El destino de todo texto

El destino de todo texto
G.K. Chesterton

martes, 21 de diciembre de 2010

Me han pedido que no anticipe el texto del culo. Va entonces un recuerdo maledicente del Colegio San Carlos

El Gallito Inglés


La clase en la que más dificultad me costó concentrarme en mi vida escolar fue la de ‘Science’ en 1982, no sólo porque la dictaba una guapa gringa de ojos azules llamada Nancy Peláez, sino por el prolijo y soez arte sancarlista que decoraba el salón. Yo me sentaba en la misma silla al lado del muro y observaba clase tras clase las dicciones dejadas en la pared por otros viajeros distraídos de la ciencia anteriores a mí. Había una que me llamaba la atención, por la molestia poética que el pornógrafo se había tomado. Se me ha quedado, como si el kilométrico con que se hizo la hubiera calcado directamente sobre mi cerebro. Decía:



‘Este es el Gallito Inglés

Míralo con disimulo,

Quítale el pico y los pies

Y…’



Por pundonor, y porque este es el lugar de una nota amable, no reproduzco cómo terminaba el pasaje, pero no es difícil colegir que sugería en qué parte de la anatomía se debía ‘instalar’ el Gallito Inglés. Sí, aquella que rima con ‘disimulo’. Luego del poema venía un dibujo de la extraña criatura del bestiario sancarlista; un híbrido de un ave de corral y un órgano sexual. El artista se tomó un gran trabajo también con el dibujo, recalcando los contornos de tal manera que alguien no se fuera a autoreferenciar encima. Aunque la figura me causaba cierta hilaridad, debo confesar que sentía lástima por la persona que tuviera que borrar esa pesadez.

Hace pocos años, en casa de mi mejor amigo sancarlista, Juan Pablo Fernández (85), tomé un libro de su biblioteca al azar mientras lo esperaba. Su título era algo así como ‘Dichos de la cultura popular mexicana’; sus padres lo habían comprado en un viaje a comienzos de los ochenta. Lo abrí en una página cualquiera y viajé en el tiempo a 1982; ahí estaba, el Gallito Inglés, dibujo y todo. Fernández se ha caracterizado por leer -a veces memorizando pasajes completos- casi todo lo que cae en sus manos. Me confesó que él lo había llevado al muro del colegio, no como una afrenta, sino con un legítimo interés en los dichos populares. Conociéndolo, le creí.

Pero el mayor sorprendido fue él cuando le conté el destino de su obra. En 1983, cuando terminó el año que se inició con ‘Science’, tuve que ir al Colegio a mediados de las vacaciones. Quise visitar el salón de Nancy sabiendo que no volvería a sentarme en su clase. Al acercarme escuché el sonido de un cepillo que restregaba obstinadamente. La pobre persona que debía borrar el Gallito Inglés, pensé. Creo que contuve la respiración cuando al pasar la puerta del salón vi esa enorme y familiar mano roja que emergiendo de la toga negra sumergía un cepillo en un balde con agua y jabón antes de pasar una y otra vez sobre el Gallito Inglés. Aunque su cara se veía roja y congestionada, El Padre Francis me miró desde el piso y me dio un saludo afectuoso. Algo me dijo por el estilo de ‘Ah ta tay, estos muchachos’. Yo moví la cabeza de lado a lado y repetí ‘Ahhh, estos muchachos’, sintiéndome más culpable que el poeta mexicano que compuso el Gallito Inglés. Supe en ese momento a qué se dedicaba el Padre durante las vacaciones y con mayor ahínco que si me hubieran echado una ridícula chorrera catequética sobre el mal de la pornografía y escribir en los muros, recibí ese día una verdadera lección de humildad.

Roberto Palacio F.

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