El destino de todo texto

El destino de todo texto
Depósito abandonado de libros; Detroit, Michigan

domingo, 16 de febrero de 2014

Amanecer sin poderes

(Parte 2)

No entiendo nada de las dinámicas ni de las jerarquías, ni de las pequeñas esperas para responder un correo ni por qué debo ponerlo con copia a la secretaria o al jefe. Es que no puedes escribir esto o aquello para tal o cual revista porque pertenece el grupo Q o P,  es de propiedad de fulano de tal, un cristiano recalcitrante. No lo sabía, no tenía ni idea. Bien puedo leer en esos simples actos desde intenciones macabras o dramáticas y asumirlas como una regla incondicional, hasta una formalismo vacío. Para mí, ese mundo está ‘allá afuera’, y el noticiero me lo trae a la casa cuando me niego a salir o a cambiar el canal. Afuera todo transcurre mientras acá, desde mi casa en donde escribo, todo permanece sumergido en una letargia que yo mismo le he impuesto, un sopor necesario para detener las cosas y capturarlas con palabras.
Escribir es desenredar la madeja de los días. A menudo vivo en ese ridículo cuadro que delimitan esas palabras. Una absurda nostalgia se suele apoderar de uno cuando escribe. Detesto tener que reconocer que esos clichés son significativos para mí y que vivo según creo es lo que circunscriben esas palabras. Qué absurdos le deben parecer a otros mis días. Un martes, demos por caso, puedo levantarme afanoso en la mañana a comprar un empate para la manguera que uso para regar mis plantas. He pensado en ello desde la noche anterior. Cuando no escribo proyecto mecanismos improbables en mi casa; luces que se encienden solas por si no estoy -siempre estoy-, cerrajes para que nadie entre a tal o cual rincón, pequeñas mezquindades como dejar a punto algo para que el siguiente que entre lo tumbe y no sea yo - nadie viene-.
Puedo estar regresando a mi casa en la primera hora de la mañana o comenzando un proyecto de años un domingo en la noche. Esta mañana sentí una absurda culpa de disfrutar a las nueve y media de la mañana el caminar tranquilamente entre los sauces y los alcaparros que llevan hasta mi apartamento. Mis días más se asemejan a atmosferas, que toman el extraño sabor de las cosas que leo, de la abundancia o la escases con las que vivo, de las personas que frecuento…por temporadas, por semanas a la vez. Creo que esto es lo que significa sumergirse en un libro, en un texto; tomar un gusto por dejarse impregnar por un sabor. Claro, no hay horas para algo tan etéreo e imposible. En la mitad de la noche, una idea me saca de la cama; odio que los textos lleguen cuando se les da la gana, aterrizan en medio de la ducha cuando no hay nada con qué escribir y pareciera que se van con la misma facilidad. El escritor de ciencia ficción Carl Sagan solía usar el jabón en la pared de la ducha. Aparecen cuando me siento en una cafetería a sorber un café lento. Me esculco ansioso los bolsillos de la chaqueta, pero sería demasiado pedir haber traído conmigo un esfero y una libreta de apuntes. Me los repito durante todo el camino a mi casa como unas instrucciones, pero las palabras que no se escriben se caen y nunca es posible volverlas a instalar justo como estaban. Como si con ello enmendara el error, en casa escribo al computador con un esfero en la mano y me paseo de un lugar a otro con una pluma. Algunas cosas terminan en servilletas, no porque sean geniales sino porque en algo hay que terminar usando la pluma luego de que uno la ha cargado infructuosamente.
A veces me siento como un escritor; son momentos escasos. La mayor parte del tiempo me considero -a decir plena y totalmente la verdad-, como un desempleado. Cuando tengo trabajo por encargo la situación pasa felizmente a adquirir un prefijo; un sub-empleado, un poder diminuto. Los formularios hacen que tenga que especificar. Casi ninguno dice “escritor”; no me enfurece como a algunos activistas les parece violatorio no sugerir al lado de “Hombre”, “Mujer”, “Otro”. ¿Es actualmente empleado o no?; la verdad no lo sé. Una vez llené un formulario que preguntaba sí había tenido Sida y si usaba oxigeno; sin duda, a diario lo uso en una feliz mezcla con el nitrógeno. ¿El motivo de su visita al doctor es personal o para algo relacionado con la empresa? No sé, ninguna de las dos en realidad…vengo a entrevistarlo. Responder con honestidad diametral lo suele a uno poner en aprietos para conseguir más de ese pequeño suero del poder que es el sub-empleo.
Para los motores de búsqueda de empleo soy un generador de contenidos, una especie de ultimo eslabón de lo que dejan todos los geniales procesos administrativos, lo que es la vaca al queso, una generadora de leche. Escribo en un tiempo en el que por lejos toda genialidad quedó reservada a los que no generan contenidos. En una opinión burda y descortés, que me permito sólo en mi intimidad, son los que no generan nada. Pero hay en ello “genialidad”. Leía el otro día en una revista sobre los cien genios de Colombia, la etiqueta que se aplicaba a un hombre: ‘El genio detrás del Alpinito’. Confieso, de verdad, sin remordimientos ni ironías que me es absolutamente extraño reconocer que detrás de un extracto lácteo empacado y vendido a los niños, inocentes consumidores de lo que entiendo es en esencia grasa colorada pueda haber un genio. Algún proceso creativo hay que endilgarle a la generadora de contenidos, que en este caso es la vaca. He intentado cerrar los ojos y entender; la gente a menudo le achaca a uno la situación deplorable financiera a no poder ver estas cosas, a vivir con ironía, al maldito sarcasmo. El escritor romano Juvenal dijo alguna vez que es difícil no escribir sátiras.  Para mi, los genios siguen siendo los grandes escritores, la creación a partir de tan poco, la nada estadística; la astucia comercial salpicada de peligrosas deshonestidades no se parece a lo anterior, para abrir un mercado no se necesita ser un vidente, el venderle hielo a los esquimales y leche en polvo a los niños del desierto no ha de contar como una movida hacia una solución novedosa e impensable.
Claro que todo esto va aunado a no poseer ningún poder, ni siquiera el de ser capaz de sopesar la propia vida. Por la misma razón, no me la paso en aeropuertos, no tengo una movilidad extraordinaria y aún me rodeo de los objetos que eran míos desde niño; mi cama, mi mesa de noche, los viejos muebles de los consultorios de mi padre que me acompañarán seguramente en mis re-encarnaciones. Nunca me imaginé que así sería; quisiera poder olvidar esas cosas para no convidar el pasado tan a menudo, pero me gusta mi mesa de noche, mis armarios y de alguna parte hay que despertarse en la mañana sin poderes. Envidio, claro esa extraordinaria vibración de los escritores renombrados, su habilidad de escribir en aeropuertos, el que puedan dejar borradores y textos fallidos en canecas de hotel, el que tengan el control de sus textos y de sus vidas.
A menudo he pensado que no seria una cruel condena para mí un castigo que me obligara a vivir en un cuarto por años siempre y cuando pudiera escribir o leer. Hay una especie de obsesión con el tiempo necesario para realizar estas actividades, independientemente de que no las haga como Hemingway sino más bien como una adolescente que hace una entrada en su diario.
El poeta italiano Pasolini solía afirmar que él no tenía tiempo para trabajar. Escribió este asombroso verso:
«Para ser poetas, hay que tener mucho tiempo:
horas y horas de soledad son el único modo
para que se forme algo, que es fuerza, abandono,
vicio, libertad, para dar estilo al caos.
Yo, ahora, tengo poco tiempo…»
Si se supiera la enorme cantidad de tiempo que se requiere para escribir….para concitar el tiempo se necesita tiempo. Ni siquiera en las artes literarias hay verdadera alquimia gratuita que convierte el oxido de los días y el plomo de las noches en oro. Claro entiendo que otros no lo entiendan: ¿cómo diablos puede uno demorarse un día en una endiablada página si hay gente que saca informes de decenas en el mismo tiempo? Mi esposa me reprochaba que podía gastarme una mañana escribiéndole un correo a mis amigos. Escribir es una máquina de consumir minutos, horas, días, porque es una forma de no hacer; no poner una marca en la hoja, no contar esto o aquello, resistirse al cliché, no usar un poder. Si pudiera decirlo en los términos más inocentes que se me ocurren, es hacerse pequeñito para dejar pasar algo que viene rebosante y a la vez tímido y que se quiere domeñar bajo la adictiva promesa de que ese acto le devolverá a uno los poderes necesarios para saltar y regodearse en lo muebles una vez más. Escribir se parece a un sueño; uno realmente va creando algo a medida que sucede. Hay un círculo y si alguna vez esta palabra tuvo significado, vicioso, realmente vicioso. Un familiar solía aplaudir todo texto que sacaba casi con un criterio stalinista de que estaba haciendo algo; en la antigua ex unión Soviética, se rumoraba que los escritores podían ir a canjear sus cupones de comida y Vodka sólo cuando llegaban con un panfleto. No me extraña, era un hombre corporativo, proactivo; solía vestir una camiseta que decía ‘no DV8ion’; cero desviación; no mucho por el pensamiento individual. Otro amigo arquitecto solía burlarse pensando que a cierta hora de la tarde yo sacaba dos bolas de bolos y con cremas especializadas las pulía sólo para volverlas a guardar. El mismo, acosado por un proyecto en el afán del dinero intentó tomarse un manojo de píldoras para dormir; el tiempo…el tiempo perdido, el tiempo recobrado, el que se ha ido para siempre, el que se esfuma como agua cogida en un cesto.
Robert Frost alguna vez escribió este asombroso verso:
«I have outwalked the furthest city light»
Ya sin poderes, sin ser capaz de volar o volverse invisible no quedará más que regresarse caminando por la ruta más demorada, con el traje rasgado y el orgullo herido para volver a comenzar al día siguiente. Frost lo dijo en una sola frase; eso, me imagino, es tener un poder de verdad.


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