El destino de todo texto

El destino de todo texto
Aldous Huxley "Si uno es diferente, está condenado a la soledad"

lunes, 5 de marzo de 2012

Obituario para Olguita en sus diez y siete años de ausencia

El Primer Encuentro

Yo nunca había visto a nadie tan contento de ir al cementerio como mi hija Gabriela cuando llevamos flores hace dos días. Era su primer encuentro con la muerte, pero en su cabeza iba a conocer un parque en el que, según sus palabras ‘los niños no juegan’, y todo el misterio y la pisca de temor que despertaba en ella la nueva experiencia la hacía casi irresistible. Intenté explicarle que cuando morimos otras personas nos ‘siembran’ -fue la metáfora más benevolente que pude encontrar- lo cual no fue convincente porque lo primero que me preguntó fue que a quién se le ocurría hacer una cosa semejante, y cuando llegó al sitio en donde estás enterrada, hablaba como si estuvieras ‘allá abajo’ entregada a un descanso que a ella le resulta más difícil de entender que la muerte misma. Era su primer encuentro con lo incomprensible. ¿Cómo culparla?

A decir verdad, tampoco yo lo entiendo. Desde tu muerte hace ya diez y siete años, de las cosas que acompañaron tu vida las únicas que se han negado a evocarme algo han sido las que rodearon tu fallecimiento: la noche que me paré frente al féretro no tuve deseos siquiera de llorar. El silencio abrumador, las velas, el olor a muerte de los anturios, el cajón y la calle inundada de sombras de regreso a la casa no eran tú. Nunca lo han sido. Luego el cementerio: batallar contra la infernal autopista, entrar en un parqueadero que se cobra por minutos, las misas en las que un sacerdote pronuncia mal tu nombre...estas cosas no te definen de ninguna manera que yo pueda imaginar. Por muchos años no fui al sitio en donde estás ‘sembrada’ porque no te identificaba con ese paraje en el que nunca te hubiera visto en vida. Aún hoy, luego de haber aceptado ir con regularidad a visitar la lápida diminuta sin epitafio que simplemente recuerda tu fecha de nacimiento con una estrella y la de fallecimiento con una cruz, no me parece que hayas estado jamás en donde te dejamos el 5 de marzo de 1995. Hace mucho la semilla había tomado el camino del viento y tú ya eras parte de todo. Pervives en cada acto de nuestras vidas: veo tus ojos y tu boca en los de Gabriela, tu voz aunque ya lejana y sin timbre aún suena en mi cabeza cuando me equivoco y cuando siento que también yo me voy a morir. No se puede pedir mucho más.

Hace un año, cuando escribía estas mismas palabras mi hermano Andrés nos recordaba con mayor vocación por el detalle del que yo soy capaz las cosas que sí eran tú. Ahora todo me parece parte de un momento congelado en el tiempo; todas estas cosas se han ido, pero en nosotros están tan presentes como si apenas ayer te hubiéramos visto en medio de ellas:

“…no hay ya un café frio un poco amargo con un pucho a medio quemar, ya detrás de ese teléfono no hay un picadillo en cocción, ya no hay un cepillo amarillo que huele a laca, ya no hay ninguna guasca ni siquiera hay que "matiar" porque los tan morados "pensamientos" que sembraste ya los quemo una helada…”

Ahora que lo considero, Gabriela tal vez entendió todo este misterio de tu ausencia y tu presencia más de lo que imaginé porque cuando quise que nos montáramos al carro salió corriendo y se quedó en silencio sola por un instante frente a tu tumba. Lo que te haya dicho desde sus pensamientos silenciosos sólo lo sabes tú y ella, que te lleva de un lado para otro como la semilla lleva por dentro el árbol que será.

Roberto Palacio

lunes, 05 de marzo de 2012

sábado, 26 de marzo de 2011

En realidad no hacía falta añadir ciudades a las de Italo Calvino en sus Ciudades Invisible, pero fue un placer describir algunas de las mías...

Las Ciudades que le faltaron a Calvino


Dakala Sud, callejón de los músicos

En Dakala Sud, nombre apropiado por sus eufónicas referencias y por su sonoridad percutiva, siempre las banderas ondean hacia el horizonte y en los atardeceres pareciera por su longitud que persiguen al Sol en su declive. Cada bandera señala el lugar de un grupo de músicos, a veces de un solitario gendarme que se defiende con una guitarra o con un violín, nunca vocalistas porque la gente que frecuenta Dakala Sud solo ama la música de los instrumentos y considera la de las palabras otro arte que no osan confundir. Tampoco es su costumbre sentarse a observar a los músicos; muchos de ellos están ocultos de tal manera que las melodías de mares lejanos, de tierras desconocidas como las especias y el azafrán son dejadas libres para que los aires frescos de la noche las traigan y las lleven como el caprichoso ondear de los lienzos y de las llamas que saludan el cielo oscuro y desnudo. En Dakala Sud, piensa la gente, el extraño e incómodo momento en el que la gente se acerca a un músico rompe la magia poética de las frases musicales, y lo expone a la vergüenza. Quien frecuente la plaza nunca ve a los intérpretes; sabe que su viaje pasa por las luminarias del inconsciente, por la garita de los recuerdos. Sus habitantes gustan más bien de asociar la música con los olores, los únicos dos sentidos humanos, dicen, que exponen a quien los experimenta a una sensación inmediata, traída de otras épocas aunque diferente a ellas en esencia y en poderío. En Dakala Sud se dice también que la música no es del todo humana porque dice cosas pero no con palabras.



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La Caprit Diccar de lapislázuli

¿Qué cuánto llevo acá? En realidad toda mi vida, mirando al horizonte a Caprit Diccar, la ciudad del resplandor de lapislázuli. Es una extrañeza científica que no entienden sus habitantes, en ella nada es realmente azul, pero cuando se mira a la distancia, especialmente en los días de las tormentas de aíre, parece brillar como el cielo. Hace mucho los científicos vinieron a Caprit Diccar y montaron por la plaza y por las garitas sus complejos aparatos de medición sensibles a la altura y a la cercanía. Se fueron sin decir una sola palabra y no han regresado desde entonces. La gente de Caprit Diccar ignora si han resulto el misterio del azul de su ciudad. Tal vez los colores de la ciudad a la distancia absorben todos los reflejos probables menos los del azul, y en la cercanía absorben solo el azul, el color más común en la tierra. Dicen que los colores son etiquetas en los ojos del que observa. No saben, pero como yo, otros vienen siempre a las colinas en los atardeceres del solsticio y del equinoxio a observar el azul que, según dicen, es saludable para sus ojos y que extrañan con pasión.



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La elusiva Lunfardi di Ori

Nunca he hablado con alguien que haya visto en realidad a la Lunfardi di Ori, como la llaman los libros. Algunos viajeros en noches especialmente claras traen noticias vociferantes y alarmadas de la lejanía de sus luces, de la forma en que parecen titilar, amarillas como el iodo, trémulas en el aire y la distancia. Cuando quieren acercarse, pareciera que la ciudad se aleja, hasta que caminando en dirección a ella eventualmente desaparece. En la época de mi bisabuelo se contaban historias de hombres que habían llegado a ella evitándola, rodeándola en los mapas, pero ningún método único e infalible había para encontrarla aún así. Sólo sus luces rumoran de su vida, de sus movimientos que se perciben a la distancia, de sus gentes de los que se dice que aún llevan pesado calzado de madera y también odian ser descubiertos por expedicionarios, aunque reciben con legítima preocupación a los accidentados. Tal vez la Lunfardi di Ori sea una ciudad cuyos habitantes aprendieron a mover constantemente, quizá hay un loco juego de luces y de distancias y de triángulos en el cielo para que la veamos empequeñecer con la cercanía. Ya otros han perdido sus naves en el mar o sus aviones por gigantescas resplandecencias que se ven claras a través del agua en lugares en las que no tendría que haber siquiera una vegetación errabunda. En tierra, sin embargo, no sabíamos de ciudades que se movían al capricho de su elusión.



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Berqueñón

Le hermosa Berqueñón no es más que musgo y árboles antiguos y extraños parajes abiertos que toman al viajero por sorpresa. Su encanto es su imprevisibilidad; se la camina sin saber su forma, por días. Es creativo el habitante o el visitante que descubre nuevos caminos y los comunica a los demás; los caminos que no han sido recorridos antes son la medida misma del ingenio del hombre en Berqueñón. Quien la recorre tarda un tiempo en comprender que está en una ciudad y no en un bosque antiguo. O considéreselo de esta manera: la ciudad es el viejo bosque fabricado con paciencia por los años y por generaciones de habitantes. Tienen estos una extraña manera de aparecer entre las hojas y el follaje cuando alguien quiere contar una nueva historia sobre un claro del bosque, cuando ha logrado salvar una enmarañada res de lianas que llevan a algún lugar. Pero si se buscan, siempre se los ha de encontrar en los parajes más lejanos, en los recodos del campo entregados al duro trabajo, con la bikkara al hombro, resguardados del viento que les parte la piel como un horno inclemente y constante.



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Las Mujeres de Dassa

En Dassa el mayor placer que puede experimentar el habitante es salir temprano de la ciudad, cuando las hojas aún están duras y casi quebradizas por el frío, cuando no ha despertado el bullicio de luces grises y barro de los mercados de pescado, y mientras la amante permanece en el lecho aún con el sabor del amor del viajero en los labios. Las mujeres de Dassa son hermosas; su espeso pelo negro les cubre parte de la espalda como una manta, y toca delicadamente sus senos cuando están desnudas. Tienen una forma de caminar que parece haber moldeado las estrechas calles de la ciudad misma, que llevan un ir y venir enmarañado pero nunca desesperante. En Dassa nunca siente el viajero haber estado dos veces en el mismo lugar, y todo parece tener el mismo importe, la misma calidad. Todas sus plazas arremedan estar perdidas y poco frecuentadas, lo cual hace pensar al paseante que esa plaza es su plaza, que él la ha conquistado y descubierto y que sólo él como visitante llega allí. Los habitantes de Dassa, saben que no es así y se ríen en silencio. Se dice que ningún viajero ha amado dos veces a la misma mujer en Dassa.



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Furi, el metal y las máquinas

El que se va acercando a Furi no lo puede evitar: se preguntará una y otra vez si el ruido de las máquinas distantes no es exagerado para estar tan lejos. Chirridos metálicos, a veces crujientes y rompedizos inundan como una advertencia las lomas de barro descendente que llevan hasta la ciudad minera de Furi. El viajero llegará a ella como en una pesadilla, descendiendo un paso decidido a la vez. Dicen que de su corazón nacen piedras que brillan como los errantes del cielo, y sus montañas lodosas son del oro más puro, pero en Furi todo es del mismo color ocre y pálido, incluso los rostros de sus habitantes, los recios mineros que la conquistaron a costa de sus vidas hace más generaciones de las que pueden contar. Sus comidas son como el impenetrable barro que pisan y en el que viven. Mineros de manos como la piedra se sientan frente a ollas humeantes bajo la lluvia inclemente y en silencio sorben los espesos potajes que los mantienen con vida para descender una vez más. En Furi nada se terminó excepto las minas; las paredes aguardan, las casas en donde en las noches de silencio de las máquinas criaturas enfermas lloran el dolor de la niñez, escalan hacia el cielo apenas un piso y medio, siempre proyectadas, como si hubiera existido para todos una época de sueños y esperanzas que nunca se cumplió. Furi aún no ha soltado ni sus rubíes más traslúcidos, un sus lingotes incargables, ni sus más delicadas esmeraldas que nunca se dejaron tocar por el nitrógeno. Pero el ruido de las máquinas no aguarda ni un solo día.



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El puerto de Atrachón

Atrachón es un enorme puerto, nada más que eso, un solo puerto garrafal y desolado. Siempre da la impresión de estar regido por el amanecer o por el alba y sus habitantes parecieran parte necesaria pero prescindible de un cuadro que se va pintando. En Atrachón el viajero sentirá una inconmensurable soledad; cada atracadero se yergue sobre el mar, a veces por kilómetros. Algunos dan la impresión de no haber sido tocados nunca por barco alguno y es inevitable que tarde o temprano el paseante se pregunte si las plataformas de Atrachón fueron construidos por hombres o por dioses que no sabían el tamaño ni el propósito de su obra. En cada uno de sus rincones se siente ese letargo pesado que golpea en las entrañas al irrumpir en un sitio gigantesco y solitario. Atrachón sería un paraje perfecto para los encuentros furtivos del amor, pero por su constitución, casi nunca dos habitantes o un viajero y un habitante se cruzan.



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Las aguas y las ruinas de Ishtahar la Vieja

Hay en Ishtahar la Vieja un delicado retroceso de las aguas que sus habitantes llaman el Tashani. No es de explicar, pero toda el agua que se deja fluir de un recipiente, de una bañera o de un lago forma delicados vericuetos y canales que apuntan al sitio en la que fue liberada, como si no quisiera abandonar la ciudad y fuera propia de ese lugar. Hay en su centro siete cúpulas redondas coronadas por una rosa de las aguas, como la llaman sus habitantes; nosotros la llamamos la de los vientos. Creen estos que la dirección del agua señala sitios claves de la geografía y que liberar cuerpos de agua, incluso en el mar, puede apuntar hacia un destino. En Ishtahar la Vieja, la de los misterios, las ruinas son cuidadosas y metódicas. Algunos dicen que es un efecto del extraño comportamiento del agua, pero lo que se derrumba por efecto del tiempo cae en patrones perfectos, matemáticos. Hace miles de años los habitantes de Ishtahar sabían por experiencia dónde se comenzaría a derruir una vieja casa, y tomaban medidas con anticipación, pero no lo habían cuantificado. Descubrieron después que correspondía a series matemáticas en las que el siguiente número se formaba por la adición de los dos anteriores que lo precedían en la serie: 0,1,1,2,3,5,8,13….De un muro, caería el primer ladrillo, y si este se reemplazaba, caería también, antes del segundo; luego el tercero, el quinto y así.

Roberto Palacio

lunes, 21 de marzo de 2011

Un panfleto, lo sé...pero simplemente ya no aguanto más el silencio con estos personajes

USTEDES


A ustedes parece habérseles olvidado que acá estamos. Tal vez ya piensan que en este país no existimos, que nos hemos ido, que aprovechamos alguna de las grandes diásporas para dejarles todo. Pero acá hemos estado todo el tiempo, en silencio. Mientras ustedes maquinaban por conseguir esa tajada que los iba a sacar de la pobreza, nosotros leíamos a Dante, mientras pensaban si blanquearse los dientes, corregirse el apellido, o se concentraban en ver qué restaurante de moda les podía satisfacer el apetito aunque no sabían ni siquiera asir un tenedor con tres dedos, nos preocupábamos por el porvenir, por ser mejores, por mantener una llama viva. Ustedes se ufanan de su carácter práctico, al menos los que saben que se consideran hombres prácticos y yo les recuerdo que también este es un ideal porque acaso, ¿dónde está ese pragmata? En nombre de algo que no comprendían planearon una vida de deshonestidad, sumida en la incapacidad de desilusión por esa misma estupidez; ¡dos infortunios hacen una bienaventuranza! Y sin embargo, todos estos años hemos guardado silencio, no porque no importe, no porque sea una estratagema romántica de hippie que todo lo tolera, sino porque hay cosas que es mejor dejar sin intervención, porque hemos creído en el carácter sagrado de lo que es de todos. Y callar cuando se quiere reventar, cuando se está lleno de ideas, es el acto de un valiente.

Fuimos testigos mudos de cómo comenzaron a subirse en la mentira, la vimos crecer como una burbuja atómica, intoxicante, los vimos montar en ella, y cabalgarla y ahora los vemos decir que no la conocen: ‘Yo no conozco a ese señor, yo nunca me reuní con él en el departamento del Cesar o del Magdalena o de la Guajira, o en la Finca Vista Hermosa; no financió mi campaña, sólo me compró boletas para una rifa, no es mi amigo así aparezca en fotos con él’. Pronto los veremos conmovidos hasta las lágrimas, clamando derechos honoríficos. Perdón, ya los hemos visto, reputados y rancios ladrones de la Costa Atlántica de Colombia demandando a los que se atreven a pensar porque los llaman por su nombre: corruptos. Corruptores. Yo me declaro vencedor, porque yo sí puedo afirmar que conozco gente, ninguno con números en su nombre de pila, no con alias, sino con apodos que les ha puesto el cariño. Cuando tengo la fortuna de poder ir a una finca, no lo hago para vender el futuro de mis hijos. No voy a negociar galones de sangre, ni vidas. No lo hago para esas…cómo decirlo…asquerosidades. Cuando me reúno con alguien no tengo agenda y no me siento compelido a hacerlo en escenarios ambulantes, y quien me chuce el teléfono se expone a morirse del tedio. Y nada de esto que hago lo tengo que negar.

Tal vez se diga que habrá que dejarse de falsas morales -dos años en la cárcel y a vivir como un rey- a lo cual respondo que la mía es propia, incongruente, compleja, elaborada, realista o idealista: es todo lo que será menos falsa, porque soy incorruptible. Cuando el rey Dario tentó a Pericles con los placeres de su país, el sabio político griego le dijo que sabía disfrutar del vino y la compañía de meretrices, pero el persa no podía disfrutar de los placeres de los griegos: la democracia, las letras, una vida ética. Ahora les respondo con esa sentencia misma: ustedes se podrán blanquear los dientes, pero no serán como yo, no pueden disfrutar de mis placeres. Aún tenemos claro cómo en nuestras casas ni siquiera nos tuvieron que advertir contra el robo, y la mentira porque desde siempre se supuso sin una sola palabra que eso era algo que hacía gente como ustedes. A mí no me tuvieron que explicar que el concierto para delinquir no era un arte, no me tuvieron que revelar que la cárcel no es un lugar bueno, porque tuve la fortuna de poder caminar de la mano de los que me amaron, porque supe esperar -no sin dificultad se aprende-, porque no me encendieron a fuego cuando pregunté el porqué de las cosas. Lo de ustedes es de la casa, y no se ha de creer que es de alta educación, es del hogar, de las pequeñas cosas: como cuando tuvo hambre y descubrió que su madre le echaba llave a la nevera, como cuando descubrió que su papá robaba y sin embargo era un tipo simpático, y lo admiró por ser un jodido. Yo me compadezco, porque nunca tuve que crecer pensando que el dinero era una meta moral y una parte de mi venganza cerrera y sucia contra el mundo, no tuve que guarecerme de desear y de lo que yo era, no crecí pensando que cuando yo tuviera cómo, iba a robar a todos y a sumir a todos y que todos se acordaran de mí, porque por mi parte, sólo quiero que me recuerden quienes me aman. Mi hija tendrá muchas más opciones que comulgar con el robo y aceptar a su padre o rebelarse para siempre; podrá ser lo que quiera porque para ello me he cultivado en ser lo que soy, en poder decir que acá estoy. Y para mí mismo, para poderme mirar al espejo todos los días, sin sentir que me soy ajeno, que tengo al mundo por la punta de una vara cagada, que ya no me sé desprender, que vivo de un elaborada programa de engaño en el cual estoy solo y no puedo cultivar la más mínima relación porque prevalecerá el ineludible ladrón.

Eso sí, debo pedir perdón por mi estupidez; la de creer que no podrían importar su suciedad de la periferia de este país al centro, que había una tradición lenta pero creciente de honestiad que poco a poco se perfilaba. Cuando le perdieron el miedo a Bogotá, llegaron ustedes con su podredumbre y muchos en esta ciudad de trópico frío que intento no odiar, se congraciaron con sus delitos creidos como un derecho. Seré estúpido, seré yunque porque en Colombia no se es más que yunque o martillo, pero lo prefiero mil veces a ser un...bueno, todos sabemos la palabra, y sobre todo, si se nos aplica.