El destino de todo texto

El destino de todo texto
Depósito abandonado de libros; Detroit, Michigan

jueves, 30 de enero de 2014

Corredores

Durante los años setenta, en el cénit de la Guerra Fría, los edificios se construían de adentro hacia afuera: todo comenzaba con un corredor, una especie de vena para el desangre arquitectónico. En caso de ataque nuclear, debíamos desfilar por él, sin correr, sin apurar el paso, ratones del ballet los cascanueces que pisando campanas imperceptibles se escapan hacia una muerte nuclear segura. Los corredores eran artefactos para dejar los edificios como cuerpos drenados, un premio pírrico para los comunistas. Eran, interminables, lustrados y resbalosos. Eran los sitios más solitarios.
Nunca había en ellos luz del exterior: querían enfatizar la sorpresa y al mismo tiempo la contención, el viaje sin profundidad, la travesía sin descubrimiento. Estaban hechos para que antes de tocar una puerta se sintiera ese temor, esa contorsión de las entrañas que provoca la ansiedad y que nos hace sentir como si un gato se revolviera en el intestino al tiempo que nos alisamos la solapa del traje o nos dábamos un ultimo toque en el pelo. Eran sitios privados en donde se fraguaba lo público: las guerras, los asesinatos...Watergate fue urdido a punta de suspiros por conspiradores de corredor. Surgió entonces esa especie de la política, los lobbyistas.
De niño me gustaba detenerme en la mitad de un corredor para sentir esos deseos aplastantes de orinar y de huir. Los corredores son los entresijos de cierta forma de terror. Ninguna pesadilla ocurre a plena luz del día. En la literatura no es extraño que un autor compare el tránsito de la vida y la muerte con un corredor interminable. Las instituciones mentales, como si hubiera un designio implicado, a menudo están formadas por pabellones de corredores en una cruel metáfora de la locura: voltear la página y seguir en el mismo texto. Los pacientes se sientan a dejar pasar el tiempo en cualquier lugar elaborando una alegoría de la enfermedad como una detención abrupta en medio de un pasaje, como un tener que tomar silla antes de dirigirse a la muerte. Los corredores dan paso a lo mismo, porque la locura es la monotonía, la repetición.

Acaso quien no conoció esos corredores no me puede comprender. En muchos de ellos se pasaban puertas que daban a espacios idénticos al anterior. Eran laberintos lineales, obvios, con soluciones inevitables, pasadizos en los que no había transformación, como la vida misma. En Alicia en el País de las Maravillas Lewis imaginó que su heroína debía introducirse por una puerta diminuta para dar paso al mundo de la fantasía. En los corredores de mi niñez, todo pasadizo era igual, nadie se encogía, no había transmutación…y ciertamente carecían de fantasía.



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