El destino de todo texto

El destino de todo texto
Depósito abandonado de libros; Detroit, Michigan

lunes, 21 de febrero de 2011

Un extracto de mi próximo libro 'La Biblia Fotocopiada', a salir en diciembre de este año con Santillana

John Frum; Dios por accidente
'Creo porque es absurdo'
Tertuliano


Un enorme Airbus 330 rasga los cielos de la orgullosa República Independiente de Vanuatu en el Pacífico sur, justo al lado de Papua y Nueva Guinea, si acaso esto fuera una referencia para alguien. La estela blanca que deja de lado a lado en el horizonte como espuma en el aire no pasa desapercibida para los habitantes de Tana, la isla más grande. Apenas la ven, varios hombres corren sobre una pista de aterrizaje de unos cincuenta metros sobre la cima de un monte; unos entran a una torre y encienden fuego para que el avión se percate de que es el lugar correcto, otros se instalan unos audífonos de coco conectados por lianas a una caja de madera inerte y gritan por un micrófono de yuca. Toda la gente se ha sentado a lado y lado de la pista, teniendo cuidado de no meter los pies en el camino para que el avión no los pise, esperanzados, con el corazón en punta. Miran hacia arriba. En la cabecera han instalado un avión de Bambú, un pequeño Cessna que no vuela, para que todo sea adecuado; para ser vistos, tal vez simplemente porque a los aviones les gusta estar donde están otros aviones. Esta no se la quieren perder por nada. Sería como perderse el juicio final, porque para la gente de Tana, que hasta la década de los setenta vivieron como en el neolítico, si llega a aterrizar ese avión sabrán que es el comienzo del fin. Pero una vez más, no pasa nada y habrá que seguir cocinando, dando de comer a los animales, limpiándole los mocos a los pequeños, esperando el regreso del mesías John Frum que viene piloteando ese avión justo desde las puertas del paraíso. Están un poco desilusionados, pero no han perdido la fe, de ninguna manera. Se tiene en la punta de la lengua: Gilligan’s Island, pero el esfuerzo de recordarlo no valió de nada. Esto es real, y sin Ginger, ni Profesor ni Skipper.

Quién sabe quién haya sido John Frum. Los ‘tanianos’ lo describen como un tipejo pequeño, de voz chillona, pelo blanqueado –no blanco- con una chaqueta azul de botones brillantes. Entre ellos, algunos escépticos dudan que haya existido, aunque pocos niega su devoción por John. Al menos se lo tatúan en el pecho con buena ortografía: ‘John’ y no ‘Jhon’. Los jefes se visten como él, con los botoncitos brillantes y toda la parafernalia. Al parecer John Frum es lo que se le quedó a un nativo del saludo que alguna vez le diera un turista gringo del siglo XIX, hace ‘años sin memoria’: «Hi, I’m John form America»: John Frum, como en Colombia hay niños que se llaman Usnavy y Onedollar. Aunque la figura preexistía, durante la Segunda Guerra Mundial, John se identificó con algún soldado anónimo, perdido para la historia, que llevaba en la manga una extraña cruz roja y se encargaba de entregar suministros que llegaban en aviones cargueros a las tropas junto con algunos sobrantes a los nativos: John Frum, nuestro salvador. Ahora en Tana se adoran las cruces rojas. Al pobre pendejo se le ocurrió decir que volvía y así nació nada menos que una religión: The John Frum Cult. En Tana también hay libertad religiosa.

Una chocolatina Herseys, para quien no conoce el cacao debe ser maná del cielo -lo es-, una carroza que corre sin que se la hale, el vehículo de los dioses, un palito que hace fuego a voluntad cuando se rastrilla, tecnología que no hemos ni soñado cuando a nosotros nos toca sacarnos llagas para hacer sólo el humo. Si no podemos crear estas cosas, estas maravillas, tal vez podamos lograr que nos lleguen. Humanun est; nos podemos escurrir por el proceso y aún tenerlas, ¿pero cómo?, ¿cómo diablos? Sí, eso es, los dioses nos las mandarán. O.K, ¿cómo logramos eso? Nuestro mesías, John Frum las traerá. John es bueno, alguna vez prometió que volvía con más cosas ¿Cómo logramos que nos manden a nosotros un avión lleno de mercancías? Una cosa es de consuelo. El hombre blanco tampoco las hace. Cuando algo se daña o cuando desea todo esto tan delicioso, se sienta en un escritorio y empuja papeles y afila lápices, iza banderas y pone a unos idiotas todos vestidos iguales a moverse de acá para allá con armas hasta que llegan los aviones llenos de carga como caidos del cielo, literalmente. Tiene que ser un rito: no hay nada más inútil, no lo podemos imaginar, que un grupo de idiotas vestidos iguales marchando de un lugar para otro. Tiene que ser magia. ¡Nosotros podemos hacer esto también! Es así como la gente de Tana aún hoy iza banderas, teniendo mucho cuidado de no ponerlas al revés, se visten de azul y cargan unas guaduas con bayonetas en la punta, saludan al estilo militar y tienen un aeropuerto hecho de Bamabú en donde nada funciona de verdad, como los aeropuertos nacionales: bambú disfuncional. Pero es parte de la magia. Cada vez que pasa un avión es el mesías que viene a entregarles el cargamento. Los intelectuales de Tana dieron con una teoría para explicarle a la gente por qué John nunca aterrizaba, como Santo Tomás de Aquino en la Edad Media le intentó explicar a la gente por qué había niños inocentes que morían dolorosamente mientras los papas llenos de pecado fallecían viejos de afecciones indoloras en sus camas: los blancos piratas desvían a John cada vez. Hay que construir entonces un aeropuerto para ayudarle.

Hoy, mientras se leen estas líneas, mucha gente espera en Vanuatu a ‘John from América’ con fe verdadera, con devoción, llorando a veces, desesperados por ayuda en las más pequeñas cosas, instruyendo a los niños. Algunos, viendo el absurdo se separaron de los Johnianos. Cuando el Principe de Gales visitó la isla en 1974 en el yate de la familia real Brittania, los reformados conjeturaron que él era el mesías: se veía tan bien en su atuendo real, dijeron, tan guapo. En el 2007 un reality show llamado Meet the Natives le permitió a algunos creyentes viajar a Inglaterra a conocer a Dios, el cual les concedió media hora un jueves gracias a su agenda apretada. Pero no hay nada qué temer por los viejos creyentes: a pesar de que el contacto con el mundo moderno ha traído a los tanianos al siglo que corre, los johnsonianos siguen fuertes, esperanzados de que John llegará con las chocolatinas para cerrar las cortinas del mundo en el último día de la creación. Los seguidores, en un acto de ejemplo democrático incluso tienen escaños en el senado de su país. Lo mejor del mundo es la democracia. Cuando el naturalista David Attenborough pasó por las islas en la década de 1950 con un camarógrafo para hacer un documental, se entrevistó con el líder espiritual de los creyentes, un hombre que decía que hablaba todos los días con John a través de una mujer con cables de radio envueltos en la cintura que entraba en trace y hacía voces que sólo él sabía interpretar. Decía que John le había dicho que venía pronto, nada qué temer. Cuando Attenborough le preguntó si no le parecía que diecinueve años era mucho tiempo para esperar, le respondió sin temor, a sabiendas de todo lo que en el mundo sucedía, que si los cristianos llevaban dos mil años esperando a Jesús, diecinueve años era poco tiempo para esperar a John.


Roberto Palacio

1 comentario:

  1. A PROPÓSITO DE LA RELACIÓN ENTRE RELIGION Y CHOCOLATINAS ESTE FGRAMENTO DE TABAQUERÍA, UN POEMA DE pESSOA

    (¡Come chocolatinas, pequeña,
    come chocolatinas!
    Mira que no hay más metafísica en el mundo que las
    chocolatinas, mira que todas las religiones no
    enseñan más que la confitería.
    ¡Come, pequeña sucia, come!
    ¡Ojalá comiese yo chocolatinas con la misma verdad
    con que comes!
    Pero yo pienso, y al quitarles la platilla, que es de papel
    de estaño,
    lo tiro todo al suelo, lo mismo que he tirado la vida.)

    ResponderEliminar