El destino de todo texto

El destino de todo texto
Depósito abandonado de libros; Detroit, Michigan

domingo, 5 de diciembre de 2010

Recuerdo de la Navidad de 1975

Un muy mal año para el Niño Dios


La última Navidad en que el Niño Dios tocó mis regalos fue en la de 1975. En diciembre del año siguiente, dos niñas a las que sus madres las llamaban por sus nombres en diminutivo, Adrianita y Alexandrita, me revelaron en un sótano que el Niño Dios eran los papás. Yo me negué a aceptarlo y di todos los argumentos que pude, pero ellas pusieron el asunto en un tono oracular que yo no hubiera podido refutar: ‘Cuando seas grande verás; le vas a llevar los regalos a tus hijitos’. En ese momento lo que me llevé fue el problema a mi casa, al colegio, a la ducha. No lo pude resolver. ¿El niño dios eran los papas? Pero qué treta tan cruel, y aún así, ¿por qué Dios no llevaba los regalos por los papás? Hasta el momento, el componente ‘divino’ de la Navidad –por llamarlo de alguna manera- jugaba un papel muy importante en mi vida; antes de destapar los presentes, me quedaba examinando el papel. Un dios tocó ese papel. Un dios no: Dios. Me fijaba en la escogencia del color, porque sin duda debía ser privilegiada. Me extrañaba que el empaque tuviera imperfecciones: lo empacó nada menos que Dios. Cuando le pregunté a mi mamá por el problema de los defectos, me respondió que a veces el Niño Dios debía comprar las cosas en un almacén, lo cual sólo empeoró todo porque debía ahora cuadrar en mi cabeza la imagen del Niño Dios, que yo me figuraba como un vaporcito, parado frente a una registradora. En una fila. Eso quería decir que había empleados de almacén que conocían a Dios. También significaba que al Niño Dios no le alcanzaba el tiempo para todo, a pesar de que él se lo había inventado.

Mientras todos esos misterios me daban vueltas en la cabeza, ese diciembre se desató una pequeña crisis económica en mi casa. Mi padre, que era médico de urgencias, tuvo un traspié monetario. Los niños rara vez se tienen que enterar de esos asuntos, y los que lo hacen, y han sido criados en un ambiente de generosidad, como lo fui, no les tiene que importar. Yo llevaba días craneándome una lista de regalos progresivamente creciente e improbable, incluyendo y sacando cosas. Cada cambio se lo informaba a mi madre. Pero ese año había algo distinto en ella. No saltaba a decirme que pidiera lo que quisiera, sino que elusivamente me decía: ‘Vamos a ver…’.

El ítem que encabezaba la lista era un bólido a control remoto marca Cox. Hace treinta y cinco años, los carritos a control remoto eran una novedad. No los movía una unidad de baterías, sino un pequeño motor de verdad, con pistón y a gasolina, de los mismos que había en el aeromodelismo. Eran asombrosamente difíciles de prender y más aún de controlar, pero el modelo venía con una carrocería amarilla como un auto de Le Mans, vidrios azules y una unidad con una antena enorme y un timoncito deportivo y creo que nunca en mi vida había deseado algo tanto. A pesar de mi madre, yo seguí con mi lista y con mi bondad; buen comportamiento a cambio de un auto de Le Mans ¿qué mejor negocio? Y sólo era por unos días.

El día esperado llegó por fin. Para ese entonces, mis padres nos daban la opción a mi hermana y a mí de poder recibir los regalos en la cama, una especie de servicio a la habitación que Dios estaba ofreciendo; ellos al parecer también tenían una comunicación nutrida con el Todopoderoso, y más frecuente de lo que yo pensaba. El veinticinco por la mañana, mi última Navidad con misterio teológico contenido, me levanté tempranísimo, y ahí estaba la caja, del tamaño preciso, envuelta cuidadosamente en papel verde con rayas plateadas. Examiné el empaque rapidito -aceptable, aunque no perfecto- antes de entrar en ese estado de frenesí con el papel comparable al de los tiburones cuando se alimentan en grupo. Y bualá…descubro muy a mi pesar una ambulancia blanca, sin control remoto, sin motor, sin vida.

La ambulancia tiene que ser el vehículo más aburrido del mundo: toda la acción ocurre adentro. Y sin embargo ahí estaba, con un vehículo de la salud, sin timoncito, extrañado por el equívoco de Dios que iba mucho más allá de un papel mal empacado o escogido a la ligera. Había que hacer el reclamo de inmediato con la representante legal del niño Jesús en mi casa; mi mamá. Al fin y al cabo, ella había intermediado en ese negocio en el cual yo había puesto lo mío. Tenía derecho a una indemnización. No le extrañó en absoluto. ‘El Niño Dios tuvo un año muy malo…’, me dijo sin vacilar un instante. Y esa fue la cereza que coronó la cima de mi confusión. El Niño Dios, que era el mismo Dios, no podía estar pasando por una mala racha; él era el creador de la tierra y todos los minerales costosos, el creador de los diamantes y del oro y de las montañas y de las galaxias, el creador del carrito Cox con forma de auto de Le Mans que yo deseaba y él había hecho que yo lo deseara tanto. No era susceptible de pasar por un período de recesión. De cualquier otro lo hubiera creído. Mi padre apareció en la escena. Mientras se ponía la camisa me echó alguna cháchara sobre por qué las ambulancias eran más importantes que los carros de carreras; salvaban a la gente. La verdad, no me hubiera podido importar menos que en las ambulancias resucitaran a la gente. Yo quería mi bólido.

Tal vez lo único que agradecí es que no me dieran una imitación engañosa del carrito Cox, como por decir algo, un carrito ‘Fox’ o ‘Box’; la infortunada competencia que está hecha para que a vuelo de pájaro Papá se confunda, aquel objeto del cual hay, sospechosamente, muchos cuando el original ya se ha agotado. Bien podrían venir en el mismo color amarillo, pero en lugar de las ventanas traer calcomanías. Los adultos suelen olvidar lo sensibles que son los niños a esos detalles; creen que no les importa, porque suponen que las percepciones del niño son desordenadas. Lo que el niño no sabe es decir que algo no le gusta justamente por la falta de esos detalles. Pero son los que hacen el deleite de un juguete. El niño no espera algo útil y reemplazable por un similar porque el propósito de un juguete es su inutilidad. Importan los adornos, los lujos; que el pelo de la muñeca no venga muy espaciado, que las llantas del auto sean de caucho y se puedan quitar, que el hoyuelo en el mentón de Buzz Lightyear sea realmente un huequito. De niño, odiaba que alguna abuela me regalara un juego de ‘Las Tortugas Binja’, en lugar de las ‘Las Tortugas Ninja’ o una figura de acción que fuera ‘Ronald el Tártaro’ en lugar de ‘Conan el Bárbaro’ alegando eso es la misma cosa. No lo era para mí, y el que aún pueda recordar con pormenores la niñez lo sabe. La imitación solía tener ese sutil detalle que convertía el rasgo de gallardía o potencia en perversidad o ramplonería: las ‘Tortugas Binja’, para seguir con el caso hipotético, tendrían ese aire de maldad que no tenían las originales. ‘Ronald el Tártaro’ realmente parecía Tártaro. Es la misma razón por la cual el adulto prefiere el Aiwa al Naiwa o al Aiman y el Sony al Sonaki.

Mi madre me conocía bastante bien para no intentar deslizarme una imitación perrata. Prefirió cambiar del todo el tema del regalo y enfrentar la crisis teológica.

Creo que sólo treinta y cinco años después vengo a entender del todo las dudas que se sembraron en 1975, ahora que el oráculo de las pitonisas Alexandrita y Adrianita parece haberse cumplido. Cuando le pregunto a mi hija Gabriela de tres años qué va a pedir de Navidad, deja lo que está haciendo, comienza a caminar mirando hacia arriba y describiendo círculos ascendentes con los brazos. Su lista, la cual en distintos momentos ha incluido un piano y una guacamaya, crece desmedidamente y siempre termina con una sentencia aspirada que interpreto como ‘y continuará…’. El veinticinco de diciembre, cuando se levante corriendo y debajo del árbol no se escuche ni parloteos aviares ni los primeros acordes del Clave bien Temperado de Bach, no me quedará más que explicarle que el Niño Dios tuvo un muy mal año.

Roberto Palacio F.

lunes, 29 de noviembre de 2010

1 comentario:

  1. La nostalgia de Navidad, en una buena pluma, describe las grandes alegrías que nos brinda los juguetes sencillos. Leyendo a escritor Roberto Palacio, nota uno, en este relato como llega nuestro olfato el olor de la navidad, de una navidad menos ostentosa pero mas llena de amor. Recuerdo que mi papá me tuvo que enseñar a jugar trompo y me me prohibió jugar en la modalidad de Quiñe Alemán, si lo hacía podría ganarme un castigo. En cambio a mi hijo de cuando tenía 6 años, le regalé un Nintendo Version 8.1, un juguete, que jamás aprendere a dominar y que mi hijo ya lo jugaba antes de destapárselo. Gracias Profe por ese don que tienes para escribir.

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