él aceptaría el veredicto de cáncer a cambio de que el médico no insistiera en que la cosa era terminal. Lo siento, los chistes de los médicos son muy malos, pero este tiene un aire de presagio porque Colombia es el país del ‘hagámonos pacito’…incluso en aquello en que negociar deja a todos en peor situación, como en educación: tú me apruebas la materia, yo me encargo de la matrícula.

El problema de la educación en Colombia ha de medirse también de cara a la sociedad. Siempre me ha impresionado la relación que algunos pueblos tienen con su educación, como los ingleses por ejemplo. Alguien puede haber estudiado el más eclécticos de los pregrados; egiptología –conocí a un hombre que estudio ‘navegación fluvial en el Nilo en época de los Faraones’-, filosofía, o finanzas e igual si así lo desea trabajar en un banco. Confían en que su educación, provenga temáticamente desde donde provenga, les dará criterios básicos; llenarse de información es tarea más bien fácil que no implica más que una práctica juiciosa y suele llegar de manera casi inevitable. En Colombia no confiamos en los criterios inculcados por la sencilla razón de que son el gran ausente en nuestra educación y repelemos a quienes los tienen o saben usar: estudiar una carrera no convencional es una condena laboral de por vida. Poco recuerdan los reclutadores o head hunter criollos que una persona con criterios se desempeñará en lo que sea…y que la plata obra su propio milagro de limar los idealismos sociales e igualitaristas que le causan urticaria al gran sistema corporativo. ¿Acaso no terminaron todos los hippies, los que no viven aún con sus padres, trabajando para alguna petrolera? No debieron entregar su sueño de cambiar el mundo; sólo acomodarlo a la idea de que se puede hacer vendiendo hidro-carburos. En la hermana República de Ecuador, un territorio que vemos como una extensión del subdesarrollado Nariño, por orden del Presidente, el maestro de la más insignificante escuela ganará al menos tres mil dólares americanos. Me disculpo por quienes ven en Correa un charlatán sublimado; pero no me cabe duda de que no se puede pensar en una mejor medida para volver a traer talento a la escuela. El químico alemán del siglo XVII Georg Christoph Lichtenberg en sus conocidos aforismos solía decir que en su patria importaba más la educación de los caballos que la de los niños: ¿acaso no ganaba más un montador que un maestro? Me retractaré con mi ex-esposa el día que nuestra nueva ministra de educación tome una medida semejante, pero lo dudo mucho; pagar bien a los que saben de aquello que uno gerencia, a los que hacen el trabajo más importante y de base poco se ajusta a los criterios  más eficientes y técnicos. Y mucho menos a la política.

miércoles, 23 de julio de 2014

Esos Cochinos Vertebrados

Cochinos...cochinos vertebrados
Cuando Luis López de Mesa, ex ministro y uno de los más prestigiosos intelectuales de la década de 1940 en Colombia dictó las conferencias de apertura de la Facultad de Filosofía en la Universidad Nacional en 1946, disertó sobre un pequeño pececito del precámbrico, el Crosopterigio, una criaturita con las aletas franjeadas a manera de dedos incipientes y posible precursor de todos los animales terrestres. Un periodista lleno de ese entusiasmo aventajado que solo lo  da el olfato de chiva, se permitió interpretar la noticia para que el titular fuera más vendedor y publicó la primicia de que el excelso Señor Ministro había sostenido que los hombres descienden de las sardinas. 


Esto, claro,  ya era demasiado para algunos de los que habían asistido, entre los que se encontraba el aún más excelso arzobispo primado de Bogotá, Monseñor Ismael Perdomo quien al leer el titular cayó en cuenta de lo que se había dicho en la conferencia y montó en cólera. De inmediato, tomó un teléfono y llamó al entonces Ministro de Educación, el doctor Germán Arciniegas, quien gracias al titular también entendió algo de la charla y también montó en cólera y quien a su vez tomó el teléfono y pidió que lo comunicaran de inmediato con el doctor López de Mesa y le  preguntó con todo rigor si «…¿no habría forma de hacer nacer esos cochinos vertebrados de algún otro lugar que no sea la sardina?». Cualquier cosa era más digna que contar entre los ancestros a la criatura cuyo cuerpo inerme se debía consumir los viernes de vigilia sacada de una lata; cualquier cosa hubiera podido pasar por la mente de Monseñor indignado, menos el atormentado y maloliente pez de carnes descolgadas saliendo lentamente de la lata para evolucionar en la criatura a la que Dios le confería la dignidad de ser su imagen y semejanza. Toda la sociedad revoló con la noticia, López de Mesa debió suspender de inmediato las conferencias, Monseñor debió refugiarse en el Concordato y aprendimos que Germán Arciniegas era un experto en historia, pero sólo de la que hicieron sus amigos vertebrados cuando dejaron la cochinada.
De este Crosopterigio evolucionó incluso Germán Arciniegas

sábado, 12 de julio de 2014

La Política no es para las Chicas


No entiendo la obsesión de la intelligentsia con la política. Nada más considérese a Vlado…pareciera incapaz de hablar de algo distinto. Y no se detiene; ahora sabemos que su esfuerzo de hacer textos escuetos en sus dibujos era un acto de contención y todo lo que se guardó durante años lo está diciendo como un naufrago. ¿Por qué no podemos simplemente dejar de hablar de los políticos? Déjenme ponerlo en términos dramáticos, pseudo-académicos: nos arrancaron la mirada. ¿Cómo? ¿Por qué? Hector Abad decía que uno de los mayores retos del intelectual colombiano es resistirse a consultar Facebook cada media hora. Creo que estaba en lo cierto; si la energía mental desperdiciada en Twitter se pusiera al servicio de la humanidad hubiéramos resuelto el problema de la cuadratura del círculo, la vacuna contra el cáncer…No entiendo como puede uno twittear y pensar al tiempo en algo que no sea twittear. Pero creo que hay un reto mucho más grande para el intelectual: dejar de hablar, pensar y escribir sobre política todo el tiempo. Y uno de los primeros que lo debe poner en práctica es el propio Hector Abad.
Estos testigos permanentes de la política tienen una peculiaridad; miran para asquearse, como cuando uno no puede apagar la filmación de una cirugía. No entiendo; lo más sencillo del mundo pareciera ser dejar de mirar. Colombia, se aprende con los años, es un país en donde no es posible dejar de mirar, en donde dos o tres nos tienen atrapados contemplándolos, un rasgo muy peculiar de nuestro carácter nacional, aunque no exclusivamente criollo. Pero permítaseme explicar ese talante tan profundo del colombiano: ¿no ha visto ud. que no tiene sentido hacer una protesta en un lugar que no estorbe? Deben hacerlo los manifestantes de tal manera que obstruya, hiera, lesione, donde sean vistos. ¿No ha visto que es un deporte nacional caminar por la calle y no por la acera? Tan conveniente y seguro que sería hacerlo por el lugar indicado, pero tiene la desafortunada consecuencia de que no hay forma de crear un peligro si así se hace. Colombia es un país que vive en una perpetua huida de la lateralidad, de lo que se percibe como abandono y desolación.

La declaración de alias Popeye al ser interpelado por el hijo de Gerardo Arellano muerto en el avión de Avianca en 1989 sobre por qué decidieron asesinar civiles pareciera poner todo en perspectiva:
«Nosotros no podíamos dejar que la gente comprara sanduches y cocacola y fuera a mirar cómo se mataban los malos...»
Había que llevar la guerra a todos, sólo para denotar que se estaba haciendo. Hay una forma muy sencilla de cerrarle el juego al exhibicionista en público, y lo diré con un moto muy criollo; apagar e irse. No nos quejemos del exceso de poder de la política porque justamente se lo ha dado el no poder dejar de mirar. Creo que la labor del escritor en una sociedad como la colombiana es hacer ruido con otras cosas; es hacer parecer menos serios, menos fatales los twitts de Uribe contra Santos. No lo son. Nos tiene cautivos un rifi-rafe entre un gamonal paisa y hombrecito de club y el mundo pareciera pasar por la ventana de al lado. ¿Es que los grandes conflictos de la humanidad no nos afectan, no se ciernen sobre nosotros sus progresos o sus historias o es que toman la forma de una pelea de twits entre expresidentes?. Ricardo Silva lo ha dicho en una frase: Colombia; un país que le cuesta trabajo creer que queda en el mundo. En otras sociedades ha habido más fluidez en dejar ir a los pasados dueños del poder: ¿Cómo lo hacen? Crean instancias para que hablen, instituciones desde donde su discurso permite que se perciban como participantes, pero nunca con el poder de ser lesivos. Que los ex - presidentes se sienten y pontifiquen, siempre y cuando no nos importe.
Ya que pasé la barrera del pudor pseudo-académico, permítaseme dejar acá plasmada toda la mamertada; Marx apuntaba que la historia en su primera aparición es tragedia, pero en su repetición es farsa. Léase a Colombia desde la historia -y ahhhh si este país se ha narrado, pero no se ha leído; quizá por ello tenemos un premio nobel en literatura aunque nuestros niños estén entre los más ineptos en el mundo en comprensión lectora según las pruebas internacionales PISA-, léase de esta manera y se verá que acontecimiento tras acontecimiento no se hace más que apilar farsa sobre farsa. Léanse los telegramas que se enviaban los liberales y los conservadores durante la violencia y se verá palabra por palabra el ridículo vaivén de tweets Uribe-Santos. Ni siquiera hay que cambiar los apellidos. El problema de no poder dejar de mirar es que en algún momento alguien se para y nos propina un golpe mortal. Y qué patético es perder la vida por una farsa repetida.
Sé lo que atrae a mucha gente a ese juego político: la política es una cosa seria, es de verdad, ahora sí estamos hablando de las cosas como son. Es lo que papá y mamá hablaban en el cuarto a oscuras cuando no estaban peleando. La política es para grandes, en ella se encierran las fatales intenciones que se despachan con una sonrisa. No ha de extrañar que varias generaciones de excluidos le hayan cogido tanto cariño:
«Yo no quiero entrar en ese tema» ó «Ayyyy, por favor, me van a meter en un problema si me pongo a hablar de eso…ahora lo que me interesa es desempeñar bien mi cargo»
Y la sonrisa cómplice, que denota intención oculta, el confidencial, la notica, Vicky Dávila revelando lo que todos sabemos, el reportero intentando adivinar si el candidato sí quiere en las próximas elecciones. Claro que sí; en Colombia hay expertos en adivinar el pasado.

¿Cuál es la palabra clave del diálogo imaginado que citábamos?: “yo”. ..ese sentido de pertenencia de propósito; muchos le hacen el juego a la política persiguiendo ese designio. Es la metafísica empalagosa de las clases medias, porque las clases bajas siempre han tenido la suya propia: la polémica deportiva. La política pareciera en Colombia ser la única forma de sentirnos verdaderos intelectuales deliberantes. Es la fórmula de la adultez. La política es para los hombres…junto con la economía, claro. Todo lo demás, las artes, las ciencias, la filosofía, la ética, los misterios de la mente y la materia, bueno…en Colombia, son para nosotras, las chicas. ¿Alguien acaso escuchó en los debates presidenciales pasados una sola referencia a la política cultural? ¿A planes significativos para acabar con los índices de analfabetismo funcional? Desde la era Gaviria se profirió una sentencia fatal; estos, junto con la salud, no son fines del estado. Tampoco lo son el bienestar de los individuos, su protección contra el abuso, su felicidad…como si el estado no se hubiera fundado justamente para estos propósitos. Rousseau, -lo leemos las chicas- se preguntaba para qué diablos vivimos los unos con los otros si no nos soportamos. Si no es porque hay en algún sentido un propósito colectivo de mejorar nuestras vidas y de procurarnos mutuamente felicidad, no tendría sentido. Lograr que otros procuren nuestra felicidad y que nosotros entendamos que vivimos para procurar la de los demás, eso es la política. Pero el fin de la política en Colombia pareciera ser…bueno, justamente más política.
Es mucho más complejo que simplemente desear una porción de poder porque nos conviene, o no soltar el mando porque peligran nuestros intereses. Poco se ha examinado ese componente psicológico de la política: ¿pero cómo se iba a hacer, ¡si eso es para las chicas!? Los americanos tienen una expresión para la clase de gente que describo: “back room boys”. Los chicos que se van al cuarto de atrás mientras los niños y las mujeres disfrutan de la fiesta. En el cuarto de atrás planean lo verdadero, hablan de los linchamientos y las prostitutas a sueldo les bajan la bragueta antes de salir a besar a sus hijos al lado de la piscina. Es la convergencia de la idiotez con al perversidad; es Zuluaga en franca charla con un Hacker que decía saber en dónde se encontraban los aviones espías más sigilosos del mundo. Irse al cuarto de atrás no es para todos, es una molestia que se toman unos por nosotros.
Ese sentido de afán, de urgencia, como si hubiera algo distinguible de la vida, opuesto a ella, más importante que toda la existencia en aras de lo cual vale la pena sacrificar gente, la vida propia o dejar de saludar a otros, tengo que admitirlo, es una de las cosa más ridículamente despreciables de la política, y una de las más opuestas a lo que entiendo es el verdadero ejercicio político. Por eso digo que no me cabe en la cabeza cómo hombres con cerebro propio, que entienden lo que digo dedican su vida a seguirle los pasos a la política tradicional. ¿Acaso en un esfuerzo por ridiculizar o poner en evidencia lo otro, han consumido sus vidas? ¿Por qué simplemente no dejan de mirar y desarrollan su potencial? ¿Los años de sarcasmo los han vueltos incapaces de algo más? La sátira es un género propio, pero no un fin en sí mismo. Bertrand Russell solía decir que la ironía proviene del bienestar en la desgracia; pareciera que nuestros intelectuales se han dedicado a perpetuar unas formas particulares de adversidad porque creen que justamente en ellas consiste su fortuna.
Hace años nos vendieron la idea de que la participación política era un deber de todos. Con los años la idea se transmutó simplemente en que es obligatorio ver el noticiero. El problema es que hay acá la acritud de un sentimiento que originariamente nada tenía que ver con vigilar, con no dejarse sacar. En la Antigua Grecia, las chicas lo recordamos, la política daba un sentido de pertenencia. Pero no se me entienda mal, no estamos diciendo: ‘cómo eran de buenos esos tiempos, ¿porqué no los vivimos de nuevo?’. Es imposible; el sentido de pertenencia entonces nacía desde adentro; ¿como entender hoy lo que significaba ser un ateniense o un espartano? Y a pesar de ello, el ciudadano no vivía todo el tiempo con sus manos en todos los asuntos públicos. No tenía que hacerlo aunque participar en la política era un deber; una señal de cultura política era no saber quién estaba con las riendas en las manos. La política cuando es una máquina bien aceitada, cuando hay institucionalidad que acompaña los mandatos, en poco cuando el estado ha sido bien diseñado y operado, es una artefacto que no hace ruido. No toca levantar el capó para ver dónde está la vibración escandalosa. Desafortunadamente en Colombia a todos nos ha tocado aprender de mecánica. Eso no quiere decir que nuestros pocos pensadores se deban volver redactores de manuales sobre cómo eliminar vibraciones.
Junto con el sentido de inevitabilidad de la política al que hemos aludido va atado el de destino, va la revelación, la intuición, la alianza inexorable, incomprensible pero que se cierne sobre nosotros como una conspiración. El que la ve, un clarividente que comporta el sentido de la desgracia. En las pasadas elecciones alguien se lamentaba de que el candidato Zuluaga fuera el ganador, antes de la fecha de los comicios, porque William Ospina lo había apoyado y un hombre con esa clarividencia táctica no se equivoca en sus presagios lisonjeros. Hay que detenerse para entender la manera del augurio que se inserta en lo inevitable, Zuluaga era el ganador porque Ospina lo habían alabado. Era inevitable, estaba escrito, todo está resuelto de alguna manera y otros lo saben como si tuvieran un contacto antinatural con algo que está más allá. Creo que a esto es a lo que Hanna Arendt llamaba la banalidad del mal; la idea de que en la estupidez hay algo grandioso e insondable, cuando en realidad el mal político es indistinguible de la idiotez. En Colombia el dicho es claro: ‘No, ese no es ningún bobo, lo que es es un hp…’ Resultan ser realidades no excluyentes.

Y cómo no que me he contagiado de la misma estupidez por andar escribiendo sobre estos temas. Debo confesar que ahora mismo que redacto estas líneas he albergado el secreto deseo de ser tomado al fin como un escritor serio: ¡también tengo algo que decir sobre política! Ya no me cabe duda, que me den una columna, o al menos un programa televisivo de entrevistas…a políticos, claro.