El destino de todo texto

El destino de todo texto
G.K. Chesterton

martes, 28 de julio de 2015

La Única Cosa que los Creyentes realmente no pueden creer

Richard Dawkins al lado de su árbol de Navidad
(cómo vive su espiritualidad un no-creyente)
Hay una sola cosa que los creyentes, al parecer, realmente no pueden creer. A riesgo de crear un juego de palabras lo diré: no pueden creer que los no creyentes no creamos. ¿Creer en qué? En Dios, en una entidad inmaterial que gobierna y ha creado el mundo ya sea que tenga rostro o no, que hable o no y que haya hecho crecer o no sobre el pobre Jonás una planta que le dio sombra en el desierto sólo para quitársela, luego de que fuera escupido por una ballena. A menudo se supone que un cataclismo espiritual espantoso asoló a los ateos en la infancia para no creer en alguien así, que un sacerdote malintencionado nos inculcó erróneamente el temor a Dios y que en el momento de nuestras muertes, como si se tratara de algo que nos estuvimos conteniendo -como se ve en le película Dios no ha Muerto-, sucumbiremos no sin antes haber revelado nuestra verdadera creencia en la gracia de Dios. ¿Cuántas veces no me enfrasqué en conversaciones con un creyente en las que me preguntaba que si yo no creía entonces “qué”? Muy pronto aprendí que si respondía cualquier cosa del estilo  “…admiro la forma en la que opera la naturaleza”, mi interlocutor solía señalarme que no había diferencia en el fondo entre los dos: yo la llamaba Naturaleza y él Dios, ¿qué más da el nombre que le pongamos?
Pero no es esta la cuestión; confieso que tomó muchos años formular claramente mi posición en la materia, incluso para mí mismo, como de seguro para el creyente toma años poner en orden sus creencias. Comúnmente se piensa que el no creer en Dios se debe centrar en la palabra “Dios”. En verdad se debe centrar en la palabra “creencia” porque si en algo difiere un creyente de un no creyente es en esto. Para el creyente -y por favor, no se lea irrespeto alguno en este quiasmo- la unidad de significado, aquello que le da sentido a la mayoría de sus dimensiones, es creer: cree y se te dará, no te funciona porque no le pones fe, la creencia mueve montañas. No niego que así sea para un grupo muy grande de personas. Pero para un no creyente la unidad de significado vital no es la creencia. Le da sentido al mundo que lo rodea con base en otros verbos: saber, entender, disfrutar. Personalmente, siento que algo lo puedo llamar mío en algún sentido cuando lo entiendo. En tiempos de amor líquido, como lo llama el filósofo Sigmunt Bauman, qué vacío suena darle un lugar tan importante al entender. Pero así es para mí y no dudo de que lo sea para muchas personas. Derivan placer de intentar comprender lo que tienen a la mano:  observar los intrincados mecanismos en las flores, la magia matemática de una serie de Fibonacci. La maravilla de los más básicos mecanismos naturales como la gravedad que mantiene a los planetas atados en elipses alrededor del Sol es sobrecogedora si uno lo considera. Ese extrañamiento de seguro lo sintieron los astrónomos desde Pitágoras hasta Hawkins.
Daniel Dennett al lado de su árbol de Navidad
No digo que en ello se agote la espiritualidad del no creyente. Si algo hemos de aprender los no creyentes de los creyentes es su forma de estar unidos en torno a lo que profesan, y la profunda dimensión que ello le da a sus vidas. No digo que los no creyentes no seamos espirituales en un sentido más profundo. Personalmente, siento que conocí la solidaridad cuando por primera vez concebí a los humanos como seres frágiles que no teniendo un poder sobrenatural que nos salve, no nos tenemos más que los unos a los otros. Por más criticable que sea como institución, la Iglesia Católica ha tenido el enorme acierto de ser una casa para los que en torno a ella se agrupan. El poeta americano Robert Frost recordaba que la casa es un lugar en donde uno no puede no ser recibido. Y muchas iglesias han hecho esto muy bien. Los no creyentes tenemos el reto de crear instituciones semejantes. Una de las dificultades de ser no creyente es la enorme soledad en la que se vive con esta condición que en alguna medida comienza a asemejarse en Colombia a ser gay y no haber salido del closet en los 80. No tenemos sociedades que nos agrupen, que nos ayuden en los momentos en los que todo en la vida parece tambalear: la muerte de los seres queridos, la catástrofe, el sinsentido. No hay matrimonios ateos, ni palabras que se han de decir en los funerales del occiso no creyente. No es sólo cuestión de alquilar un sitio de reunión. El reto es más difícil y ya lo había comprendido los primeros filósofos racionalistas que debatieron con la religión hace 200 años: uno en realidad no puede tener un ‘club’ de personas que se reúnen en torno a su no creencia.
Pero estoy convencido de que no solo la civilización, sino el pasado evolutivo señalan la necesidad de estas costumbres grupales que aminoran el dolor individual y explican lo que no podemos comprender. Renunciar a ellos es locura, y no es deseable. A riesgo de ser tachado de inconsecuente como no creyente, no renunciaré a los villancicos en Navidad ni a construir un árbol. Se trata de ritos de paso que marcan un comienzo y un final de ciclos y que nos ayudan a encuadrar propósitos, por no decir reunirnos con los que amamos. No dejaré de hablar con los muertos en mi mente ni de referirme discretamente a ellos como si estuvieran vivos en otro lugar porque a menudo he encontrado fuerza en la voz de mi madre fallecida. Podría uno pensar que la función misma de la civilización es producir estas “mentiras verdaderas” que alivian en algo la proclividad innata de nuestras susceptibilidades. Y esto por no mencionar el valor moral que inculcan algunas historias de la religión, cuya enseñanza moral es más que deseable. A lo que sí renunciaré gustoso es a pensar que esas son las únicas historias verdaderas y los únicos ritos que vale la pena practicar…y que a los demás debe obligársele a ver las cosas de la manera en que yo las veo.


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