El destino de todo texto

El destino de todo texto
G.K. Chesterton

miércoles, 17 de enero de 2018

La escurridiza seducción y el inapelable abuso

La seducción suele ser materia muy escurridiza.
En la seducción todo pende de la perspectiva. Una que a menudo no soporta una traducción pública, porque no tiene equivalentes públicos. Para desgracia de la especie humana, a lo que más se le asemeja, este, el lenguaje del deseo sexual, es a una cierta forma de habla corrupta, porque en la seducción pareciésemos especialmente escrupulosos y orientados por el simple hecho de que sabemos lo que deseamos con una certidumbre poco común en nuestras vidas. Esa misma direccionalidad pareciera perversa y premeditada cuando le subyace el ordenamiento de los pasos para la seducción. Imagine nuestras charlas más intimas reveladas en la radio; todas sonarán sucias. 
Piense en esta descripción de un hecho que bien puede acontecer en un encuentro de pareja: “Y fue en ese momento, en el que mirándome fijamente a los ojos, él me puso la mano en el muslo.” Lea esa frase dos veces; primero en el prontuario judicial al son de las lágrimas y las recriminaciones. Ahora imagínela inserta en la conversación de una mujer que le cuenta a su mejor amiga el rumbo que tomó la cita de la noche anterior con un hombre que del que está enamorada. La diferencia entre seducción y acoso es eso, esa cosa ínfima, poco registrable que no tiene peso físico y que llamamos perspectiva...una fracción invisible de nuestras vidas y que sin embargo hace un mar de diferencia. La violencia no es un indicador porque no todo acto de acoso es violento ni toda relación consentida es pacífica.
El problema es complejo, porque no es posible seleccionar una serie de hechos que sean en sí mismos indeseables. Los hechos, para desgracia de los que componen códigos legales o morales no son perversos. Las emociones lo son. Los intentos de regular los hechos en torno a la seducción por ello resultan ridículos, como el que nos narra el historiador Paul Johnson acerca de la universidad estadounidense que estipula que cada acto conducente a una relación sexual en el campus debe ser consentido. ¿Te puedo quitar este botón? Sí, ¿Te puedo quitar el siguiente? Siiii. ¿Y este broche? SIIIII. ¿Qué sería de la sexualidad sin el acto implícito? Al decir del psiquiatra Adam Phillips, siempre hemos sabido que la pasión es transgresora y que el placer es robado.
Al tiempo que proscribimos el abuso, no quisiéramos regular los pasos de la conformidad sexual, de la misma manera que no quisiéramos regular los indecibles caminos, con altos y bajos, con zonas maravillosamente improvisadas que conducen a la amistad, por ejemplo. Sin embargo pareciera que estamos abocados a una tarea semejante.
Considérese luego de los hechos, sea que terminen en de abuso o no, cómo las acusaciones no pueden dejarnos, algo especialmente grave para los acusados de abuso que no han abusado. Es como si ahora se conociese nuestra más recóndita maldad interior. Al fin, sabemos que x es un maldito violador, o que disfruta con fotos de niños desnudos. Al fin podremos hacer con él lo que siempre quisimos. La sonrisa en su cara es la maldita perversión de la lujuria que se derrama por sus ojos
Lo más ominoso es que esta forma de ver y sentir, de etiquetar se puede fabricar. Y se puede hacer de una forma en la que se desafía la normalidad de la afectación: x gusta de la pornografía infantil. Yo también pero en mi caso es una curiosidad sana, una cosa inocente. En el caso de X, … eso sí es grave. Se trata de esa autogratificación en la que nos reconfortamos explicando cómo las condiciones de otros, que yo también tengo, son graves. En el mío no. La inmediatez de la experiencia subjetiva me asegura que yo no soy un perverso, porque nadie lo es para sí mismo. Pero ese otro, ese otro sí que lo es. Es la lógica del hombre que posee a otro; el marica es él. Así, es posible que otro que participó en un acto sexual consentido conmigo, en el cual yo jugué parte igual, sea un maldito pervertido, con la consecuente única calificación que me puedo dar a mí mismo; una víctima.
Aziz Ansari
En toda esta ola de acusaciones que hemos visto proliferar se resalta algo; lo que pasa posterior a los encuentros ahora parece estar siendo tan complejo como lo que sucede durante ellos para declarar el acto abusivo, como lo podrá constatar cualquiera que se tome la molestia de estudiar el reciente caso contra el stand-up comedian de Nueva York Aziz Ansari. El arrepentimiento posterior a un acto sexual no puede ser signo de la inadecuación del mismo, como si hiciera falta recordarlo. No lo es porque retrospectivamente el acto no puede ser recreado por los sentimientos que comanda, ni los actores están en condiciones de modificar cosa alguna. Incluso lo que tenemos por signos más fuertes y duraderos, esa sensación ominosa de que todo fue una equivocación, no es prueba de su inadecuación. Bajo la idea de que mis sentimientos, si son sinceros, reflejan estados de cosas en el mundo y como tal son el termómetro del abuso o de la corrección, no se puede decir nada sobre los actos que los despertaron. Yo puedo sentir repugnancia por la más bella boda, si la que se casa es mi peor enemiga, lo cual no dice nada de la boda misma.
Las relaciones sexuales son un campo en el que las etiquetas posteriores proliferan: el impotente, ahí va el impotente; la frígida, maldita mojigata, casi nunca dichas, pero que suelen acompañar como correlato mental toda futura interacción con la persona. La gravedad de dicho tipo de acusaciones es que tienen el poder de destruir vidas. La compasión liberal es justamente eso: hacer un daño al victimario que es desproporcionado con respecto al que él mismo causó.
No habló acá de los casos de abuso patente, sino de aquellos en los que se atraviesa una sombra; hablo de los que están protagonizados por personas torpes y excitadas sin ser depravadas, de cuando no es claro si el otro quiere o no seguir en el juego, incluso para ese otro. No digo que no haya pervertidos como de seguro lo es Harvey Weinstein, de los cuales a mí también me indigna que la última acusación sea la de abuso sexual, posible sólo luego de que lo hemos logrado disociar de todos sus otros elementos de poder. Es una seña ineludible de la colusión intemporal en la especie humana entre el poder y la proclividad a hacer cosas repugnantes.
De lo que hablo es de cómo todo esta ola de denuncias afectarán y aclimatarán nuestras relaciones interpersonales. Sospecho que de la misma manera en que la corrección política afectó el lenguaje; sólo haciendo más difícil hablar y creando un paroxismo con cada palabra. Los verdaderos perpetradores están en los más altos cargos, o en casa viendo todo pasar. La gran pregunta es cómo hacer compatibles la espontaneidad del juego sexual con el control en un mundo en el que nada nos ha unido más que las historias de abuso. Y cómo hacer esto sin arruinar vidas.
La lista de acusaciones, seguirán sin duda estropeando algunas carreras; sobre todo de aquellos que están en la penumbra, no la de los más poderosos y los verdaderos abusadores. A la larga, esto sucederá sin dejar más claridad sobre el asunto. Y sin construir un mundo más justo, menos expuesto al óxido corrosivo del poder.


1 comentario:

  1. Tengo poco tiempo ahora, en el pequeño vistazo que he dado a este interesante artículo, me he prometido volver para leerlo más despacio. No soy amiga de generalizaciones,ni fanatismos, creo que ha cada cual hay que reconocerle lo suyo, con mesura,cuidado,bien informado. Hola, un saludo desde Colómbia.

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