El destino de todo texto

El destino de todo texto
Depósito abandonado de libros; Detroit, Michigan

sábado, 26 de marzo de 2011

En realidad no hacía falta añadir ciudades a las de Italo Calvino en sus Ciudades Invisible, pero fue un placer describir algunas de las mías...

Las Ciudades que le faltaron a Calvino


Dakala Sud, callejón de los músicos

En Dakala Sud, nombre apropiado por sus eufónicas referencias y por su sonoridad percutiva, siempre las banderas ondean hacia el horizonte y en los atardeceres pareciera por su longitud que persiguen al Sol en su declive. Cada bandera señala el lugar de un grupo de músicos, a veces de un solitario gendarme que se defiende con una guitarra o con un violín, nunca vocalistas porque la gente que frecuenta Dakala Sud solo ama la música de los instrumentos y considera la de las palabras otro arte que no osan confundir. Tampoco es su costumbre sentarse a observar a los músicos; muchos de ellos están ocultos de tal manera que las melodías de mares lejanos, de tierras desconocidas como las especias y el azafrán son dejadas libres para que los aires frescos de la noche las traigan y las lleven como el caprichoso ondear de los lienzos y de las llamas que saludan el cielo oscuro y desnudo. En Dakala Sud, piensa la gente, el extraño e incómodo momento en el que la gente se acerca a un músico rompe la magia poética de las frases musicales, y lo expone a la vergüenza. Quien frecuente la plaza nunca ve a los intérpretes; sabe que su viaje pasa por las luminarias del inconsciente, por la garita de los recuerdos. Sus habitantes gustan más bien de asociar la música con los olores, los únicos dos sentidos humanos, dicen, que exponen a quien los experimenta a una sensación inmediata, traída de otras épocas aunque diferente a ellas en esencia y en poderío. En Dakala Sud se dice también que la música no es del todo humana porque dice cosas pero no con palabras.



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La Caprit Diccar de lapislázuli

¿Qué cuánto llevo acá? En realidad toda mi vida, mirando al horizonte a Caprit Diccar, la ciudad del resplandor de lapislázuli. Es una extrañeza científica que no entienden sus habitantes, en ella nada es realmente azul, pero cuando se mira a la distancia, especialmente en los días de las tormentas de aíre, parece brillar como el cielo. Hace mucho los científicos vinieron a Caprit Diccar y montaron por la plaza y por las garitas sus complejos aparatos de medición sensibles a la altura y a la cercanía. Se fueron sin decir una sola palabra y no han regresado desde entonces. La gente de Caprit Diccar ignora si han resulto el misterio del azul de su ciudad. Tal vez los colores de la ciudad a la distancia absorben todos los reflejos probables menos los del azul, y en la cercanía absorben solo el azul, el color más común en la tierra. Dicen que los colores son etiquetas en los ojos del que observa. No saben, pero como yo, otros vienen siempre a las colinas en los atardeceres del solsticio y del equinoxio a observar el azul que, según dicen, es saludable para sus ojos y que extrañan con pasión.



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La elusiva Lunfardi di Ori

Nunca he hablado con alguien que haya visto en realidad a la Lunfardi di Ori, como la llaman los libros. Algunos viajeros en noches especialmente claras traen noticias vociferantes y alarmadas de la lejanía de sus luces, de la forma en que parecen titilar, amarillas como el iodo, trémulas en el aire y la distancia. Cuando quieren acercarse, pareciera que la ciudad se aleja, hasta que caminando en dirección a ella eventualmente desaparece. En la época de mi bisabuelo se contaban historias de hombres que habían llegado a ella evitándola, rodeándola en los mapas, pero ningún método único e infalible había para encontrarla aún así. Sólo sus luces rumoran de su vida, de sus movimientos que se perciben a la distancia, de sus gentes de los que se dice que aún llevan pesado calzado de madera y también odian ser descubiertos por expedicionarios, aunque reciben con legítima preocupación a los accidentados. Tal vez la Lunfardi di Ori sea una ciudad cuyos habitantes aprendieron a mover constantemente, quizá hay un loco juego de luces y de distancias y de triángulos en el cielo para que la veamos empequeñecer con la cercanía. Ya otros han perdido sus naves en el mar o sus aviones por gigantescas resplandecencias que se ven claras a través del agua en lugares en las que no tendría que haber siquiera una vegetación errabunda. En tierra, sin embargo, no sabíamos de ciudades que se movían al capricho de su elusión.



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Berqueñón

Le hermosa Berqueñón no es más que musgo y árboles antiguos y extraños parajes abiertos que toman al viajero por sorpresa. Su encanto es su imprevisibilidad; se la camina sin saber su forma, por días. Es creativo el habitante o el visitante que descubre nuevos caminos y los comunica a los demás; los caminos que no han sido recorridos antes son la medida misma del ingenio del hombre en Berqueñón. Quien la recorre tarda un tiempo en comprender que está en una ciudad y no en un bosque antiguo. O considéreselo de esta manera: la ciudad es el viejo bosque fabricado con paciencia por los años y por generaciones de habitantes. Tienen estos una extraña manera de aparecer entre las hojas y el follaje cuando alguien quiere contar una nueva historia sobre un claro del bosque, cuando ha logrado salvar una enmarañada res de lianas que llevan a algún lugar. Pero si se buscan, siempre se los ha de encontrar en los parajes más lejanos, en los recodos del campo entregados al duro trabajo, con la bikkara al hombro, resguardados del viento que les parte la piel como un horno inclemente y constante.



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Las Mujeres de Dassa

En Dassa el mayor placer que puede experimentar el habitante es salir temprano de la ciudad, cuando las hojas aún están duras y casi quebradizas por el frío, cuando no ha despertado el bullicio de luces grises y barro de los mercados de pescado, y mientras la amante permanece en el lecho aún con el sabor del amor del viajero en los labios. Las mujeres de Dassa son hermosas; su espeso pelo negro les cubre parte de la espalda como una manta, y toca delicadamente sus senos cuando están desnudas. Tienen una forma de caminar que parece haber moldeado las estrechas calles de la ciudad misma, que llevan un ir y venir enmarañado pero nunca desesperante. En Dassa nunca siente el viajero haber estado dos veces en el mismo lugar, y todo parece tener el mismo importe, la misma calidad. Todas sus plazas arremedan estar perdidas y poco frecuentadas, lo cual hace pensar al paseante que esa plaza es su plaza, que él la ha conquistado y descubierto y que sólo él como visitante llega allí. Los habitantes de Dassa, saben que no es así y se ríen en silencio. Se dice que ningún viajero ha amado dos veces a la misma mujer en Dassa.



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Furi, el metal y las máquinas

El que se va acercando a Furi no lo puede evitar: se preguntará una y otra vez si el ruido de las máquinas distantes no es exagerado para estar tan lejos. Chirridos metálicos, a veces crujientes y rompedizos inundan como una advertencia las lomas de barro descendente que llevan hasta la ciudad minera de Furi. El viajero llegará a ella como en una pesadilla, descendiendo un paso decidido a la vez. Dicen que de su corazón nacen piedras que brillan como los errantes del cielo, y sus montañas lodosas son del oro más puro, pero en Furi todo es del mismo color ocre y pálido, incluso los rostros de sus habitantes, los recios mineros que la conquistaron a costa de sus vidas hace más generaciones de las que pueden contar. Sus comidas son como el impenetrable barro que pisan y en el que viven. Mineros de manos como la piedra se sientan frente a ollas humeantes bajo la lluvia inclemente y en silencio sorben los espesos potajes que los mantienen con vida para descender una vez más. En Furi nada se terminó excepto las minas; las paredes aguardan, las casas en donde en las noches de silencio de las máquinas criaturas enfermas lloran el dolor de la niñez, escalan hacia el cielo apenas un piso y medio, siempre proyectadas, como si hubiera existido para todos una época de sueños y esperanzas que nunca se cumplió. Furi aún no ha soltado ni sus rubíes más traslúcidos, un sus lingotes incargables, ni sus más delicadas esmeraldas que nunca se dejaron tocar por el nitrógeno. Pero el ruido de las máquinas no aguarda ni un solo día.



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El puerto de Atrachón

Atrachón es un enorme puerto, nada más que eso, un solo puerto garrafal y desolado. Siempre da la impresión de estar regido por el amanecer o por el alba y sus habitantes parecieran parte necesaria pero prescindible de un cuadro que se va pintando. En Atrachón el viajero sentirá una inconmensurable soledad; cada atracadero se yergue sobre el mar, a veces por kilómetros. Algunos dan la impresión de no haber sido tocados nunca por barco alguno y es inevitable que tarde o temprano el paseante se pregunte si las plataformas de Atrachón fueron construidos por hombres o por dioses que no sabían el tamaño ni el propósito de su obra. En cada uno de sus rincones se siente ese letargo pesado que golpea en las entrañas al irrumpir en un sitio gigantesco y solitario. Atrachón sería un paraje perfecto para los encuentros furtivos del amor, pero por su constitución, casi nunca dos habitantes o un viajero y un habitante se cruzan.



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Las aguas y las ruinas de Ishtahar la Vieja

Hay en Ishtahar la Vieja un delicado retroceso de las aguas que sus habitantes llaman el Tashani. No es de explicar, pero toda el agua que se deja fluir de un recipiente, de una bañera o de un lago forma delicados vericuetos y canales que apuntan al sitio en la que fue liberada, como si no quisiera abandonar la ciudad y fuera propia de ese lugar. Hay en su centro siete cúpulas redondas coronadas por una rosa de las aguas, como la llaman sus habitantes; nosotros la llamamos la de los vientos. Creen estos que la dirección del agua señala sitios claves de la geografía y que liberar cuerpos de agua, incluso en el mar, puede apuntar hacia un destino. En Ishtahar la Vieja, la de los misterios, las ruinas son cuidadosas y metódicas. Algunos dicen que es un efecto del extraño comportamiento del agua, pero lo que se derrumba por efecto del tiempo cae en patrones perfectos, matemáticos. Hace miles de años los habitantes de Ishtahar sabían por experiencia dónde se comenzaría a derruir una vieja casa, y tomaban medidas con anticipación, pero no lo habían cuantificado. Descubrieron después que correspondía a series matemáticas en las que el siguiente número se formaba por la adición de los dos anteriores que lo precedían en la serie: 0,1,1,2,3,5,8,13….De un muro, caería el primer ladrillo, y si este se reemplazaba, caería también, antes del segundo; luego el tercero, el quinto y así.

Roberto Palacio

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