El destino de todo texto

El destino de todo texto
Depósito abandonado de libros; Detroit, Michigan

domingo, 6 de febrero de 2011

Iba a escribir para hoy un perfil psico-social de Maria del Pilar Hurtado; pero decidí salir con este texto al que me incitó hace tiempo Uriel Cárdenas

LA DESAPARICIÓN DE LA DESAPARICIÓN DEL LIBRO


Escuchaba hace poco a uno de los vendedores de libros más importante de nuestro medio entregado al innoble oficio, tan colombiano como señalar con la boca, de buscar solaz en los subproductos ‘afortunados’ de nuestro subdesarrollo: ‘Los libros están desapareciendo, pero en otros países. Eso acá todavía no…’. Lo decía en el tono de alguien que se convence con argumentos autotranquilizadores, como un Reiki conceptual, de que toda su vida natural tendrá servicio doméstico barato -demos por caso- porque a Colombia afortunadamente todavía no han llegado los derechos fundamentales. Me imagino que un hombre con una bodega llena de libros que debe vender a como dé lugar tiene derecho a buscar confort con lo que le dé la gana. Pero no pude evitar pensar cuán endebles somos al no reconocer que el apego a los privilegios del aislamiento - Colombia es «el mejor vividero del mundo»- simplemente nos sacan sin más del retrato de los tiempos que corren. Ricardo Silva Romero decía que Colombia es un país al que le cuesta trabajo creer que queda en el mundo. Para mayor precisión, Colombia es un país al que le cuesta trabajo querer quedar en el mundo.

Comencemos por hacer unas precisiones indispensables en el debate sobre el estado del libro. En primer lugar, la peculiaridad de los cambios que acaecen con el libro es todo menos local. En segundo lugar, no había escuchado nada más ridículo que decir que el libro está desapareciendo.

Comencemos con esto segundo. Entiendo que es una forma rápida y descuidada de denominar un debate conceptual implicar, como en el título de este escrito, que tal o cual cosa ‘desaparece’, que esta otra fue ‘negada’. «El libro desaparece»; pero claro que no es esto de lo que se trata. Me cuesta trabajo imaginar un escenario no apocalíptico en el que el libro simplemente desaparezca. Estamos, eso sí, ante uno de los cambios de formato más significativos que el libro ha tenido desde que pasamos del papiro al códice y de este al libro impreso por tipos móviles. Con la digitalización -que no es nada nuevo-, no se hace más que completar un estadio lógico de lo que ya se había iniciado con Gutenberg: descomponer el libro en partes móviles, no significativas, recomponibles con las cuales se puede rearmar cualquier conjunto de ideas a voluntad, sean estas las que sean, de la misma manera que las palabras se descompusieron en fonemas y letras a-significantes cuando pasamos del pictograma al abecedario. Ahora esos tipos han dado un salto ulterior hacia su posibilidad de recomposición y resignificación. Una vez que las palabras de un libro aparecen en pantalla, ya no son parte del objeto físico conocido como ‘libro’. Ahora ocupan el espacio no solo de cualquier otro libro sino el de cualquier otro archivo. Cualquiera las puede poner, quitar, copiar, pegar, apropiar y desafortunadamente, plagiar. Esas palabras se funden en un enorme caldero que se revuelve lentamente en internet, en el cual se vierten potencialmente todas las ideas de la humanidad, sin autoría clara, sin pertenencia, fragmentadas. A esto me refería con el primer punto, cuando decía que la revolución del libro es todo menos provincial. El temor recalcitrante de George Orwell de que un libro –o la unidad literaria mínima que sea- en nuestros días ya no será escrito por una sola persona en cierta forma se ha cumplido, pero no fue recalcitrantemente malo. Por eso Google ha emprendido la enfermiza tarea de reunir todos los datos del mundo, algo que nunca en la historia de la humanidad se había siquiera planteado. Enfermizo, pero quiero estar ahí cuando suceda. Por eso Wiki gotea. No hay nada esencialmente nuevo en ello. Algo similar había ocurrido con los tipos de Gutenberg; contenían todos los libros posibles jamás escritos o por escribirse. En la prolijidad hubo confusión, mezcla, anonimato, proliferación y difusión.

Pero en otros frentes no hay motivos para estar optimistas. Con los cambios que se ven venir, el libro se desarraiga de sus orígenes y de sus roles. Por lo menos de las que conocemos hasta ahora: en muchos sentidos, el libro perderá su papel como educador, como autoridad, como hito. Al medio digital, por su misma neutralidad, no le tributan esos afluentes. Piénsese lo difícil que será hablar de un libro inspirador, crítico, que cambió la vida cuando el mismo está fragmentado, despedazado en el lector digital, así este simule la continuidad de una hoja tras otra. No es una pataleta neo-romántica. Hablo más bien del tema relativamente técnico del holismo sintáctico y semántico. Es de hecho este el principal problema que enfrentan las nuevas tabletas electrónicas; comunicar y denotar el sentido que antes tenía un objeto físico, una porción del mundo, en archivos que uno tras otro pasan ante los ojos. No es lo mismo una sucesión de páginas que todas las páginas juntas, así se vea una a la vez. ¿Por qué? Nuestra comprensión en un sentido psicológico lo demanda; es un proceso que se nutre de porciones estructuradas que se asemejan a totalidades, aunque a veces como ejercicio de la didáctica tengamos que romper algo en sus partes para entenderlo. Imagínese lo que es evaluar un juego de ajedrez mirando una ficha a la vez sin jamás poder mirar todo el tablero; los programas de ajedrez comenzaron a derrotar a los humanos más competentes cuando los programadores pudieron incorporar mecanismos eficientes de evaluación de un conjunto de situaciones a la vez. Cuando la máquina pudo decir para sí misma, luego de mirar todo el tablero: ‘Uyyy, estoy jodida…’ De la misma manera, apropiarse de un libro, comprenderlo implica poder considerarlo como un objeto independiente de otros, tener la perspectiva de hojear, de tener en mente las páginas, sus diseños, sus lugares en la obra física total. Cuando falta el contexto total, es difícil comprender las partes y su lugar en esa totalidad. Es esta la dificultad de «leer en pantalla».

Me preocupan mucho más los tentáculos de este fraccionamiento a si, por ejemplo, las comunidades autónomas de internet son lo suficientemente competentes como para poner juntos todos los ingredientes que se necesitan para cocer un buen libro, o si la libertad de hacer libros indiscriminadamente nos expondrá a mucha basura. Puede que sí. Las preguntas de fondo, sin embargo, siguen sin plantearse, como por ejemplo: ¿este fraccionamiento del texto alterará definitivamente nuestra relación con la lectura? ¿Se volverá a su vez más fragmentaria, se «Twitterizará»? ¿Llegará el día en que no podamos leer textos extensos? ¿O escribirlos? Claro, no tengo respuestas para estas preguntas. Realmente no las tengo, y no las pregunto porque sospeche que para allá vayamos. Pero siento que en toda esta crisis se ha hablado demasiado de la existencia y producción del libro físico, como lo demanda un debate orquestado por quienes producen los libros, pero no se ha hablado de la que puede llegar a perder más millones y adeptos que toda la industria editorial junta: la lectura.

En qué proporción y a qué ritmo el libro digital irá sustituyendo el libro de papel me parece relativamente impredecible, y pienso que no nos debemos dejar contaminar por la histeria corporativa editorial de los bajos números al fijar la atención exclusivamente en este micro-modelo del debate más grande. Admito que hay algo terriblemente incitante en saber si en las casas de nuestros hijos y nietos habrá bibliotecas con libros comprados por ellos o si guardarán y repartirán los nuestros como reliquias. Por la forma en que mi hija de tres años y los niños que conozco atesoran sus libros, los disfrutan y los quieren, creo que al menos en la siguiente generación tenemos asegurada la existencia del libro físico. Quien examine la sucesión de nuevas tecnologías sobre las viejas, descubrirá para su asombro que es rara la vez que el nuevo formato desplaza del todo o siquiera rápidamente al anterior: los programas de ajedrez por computador nunca sacaron de circulación a los tableros; no he asistido al primer concierto de música clásica en el que el intérprete se para histérico en la mitad de un concierto y pide a gritos que le cambien el piano de cola Steinway por una organeta Yamaha. Tal vez por mucho tiempo coexistirá el libro digital con el físico, tal vez se marque la diferencia con algo como: los libros que son de mis temas, siempre los compro en papel así sea más caro; los que son de trabajo no me importa y me los bajo en pantalla. Esos escrúpulos, aunque inverosímiles para el economista, son motivaciones reales de la vida humana. Pero no es este un tema que pueda elucidar más que saber si la costumbre de la ablución diaria con agua se podrá seguir manteniendo en los próximos cincuenta años. Tal vez nos toque decir: ‘En otros países ya no se bañan, pero eso afortunadamente no ha llegado acá…’, momento en el cual también yo le besaré los pies al subdesarrollo nacional. Pero claro, como con toda futurología, decir cualquier cosa es pura, aunque deleitable, irresponsabilidad.

Roberto Palacio F.

4 comentarios:

  1. Acertadisíma. Los fetichistas del libro-papel estamos en extinción.
    Mery

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  2. Y por corto se hizo la lectura en pantalla. No minimice la letra permanente.
    Uriel

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  3. Bueno, con la música pasó algo similar, que el acetato el CD iba a desaparecer, que los artistas morirían de hambre, por la Internet y la piratería. El temor no pasó de sólo de ser eso, sólo temor. ¿Cómo explicamos las ganancias de Shaquira, Sanz, Ricky Martín y hasta el finadito Michael Jackson? La música y el libro viven, aunque cambien de formato fisico a formato intangible o virtual. En favor de lo real, Vladdo en Aleyda dice:" Es mejor hacer el amor con un idiota real que con un penilargo virtual"

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  4. UNa referencia acerca de las chocolatinas y la religión.

    "(¡Come chocolatinas, pequeña,
    come chocolatinas!
    Mira que no hay más metafísica en el mundo que las chocolatinas,
    mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.
    ¡Come, pequeña sucia, come!
    ¡Ojalá comiese yo chocolatinas con la misma verdad con que comes!
    Pero yo pienso, y al quitarles la platilla, que es de papel de estaño,
    lo tiro todo al suelo, lo mismo que he tirado la vida.)" DE UN POEMA DE PESSOA QUE SE LLAMA TABAQUERÍA

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