El destino de todo texto

El destino de todo texto
Depósito abandonado de libros; Detroit, Michigan

viernes, 3 de noviembre de 2017

Giulia Tiziano (o la pasión y el arrepentimiento)

(Lo que sigue es un extracto de mi novela "La Invaginación" de próxima aparición -o eso espero-)

Cómo decirlo; Giulia Tiziano, una expresión de la feminidad, Giulia desnuda abriendo sus labios violetas para poner dentro de su boca diseñada por Bernini el portentoso miembro de Rodrigo, Giulia tendida y arcana, extática, gloriosa y orgásmica.
Se tuvo que detener, no porque no pudiera imaginar aún otra Giulia. Lo distrajo el taladro de don Fulgencio que se abría camino una vez más entre el poco mortero que aún separaba sus dos apartamentos. ¿Dónde más podría taladrar don Fulgencio? Un día sin duda introduciría su maldita broca y volvería con sangre de Rodrigo, como un dedo rojo por la votación; quizá así Fulgencio terminaría por trazar otra ruta. Construía un túnel de salida de su propia vida, como esos tipos que se volaron de Alcatraz. ¿Qué diablos construía con tanta obstinación? Intentaba quizá recuperar los caminos que había perdido tras años de trabajo en la oficina de reclamos de la ETB, don Fulgencio que había ahorrado toda la vida para esto, para destruir un apartamento por partes, tomarlo bajo la insigne lógica nacional de que todo ha de volverse a hacer una vez comprado, convertir su vivienda en un queso suizo cuyos agujeros permitan navegar entre las dimensiones del continuo espacio-tiempo.
Pero Fulgencio parecía haberse agotado; al final de la tarde se hostigaba con panes viejos y agua vapóricas que le restituían las fuerzas para volver a taladrar. Podía volver a pensar en Giulia. Si…la imaginó tendida, eso era lo correcto, su vagina dibujando sus delgadas líneas que no dejaban sobresalir sus labios interiores. Rodrigo se imaginó buscando estos labios, separándolos con sus dedos en medio del éxtasis de Giulia; su nariz romana sostenida en el aire, sus manos tocando su cabeza, su sexo salvaje y oloroso como la maleza, su piel blanca y complaciente, el olor de su trasero insinuándose por entre sus muslos. Su vagina, delicada y a la vez indestructible, no era parte de su cuerpo; era el sexo de Giulia, pero no era Giulia. No era una cicatriz, era un objeto público que Rodrigo haría suyo así fuera en sueños.
Soñó por muchas noches con esta imagen rígida y monotónica que lo obsesionaba: haciendo venir a Giulia con su nariz, insertando sus labios entre su vulva, pero excitando su clítoris con su tabique, sintiendo cómo se movía de un lado para otro como un nudo húmedo que podía trasponer a voluntad. La imaginó de nuevo estática y tendida. No era una imagen sin más. La obsesión con la Giulia tendida era una porción de su redención; lo que hubiera sido si toda la ecuación de su vida no hubiera sumado esto, si hubiera sido normal, si su padre no lo hubiera empujado al límite, si todos los errores no sumaran una especie de mutación que convirtió su existencia en una célula cancerígena rodeada de muerte. Rodrigo lo sabía: Giulia o cualquier otra como ella, alguien para empezar, alguien con quien limpiar su vida...hubiera sido su felicidad. Hubiera tenido hijos con ella, una casa con persianas y una hamaca, tardes de verano suaves en algún país distante, hubiera podido emborracharse sin la contrita culpa, hubiera tomado sus senos para dormir en las noches de tormenta. Todo hubiera sido como hubiese debido ser, ese orden que corría paralelo a su vida como por una especie de túnel y que nunca fue. Giulia era su modo subjuntivo. Uno de muchos.
No podía dejar de pensar en tomar su parcial de entre el montón que cargaba sin corregir y olerlo. Se sintió ridículo saltando con los pantalones en los tobillos hasta el lugar en donde había tirado su maleta. La enfurecida erección que había cultivado con esmero casi fenece cuando pasó por el parcial de Roy Aristizabal. Al fin lo encontró. Giulia había dibujado en la parte superior de las i’s de su nombre, pequeños corazones que parecían triángulos con un trasero. Rodrigo sabía que no eran para él pero quiso pensar que eran un mensaje encubierto, esperando a ser descifrados. Lo olió con fruición; una lejana esencia de su olor se traslucía, o al menos eso creía Rodrigo. No sabía si lo imaginaba o lo había encontrado en la hoja, como el punto de los antiguos televisores que no podía especificar si una vez apagado los seguí creando con su imaginación o los percibía.
Lo asoló la idea de que todo esto se supiera, de que sus deseos por Giulia de alguna manera se le escaparan como una flatulencia incontrolada; lo preocupó la idea de cómo por ello resultaría una especie de criminal moral, más execrable que cualquier otro; pensó en Farodia, en Antonia Ubuntu, en lo malditamente incorrecto que era desear para él, existir. Rodrigo lo sabía, todos los profesores lo sabían: el único período de la vida de una mujer en la que está expuesta a la influencia y al poder de un hombre que gana menos dinero que su padre y que sus futuras parejas es bajo su etapa de estudiante. Por ello la sociedad guarda la relación con cuidado, equiparando sus iniquidades, redondeando cualquier contacto con el hálito de la delincuencia cual si se tratara de un caso de acceso carnal indebido con menor. Aunque Giulia no era una menor, lo era para un hombre como él. 
Se masturbó mirando por la pequeña ventana que sobresalía encima de la chimenea de la panadería Milla Pan, se masturbó mirando las luces de la ciudad, su furia enardecida, se masturbó sin impedimento, con los pantalones aún en las rodillas. Le costó volverse a concentrar en Giulia; toda la situación había generado conciencia de su propia situación y se sintió ridículo por plazos, en breves periodos.

Pero pronto los pensamientos amigables y hospitalarios como el de la vagina imaginada tomaron su lugar; regresar a ellos era como volver a un territorio conocido, como regresar a casa. Su mente se había vuelto desde hace años un lugar para pensamientos errabundos, raros, indigentes que no tenían a donde más ir. Estos eran una flora natural que lo mantenía pegado a lo poco de vida que le quedaba y que no estaba marcada por la muerte. Se dejó llevar, más por la posibilidad que por el cuerpo de Giulia; se dejó llevar por la pura y simple imaginación de él ser su hombre, de él, Rodrigo, merecerla.
Cerró los ojos y contuvo la respiración. Las ideas se iban centrando en un objeto elusivo que parecía no llegar. Pero lo conminó, lo hizo venir, se hizo venir. Jadeante y ansioso no supo en qué momento perdió el equilibrio; se sintió viejo, caminando como su padre. Tuvo que pasarse el parcial de Giulia a la mano con la cual se autocomplacía, sin considerar que estaba ungida de la muestra del Aceite Johnson que le habían regalado la semana pasada en una campaña de mercadeo en la Universidad. No cayó en cuenta que mancharía inexplicablemente el parcial, que explicarle a Giulia qué hacía con aceite y su parcial al tiempo habría de ser infinitamente más difícil que explicar una mancha de tinto. 
Se sintió trivial de tenerse que sostener, pero todo era confusión; había logrado su orgasmo aunque a medias. En un segundo decisivo y crucial, al soltarse de la mano derecha para asirse de su escritorio, esputó una letárgica mancha que su cuerpo parecía haber liberado como una cortesía, como un resultado inevitable y causal de su propia refriega. Cayó de espaldas sobre la biblioteca que daba contra el apartamento de don Fulgencio, pero por un instante, no le importó, soltó un liberador gemido que parecía una especie de sofisma de placer. Se dejó caer en la silla, sofocado, pasándose la única mano libre por la frente en una ominosa señal de la insatisfacción de su propio orgasmo incompleto, uno que Giulia no se merecía.
Lo sorprendió el timbre insidioso del teléfono que nunca sonaba en su casa. Era don Fulgencio que se quejaba del ruido, que preguntaba qué diablos hacía allá adentro Rodrigo, que le recordaba las más mínimas normas vitales y decentes del sonido en las convivencias. Rodrigo colgó sin decir una palabra, y casi de inmediato se percató de que no sabía a donde había ido a dar su propia eyección. Se examinó la mano, el piso, pero nada. Revolcó entre los papeles del escritorio para descubrir que había aterrizado en la cara de la joven Julia Kristeva que sostenía su cabeza con la mano en la portada de Lo Femenino y lo Sagrado, uno de los libros favoritos de su ex esposa, propiedad de la Universidad de los Cerros que por desidia y rabiosa consideración se había decidido a sacar de la biblioteca, recomendación de Giulia, sólo con el fin de tener qué hablar con ella. Decidió dejar que la mancha se secara sobre el rostro pecoso de Kristeva…mañana luego de la clase con Giulia se lo devolvería como un presente de lo que consideraba una encantadora velada en la cual los dos tuvieron sexo sin que ella tuviera ni idea.
Pero el esputo blanquecino había ido a dar a la tinta que en la portada dibujaba el frondoso pelo de Kristeva. Intentó desesperadamente limpiar la mancha sólo logrando que la cara se ennegreciera. Todo tomaba un camino deplorable desde el punto de vista de la corrección política; una Kristeva negra, poluta por el semen intoxicador de la testosterona de un hombre que se dejaba contaminar por una estudiante. Maldito Rodrigo; no deberías tener gónadas. Ese es tu problema, tus hormonas, tus insignificantes flagelos que te han llevado a lo más deplorable de tu vida. Si tan sólo pudieras prescindir de ellas, si tan sólo las pudieras cortar o perder como el sabio Orígenes, castrado no por vocación sino por el sabor contrito del arrepentimiento. Y eso que no había tenido contacto directo con Giulia. La sola imaginación comandaba esta culpa. 
Por un momento consideró dar el libro por perdido, reportando a la biblioteca el robo de su maletín con todo su contenido, pero eso hubiera implicado fingir una denuncia y cambiar de maletín. Decidió dejar que se secara. Caminó hasta el patio de ropas con el libro cuidadosamente balanceado para que la mancha no afectara otras partes del cuerpo de la feminista y lo puso en el patio de ropas. Con la esponjilla de la loza que ya estaba seca, intentó recuperar lo poco que podía del líquido sin romper el papel, como secando el sudor de Kristeva luego de otra de sus agotadoras luchas contra un maldito macho que sólo seguía sus instintos, o lo que que quedaba de ellos.



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