El destino de todo texto

El destino de todo texto
G.K. Chesterton

domingo, 7 de noviembre de 2010

Sobre andar armado [Experimentos en el borde de la ficción y la no-ficción]

[Para mi hermana María Claudia en su cumpleaños, la única a quien le consta que estas cosas ocurrieron]

En la foto estoy con las manos en los bolsillos y el torso ligeramente inclinado. Es una diapositiva. Mi padre la marcó con letra grande y enfática ‘Apr. 1973. Louisville, Ky’. Llevo una camisa vaquera, de solapas cafés y flequillos con botones nacarados. Debajo, mi madre me había puesto una camiseta por si el día se enfriaba. Una pulmonía se volvía una neumonía en segundos, decía, mientras chasqueaba los dedos. Llevo un pantalón oscuro, que no hace juego con la camisa, aunque es vaquero. De una presilla pende la imitación de un revólver Smith & Wesson treinta y nueve milímetros, de la mitad del tamaño del original, que venía con el pantalón. Usaba unos cartuchos de plástico rojo que no expelían nada, pero hacían ruido y levantaban una humareda que lograban llamar la atención. Por eso casi nunca lo disparaba. Llevaba el arma por si acaso, porque era agradable saber que iba armado y porque…bueno, uno nunca sabe. Tampoco había forma de saber que estaba a pocos días de disparar un arma de verdad; o lo que yo creía que era un arma de verdad a los ocho años.

Por ese entonces mi padre terminó aceptando un puesto en una clínica de mineros en un sitio llamado Greenville, Kentucky, a dos horas de donde vivíamos. Aunque era un caserío repleto de excavadores de carbón de las montañas, con más barro que vías, debía completar las horas de práctica para su post-grado y generar los suficientes ingresos para una familia de cuatro. Estuvimos entre los primeros en habitar una urbanización que se había comenzado a construir en las afueras y en la que no había más que unas cuantas casas simétricamente organizadas a lado y lado de una carretera recta, que subía por una loma boscosa que iban despejando a medida que hacían una nueva construcción. Muchos dueños no las habían ocupado aunque estaban terminadas, y sin decírselo a nadie, pensaba que postergaban su llegada porque odiaban ese lugar tanto como yo. No habíamos acabado de acomodarnos cuando comenzaron mis pesadillas. Temía dormirme porque en mis sueños recurría la imagen blanca y traslúcida de un Arcángel que con espada en mano me decía que me iba a morir, y me advertían a qué edad; los doce años. La educación religiosa de las mojas del Colegio Saint Margaret Mary en Louisville habían cobrado su porción de infelicidad. Fue también la única época de mi vida en que me interesé por las armas.

Dos casas abajo de la nuestra vivía un chico de mi edad llamado Jamie. Su padre, un minero alcohólico, lo había abandonado a él, a su hermano menor y a su madre luego de jugarse la finca en la que vivían y como en una canción de Johnny Cash, lo único que les dejó fue a su propio hermano, un drogadicto erotómano que había estado en Vietnam, o al menos eso decía. Era gente del campo y viviendo en una casa en los suburbios se veían inadecuados, sucios, constreñidos; imagino que en realidad lo eran. Pero también estaban allí por necesidad lo cual nos unió con Jamie y nos hicimos amigos de inmediato. En el verano Jamie no usaba ni camisa ni zapatos sino un pantalón sin más, algo que mi mamá notaba con lástima y preocupación. Yo también la sentí hasta que un día lo vi por la ventana, así, descalzo, con su pelo largo y enmarañado y con un rifle en la mano caminando hacia mi casa. Jamie adquirió para mí desde ese instante un aura casi sobrenatural. Temí que mi madre viera el rifle y salí corriendo a recibirlo antes de que me prohibieran algo. Lo saludé mirando el arma y preguntando qué tenía ahí. Los años han borrado de mi memoria la marca, pero Jamie me dijo que era una belleza en su clase; un auténtico rifle de aire, mientras lo sostenía y también lo miraba como si fuera la primera vez. Yo le creí incondicionalmente. Me dijo algo en el sentido de que era peligroso y que yo no podía usarlo hasta que no lo viera disparar, para lo cual nos fuimos al bosque.

Sacó de sus bolsillos una balita que parecía un gallito de Cricket en miniatura, abrió el arma en dos con un crujido, moviendo una palanca que yo había visto pero que suponía inoficiosa, e insertó la pelotica. Me dijo que entre más cargas le pusiera, mayor potencia tendría y especulamos un rato sobre si podía matar a alguien. Jamie me explicó que él había sido golpeado por una balita que no le penetró la piel; pero que con los suficientes bombazos de presión, si él quería, podía atravesar a un hombre. Pero que ahora no quería. Lo observé dar bombazos, admirado, bajando y subiendo una manivela al lado del gatillo. Lo hacía con los dientes apretados, como cargaban los vaqueros de las películas, con la diferencia que en las Winchester del oeste, por cada bombazo se podía dar un disparo, mientras que Jamie debía dar al menos veinticinco para obtener un tiro que no fuera una parábola muerta. Las últimas cargas las hizo con un esfuerzo increíble, olvidando lo bélico de su propósito, hasta que al fin se paró, descalzo, le apuntó a un árbol que él consideraba capaz de resistir la brutal embestida y disparó. Yo me tapé los oídos y apreté los ojos con fuerza y en esos breves momentos antes de la detonación, tuve la clara conciencia que estaba comenzando algo que no iba a terminar bien.

La explosión no produjo el sonido robusto y penetrante de trueno que yo esperaba, sino más bien el que hace un neumático de bicicleta al estallar. Corrí a ver el árbol que había sido impactado y tardamos un buen rato con Jamie en encontrar el proyectil, que estaba dentro de un agujerito del tamaño de una lenteja, destrozado. Comentamos aterrados la brutal potencia que se necesita para destrozar así un pedazo de metal, ignorando que el plomo de la balita ya se había deformado en el bolsillo del pantalón de Jamie. Le rogué que me dejara disparar y mientras me hacía mil advertencias, cargó con otro plomito y bombeó. Me impactó lo pesado y brutalmente real que era el rifle. Es lo que la hacía un arma real para mí, acostumbrado a las contrapartes de plástico que disparaban chupas. Me paré, como él, en el mismo lugar, contuve el aliento y disparé. El arma se movió menos de lo que yo esperaba. Jamie salió corriendo a buscar la bala - a veces las volvíamos a usar- pero no la pudimos encontrar por ningún lado. En todo caso me palmeó la espalda y en lo que parecía un extraño rito de iniciación, supe que ahora era uno de los hombres del rifle y que tenía el poder de herir a distancia.

Ese verano le disparamos a todo: lo que se movía, lo que no se movía, a las aves que se acercaran, a las que estaban demasiado lejos para haber podido llegar a ellas con un número finito de bombazos, a roedores imaginarios y reales y a los vidrios de las casas deshabitadas. Mientras Jamie comía, o iba al baño yo sostenía el rifle, y por unos breves momentos lo sentía totalmente mío.

El frenesí de disparos llegó abruptamente a su final en el otoño cuando disparándole a un ave que se había posado en un chamizo pelado que había en el antejardín le atiné a la camioneta Buick de mi casa. Ví el vidrio lateral derecho cuartearse en mil pedazos, como en cámara lenta; vi a Jamie salir corriendo hacia su casa con el rifle. Mi papá salió en piyama -era tal vez un domingo en la mañana- y mientras se amarraba la levantadora me preguntó si había visto a la persona que había hecho el daño. Yo le señalé con el dedo el supuesto camino que había tomado el criminal imaginario y ambos nos subimos al carro lleno de vidrios, pero cuando íbamos al final de la recta, yo ya no podía sostener más el cañazo y renunciando completamente al derecho que otorga la cuarta enmienda en suelo americano, me autoincriminé a más no poder. Frenamos en seco, dimos media vuelta y en la casa se desató el infierno para mí. No solo los disparos llegaron a su fin ese día; también lo hizo la amistad con Jamie, y no sólo porque llegó a girar íntegramente sobre el aire comprimido, sino porque la capacidad de dañar había dado la vuelta completa y había ido a parar en mi propio jardín, algo que no creía posible y supe que para no morir a los doce años a manos de una espada traslúcida había que dejar de ser un temeroso hombre del rifle. Algunos simplemente nunca lo comprenden.

Roberto Palacio F., 07/11/10

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