El destino de todo texto

El destino de todo texto
G.K. Chesterton

domingo, 1 de diciembre de 2013

Los Blues del Gato Félix


Yo sentía en ese entonces que anochecía a las cuatro y media de la tarde. Llegaba del colegio,
dejaba caer mi ropa en una línea que describía mi trayectoria, y ya era de noche. Eran épocas en las que las calles eran largas y terminaban en unos escombros en donde no había nada que robar. Por alguna razón que la meteorología no comprende, llovía más que ahora y los transeúntes eran grises, personajes de una pintura existentes sólo para que si a alguien se le ocurría dibujar una escena costumbrista hubiera podido retratar un alma que pasaba escondida debajo de una ruana. Eran frías las avenidas, más bien desoladas, olía a humedad y a piedra, los taxis eran viejos Mercurys enormes, de tablero metálicos con contadores que hacían tic-tic-tic sin conexión con el recorrido. Pertenecían a otras épocas de prosperidad y abundancia, a los gloriosos cincuentas americanos de los que tuvimos un atisbo ínfimo veinte años después cuando construyeron el centro de Bogotá y todos esos edificios con nombres “nuestros”: Bachué, Chicamocha, El Bochica, la sacrificada por amor Furatena.
La vida se limitaba al colegio en el que no había más que una rutina del paroxismo en la que yo no comprendía qué diablos se hacían los días. En las tardes, en la casa tampoco había tiempo y sin embargo las horas parecían no discurrir, los acontecimientos no sumaban lo suficiente como para decir que algo sucediera. En las noches prendíamos el televisor que desarrollaba la imagen a partir de un círculo que se expandía, -el aparato ya era viejo para su época-. No lo sabía entonces, pero los hindúes creían que sus dioses crearon lo que hay a partir de la nada, como de un círculo concéntrico que todo lo traía a la vida en una ola; el cero, su más grande invención es un círculo porque ese era su imagen de la armonía en la que nada sucedía, la alternancia cíclica del cielo entre algo y el vacío. El cero es un círculo que encierra un vacío y lo vuelve algo. Mi círculo que encerraba una nada también era cíclico, repetitivo: a esa hora gris, televisor encendido, daban el Gato Félix, un alegre personaje que cargaba una pistola desintegradora y un maletín con un patrón de cuadros que a veces parecía salirse del maletín y era más plano que este. Pointdexter se robaba la pistola, o lo intentaba todas las tardes, una y otra vez sin fin:
«Dame tu pistola des-in-te-gra-dora Mister Felix»
«Oh no, nunca nunca te la daré Pointdexter»
Día tras día los trazos del Gato Félix se mezclaba con su maletín y las bocas parecían moverse siempre un paso más atrás que las palabras; a nadie la importaba lo que pensáramos, éramos niños. El bigotón de El Profesor seguía musitando un buen rato luego de que acababa sus líneas;  las tramas no eran para nosotros, la perspectiva del maletín era para los adultos. Y aún así todos los días veíamos los mismos capítulos una y otra vez.
El Chavo perpetuaba esa existencia cíclica de América Latina en donde nada sucedía, pero no sucedía continuamente; siempre los mismos chistes, la misma fórmula. Mis primos se carcajeaban al comienzo. De cierto momento en adelante ni siquiera una sonrisa, simplemente los repetían como si fuera un deber moral, parecían no divertirse pero estaban dispuestos a cortarle la mano a quien osara cambiar el canal como si hubiera interrumpido el suministro de un narcótico que llegaba en una banda transportadora. A partir de cierta edad tomaron predilección por algunos de los personajes: Quico, otras eran la Chilindrina. Los imitaban sin inmutarse, como un ritual… no teníamos más referentes factibles. Si estaban en la calle, corrían a su casa a verlo en estupefacción y silencio.
A las siete de la noche ya debíamos apagar el televisor, era hora de comer: la imagen se contraía en un Big Crunch, como el final del Universo conocido y quedaba en la pantalla un punto diminuto que nadie sabía si lo estaba imaginando o era una realidad; no se podía enfocar en el centro del campo visual, y sólo se veía de lado, por lo cual daba la impresión de ser elusivo, una sustancia fantasmal que prefería no ser vista. Pero era mejor no hablar de eso, de la nada circular que envolvía nuestras vidas.


Extracto de: Memorias de un Mediocre

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