El destino de todo texto

El destino de todo texto
G.K. Chesterton

domingo, 13 de febrero de 2011

Maria del Pilar Hurtado: una delincuente como nosotros. Ella no importa tanto, es lo peligrosamente frecuente que se ha vuelto el perfil del que se desquita del mundo por un pasado doloroso...

La vida de los demás…


Tú lo tenías claro desde el principio; llegaría el día en que todos sabrían de ti. Lo planeaste como una meta, el no ser ignorada por siempre. Bueno, las cosas se fueron dando de una manera más bien sutil. En un principio también tú tenías buena fe, pensabas que era igual para ti que para tus amigas, que para tus hermanas o tus primas; todas tenían derecho a la felicidad, a tener un novio, a ser tenidas en cuenta. No entendiste que cuando ellas se arreglaban para ir a una fiesta y te decían ‘Y tú también María del Pilar, ponte bonita…’ había en ello un dejo de menosprecio condescendiente, de fastidio. Pronto te diste cuenta de la diferencia que las separaba porque nunca has sido descuidada o incapaz de que algo se te escape, sobre todo lo que habla de ti. A cierta edad, cuando todo comienza a ser real, ellas tenían novios de verdad, tú seguías con los imaginarios; ellas lloraban en silencio por amor tendidas bocabajo en sus camas, y tú las mirabas entre extrañada y deseosa de tener una experiencia que te abriera al mundo. Intentaste por un tiempo ser más explícita, menos sarcástica. Hiciste mil cosas con tu pelo, pero nada cambió. O bueno sí, te volviste la confidente de los hombres: ellos te contaban sus historias y tú, con tal de hacerte parte, debas consejos, recomendabas y escuchabas. Para ti, irrumpir en la vida de los demás es la forma de tener una vida propia.

Los cambios siempre te entusiasmaron fugazmente con la posibilidad de que todo fuera a ser distinto. Tuviste que recordarte a la fuerza lo crueles que eran las personas, cómo te habías jurado no doblegarte ante ellas y cómo tomarías venganza algún día. En la universidad, por un tiempo, te ilusionaste con encontrar a un hombre que viera más allá de tu complexión física. Al fin y al cabo, tantos parecían abogar por no ser superficiales en ese lugar. Pero todo permaneció como siempre había sido. Eras amiga de todos, te invitaban a los paseos, a las fincas, pero cuando se retiraban a los cuartos a entregarse a ese amor profuso y espontáneo que tanto deseabas, a ti no te quedaba más que sacar la piyama que tan bien habías empacado y acostarte a leer. Fueron esos momentos, esos instantes en los que todo es ira en los que te juraste que no serías ignorada una vez más, en que tu plan se volvió casi programático. ‘Ya sabrán de mí…, ya sabrán de mí.’ Siempre te has creído con los suficientes escrúpulos como para tener una meta fija que desafíe el tiempo. No importa cuánto había que esperar, pero harías algo que al fin obligara a todos a considerarte más que una niña. En esa etapa formativa, intentaste ser denodadamente inteligente, pero en más de una ocasión llegaste a la casa llorando cuando otras, además de bonitas, decían algo que al profesor le agradaba más. Tu fortaleza no era esa, era la ciega obstinación y la claridad apodíctica de que te habías ganado el derecho a mentir, a tergiversar y a vengarte por todo aquello de lo cual los demás te habían privado. Para entonces, en tu cabeza sólo había esas metas, ya nunca pensamientos.

Cuando llegaste a la vida laboral, no había entusiasmo fugaz al que le creyeras. Había que escalar rápido para poder hacerte recordar, para que todos los que alguna vez te ignoraron o te sobaron la cabeza como a una menor tuvieran que decir: ‘Si viste a Maria del Pilar, la fea esa que se sentaba atrás, pues mira que resultó no ser tan boba…’ porque a los ojos de un colombiano, un acto brutal siempre limpia la imagen de esa inocencia estultificante, y pone en una escala jerárquica por la que ya no se mide a los demás. Casi podías imaginar a ciertas personas diciéndolo: ‘La fea esa no era tan boba…’. La distancia entre tú y tus amigas, que ahora tenían una vida caótica de bebés, maridos y sueños cumplidos la deseabas más que nunca, pero ya ni siquiera sabías qué era lo que querías de esa vida, porque nunca te tocó. Te volviste meticulosa e impecable en la oficina, caótica y tiránica en tu vida privada. Cuando los deseos de la carne eran acuciantes, ibas a ese sitio sofisticado en el que mujeres como tú podían pagar por una noche de sexo. Muy discreto. No eras como esas histéricas que se botaban sobre la pista en el momento culminante del ‘striptease’. Te sentabas a mirar en silencio a ese chico de cuerpo estupendo con un nombre como Giovanni o Yuldor porque en realidad tú te lo querías llevar para tu casa. Lo querías para ti y lo tendrías. Lo más increíble, le harías el amor con cariño auténtico y con pasión desmedida. Al otro día eras sumisa y confusa con él: ¡te habías enamorado una vez más María del Pilar! “No vuelvo a dejar que esto me pase”, te repetías con los dientes apretados. Debías entonces fingir ser una cabrona indolente. Al comienzo pensabas lo que hubiera dicho tu papá: eras su niña. Pero como con tantas otras cosas, esa sensación inefable de que a esto tenías derecho, de que al fin y al cabo fue la sociedad hipócrita la que a ello te llevó, te permitieron hacer lo indecible. Desafiaba tus escrúpulos, te hacía sentir enferma, pero solo en esos instantes eras verdaderamente mujer. No dejabas entonces que te perturbara; lo podías borrar todo. Fuiste llevando esa insensibilidad ciega a tu trabajo. No te diste cuenta cuándo se mezclaron las cosas y no puedes haber visto que se es uno solamente; no se delinque en el trabajo y se es Maria del Pilar en el almuerzo de tu casa los sábados. No se invade, se distorsiona, se corroe la verdad hasta el cansancio sin un precio para la vida propia. Te costará años y otra vida entender que la mentira es una áspera partitura que desgasta a medida que se entona.

Es por todo esto que en el aeropuerto se te veía no solo tranquila, sino de hecho satisfecha. No estimaste que llegara a tanto, y no creíste que fuera ya el momento de hacerte notar, pero se dio y pensaste que este instante era tan bueno como cualquier otro. Leíste el periódico en la sala de espera mientras los reporteros te hacían tomas de apoyo. Te diste el lujo de abrir con sarcasmo los ojos ante las noticias que te parecieron escandalosas, cosa que nunca haces a solas; algunos clasificados te llamaron la atención de verdad. Estabas disfrutando.

Ahora, a medida que pasan estos días extraños para ti, podrás estar fugazmente en el centro de tu venganza contra todo un país. Quisieras saber qué piensa tal o cual persona de ti ahora…¿cómo les quedó el ojo? Pero pasarán rápido y cuando te hayas cansado de caminar a solas y mascullar tu receta, cuando ya los Yuldores y los Giovannis de allá te sepan tan insípidos como el café, más temprano que tarde, querrás volver a ser María del Pilar, la gordita confidente. Aunque sea eso. Pero tal vez te tocará robar un atisbo de una conversación en el metro en alguna ciudad remota en donde para tu desgracia, a nadie le importa en qué andan los demás. Y todo sólo para volver a sentir que eres dueña de algo que otros llaman ‘intimidad’.

Roberto Palacio F.

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