El destino de todo texto

El destino de todo texto
Depósito abandonado de libros; Detroit, Michigan

domingo, 21 de noviembre de 2010

Homenaje a un amigo de las letras

Las Papitas del Escritor


Conocí a Mario Mendoza por sus libros. Lo que digo es cierto en un sentido trivial; nunca lo había visto y me formé una imagen de su cara por primera vez con la foto que aparece en la contra de Scorpio City…creo. Pero la imagen se me grabó en el cerebro como si un vaquero hubiera marcado mi pobre encéfalo con un hierro candente en forma de dos emes en un círculo: Mario Mendoza. Está este hombre de barba, de mi edad más o menos, aunque hábil en hacerla pasar por menos, ligeramente inclinado a la derecha -es una tontería, por supuesto, una foto digital tiene tanta dirección como una pista de aterrizaje-, rasgándose el labio inferior con el dedo índice y el pulgar. Sus ojos expresan una gran preocupación; la ceja izquierda está ligeramente contraída, la derecha se iza con un arqueo perfecto en su proporción. Parece estar debatiendo no con algún periodista, sino con el futuro mismo, o alguna otra entidad metafísica respetable. Me impresionó tanto que intenté hacer la misma cara por si alguna vez me entrevistaban, pero no era tan sencillo y de alguna manera la mano me terminaba iluminando el rostro como si quisiera resaltar su lozanía. Con mis proporciones corporales, lejos de Mario Mendoza, yo era Hilda Strauss y podía haber descubierto su secreto consistente en que si nunca quieres arrugarte te debes engordar. Esa cara Mendoza era el patrimonio de un maestro y venía sólo con el oficio. Y sin duda, tenía que ser una impostura.

A finales de la década de los noventa conocí al dueño de la cara. Fue un período de mi vida que recuerdo como en una especie de cinta frenética que pasaba a toda velocidad para mí, un simple observador A en un ejercicio de física relativista, en donde para cualquier otro observador B con menos tragos en la cabeza, la película era de Andy Warhol. Mario era uno de los observadores B. Y creo que fue lo suficientemente selectivo como para disfrutar de un par de borracheras y volver a su vida sin subirse a mi nave que iba mucho más lento que la velocidad de la luz. Ese solo hecho abrió una primera interrogante sobre él: o era un tipo en verdad disciplinado -salía justo cuando uno quiere tomarse ese trago del no-regreso- o temía absurdamente desconfigurarse en público. Con los años la duda no se ha disipado, pero aprendería que tan intenso como su intento por no desconfigurarse en público era su vocación y su disciplina.

Nos reencontraríamos casi diez años después. Yo acababa de publicar mi primer libro con Aguilar en el 2008, Sin Pene no hay Gloria. Había deseado desde hace años retomar el contacto con Mario. Tomé como pretexto entregarle una copia de mi texto. Descubrí muy pronto que Mario no era fácil era conseguir; su actividad y títulos como Satanás lo habían puesto en la mira de grupos cristianos que saben dolerse más por el nombre de una novela que por lo que Satanás hace realmente a bala y cuchillo; gente que le queda más fácil el homicidio que pasar sin saludar. Comprendí que era normal quererse alejar de las potenciales amenazas. Tuve que mandarle razón con un conocido que lo frecuentaba. Unos días después, nuestro amigo común me entregó el correo electrónico de Mario con el mayor sigilo, eso sí, advirtiéndome que Mario pedía que no fuera a tratar nada ‘trágico’. No entendí del todo la petición; aparte del título de mi libro, no creo que hubiera nada trágico en todo el asunto. Le escribí sin aclararle del todo mis intenciones. No quería que me diera las gracias y me dijera que lo compraba por su cuenta. Me contestó el correo casi de inmediato, en efecto pidiéndome el favor de que no abordáramos asuntos de carácter doloroso, que todo lo demás era admisible. Yo le contesté que quería hablar de literatura, lo cual, claro era una forma didáctica de tergiversar la verdad. Luego vendría a saber que acababa de pugnar con la dolorosa muerte de su padre, de allí su reticencia a lo que tuviera sabor a esa atormentadora verdad. En un tercer correo me envió el teléfono de su casa y convinimos un día y una hora para ‘conversar’. Aún con el teléfono, Mario no demostró estar simplemente allí. A la hora y en el día señalado marqué y me imagino que el teléfono repiqueteó en su pequeño apartamento mientras Mario lo observaba, quizá como en la foto de Scorpio City. Al fin, contestó un mensaje pregrabado que en inglés americano y con el timbre de voz de una negra voluminosa advertía que la persona no estaba ‘available’ y por un instante no tuve ningún problema en imaginar a Mario incorporado en la carátula de Abraxas de Carlos Santana. Luego de que sonara el ‘bip’ del contestador y yo comenzara a hablar con la Black Magic Woman digital, Mario contestó, agitado, afanado de que no fuera a colgar. Como si no hubiera pasado un día me llamó por el apodo que me tenía hace diez años: ‘Bobby’, me recordó de lo que no quería hablar y conversamos por lo menos una hora, entre otras cosas de literatura. Me habló con claridad y contundencia del medio literario, el cual conoce mejor que los agentes europeos, intercalando con sus dicciones sobre las últimas tendencias literarias fragmentos de lo que me parecieron ideas libertarias de la izquierda de los setenta. Me aterró la generalidad con la que persigue una idea específica y la forma en que es capaz de devolverse y perseguir, como en los pasajes de sus novelas, los momentos más específicos de una vida alumbrado por ideas generales de Freud o Michelet. Quise aprender a hablar como él, porque comprendí que por momentos me hablaba en el código del mundo que subyace a la literatura; el de los editores, los agentes literarios y sobre todo el de un autor con un universo literario. Si yo quería pertenecer a él, debía quebrar ese código y así, muchas veces durante nuestras conversaciones posteriores, tomé apuntes, simplemente para ejercitarme en cómo se decía algo en ese gremio que por ficticio que fuera era infinitamente más real que el de la academia de donde yo venía. Al final dijo que leería el libro encantado y celebró mi llegada al mundo de las letras. Yo colgué sintiéndome un escritor consagrado, casi capaz de hacer la cara Scorpio City.

Esa conversación marcó el inicio de una de las amistades más cercanas que he tenido en mi vida. No pasaron tres días y en mi casa sonó el teléfono un martes en la mañana. Era Mario. Casi sin presentarse, me estaba leyendo pasajes enteros de mi libro, citándolos y riendo a carcajadas. Terminó comprándolo antes de que yo le pudiera llevar una copia. Le había encantado. Me sorprendió porque de inmediato supo el carácter sutil que yo intenté imprimirle al libro sin que fuera evidente para el lector; un gran ensayo en la tradición de Chesterton y Shaw. Había descrito el famoso iceberg de Hemingway, mi iceberg.

A pesar de que suena a una declaración firmada y notariada de gayitud, debo decir que muchas veces luego de esa conversación nos reunimos en los baños turcos de su preferencia, un sitio más bien plagado de ganaderos de Puerto Boyacá que se ven absolutamente naturales a cincuenta grados centígrados, con una toalla en el hombro mientras hablan de millones y aftosa. En medio del vapor hirviente y las bebidas heladas nosotros seguíamos la misma cháchara que habíamos iniciado el día de la negra digital, a veces repetitiva, a veces salpicada de cosas nuevas. Creo que en esos encuentros disfrutaba de mi humor, una facultad de la cual no se cree poseedor y que siempre ha querido tener, aunque en su último libro La Locura de nuestro tiempo, una pequeña obra maestra de la no-ficción colombiana, se describe en las épocas en las cuales forjaba su obra como un superhéroe cuyos poderes consistían en poder blanquear la ropa, el capitán Clorox, oficio que desempeñó con todo éxito durante el desempleo.

Fue justamente en diciembre del 2009, luego de una de estas jornadas de vapor que se resolvió el asunto de la cara Scorpio. Saliendo de los turcos un viernes en la noche, Mario sugirió que comiéramos algo. Me sorprendió cuando él mismo apuntó que le cuadraba al pelo una hamburguesa de El Corral; hubiera imaginado a cualquiera menos a Mendoza en un sitio que tiene por decoración caricaturas de Sylvester Stallone alternados con imitaciones de clasificados de periódicos paisas del siglo XIX en la fórmica de las mesas con letreros como ‘En Porcecito resucitan bestias’. Mientras pedía su hamburguesa con malteada en la caja, dudó si la debía acompañar con papas o anillos de cebolla. Tuve un momento de absoluta clarividencia literaria y personal cuando sin proponérselo, mirando el menú que pendía del techo, Mario arqueó una ceja, inclinó la otra, se llevó la mano al labio inferior con el índice y el pulgar, pareció mirar al infinito preocupado y grave mientras en voz firme y en castellano, a través de su cara Scorpio City dijo: ‘Démela con papitas’. Supe que no había impostura alguna en su voz.



Roberto Palacio F.

domingo, 21 de noviembre de 2010









No hay comentarios:

Publicar un comentario