El destino de todo texto

El destino de todo texto
Aldous Huxley "Si uno es diferente, está condenado a la soledad"

sábado, 7 de marzo de 2020

Yo, el enano


(Obituario a mi madre en sus 25 años de ausencia)

Yo era un niño de unos cuatro años. Vivíamos entonces en Estados Unidos y quizá lo único que recuerdo con claridad es que hacía un invierno brutalmente frío. Mis padres y yo acabábamos de llegar de una fiesta de fin de año. En los peores inviernos, mi madre me ponía una chaqueta gruesa de gorra puntuda que llevaba una imitación de piel en el borde de la capota que cubría la cabeza. Yo no recuerdo el incidente con claridad; recuerdo momentos…el bombillo del corredor, la casa gélida. El cansancio hacía mella en todos y en noches como esa, mi mamá me ponía en la cama con ropa y chaqueta ante la idea absurda de vestir la piyama. Esa noche, ella misma se acostó con la ropa puesta sin apagar la luz del corredor. Como lo hacía todas las noches, me levanté y caminé hacia el cuarto de mis padres. Me detuve en el umbral de la puerta con la luz pesada del corredor detrás de mí, la capucha aún sobre mi cabeza. La sombra despertó a mi madre, justo en esos momentos en que el sueño se confunde con la realidad y en los que el juicio ha perdido el contexto. 

Su primera percepción entre dormida y despierta fue la silueta de un enano en medio de un chorro de luz. No era su hijo, no era el niño de la chaqueta que acababa de acostar, sino un maldito enano. Yo no recuerdo el grito abismal que ella dice haber soltado. Recuerdo que lloré y que el susto me llevaba a dar pasos hacia su cama y que con cada paso de pavor de mi parte, el grito y su sensación de estar asediada por el enano crecieron. Todo encajaba: la barba desmedida que cubría la cara, el sombrero puntudo, los pasos de asesino pequeño pero despiadado. Mi tamaño era el preciso. Los gritos despertaron a mi padre quien, también confundido y como si tuviera un bate en la mano, preguntó en dónde estaba el enano, con el fin de matarlo rápido y poder volver a dormir. Con cada nuevo incidente yo me movía más hacia la cama y con cada nuevo paso su grito se hacía más desmedido. El momento en que al fin corrí y la abracé, yo también poseído por el pánico, debió congelar su grito desesperado y helarle el corazón. 
En esos breves instantes antes de que el enano se convirtiera de nuevo en su hijo y el bombillo del corredor volviera a ser un bombillo y no una luz espectral, debió sentir el paso toda una vida.

viernes, 14 de febrero de 2020

Tú, yo y el elefante


Siempre que una mujer en Tinder me pregunta a qué me dedico le digo que soy domador de animales de circo. No se me ocurre un oficio peor. El olor a  mierda, la soledad de los animales, esa miseria de la rutina. Un circo es un pueblo que salió a pedir plata y que vive en la calle. Pero decir que uno es domador de animales de circo tiene la ventaja que ya nada de lo que se diga suena tan mal. “Soy escritor”,…bien, se te perdona. No hay preguntas sobre cómo te la ganas, nada parece tan malo como palear la mierda de un elefante. Ni tan desolador.
Recuerdo cuando mi hija estaba pequeña, la llevé a un circo cerca a la casa. Era una de estas cosas en el hielo: “X on ice”. Detrás de la cortina negra de un pequeño "ring" salió el galán de la historia, patinando con la confianza de quien camina. El escenario parecía no ser suficiente para sus figuras. Poco a poco, fue dando vueltas más grandes, a medida que su saludo se iba haciendo más amorfo, hasta que dio un par de giros rituales y cayó del escenario entre la pista de hielo y una baranda de seguridad. Cayó impávido, sin un solo gesto de sorpresa, cayó recto y fue eventualmente sacado del hoyo entero, con la ropa lista para la siguiente función. Al comienzo pensamos todos los presente -infiero el pensamiento colectivo-, que era parte del acto. Pero las genuflexiones de perdón de dos patinadoras que salieron como querubines barrocos y lo rescataron de manera premeditada no daban para creer en nada más que en un accidente usual y un trasiego de alcohol permanente.
Yo soy ese tipo para las usuarias de Tinder. Y las dejo creer por un rato que lo soy. Creo ese encanto y al tiempo me envuelvo en el accidente. No es una imagen falsa. Yo soy ese tipo que patinando en círculos cada vez más grandes cayó por fuera. Todo lo demás es la carpa decadente, el trasiego antes de la función, a la espera de nada. Pero en Tinder no prolongo la mentira por largo rato: sólo quiero conocer la reacción. Es asombroso que luego de la revelación de la falsa profesión, algunas dicen un discreto y lento “interesante”: interesaaanteeee. En otros casos oigo el frenón, la sorpresa. La conversación se detiene. Ella no sabe si seguir, se preguntará si está tan jodida ahora como para salir con un tipo que peina hienas y seca la orina de un poodle que camina en dos patas. Se preguntará si a ello ha llegado, de manera medida y sopesada, porque al fin y al cabo es una oportunidad, y quizá en un manso domador encuentre la ternura desmedida que no le dio su ex-novio el abogado.

Algunas mujeres me han preguntado si en realidad hay maltrato a los animales, si son desdichados. Yo les explico que duermo acurrucado con el elefante. Que no todo es tan malo cuando se tiene un cariño así, enorme. Que la mierda de dos pesa, pero por alguna extraña razón la de uno sólo es una carga mayor. En la miseria de la posibilidad de amar hay consuelo, la llama de una vela que a menudo es más esperanza que la felicidad abierta y completa. Y las mujeres lo saben. Me debo levantar antes que el elefante, eso sí. Siempre hay el riesgo de que el animal se dé la vuelta para el otro lado y que intente abrazarme dormido con sus extremidades sin manos, pesados como el plomo. Que haga dos chasquidos de la boca en su sueño mientras yo me ahogo. Todos lo conocemos, la pesadez del afecto, el apego que no se sabe medir y que mata. Y que preferimos antes que la soledad. Me precio de no saber ningún arte más que esta forma malnacida y diminuta de la conversación, como el beodo patinador que alguna vez soñó con ser una estrella.
Luego todo lo demás en mis conversaciones es una larga metáfora. Muy pronto, luego de la treta, revelo que soy escritor. Pero la imagen obnubilante ya está impresa; me evita la pereza de tener que decir qué escribo, por qué hago lo que hago, de qué diablos vivo -lo cual ni siquiera yo sé-, cuáles son mis malditos temas y mis obsesiones…y esto a enfermeras, "curadoras documentales corporativas", psicoterapeutas de colegio, contadoras y radiólogas. La conversación no puede ser toda sobre la misma broma hostigante, claro. Pero de vez en cuando le recuerdo a ella que soy manso y le pregunto si ella lo es, abordo el tema del concentrado y como es de importante no equivocarse en dar no sólo la porción correcta sino la que es específica a cada criatura, hablamos de la posibilidad que pesa tanto en la vida de volverse un payaso.
Termino pidiéndole a ella que me ayude a palear la mierda de las leonas, a pegarle el cuerno al unicornio de la vieja yegua de Clorox que llevamos de un lado para otro: “¿Serás la persona que me ayude a limpiar la jaula de los elefantes?”. Esa podrías ser tu. Mira qué oportunidad de oro te ofrezco. Y como si se tratara de algo que simplemente no te puedes perder, nadie se ha negado. Todo resuena en risas, todo es aceptación. Hasta ahora ninguna mujer me ha dicho que no a palear montañas de estiércol. Una cosa que poco a poco se aprende es que no solo se debe ofrecer oportunidad. A menudo amamos que nos ofrezcan el oprobio. La vida de miseria al lado del circo no parece tan mala si es compartida. ¿Quién no prefiere la incertidumbre, la aventura y las lágrimas de abono antes que la nada? Ahora somos tres: tu, yo y el elefante.
Me encanta esto de las mujeres. Siempre están a la vuelta de la esquina de ellas mismas, siempre saben entrar en estos juegos. Les es propia la expansión de la intimidad, desde muy jóvenes. Recuerdo a menudo esta idea que leí en El Diario de un seductor de Kierkegaard. Las chicas de un momento a otro nacen formadas, no hay un proceso, no llegan a ser mujeres por medio de una lenta metamorfosis. Salen de un momento a otro de un estado y ya lo pueden todo, se conocen en una intimidad que no es más que la suya propia, distinta a todas las demás y al tiempo idéntica. Monitorean sus vidas como si les estuvieran haciendo una reportería, siempre fuera de sí, observándose y al tiempo viviendo todo intensamente. Los hombres entramos en esos juegos de manera sólo secundaria, nos cuesta hablar de nosotros así; nuestra intimidad es evidente y brutal, como todo lo demás, quizá porque nuestro dilema no es la auto-aceptación sino la culpa. Navegamos el mundo como se nada en un pudin. Llegamos a entender comprendiendo, por medio de complejos bloques de pensamiento. Hablamos de las deposiciones, de la nimiedad de la masturbación, de la mierda en nuestras jaulas, pero no nos entendemos como sujetos de miserias y redención. Yo no soy el elefante que se cagó. Las mujeres siempre saben qué huele mal en sus vidas y cuál es su punto de fuga, la salida de la jaula aunque estén tan atrapadas como nosotros con sus animales de circo.
En esa conversación, hay que ser mujer. Para nosotros los hombres, es un ejercicio, uno de los pocos, en los que hay que dejar ir. En los que está bien dejar ir. No hablo del insufrible cliché de soltar el lado femenino que “todos llevamos por dentro” ni nada por el estilo. Es no ir a ese lugar, es no proponer, ni preguntar nada contundente o interesado, es el juego previo de las palabras que tiene un equivalente en el juego previo al amor. Se trata de un dejar ir contenido. Como somos torpes con los actos, lo somos con los términos. Pregunta como si no te importara, asevera sin esa finalidad. Y ellas me responden siempre sin palabras: date la oportunidad de ser ese domador que siempre quisiste ser.


viernes, 26 de julio de 2019

Un país narrado, pero no leído


 Este escrito apareció originalmente en Arcadia el 22 de mayo de 2015, pero a pesar de no ser dueños de los derechos no está abierto al público. Acá va gratis


(Una idea para estimular la lectura en Colombia)

En Dallas, Texas, si un chico en edad escolar no está leyendo, la ONG Earning by Learning se ofrece a “estimularlo” con dos dólares por libro consumido. De hecho, un estudiante que mejora su rendimiento se puede llevar a casa en un mes no solo la satisfacción del conocimiento sino entre 400 y 1.000 dólares. Según sus proponentes, el programa ha “funcionado”: sus beneficiados han mejorado en lo que los americanos consideran es la comprensión de lectura, por no mencionar que para 2010 ya había convertido en felices “clientes” a 77 mil de ellos.
Estas son cosas de los americanos que aman resolver todo echando mano de la billetera, se dirá. Pero en Colombia no estamos muy lejos, sólo que le hemos puesto más “lúdica” al asunto, para que el soborno tenga un sabor pedagógico. Entre todas las estrategias que se han considerado para estimular la lectura está la de poner al país a leer un libro que se evaluará por preguntas semanales que prometen premios, un absurdo reality que engrosa los números sin lograr crear lectores en un país en el cual el sector público ama las “soluciones”.
Pero nuestra situación en materia de lectura se merece más que una solución. Considérese la disminución de la población lectora de libros. En Colombia, desde el 2010 se muestran cifras que van en caída; las mayores disminuciones se dan en los estratos 0 a 2 que en el período de 2010 a 2012 han perdido 11,2 % de sus lectores y en el estrato 4, la clase media, que en el mismo período se desploma la pasmosa suma de 21,3 puntos porcentuales, pasando de 73,5% de personas que leen libros en 2010 a 52,2% por ciento en 2012. Si bien es cierto que la disminución se ha debido en parte a la existencia de otros medios de lectura posibilitados por plataformas digitales, también se constata una simple tendencia a no leer. La clase media que ha ganado acceso a la educación superior, al parecer ha logrado resistirse a la lectura. Según una investigación adelantada por Colciencias en 2012, el 82% de los universitarios tiene como principal fuente de lectura los apuntes de clase; el 80% (los grupos no son excluyentes) tiene como segunda fuente de lectura lo que deja el profesor –fotocopias, fragmentos de textos- y sólo el 72% de ellos tiene la costumbre de “leer libros”. No alcanza a ser uno de cada tres los que “leen literatura” y aún así la leen ‘para otros’ porque los estudiantes entrevistados coinciden en que es deber del profesor resaltar los pasajes de interés.

¿Por qué hemos llegado a una situación en la cual el estímulo a la lectura se asemeja a una prima laboral, o a un absurdo reality…e incluso en la universidad nos resistimos a la tarea de leer? ¿En qué estamos fallando en nuestros intentos por estimular la lectura, –promoción, incentivación, llámese como se quiera al esfuerzo por acercar lectores a los textos–? Creo que estas preguntas señalan la necesidad de plantearnos una indagación que no nos hemos hecho antes de plantear un programa consistente: ¿Qué papel juega la lectura en nuestras vidas?
Qué sarta de propósitos se han asociado a la lectura…hasta ahora pareciera que una de las mayores preocupaciones nacidas de nuestros índices se refiere a qué tantos libros hemos dejado de comprar. No hay que olvidar que varias de las organizaciones que tienen por objeto estimular la lectura fueron creadas por el sector editorial. Pero no se debe uno engañar, una cosa son los índices de ventas de libros y otra los de lectura; para un país que lee tan poco, Colombia produce y vende una cantidad asombrosa de libros. Prueba de ello es la desproporción que existe entre el tamaño de nuestra industria editorial y nuestra propensión a leer. Mi punto definitivamente va en otra dirección; no hemos pensado el problema del estímulo a la lectura en donde realmente duele…de cara a la educación y el desarrollo personal.
No ha de ser ningún tipo de revelación afirmar que grupos de interés religioso y político le han adjudicado a la lectura la tarea de convertir a un lector en un fiel o en un votante. Bajo esta visión, leer nos hace mejores cristianos o ciudadanos. Es parte de una tradición que asume la lectura como una práctica moralizante, la idea tan común en Colombia de que el saber tiene una misión salvífica. Pero esa idea ha sido funesta no sólo como estrategia pedagógica, sino que es justamente uno de los elementos del desastre; ¿cuántas personas no odian la filosofía o la literatura porque en el colegio un “curita” se las metió por la nariz? Por mi parte no me cabe duda de que no soporto la historia de Colombia por la manera patriotera y cívicamente edificante en que me la tuve que memorizar como si viniese escrita en una moneda. De hecho mi propuesta va en sentido contrario: parte de la premisa de dejar de ver en la lectura algo que mágicamente proyectará en la mente del lector un código moral. La Ilustración de los siglos XVII y XVIII nos entregó esta profecía de manera más bien acrítica y sobre ella se han fundamentado casi todos los programas que enfatizan la deseabilidad del saber: la matemática nos hace más armónicos, la filosofía más éticos y la literatura mejores personas. Pero si algo ha sido falaz es suponer que la corrección de la conducta se sigue de la propensión a leer…o del cultivo del saber. Cualquiera que conozca las cárceles en Colombia verá que ellas están llenas de lectores y “humanistas”. 
Es preciso comenzar a concebir otras funciones que la lectura puede desempeñar en nuestras vidas. No basta que en materia de lectura tengamos la condescendencia de permitir a los niños leer textos que ‘narran sus propias experiencias’. El problema es más complejo; intentamos impulsar una tradición literaria que enfatiza la identidad de la voz propia entre una generación –la así llamada Millenial- que al decir del ensayista George Steiner en su deleitable El Castillo de Barba Azul, prefiere los saberes colectivos que no conducen a establecer una identidad diferenciada. Es por ello que suelen ver en la actividad intelectual fundada en la palabra un código sospechoso e individualizante. La lucha de los Millenials es contra el carácter único, contra tener que llegar al punto de afirmarse. A eso súmesele el general agotamiento en nuestro tiempo de experiencias sobrecogedoras, de programas que quieren montar gente en el vagón. Es tiempo de admitir que la cantidad de experiencias que diseñamos para los deseados lectores simplemente no los tocan.
El premio Nobel de economía Amartya Sen en La Idea de la Justicia y la filósofa Martha Nussbaum en Sin fines de lucro han puesto recientemente sobre la mesa una serie de ideas que mucho tienen que decir acá. Sitúan el estímulo a la lectura en el plano de un problema más amplio: el de las capacidades. No se trata de entender la lectura sólo como una destreza. En efecto, entienden por habilidad no el manido concepto de “skill”, refrito sin crítica por el Ministerio de Educación como “competencia”, sino algo mucho más comprensivo; no la gama de potencialidades que hacen que una persona termine por hacer realmente lo que termina por hacer, sino aquellas que la abren a todo lo que es capaz de hacer, elija o no aprovechar esa oportunidad. Así, el cultivo de una capacidad conduce a preparar a un individuo para la vida que puede vivir, no solo para la que le tocó vivir.
Por un momento concíbase le lectura como una capacidad en este sentido. El libro le permite al lector digerir experiencias que nunca tuvo o podrá tener, ser tocado por vidas de las que nunca será su poseedor. Esa potencialidad que nos abre a realidades no vividas no se limita a ser enriquecedor en un plano personal, sino que tiene una dimensión política ya que hace que el acto de leer se asemeje a un derecho. En efecto, los derechos versan sobre el espectro de lo posible en nuestras vidas. Aprender a leer en esta perspectiva es educar para la democracia según la bella reflexión de Nussbaum. La experiencia misma de leer, lo que sucede en la práctica del lector a medida que avanza por un texto, es importante porque es lo que mejor emula la vida: 
«¿Qué le sucede a un lector a medida que lee? ¿Cómo diversas obras le dan forma a su deseo e imaginación nutriendo durante el tiempo gastado en la lectura misma una vida que es o bien rica o empobrecida, complejamente centrada o negligente, con forma o amorfa, amorosa o fría?» pregunta Nussbaum. 
Lo inadecuado de la experiencia tejana es que hace de la lectura una práctica corta en el sentido de las potencialidades; pagar por desplegar una capacidad es totalizar sólo una faceta de nuestra existencia. Nos pagan una prima en el trabajo, pero no tiene sentido que nos paguen por jugar, por ejemplo. No queremos crear lectores incapaces de ver su actividad como un fin en sí mismo, no queremos formar lectores a cualquier precio. 
El enfoque de las capacidades implica también, en ese orden, que no se estimula la lectura para cosa alguna. Podremos incitar capacidades que nunca se llegarán a ejercitar o a necesitar. Uno de los altos precios que se paga luego de años de educación técnica es que habilidades que no son conducentes a mejorar una “competencia” específica perecen. No sorprende que la capacidad de leer haya sido la primera decapitada; de ella no ha de esperarse un punto en el PIB. Deseamos mejores lectores porque preferimos, como me fue señalado por Claudia Rodríguez de Fundalectura, contar con ciudadanos capaces de decir lo que quieren decir en el momento en que lo quieren decir y de la manera en que lo quieren decir. Y en efecto, la necesidad de leer debe poder afirmarse como un fin; el poeta ruso Joseph Brodsky, premio Nobel de literatura, decía que si el lenguaje es lo que nos distingue de las demás especies y si la literatura es un tipo de lenguaje muy especial, nuestro ejercicio como escritores y como lectores no es un hobbie casual, sino un fin de la especie.
¿Irremediablemente romántico? Vivimos en épocas en las que todo lo que no está diseñado como solución lo es. Pero hágase la pregunta del filósofo Alasdair MacIntyre, que viene totalmente al caso: ¿en qué mundo preferiría vivir? ¿En uno en que una persona que así lo desee puede acceder a las altas esferas de la cultura por medio de los instrumentos que la humanidad ha ideado para ello o uno en la que esto no es posible porque las potencialidades necesarias para ello se han obliterado?
Al poner la lectura en el plano de la dignidad humana, se dirá, no solo la hemos puesto en un plano discutible, la hemos convertido en algo  inalcanzable. ¿Cómo logramos que los lectores quieran recorrer ese camino, si vivir una vida digna no es obligatorio? Y en efecto no lo es; ser lector no tiene obligatoriedad. Pero no por ello no es altamente posible o deseable. He acá el punto nuclear: no lograremos como sociedad acercar lectores a los textos hasta que no hayamos incorporado en nuestras vidas al lector como un modelo que se despliega en el espectro de nuestras posibilidades.
Si algo se hace patente en Colombia es que en materia de acceso a los libros, hemos andado un camino enorme. Un niño que quiera tener un libro en sus manos, así sea a través de un préstamo bibliotecario en un rincón apartado, tiene un alto chance de que así sea. Examínese la juiciosa reflexión del historiador Jorge Orlando Melo sobre las bibliotecas públicas. El siguiente reto es que lo abra, y en ello hemos avanzado poco. Colombia sigue siendo un país que si bien se ha narrado, no se ha leído. Muchas sociedades cuentan el tener lectores como un patrimonio trabajado. Pero también se ha logrado esta reivindicación de una manera indirecta, al reconocer y promover figuras respetables que son lectores. Considérese si los geeks de The Big Bang Theory no han hecho más por reivindicar la respetabilidad de la figura del que estudia que toda una campaña de, digamos, futbolistas recitando versos. Los niños no son tontos; la adecuación de las figuras que elijamos como lectores respetables implica que escojamos personas que han desplegado su potencial como lectores. En Colombia carecemos de tales modelos y no estamos conscientes del vínculo entre ellos y el cultivo de algunas capacidades.  
Este punto me parece crucial; estimular la lectura tiene que ver con crear un ambiente amigable para los nichos emotivos que la hacen posible; la introversión, el gusto ecléctico. El amor a la lectura es tan incomprensible para algunos niños, que según testimonio de maestros de escuela de Antioquia que reuní hace dos años, es común decir que la lectura enloquece. En algunos casos estamos hablando de largas tradiciones que ven en la lectura una desusada excentricidad. Si esas tradiciones son inexpugnables, los modelos de lectores tendrán que elegirlas a ellas: si leer enloquece, quizá convenga un poco de locura en nuestras vidas.