El destino de todo texto

El destino de todo texto
Depósito abandonado de libros; Detroit, Michigan

lunes, 1 de noviembre de 2010

Histórico encuentro entre Monseñor Rubiano y el Padre Chucho (fragmento)…

Textos del Ocio;
Si no lo pudimos presenciar, habrá que inventarlo. Lo que se logra en un puente festivo…


Tuvo que caminar por muchos pasillos para llegar a la oficina de Monseñor. Cada puerta estaba celosamente custodiada por un joven seminarista. Los miró a todos a los ojos, y algunos de ellos le devolvieron la mirada con resignada solemnidad y picardía. Cada nuevo paso parecía marcar una nueva esfera, una mayor cercanía a Monseñor. Había hecho la travesía muchas veces, pero tuvo la certeza de que si viniera sólo, no podría encontrar la oficina deseada.

Al fin, una última puerta, enmarcada en paredes altas y frías, le cedió el paso a la oficina. Era un mundo sin colores, sólo los acostumbrados grises, marrones oscuros y el negro omnipresente de la vida clerical. Su suéter rojo de The Gap, que ahora llevaba doblado sobre el antebrazo se destacaba con especial fuerza. Sabía que a Monseñor le agradaban esos detalles. En la otra mano llevaba la guitarra, lo cual le daba cierta apariencia de aventurero. Monseñor, sin duda, no dejaría escapar el elemento; era un hombre de detalles.

 Al fondo del óvalo gigante que formaban las estanterías, le pareció divisar un movimiento repetitivo y diminuto que se perfilaba contra un enorme mosaico de colores que mostraba una imagen del arcángel San Gabriel, desnudo y victorioso atravesando una serpiente con una lanza. Por algún extraño motivo, la luz del ventanal también proyectaba colores muertos, apagados. Algo parecido a una voz provenía de ese lugar. Se tuvo que acercar para que los contornos tomaran formas definidas. Caminó hasta un enorme escritorio de madera torneada. En el frente, el armatoste exhibía un escudo pontifical de dimensiones descomunales. Parecía decirle al desprevenido visitante, por su propia obra y gracia, que no debía avanzar más. Obedeció la señal tácita. Aún no sabía claramente qué había en frente suyo. Lo distrajo por algunos instantes la forma pulcra y estricta en que el escritorio estaba ordenado. No parecía que alguien hubiera trabajado allí jamás, excepto la cuidadosa mano del aseo. Un ligero ronroneo captó su atención. Algunos metros más allá del escritorio, contra el enorme ventanal de colores pudo divisar claramente el respaldo de un sillón de cuero, también de dimensiones desmedidas. Por uno de los lados se asomaba un antebrazo desnudo, envuelto en un capullo de pelos canosos debajo de los cuales se asomaba una piel blanquecina y muerta. El movimiento repetitivo que había visto metros atrás era el de ese brazo que acariciaba en forma rítmica y regular algo que no pudo identificar.

- ¡Jesús Hernán Orjuela!, sólo mírate…

Era una voz nasal que arrastraba las vocales y dejaba la sensación de que la frase era redonda. Hubo un silencio. No sabía de dónde había salido y si era la de Monseñor. El brazo se seguía moviendo rítmicamente y ahora podía escuchar los diminutos chirridos y contorsiones que hacía el cuero de la poltrona contra el cuerpo de su ocupante.

- ¿Monseñor?

preguntó incrédulo, expectante.

- Chucho, Chucho del alma. ¿No me reconoces, churro?

No tuvo tiempo de explicarle que era raro encontrarlo así, de espaldas, aunque estaba acostumbrado a sus excentricidades. La poltrona comenzó a girar lentamente. Jesús no podía comprender bien lo que veía. Esperaba ver a Monseñor en su clásico clergyman negro, inmaculado como era su costumbre. La figura que iba apareciendo, en cambio, era de un blanco espectral, atormentado por salpicaduras de rojo. La recubría un aura brillante, prístina, que sin lugar a dudas no era de santidad. Se percató de repente que había un extraño olor a petróleo en la habitación. La silla terminó de dar la vuelta. Jesús apretó los ojos por un instante, entreabrió la boca e intentó acercar la cabeza, como si esa mínima distancia le diera una mejor visión. Tardó unos momentos en entender lo que veía, como suele ocurrir con lo que merodea los bordes de lo irreal. Ante él estaba el máximo jerarca de su Iglesia, completamente desnudo con un gato negro sobre su regazo, sentado tranquilo y relajado en la silla descomunal. Portaba con orgullo una sonrisa que gritaba con fervor silencioso ¡Te sorprendí! Monseñor se había ungido el cuerpo completo, de pies a cabeza, en vaselina. Sólo en los pies portaba unas botas vaqueras negras, de punta y tacones ligeramente cónicos. Por un instante quitó su mano pecosa del gato que acariciaba -llevaba varios anillos pesados, incluso en el pulgar- y se reacomodó en la silla, con gran dificultad. La silla chirrió discretamente, como sintiendo la misma incomodidad. En su entrepierna se destacaba un color menos brillante que el del resto del cuerpo, más blanco. La única parte de su cardenalicia existencia terrenal que Monseñor había dejado libre del menjurje pétreo era su pubis y sus genitales, aunque los había bañado generosamente en algún talco. Jesús pensó en cómo ese pequeño y flácido miembro sacro se parecía a una gelatina de pata y se le comenzó a subir el labio por encima de los brackets, mientras detallaba la diminuta criatura empolvada. Lo ocultó enseguida con la mano. Monseñor notó su asombro y se miró también en la entrepierna

- Si, si, me faltó. Soy alérgico a todo, sabes. Cualquier cosa me pone rojo y me pica

Exclamó tranquilamente en tono de disculpa, como si la estupefacción de Jesús se debiera únicamente al parche.

Sin mediar otro comentario, Monseñor se paró de la silla, con el gato consentido ahora apoyado contra su pecho. Extendió un brazo, como poniendo de patente su desnudez, refiriéndose a ella, a la vaselina.

- Esto se lo vi a Burt Reynolds en una película. Te quise sorprender.

Jesús, intentando fingir tranquilidad y soltura, soltó una frase preconcebida, propicia.

- El que nos sorprende siempre es Jesús mismo, padre

Y los dos hombres soltaron carcajadas sonoras. La risa hizo que Monseñor se sintiera más a gusto con la presencia de Jesús. Caminó hacia él rápidamente, con complacencia en la mirada. No le dio la mano. Se mordió el labio inferior y le pellizcó la tetilla sobre la camisa con fuerza, mientras lo saludaba en esos sílabos redondos, completos, afectados, tan suyos. Entonces le habló en voz baja, como buscando complicidad

- Jesús, Jesús, qué gusto que estés acá. Estaba que no veía la hora…

Jesús fingió estar a gusto con el gesto. Observó con disimulo cómo la camisa se le manchaba con vaselina. Pero sabía lo obsesivo que Monseñor podía ser con sus pasiones. Apenas lo conoció, pareció perder la cabeza. Todos los días, cuando Jesús llegaba a su casa, encontraba algún presente sobredimensionado; cajas de chocolates por docenas, lotes de quinientas rosas del mismo color, presentes enormes cuidadosamente envueltos en papeles importados, siempre marcados con el sello personal de Monseñor y una espiga en el moño. Lo llamaba varias veces al día para compartir las nimiedades más insignificantes, para hacerle algún comentario que le hiciera reír, para saber con quién andaba. En su casa pensaron que tenía algún amor secreto, o al menos una cohorte entera de admiradoras. A su madre y a su abuela no les extrañó; Jesús era tan guapo, tan carismático. Cuando le indagaron entre risas cómplices por el remitente, él se enfadó; les recordó que él no tenía la más mínima inclinación por el amor de las mujeres. Dijo que los regalos simplemente eran ‘retribuciones del señor’ por sus obras. Con el tiempo, los presentes de Monseñor fueron disminuyendo. Las llamadas también. Jesús supo con certeza que ya había encontrado a otro joven ambicioso y humilde en quien fijar su atención. Fue un alivio, aunque no pudo mentirse al respecto; sintió celos. Pero había manejado la situación con altura. Soportó todo el exasperarte acoso sin jamás dejar de sonreírle a Monseñor, contestando todas sus llamadas. Era una de sus virtudes, de la cual estaba muy consciente, el soportar lo inaguantable con tal de cumplir sus metas. Ahora, estaba en el círculo. Por eso, ahí parado desnudo y aceitoso, lo dejó sentirse sorprendente, explícito y subrepticio. Pero al mismo tiempo sentía ansiedad de saber la misión que Monseñor le tenía asignada. De manera cortés, pero objetiva tenía que preguntar

- ¿Monseñor me mandó llamar?

Casi decepcionado, con profundo hastío Monseñor también comprendió que el juego se había acabado. Soltó el gato desde lo alto, se limpió el exceso de vaselina de los ojos y le explicó en un tono más apagado.

- Es el Iragua Chucho. Quieren que animes una convivencia. La pastoral es fuerte en ti…

Mientras Monseñor profería esas palabras, Jesús se remontó a la primera tarde que animó una convivencia en el Iragua. Recordó cómo en el momento culmen, cuando Jesús ya poseía las almas de todas las niñas, y sentadas alrededor de la fogata cantaban ‘La Espiga’, a Malú Botero, una niña obesa y entusiasta que con los ojos cerrados y aplaudiendo casi gritaba los coros, se le salió un enorme seno de rosado y lúbrico pezón que se rozaba con un crucifijo de metal. Jesús abrió los ojos en el momento preciso para captar esa imagen que no lo abandonó por años. Los volvió a cerrar, tañó con mayor ímpetu las cuerdas de su fiel compañera de pastoral al son de … ‘un molino en la vida nos tritura con dolor, Dios nos hace eucaristía en el amor’ y supo con prístina revelación que nunca en su vida se había sentido tan excitado.
No dudó un momento antes de exclamar

- Chiva rumbera, destino final el cielo…

1 comentario:

  1. Este relato da a conocer las intimidades públicas que los jerarcas juzgan ser de sus vidas ocultas y el Profe Roberto conculca a través del suspenso inimaginable de lo que todo Colombia conoce en la vida real de sus curas.

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