El destino de todo texto

El destino de todo texto
G.K. Chesterton

martes, 13 de enero de 2009

Este es mi primer escrito, descubro con terror que ya tiene diez años. Pero las Lladró no han dejado de ser repugnantes...


LLADRÓ



Tuve la desgracia de crecer rodeado de esas figuras oblongas que todos conocemos y que se llaman porcelanas de Lladró. Recuerdo que mi madre las atesoraba como una especie de trofeos de las batallas entre las amas de casa por el status quo, trofeos que evidentemente iban a dar a las únicas pequeñas panoplias de guerra que tienen las casa de familia -la sala. Constituían un símbolo de poder durante las visitas de las tías, de los vecinos, de los familiares ricos (que ya tenían ese modelo) y de los familiares pobres (que aún no lo tenían). No puedo olvidar esas visitas interminables, en la casa propia o en la de otros (todo el mundo tenía Lladró en los años 70), durante las cuales miraba horas enteras esas caras, todas similares, acumulando polvo mezclado con esa especie de suciedad que sueltan las manos y que no cae sino con agua y jabón. En realidad siempre las odié. Nunca comprendí por qué le causaban tanta sensación a mi madre. Yo las consideraba como simples recolectores de polvo. Recuerdo viajes interminables durante los cuales no se me permitía sentarme encima de la maleta en los aeropuertos porque adentro venía una señorita con unos cisnes o un médico gigante con gafas de John Lenon envuelto en una cantidad de cobijas para que no se le rompieran los detalles. Me imaginaba al desgraciado médico sonriendo (lo cual no era su pose natural), calientico, metido en la maleta muy cómodo mientras que yo tenía que hacer guardia de pie.



Los detalles. La mayoría de las Lladró tienen la portentosa propiedad de tener la misma cara, así sea un leñador o una doncella. La cara alargada y brillante con ojos ligeramente achinados y hacia arriba seguramente indicando algún triunfo remoto de los europeos que le robaron a los chinos el secreto de la porcelana. Dicen los expertos que los modelos originales son esculpidos por gente que sabe de arte y que enseña en alguna universidad española (la de Valencia si no estoy mal). ¿Cómo adiestraron a todos estos sabios del arte para que esculpieran la misma cara en todos los modelos? Quizá todos vienen de una escuela en la cual el hombre es concebido como un ser genérico. Un leñador es en esencia lo mismo que un médico o una doncella con cisnes. Sólo somos distintos en algunos detalles mínimos: todos somos uno -E Pluribus Unum-. Quizá el problema sea simplemente que tienen un solo molde para las cabezas y esa cabeza se la pegan a cualquier cuerpo. No sé. En todo caso, el gesto de la cara es insoportable. No es de alegría pero tampoco es de melancolía. No es de placer extático pero tampoco de dolor. No es un gesto sublime pero tampoco es totalmente terrenal. Creo que la única apelación justa que le cabe al gesto de las Lladró es 'antipatía'. Antipatía con el dueño, con la señora de la visita, con cualquiera. La mejor prueba de mi argumento de la antipatía la constituye una propiedad que escapa a la mayoría de quienes conocen estas figuras: a diferencia de algunos retratos famosos que parecen seguirlo a uno con la mirada, las Lladró siempre parecen eludir la mirada. Nunca lo siguen a uno con los ojos. O quizá sí lo hagan pero sólo cuando uno no las está mirando. ¿Por qué esta propiedad de las Lladró? ?Por qué el fabricante parece haberse esmerado en algo tan odioso? Porque las porcelanas, todas ellas, están fingiendo una actividad. La señorita de los cisnes finge estar disfrutando de un día de campo y de un río inexistente al cual ya va a llegar para cumplir con el deber sagrado de llevar a esos pobres cisnes al agua, el leñador finge estar cansado, el tramposo de las cartas finge estar haciendo trampa y el médico finge estar en consulta (¿cómo se puede fingir estar en consulta si los médicos siempre lo fingen y como tal esta es su actitud normal? Confróntese al médico de las gafas de John Lenon y se tendrá la respuesta). En todo caso fingen actividades nobles, pero en realidad el fondo del gesto es algo impersonal, frío, casi un estigma de una pose internacional. Motivos sacados de una obra romántica genérica, ideal, que no se ha escrito y que sería la obra romántica per se. Algo similar a lo que hacen los niños en los colegios cuando representan en el Ballet el Lago de los cisnes. No hacen su gesto (s) de una manera propia, auténtica, sólo esperan que termine la obra para que alguien les diga ¡Qué Belleza! ¡Qué Perfección!. El gesto está concebido siempre hacia afuera, a pesar de la pantomima de individualidad. Lo mismo con las Lladró. Están ahí a la espera de que alguien venga y alabe el gesto (¡ojalá no las toque!) ¡Qué perfección en esos deditos! ¡Y mírale la cara, qué cara! ¡Mira al monje místico, está rezando! etc... Si las figuritas de Lladró pudieran mirar, mirarían de reojo inadvertidamente para ver qué tan sincero es el panegírico que les están componiendo.



Los deditos. Casi se me olvida ese detalle que tanto da para hablar. El gesto de los deditos de Lladró, al igual que el de la cara, es siempre el mismo. El pulgar está volando mientras que el dedo índice y el meñique están levantados. Los dos dedos restantes están muy pegados y siempre hacia abajo. Se trata de un gesto que finge -de nuevo- una delicadeza casi sensual, un movimiento inexistente el cual si tuviera música indudablemente estaríamos hablando de las campanitas del Ballet El Cascanueces. Claro, figuras como el leñador y el médico no pueden tener esos deditos, a costa de haber quedado como unas figuras andróginas. Imagínese por ejemplo al leñador cortando leña con los deditos meñique e índice en el aire, o al médico desvistiendo a sus pacientes sólo con los dos dedos de en medio. Hubiera sido muy atrevido. Sin embargo, a pesar del esfuerzo del fabricante los motivos sufren de un afeminamiento general -quizá esto sea el resultado de ese carácter genérico que señalábamos más arriba. Para subsanar el problema, Lladró imaginó al médico y al leñador en estados de inactividad; el médico está esperando a que su paciente se desvista, el leñador está tomando un descanso. Pero es seguro que al volver a sus oficios todos tendrán la mano en forma de mariposa. El afeminamiento es el precio de la uniformidad y no sólo en las cerámicas de Lladró.



Quizá por esto siempre he pensado que estas pequeñas piezas de colección popular sólo se verían bien en un palacete del siglo XVIII o en una especie de Versalles entre los cortesanos -también ellos afeminados. Muchos de los felices propietarios de una Lladró están concientes de esta desgracia del estilo y de la fortuna y antes de sacar las cerámicas para reemplazarlas por una decoración más humilde de acuerdo con los parámetros de su propia casa, deciden volver su casa un pequeño Versalles, claro, también él un Versalles apócrifo. Entre los muebles Luis XV, las lámparas neo- cubistas, un poco Bauhaus compradas en un almacén de cadena y el tapete persa sale a relucir de una manera verdaderamente tocante el grandioso estilo Lladró. Que el mal gusto, la insinceridad y el eclecticismo, al igual que una enfermedad eruptiva, son especialmente contagiosas en sus etapas iniciales.



Quizá el único momento verdaderamente feliz en la vida de una cerámica Lladró sea el momento de su muerte. Esta instantánea liberación del gesto apócrifo puede ser visto nada menos que como un descanso merecido para la pieza en la agonía eterna de una pose. Los niños con sus juegos son quienes por lo general se encargan de cumplir con esta sentencia que pende sobre todo objeto rompible. Debo confesar que en mi infancia liberé a varias de estas figuras de su detestable contorsión. Sólo siento verdadera lástima por aquellas que sobrevivieron la prueba y para las cuales bastaron la macilla y el pegante super-adhesivo para volver a su estado inicial. Por las demás, ahora que los regaños han quedado en el pasado de una infancia remota, no puedo más que sentir alivio.


ROBERTO PALACIO F.
28 de junio de 1999

2 comentarios:

  1. Hace ya algunos años, caminaba por el centro de Madrid tomado de la mano de mi novia, recien conocida por aquellos días.

    De repente llamó nuestra atención un curioso objeto que se deplegaba larga y aparatosamente dentro de una elegante tienda. Era, nada menos y nada más, que una linda escena de la famosa historia infantil "La Cenicienta". Obviamente la vitrina pertenecia a la concida casa Lladró, originaria de Valencia, como bien menciona Roberto.

    Paso a describirla ya que considero importante el detalle: De una gigantesca calabaza montada sobre cuatro ruedas de carroza, iba descendiendo la bella Cenicienta. El grupo de corceles que debería venir halando el carruaje estaba en ese momento comenzando su transmutación animal y algunos ya eran pequeños ratones mientras otros mantenian una altivez y un brio que solo podía ser producto del terror que les producían los pequeños ratones. En fin, una verdadera situación Lladró.

    Que cosa mas inmunda. Mi novia y yo quedamos con esa imagen pegada, grabada con fuego, en nuestras tiernas retinas.

    Me pregunto si alguna mamá compró jamás esa en particular, pues como si fuera poco media algo así como metro y medio de largo. En todo caso no creo que ningún niño se haya podido ver afectado en el respectivo caso maleta de pie. Por otro lado, ¿A quién es él que se le ocurre pagar doce mil euros, por aquel entonces a tres mil pesos, para obtener ese adefecio? ¿Y donde diablos es que lo piensa poner?

    Concuerdo en todo con el artículo y solo me resta decir que Lladró debería ser eliminado de las cosas que la gente tiene derecho a comprar. Y no es por ser facho. Es solo que debería haber normas para el buen gusto y límites para el derroche absurdo.

    ResponderEliminar
  2. En efecto, el lector da en un punto clave del que quizá no había yo tomado plena conciencia; Lladró atesora momentos...

    ResponderEliminar