El destino de todo texto

El destino de todo texto
Depósito abandonado de libros; Detroit, Michigan

lunes, 27 de diciembre de 2010

Reflexiones sobre el arte de escribir

El Ensayo como género literario

Nuestra época, sin saberlo, clama a gritos por el regreso de un género literario: el ensayo. No es un predicamento tecnológico ni propio de la moda el que nos impulsa a evocarlo. Tampoco una añoranza malsana. Hay tiempos que nostálgicos han querido recuperar el conocimiento que indicaba cómo construir barcos antiguos, pianos de cola, una que otra receta, o cómo confeccionar los bellos trajes de época pretéritas. Estos no serán más que, por todo el tiempo que se los desee, añoranzas, gustos vintage aunque duren para siempre. Pero no es esta la situación del ensayo. De lo que hablo es de la necesidad de volver a traer un viejo espectáculo al mismo pueblo.

Nuestro desorden literario aunado a ese estado monolítico que nos caracteriza muestra las señas de la carencia sin nombrarla. Mientras que la ficción novelada en todas sus formas se ha convertido en lo que llamamos ‘literatura’, a su lado han quedado remanentes que parecieran los pedazos esparcidos de las naves que se estrellaron en la década de los cincuentas en Roswell, con cadáveres de extraterrestres y todo. Para comenzar con el lamentable decálogo de la “no-ficción”, hay una cosa que llamamos crónica. Nadie coincide del todo en lo que es, pero hay publicaciones que se arrogan el derecho de corregir crónicas, que le apuestan a ese género como algo ágil, propio para el relato personal, no ficticio y un poco confesional que muy disimulado y despacito se pasea por los bordes de la ficción y en donde no hay más que resaltar la experiencia sexual y gástrica brutal, cada vez más desmedida. Es justamente para la apuesta de resaltar experiencias cada vez más brutales y desmedidas que se escribe. Y es por esa brutalidad que se acerca nuestra crónica a una triste concepción de la ficción como vil mentira. En Colombia existió una tradición respetable de crónica, pero murió por allá a mediados del siglo pasado con la misma persona que la gestó: José Joaquín Jiménez. La usó no para recomendar restaurantes ni prostitutas sino para describirlas, una proeza en sus tiempos.

Muy cerquita, por ahí mismo, calentándose las manos en la misma caneca flameante, hay algo que se llama ‘nota periodística’, ‘relato periodístico’ y hasta ‘crónica periodística’. En Colombia, tiene sabor a narcotraficante saltándose una cerca, a calzoncillo tendido al sol mientras que un reportero fisgón comenta desprevenido, a ‘historia de vida’, a inundación y a tragedia de secuestrado. No aspira ya a la dignidad literaria, porque el pragmatismo desmedido de la agencia noticiosa que nos ha vendido la idea de que estar informado es un deber moral, la ha obliterado. Bueno, eso además del estar en manos de los periodistas. Es el periodismo un asunto muy importante como para ser dejado en manos de los periodistas, para parafrasear a Bernard Shaw.

La situación es desoladora, como en la de cualquier paraje de accidente. Los burócratas editoriales y otros han intentado buscar la corrección instaurando un término lo suficientemente amplio como para que tenga el sabor de la precisión: ‘narrativa’, hasta ‘relato’, con toda la carga de ficción que pueda tener.

La palabra que no se menciona es ensayo -the ‘E’ Word-, porque el ensayo tiene el horrible sabor de la sopa de letras, con muchas letras. Letras en las notas de pie de página, las páginas llenas de letras, letras en los laterales de la cornisa…letras letras…como le gusta al académico. Y el ensayo académico, todos lo sabemos, es la perversión absoluta del ensayo, en donde él se toca con los manuales de electrodomésticos; como un mal del que nos toca informarnos para poder usar la vida, del que hay que saber a costa de no ser un bruto. En la vida de las comunidades humanas efectivas y reales, sin embargo, se ha vuelto al ensayo por pura y física necesidad, pero sin preocupación por su estatus literario, por su estatus como género. ¿Qué es lo que ha desfigurado este género? Sería más preciso preguntar ¿qué es lo que ha desfigurado la presencia de este género? Paradójicamente, la enorme necesidad por el mismo, su ubicuidad, su forma como narrativa que casi todo lo cobija porque no nos damos cuenta de que él está en todas partes.

Es indispensable entender que la poesía, la novela son formas más bien excepcionales, aunque no opuestas a este género; la poesía es una prosa sumamente depurada. Que las naciones unidas de las letras me busquen un hogar en un campo de refugiados intelectuales, ¡creo que he avivado el avispero de los puristas! Cualquiera que haya intentado seriamente depurar su prosa hasta un extremo ridículo e inservible, como un simple ejercicio para calentar el teclado, advertirá que termina con algo parecido al género poético. No digo que termine con buena poesía, pero termina con algo que ya no es prosa, una amalgama de palabras que crean la significación del texto de manera indirecta. Si no sabe depurar su prosa termina con una especie de texto codificado, una clave Morse insufrible.

Con la novela, las relaciones son más tensas. No pertenecen a la misma categoría lógica. El ensayo construye el suspense de una manera distinta a la novela; sacia la curiosidad del lector sin ser secuencial. El ensayo llega, una y otra vez, hasta el punto donde el interés se desenvuelve, y lo suelta. Debe plantear una pregunta, responderla y dejar ir. Por eso es el género del hombre curioso, que actúa como si viviera entre diccionarios raros que consulta de uno en uno sin conexión ni pretensión. Los novelistas que han incursionado en el ensayo por lo general no entienden la delicada estructura que exige un equilibrio entre seguir un hilo y no manosearlo todo. Cuando ensayan, se van paso a paso. No construyen el universo completo a partir de los fragmentos, como lo exige el ensayo, porque no comprenden que en últimas el ensayo es uno más de los géneros literarios. Sobre ese punto tan pulpito volveré; ese hueso no lo dejo sin ruñir. En nuestro mundo el ensayo se parece mucho más a lo que hacen los programas de difusión científica popular. Ahora sí los puristas querrán mi cabeza en bandeja de plata, incluso sin que baile Salomé.

La otra parte de la historia que da cuenta de la desaparición del ensayo la ha de buscar uno en el papel que él no está jugando en el panorama literario contemporáneo. ¿Qué papel jugaba antes? En la época de Chesterton, el ensayo aún es el juego puro de la inteligencia, el espectáculo de ver a alguien ordenar el mundo por conceptos y categorías. No importaba tanto la precisión técnica, como la habilidad y el neologismo en esa organización. Era una distracción circense. El ensayo era a la vida intelectiva lo que la maroma a la vida física. Pero como hemos perdido interés por el circo, hemos perdido interés por el ensayo. Indefectiblemente vemos como pretensioso, como una movida hacia el orgullo y la vana autoafirmación el ver a un hombre luchando sólo con los conceptos. Nuestros rigores o la falta de ellos ha desplazado esta malabarismo del espíritu irresponsablemente hacia el centro de cada cual. De la misma manera, el papel del ensayo se vinculaba con una especie de deriva de la capacidad de consideración crítica de sí mismo y del mundo hacia el mundo de los detalles y las minucias, en una época en la cual los profetas de la ilustración aún sabían que podían recomendar tales miradas críticas. Por eso tuvo nexos con la ciencia. Era el ensayo de alguna manera la metodología de la ciencia literaria: si la literatura estudiaba la especificidad de lo real, el ensayo lo demostraba con la vida misma. Era un paso entre la ciencia y la literatura. Se regodeaba en la capacidad de melindrear y de serpentear por los temas. Pero nuestra cultura ha perdido el gusto por melindrear. Hay un término en inglés que lo describe como ningún otro: meander, lo que hacen los ríos que se dirigen al mar, nunca en línea recta.

Nuestra época está en pos de hacer de nuevo una gran defensa de la prosa, como la que hiciera Sartre en su tiempo. Esa defensa comienza repensando el lugar del ensayo en el mundo contemporáneo. Algunas pistas hemos aportado ya. Se parece mucho su papel al de la difusión científica contemporánea. No digo que él deba hacer difusión científica, digo que debe tener el modelo de la difusión científica popular. Está hecho para saciar pequeñas curiosidades. Juntas, esas curiosidades dan una visión del mundo, y si no la dan, han sido un chicle digno para las muelas de la mente. Las grandes ideas, corren por cuenta de cada cual. Yo sé que palabras como estas dan para que los puristas se regodeen en su morbosa defensa de los más altos valores literarios saltándole al cuello de los que mencionamos en una misma oración ‘ciencia’ y ‘literatura’. A casi todos en el mundo de las letras colombianas nos encanta esa jerga porque la hemos llegado a amar como se ama la música para planchar. Pero hay un momento en el que simplemente se tiene que dejar ir, o al menos entender que se ama por su ridiculez. Pienso que se debería comenzar por reconocer que el ensayo es un género de ficción.

Prueba de la semblanza del ensayo con la ficción lo encuentra uno en la voz del narrador. No es esta necesariamente la voz de la conciencia individual del autor, el autor se convierte en un personaje a veces fuertemente opinador. Nadie en la vida real opina todo el tiempo como él lo hace. Claro que nuestra época ha visto, en aras del mal uso en la política, esta movida como un giro hacia la deshonestidad, como una falta de sinceridad. Es en verdad en el ensayo una movida hacia la posición cómoda de un lugar alto desde donde divisar un panorama y en últimas hacia la ficción. Lo que una buena novela hace es esto y el narrador consume el propósito de su vida en ello: desde el mundo de la ficción desesperado clama por mostrarse como un ser objetivo, es un ensayista pero dentro de un mundo construido para el propósito, como el de los sueños. El ensayista hace lo contrario: se para en este mundo y dice que su mirada circunscribe lo fantástico y lo irreal, sin salirse de su mundo, como no lo hace el personaje literario. A pesar de que el fin que persigue el ensayo en el mundo contemporáneo ha variado, considero a este narrador en la posición que hemos descrito como el signo distintivo del ensayo. El es propio a los primeros ensayos de Montaigne y pervive en los altamente tecnificados temas de Michael Gladwell en nuestros días. Es esto lo que hace del ensayo un género literario. No morirá nuestra literatura porque carezcamos de él, pero indudablemente se verá empobrecida, como un mundo que ya no recuerda los barcos antiguos, los pianos de cola, los sabores de antaño y que se escandaliza con el escote de las damas de la corte.

Roberto Palacio F.  27-12-2010

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