El destino de todo texto

El destino de todo texto
G.K. Chesterton

viernes, 27 de junio de 2014

Mild Naruhito o el barco más grande que puede navegar por el Nilo


(Un recuerdo de cuando el autor conoció al heredero del Imperio del Sol Naciente)

Para cuando conocí al heredero del Imperio, en 1993, o tal vez en 1994, había pasado unas tres semanas en el New Otani Hotel de Tokio fumando. Había tenido la fortuna de ganarme una Beca JAICA sin consultar una sola vez la página del Icetex, un programa del gobierno nipón para que desventurados sin ningún futuro económico pudieran viajar a las antípodas. Yo clasificaba. Fue así como luego de un viaje de 14 horas sobre el Polo Norte desembarqué en Narita International Airport preguntándome qué había hecho yo para estar ahí.


Mild Seven; tubitos blanquecinos de actitud y felicidad
Los japoneses acostumbraban salir tarde en la noche de sus lugares de trabajo y antes de viajar dos o tres horas en un tren muerto y silencioso atiborrado de publicidad pornográfica a sus diminutos dormitorios se bajaban una botella de bourbon para sentir por unos instantes la magnificencia del samurai. Mi bourbon eran los Mild Seven, los cigarrillos más deliciosos que se hayan enrollado jamás, blanquecinos tubitos de actitud y felicidad.

Fumando recorría la ciudad llena de recovecos que parecían armados por un niño muy sabio y juicioso educado en la China. Un vómito casi convulsivo que me atacó los primeros días me enseñó que no podía comer en cualquier parte en que me detuviera. Los japoneses acostumbran poner deleitables imitaciones de plástico de los platos que sirve el restaurante en las vitrinas y ha de admitirse que el plato servido se le asemejaba casi siempre. Pero pronto descubrí que invariablemente a la segunda o tercera cucharada cuando uno ya ha dicho que la advertencia sobre la comida oriental es un mito inventado por la gente que no sabe comer, irrumpe ese sabor entre mentolado y agresivamente fresco del guasabe cuyo analogía más favorable es la de un pescado descompuesto lleno de clavos de olor que como un muñeco de vudú es arrastrado por el piso de un consultorio odontológico. Y sale prendiéndole fuego al intestino bajo, como un camicaz que ya no tiene nada que perder. No entiendo cómo hay gente que lo pide con aire de gourmet: “Más guasabe mi buen hombre, no escatime…a ver…”. 

Me gustaba entregarme  al metro, dejarme llevar a lo largo de una hilera de estaciones que eran cantadas por lo que imaginaba como una muñequita de Manga lasciva: ‘Acasaka Mitsuke’, ‘Ropongi’. Bastaba aprenderse el nombre de la de origen; bueno, «bastaba» suena tan factible… Emergía en rincones de la ciudad en esencia similares a todos los demás pero con pequeñas variaciones gracias a su uso: el distrito de las flores, el de los anticuarios, el de los vertederos de basura que en Tokio son una especie de colección surrealista de cuadros de de Chirico. Se me ha olvidado el nombre del distrito botadero, pero era como una especie de ‘Day After’, intacto, sin humanos, lleno de carros parqueados a lado y lado de las calles casi nuevos de los cuales sus dueños salieron tan rápidamente que algunos dejaron la puerta abierta en lo que parecía la huida de una persecución alienígena. Mejor de Godzilla…sí. Otros habían atado a los postes motocicletas que pretendían abandonar con la esperanza de que nadie advirtiera el abandono, lo cual es ilegal  pero más económico que llamar al camión de la basura para que recoja un carro de tres años de uso.

Al final de la cuadra, dominando ‘The Day After’, como el templo de la deidad del despilfarro, sobre un lote con piso de tierra se levantaba una montaña de televisores nuevos, una pirámide hecha de bloques de plástico negro. Me paré frente al absurdo cerro y luego de observarlo absorto por un rato levanté los brazos con las manos encocadas como garras, y lleno de poder como Ronnie James Dio en el video de ‘Holy Diver’ le comandé a todos los receptores que se encendieran al tiempo. No se movió un solo cable. Caminé por el lugar, tocando pedazos de electrodomésticos con la punta de los pies, merodeando. No importaba estar allí, ni un alma vi en todo ese tiempo que deambulé. Después me dijeron que era frecuentado por turistas y residentes europeos que recuperaban mercancía en perfecto estado: indigencia europea, pensé, ¡qué lujos había en este país!


"...comandé a todos los receptores que se encendieran al tiempo"
No estaba yo haciendo mucho más que vagar, indigestarme y cancerizarme cuando llegó el anuncio de la visita al palacio real. No la esperaba, de hecho no tenía mucha claridad que los organizadores de JAICA la hubieran programado y en mi jerarquía de cosas, no hubiera sido algo que me generara la más mínima expectativa.

Esa mañana me subí a un pequeño busecito en el que las sillas eran escualizables y podía uno darles un giro completo. Fue inevitable quedar de cara a otros colombianos que habían sido invitados por el programa. Como siempre que se hace una convocatoria de lo «más representativo de la juventud colombiana» había de todo, menos lo más representativo de la juventud colombiana. Adelante iba un grupo de bogotanos de estrato 6 ó 16 ó 226 quienes me saludaron con frialdad y en el que todos parecían conocerse; hablaban de cambiar su pasaje de regreso para ‘darse una pasadita’ por Indonesia. Más adentro había un grupo de personas de la costa Atlántica de Colombia, seguramente también de lo más exquisito de su mundo, una mujer con bigote que curiosamente tenía nombre colombo-japonés Yusemi  ó Yukemi y recuerdo haber pensado que su pecado no consistía en no ser representativa sino en ya no pertenecer a la juventud colombiana. En la parte de atrás asistían algunos dignatarios de la clase media; Rodrigo, un periodista que cuyo equipaje iba aumentando cada noche gracias a las existencias de toallas y sábanas que robaba y Hernando, un estudiante de medicina de la Universidad Nacional que estuvo a punta de que le cancelaran la matrícula por haber propuesto un proyecto de investigación como requisito de grado. Me senté al lado del médico; no paró de hablar.

Mientras recorría la ciudad arrullado por una voz que parecía practicar  la consulta, nos fuimos acercando al Palacio Imperial. Comenzaba el invierno y ya las ramas de los viejos pinos que rodeaban la gigantesca edificación blanca, que a pesar de su tamaño persistía en la fisionomía de una casa, habían sido delicadamente forrados en esterilla para protegerlos del frío y apoyadas en horquetas. Me pregunté cómo estas mismas gentes llenas de arrepentimiento matan ballenas en el pacífico norte.

El perímetro del Palacio era descomunal; ese complejo al cual entraba me lo había topado cien veces en mis caminatas y en mi cabeza se denominaba “la reja verde que no deja pasar”: en mi ciudad también las había, estorbando, tiradas justo en la mitad de los pasos como si al niño chino se le hubiera caído un cubo en la mitad del corredor; el Cantón Norte, el Country Club. Ahora yo llegaba como invitado especial al interior de la reja verde. Una vez adentro, me extrañó que nos hicieran entrar por lo que me pareció entonces la puerta de la cocina.

Adentro, nada era como me lo imaginaba. La enorme edificación conservaba las proporciones de una casa acogedora. Comenzamos a pasar en fila de una habitación a otra, encabezados por un guía japonés que actuaba como si el llegar tarde lo fuera a deshonrar de alguna manera ceremonial y absoluta. Había algo absurdo de darse afán para saludar el Hijo del Sol. Recorrimos infinidad de salas, una tras otra, todas dispuestas acogedoramente, con las luces encendidas y los cojines probablemente calentados por el trasero de algún esclavo del Imperio entrenado para empollar mobiliario. Imaginé a Naruhito persiguiendo a la princesa consorte por las habitaciones, engendrando un nuevo emperador en cada sofá empollado. Apenas si había tiempo de detallar los espacios; unos eran de temáticas azuladas, cortinas aguamarina y lámparas con velo de añil; otros rojos, con potencia premeditada en donde parecía que alguien hubiera fumado una pipa y planteado la guerra hace un instante.

Un ‘clock’, la puerta de entrada, un nuevo espacio, una  sala, colores, iluminaciones, caminar hasta el extremo, otro ‘clock’, la puerta de salida y así continuamos por más sitios de los que tuve cuidado en contar. En algunas habitaciones había delicadas cigarrilleras de plata al alcance del caminante, llenas de blancos cigarrillos similares a los ‘Seven’ que adoraba, pero con una flor de cuatro puntas como el logo de un Montero Mitsubishi en esteroides; ¡el símbolo imperial! Luego descubrí que por más imperiales que fueran, no se comparaba el sabor a los callejeros ‘Seven’. Deseé encarecidamente por mi país, por Colombia, que Rodrigo que venía detrás no se estuviera guardando las cigarrilleras para hacer juego con sus cobijas y sus sábanas de conocedor del mundo y posiblemente con el chaleco de supervivencia de su silla en North West Airlines; Rodrigo tapado hasta el cogote flota debajo de las sábanas japonesas protegido por un chaleco salvavidas y mientras saca un Mustang de una cigarillera de Plata del Imperio ahoga las cenizas en un cenicero de cristal que dice Lobby New Otani Hotel, Tokyo… en alguna parte de Bogotá y sonríe satisfecho. Maldita sea ser un habitante del segundo país más feliz del mundo; yo que no quiero estar contento.

Me adentraba en las entrañas de una bestia y no hubiera podido salir en ese instante si me lo hubiera propuesto, algo que siempre me ha molestado de los aviones y los ascensores; yo no me reservo el derecho de admisión propio  -a veces me toca entrar en sitios que no me gustan-  pero sí el de expulsión en los momentos, llamémoslos así, «sofocantes». Me consoló pensar en todo lo que le tocó sufrir a Richard Chamberlain en Japón cuando fue ‘Shogún’. Tampoco lo dejaron salir por mera y pura amabilidad y tuvo que terminar desposando a una mujer que portaba un honorable nombre como ‘Masato’…’Mariko’, eso es.

La caravana finalmente se detuvo en un lugar que no me pareció adecuado; no era una de las miles de salas sino una especie de desapacible corredor curvo; ¿no era acaso esta gente de Feng Shui? Una traductora japonesa que acompañaba a la comitiva, una mujer a la que nunca le vi ni soltar ni consultar un cuaderno que llevaba tapándole el seno izquierdo, nos hizo gestos circulares con las manos que no entendimos. No habló en español porque para el momento ella misma entendía que era más comprensible su japonés. Con la cara agachada como si nos deshonrara, optó por tomarnos de los hombros y ubicar a cada uno en su sitio, describiendo una especie de semicírculo en el que mirábamos hacia el frente. Hicimos silencio.

Luego de un rato más largo que el que nos tomó llegar hasta allá hubo un ‘clock’ final y de las entrañas más íntimas del monstruo emergió Naruhito, el Hijo del Sol. Era como del mismo tamaño que su ‘action figure’; de seguro existía en alguna parte del mundo una figurita Naruhito articulada con un imperio por gobernar [imperio y las pilas no incluidas]. Me tomó un rato descubrir qué tipo de hombre era. No me refiero claro, a su fuero más interno, a sus amores y sus trásfugas sentencias. Me refiero a su fisionomía: ¿qué clase de hombre era? Con el tiempo le he podido poner una etiqueta: era Ben Kinsley en esa película en la que se hace matar por defender una casa que compró en Estados Unidos; digno, frontal. De ojos muy juntos, casi distrábico, blanco como el pecado, como una cajetilla de ‘Mild Seven’. No era el tipo de la calle, y me pregunté si entre estos seres humanos también se clasificaban por estratos del uno a seis como en mi país. Llenaba su traje azul a la perfección, rasgo que me pareció el producto de un trabajo de equipo, no de Naruhito. Era un hombre que no se imagina uno agachado recogiendo los calzoncillos:

«Déjalos, buen asistente Totumi, han caído al piso, prefiero por todos mis antepasados perderlos»

«Pero…pero, su Majestad, le imploro, es el último par…»

Mirando el Sol poniente, abraza a Totumi y ambos se sumergen en un momento de profunda compenetración durante el cual suena una flautica anecdótica y aguda

«Déjalos buen Totumi, que esta noche, cuando me venza la irritación del paño inglés, cuando mi blanca piel nipona sea un nido de prurito e irritación incomprensible para occidente…¡me rasco el real culo!»

Totumi deja escurrir una lágrima en silencio.
'Action figure' de Naruihito
 

En efecto, era todo verticalidad.

Caminó por la fila haciendo charla cordial  de tiempo controlado con cada uno de los presentes. Hubiera dado plata por saber qué habló con Yukemi. En la fila me precedía uno de los bogotanos, quien invitó a su Majestad a ‘conocer nuestro país’ tan reiteradamente que el hijo del Sol se vio obligado a levantar la mano y pedir que ya no lo invitara más. Mientras se retiraba, este personaje, que debía llevar un nombre altivo y lisonjero de clase alta, algo así como ‘Juan Fernando Soto’ lo seguía invitando desde lejos.

Cuando me tocó el turno de intercambiar algunas ideas con la única deidad que yo haya contactado, no supe qué decir; aún estaba un tanto indignado con ‘Soto’ y creo que caí en la misma estupidez de preguntar “qué conocía de nuestro país”, externalicé mi Juan Fernando; me faltó poco para invitar a Naruhito a Bogotá una vez más. Los colombianos no estamos contentos si no le restregamos a algún extranjero en la cara el no tomar aguardientes dobles uno tras otro, el no comer arequipe a paladas y el no bailar salsa como un gallinazo sobre una teja caliente, única y verdadera forma, como lo saben hacer los negros de zapato blanco en Juanchito.

A través de la traductora me hizo saber que no conocía a Colombia, pero que era de su mayor interés este país engastado en la mitad de ningún lugar en especial, de gentes que hacen básicamente lo que hace la mayor parte de la gente del mundo; lo hubiera dicho de Kazajstán, de Borneo, de Vanuatu. Me respondió en japonés, cosa que luego me asombraría porque la traducción era casi incomprensible y el Emperador sabía español. No supe qué más preguntar; me miraba penetrantemente, pero no tomaba iniciativa y mi tiempo para decir algo que simulara inteligencia se agotaba. Le pregunté entonces qué había estudiado. “Navegación Fluvial en el Nilo” me dijo, “en Oxford”; carrera increíble, improbable. ¿Qué clase de pregrados hay en Oxford? Yo le advertí con mucho presunción que era estudiante de filosofía, porque eran épocas en las cuales aún tomaba orgullo en ello. Fingió interés, realmente lo fingió.

Por unos instantes, la conversación cayó de nuevo en un punto muerto y recuerdo haber mirado al piso con gran incomodidad antes de proferir la más estúpida de las preguntas: “¿Y hoy en día pasan barcos muy grandes por el Nilo?” ¡Qué interés desbordante por las condiciones fluviales y de navegabilidad de un río en el otro extremo del mundo! ¡Qué inspiración divina y eterna de una inteligencia fracasada! Por un instante hubiera podido asegurar que  prorrumpió en el rostro de Naruhito algo similar a  una sonrisa, como si en su calidad de emperador magnánimamente perdonara mi brutalidad y se condoliera de mi incomodidad:

«Oh no…no tengo ni idea qué barcos pueden pasar por el Nilo»

«Pero, pensé que era lo que había estudiado…»

Se me acercó, riéndose conmigo, casi demostrando intimidad.

«Tal vez no le dije el nombre completo de mi ‘Mayor’ en Oxford: “Navegación Fluvial por el Nilo en la Época de los Faraones”»

Y yo que pensé que había estudiado algo inútil.

Con los años lo comprendí, entendí por qué el Hijo del Sol había podido interesarse por un tema que en ese momento parecía un poco más que un cuento de hadas, por qué había colosales pirámides de plástico en la mitad de Tokyo, guerreros del bourbon en las calles y deliciosas Isis del amor y la locura en las paredes del metro; todos decían ser hijos del mismo padre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario