El destino de todo texto

El destino de todo texto
Depósito abandonado de libros; Detroit, Michigan

martes, 13 de enero de 2009

El éxito de las malas ironías...'Sin pene no hay Gloria'

El origen de la amada Mondá, por increíble que pueda sonar...
(Tomado del libro del autor 'Sin pene no hay Gloria', quien amablemente nos ha cedido este pasaje)

Otro afrancesado señorito acaba de llegar de París, con su esposa, criados y sobrina. Hace un calor infernar en el puerto de Cartagena. El bergantín goleta que los trajo ya ha atracado en muelle seguro y está esperando a ser descargado. El señorito, y las dos mujeres, se han bajado. Las edades de las mujeres no son muy disímiles, rondan entre los dieciocho y los veintiún años. El calor realmente es insoportable. Él se ha parado en el borde del agua, impaciente y expectante a ver si el encargado de los esclavos para la descarga ya está enterado de su arribo y si está en la tarea de movilizar a su cohorte de negros. Agita ocasionalmente un pañuelo blanco, como queriendo hacer que el aire circule, el mismo con el cual se seca la frente y en ciertos momentos, en que llegan aires nauseabundos, se tapa la boca. Mira en todas las direcciones. Las mujeres, aburridas, se han quedado en la escalerilla que da acceso a la nave. Agitan sus abanicos de delicadas tallas de madera, a la espera de nada. Al fin, luego de un aguardo exasperante, llegan los negros cargueros. El señorito y el negrero discuten, pero al fin ultiman los detalles del servicio. Como es costumbre en la ciudad de Indias, los cargadores van completamente desnudos. Al subir por la escalera, las mujeres no los notan, como suele pasar con la servidumbre, pero al bajar cargados, con enormes baúles llenos de los más delicados y pesados objetos, es imposible ignorarlos. Llevan la carga en lo alto, sobre la cabeza, dejando los enormes penes negros expuesto, evidentes en toda su exhuberancia y brutalidad, como si la misma serpiente del paraíso se hubiera asomado entre el follaje. Ante la criatura, las dos mujeres se muestran estupefactas. Se han dejado de abanicar aunque aún se tapan la boca abierta con el delicado país de tela extendido. Casi al unísono exclaman “Mon Dieu”, —“Dios mío”—, y por primera vez en muchos días, sueltan dos inocentes y pícaras risitas. El carguero se detiene por un momento. Oye la palabra, la memoriza pero no la entiende. El señorito, que no sabe bien qué está pasando, arquea una ceja y mira a las mujeres, quienes fingen estar absortas en sus propios asuntos. También él nota la serpiente, pero se limita a taparse la boca, como con las demás inmundicias. Ellas, por su parte, nunca han visto un espécimen de esas proporciones; las “vergas” de París, aunque más refinadas, empolvadas y observadoras de intrincados códigos sociales y genuflexiones no alcanzan a provocar la admiración aspirada. Cada vez que pasa el mismo hombre, cuyo nombre no conocen ni conocerán, exclaman pertérritas, “Mon Dieu”, “Mon Dieu”, ¡“Mon Dieu”! Horas después, en algún oscuro palenque de la ciudad, lejos de las francesas, del señorito, de los muelles, el carguero se dispone para la noche. Antes de echarse en la hamaca junto a la negra, recuerda la extraña expresión de las damas, pero por algún motivo no es capaz de repetirla. Lo intenta, hasta que al fin, mirándose en la entrepierna, como el Coronel, se siente puro, explícito, invencible, en el momento de pronunciar por primera vez el neologismo: “mondá”. La negra, en silencio sonríe y repite, como diciendo un nombre propio, “Mondá”.

2 comentarios:

  1. Este escrito es realmente emocionante... por la hermosura de la historia y por lo bien escrito.


    Felicitaciones.

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  2. Uno se pone a mirar y vé, ahora si relaciono las bondades del miembro con la grandeza de Dios.

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